No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 8 de febrero de 2014

El despertar de la bestia. Segunda Parte

Para los que se hayan preocupado por mi vida, tranquilos, sigo viva. En lo referente a mi hermano... bueno. Retomemos la historia por donde la dejé. ¿Recordáis los pasos que se dirigían hacia mi habitación? Pues resultaron ser de mi madre como me temía, aunque mis reflejos actuaron a tiempo y cerré la tapa del ordenador justo unos segundos antes de que se abriera la puerta. El motivo de su ascenso hasta lo más alto de mi torre (porque mi cuarto está en la buhardilla) era comunicarme que el carpintero tenía que venir a las 14.00h y por esa razón no podríamos ir a comer a casa de mis abuelos como estaba previsto. Y agarraos porque no hay cosa que más odie mi madre, quitando el desperfecto de su mobiliario, que cocinar un sábado =S Cundía el pánico señores. Yo al menos puedo asegurar que cada vez que la escuchaba subir las escaleras tenía que contener el impulso de tirarme por la ventana para huir de ella.

Aunque la peor parte, sin duda, se la ha llevado mi hermano...
En venganza por tener que cocinar, mi madre decidió hacer (casualmente) el plato más odiado por mi hermano. Pero muy odiado. Y además, con extra de pimientos. Eso iba con mala leche. Y lo mejor es que mi madre también odia los pimientos, pero ha sido capaz de hacerlo y comérselos solo por fastidiar a mi hermano. La cosa podía haber tenido un final feliz y rápido si el carpintero hubiera venido a la hora que había dicho. Pero no hizo acto de presencai a dicha hora. Con lo que, el enfado de mi madre se ha ido acrecentando toda la tarde. Problema mío también que he tenido que dar refugio al cansino de mi hermano que encima ha estado todo el rato hablando y casi no me deja estudiar -.-'

Excepto un momento en el que mi madre lo ha llamado para hacerle coger complejo de Cenicienta. Creía que era algo que solo me hacía a mí. Pero a él también le ha hecho limpiar la casa. Es alucinante la facilidad que tiene mi madre para desprenderse de las tareas de limpieza como castigo. Por el momento, nunca nos ha quitado el postre o nos ha dejado sin cenar, pero hemos tenido que barrer muchos suelos. (Yo más que mi hermano) Ah, y por si fuera poco castigo, ¡lo han dejado sin ordenador! Pobrecito, no sé si podrá recuperarse pronto del trauma de haber pasado un día sin jugar  (entre nosotros, no le venía mal separarse un poco del ordenador)

En fin, chicos y chicas, la historia ha llegado a su punto final cuando el carpintero ha venido hace apenas unos minutos. Ha arreglado la puerta en un visto y no visto, lo mismo que ha tardado el súper enfado de mi madre en desaparecer dejando paso a una leve molestia. 

Hoy hemos aprendido una valiosa lección sobre las madres: No las hagamos enfadar... o correrán las collejas


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