No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Érase una vez... tu vida

Cada día es una gran aventura esperando ser escrita. Una tremenda y agobiante aventura. Las clases se me están haciendo hoy eternas y ¡no acabo hasta las 18.00h! Madre mía, tengo unas ganas de meterme en la cama, taparme con la manta y no levantarme jamás en la vida. Esa idea es todavía más apetecible por el frío que estoy pasando ahora mismo.

Os describiré la imagen para que os metáis en escena. Imaginad un aula de paredes blancas impolutas. Sillas unas tras otras en un mar de plástico blanco. Mi única conexión con el mundo exterior es una ventana, medio tapada por un cartel, que muestra la imagen de un cielo nublado. Mientras un señor de bata blanca va y viene, recorriendo el estrecho pasillo que queda entre las sillas contando la historia de Wilhelm Conrad Röntgen. ¿Sabéis quién es? Pues ni más ni menos que el padre de los rayos X. Vale que no prometía, pero esto sí me gusta. Una historia. El pobre Wilhelm no pudo acabar sus estudios en el instituto porque algún graciosillo le pasó una caricatura de un profesor. Como las cosas entonces eran algo más durillas y Wilhelm no quiso delatar a su compañero, no pudo graduarse y no le dejaron entrar en la universidad que quería.

La cosa no prometía mucho para él. Pero no se rindió ni se chivó, sino que luchó hasta que conseguir que lo admitieran en otra universidad. Por aquella época, conoció a Bertha, la hija de un cervecero. Se enamoraron profundamente y Wilhelm renunció a todo por ella. Porque su familia era más o menos adinerada y lo repudiaron al casarse con Bertha. Vivieron juntos en la más absoluta pobreza porque, y esto no ha cambiado, de su trabajo en la universidad no sacaba mucho dinero. Hasta que un día, en el laboratorio, vio que las placas se habían velado y en vez de cagarse en todo porque las placas se hubieran estropeado, empezó a investigar. Se obsesionó bastante hasta que Bertha no aguantaba más y bajó a ver qué hacía. Y de ahí, se hizo famosa una parte de la anatomía de Bertha. Sé que suena mal, pero me refiero a su mano. La primera radiografía de una persona viva. La mano de Bertha. Los llamó rayos porque lo eran y como no tenía ni puñetera idea de cómo iba les puso X.

Años después, Wilhelm ganó el premio Nobel. Donó el premio para investigación, se negó a patentar los rayos X (con lo que se hubiera forrado) y siguió viviendo en la pobreza, pero con Bertha y el reconocimiento del mundo científico. 

Es bonito ¿no? Yo, personalmente agradezco, que no me avasallen a datos y me cuenten una historia. Las historias dan color a la vida. Al fin y al cabo, ¿Qué son nuestras vidas sino una historia? La única diferencia entre la nuestra y la que leemos en los libros es que en la nuestra tenemos incluso menos control. Pensaréis que me he equivocado, pero no. Si te estás leyendo un libro y no te gusta, basta con que cierres el libro y la historia se acaba. O puedes darle forma en tu mente un poco a tu gusto. Yo lo hago casi sin darme cuenta, me leo un libro y según pasa el tiempo, el recuerdo que se queda en mi mente se parece más a lo que yo quería que pasara que a lo que pasó. Pero en nuestras vidas, en nuestras historias, solo podemos controlar lo que hace un personaje (nosotros mismos) y no siempre se consigue. Por si fuera poco, no es una historia de la que puedas desconectar, si no te gusta no puedes cerrar el libro y dejar de leer. Tienes que seguir escribiendo, aunque estés cansado, aunque no te gusta la historia que estás contando. Y quizás a veces, con mucho esfuerzo, puedes cambiar un poco el cuento. 

Así que, si lo piensas, todos somos escritores de nuestra propia vida. Es una idea que me encanta. Pensar que la vida es un montón de páginas en blanco que puedo utilizar. Soy así de rara, dame unos cuantos folios y una pluma y soy feliz. Está bien, hoy seamos positivos, hoy seamos los escritores, los creadores de nuestra propia vida, y nada más. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario