No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

jueves, 6 de febrero de 2014

Para las hormigas del mundo

Estoy algo harta del mundo. De todo. De los horarios, de las clases, de las guardias, las prácticas, los apuntes. ¡De todo! A veces no puedo con todo. Me siento como una hormiga  a la que le hacen cargar una lavadora hasta un séptimo piso. Aunque mi mayor problema es que me agobio demasiado. La imaginativa y algo capulla de mi mente, me hace ver las cosas aún más difíciles de lo que son. Me monto unas películas interminables e increíbles. Y yo soy la primera que odia admitirlo, pero es verdad: he heredado la capacidad de mi madre de hacer una montaña de un grano de arena.

Creerme que odio ser así. Odio que las paranoias de mi madre se hayan instaurado tanto en mí que me dé miedo algo tan simple como ir por la calle yo sola. Odio que mi presión arterial suba sin control ante el más mínimo problema. Soy una miedosa. Y es horrible, porque ya dije que no hay nada peor que el miedo. No te deja hacer nada, no te deja vivir. Quizás no me dolería tanto si siempre hubiera sido cobarde, simplemente sería así. Pero yo sé que nací valiente. Sé que un día lo fui y sé que, en mi interior lo sigo siendo.
El pasado no sirve de nada en este caso. Cuenta el ahora. Y ahora mi valor está sepultado por los años de miedo. Voy a exponeros mejor mi caso. Sé que no cambiará la realidad, pero quizás así, pueda perdonarme un poco a mí misma.

Supongo que todos vosotros habréis aprendido algo de vuestros padres. Me refiero a cosas que no aprendíais conscientemente, pero que a fuerza de verlo, de oírlo, de vivirlo, se ha pegado en vuestras mentes. En mi caso, no fue una forma de cocinar, ni gestos ni otras peculiaridades por el estilo. Lo que me ha acompañado toda mi vida ha sido la frase “Ten cuidado”. A todas horas. Cuando era pequeña y comencé a andar, cuando cogía la bici, cuando salía. Cada día, en casi cada conversación. Y lo que aprendí fue que todo era peligroso. El mundo no era un lugar seguro para vivir. Vale, que yo sé que lo de mi madre es paranoia, pero son tantos años con ella que me cuesta diferenciar donde empieza el verdadero peligro y donde acaba su sobreprotección. Me he convertido en una inútil. Me cuesta moverme en grandes ciudades, me veo superada por todo. Como si algo tan rutinario como coger el metro o ir de compras al centro fuera algo enorme y complicado. Y es una sensación muy frustrante, porque yo quiero hacer esas cosas, quiero poder quedar con mis amigas y no suponer una carga para que vengan a buscarme o cosas así. Estoy en ello, poco a poco. El martes me fui de compras… acompañada. Pero casi me voy sola.


En fin, esta imagen patética de mí misma os la doy porque hoy tengo uno de esos días en los que todo me supera y tengo miedo de meter la pata en exceso. No sé muy bien qué hacer, qué apuntes comprar o imprimir. Me doy cuenta de que estoy tonta, no creáis que no lo veo. Ya querría mucha gente que su decisión más difícil fuera de qué apuntes estudiar. En impresionante a veces, como nuestra mente transforma algo casi insignificante en un asunto de vida o muerte.

Estoy pensando ahora una cosa. ¿Os acordáis de la parte de que soy como una hormiga? Bueno pues una hormiga por sí sola no puede hacer mucho. Su fuerza está en el hormiguero. Igual que en las personas. La manada es la fuerza. Mis amigas, las risas, el cariño... me darán la fuerza (espero) ;)


No hay comentarios:

Publicar un comentario