No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 2 de febrero de 2014

Un día de perros

Pues ya está. Se acabó mi sucedáneo de vacaciones. Mañana comienza la acción. Volveré a la rutina, a estudiar, a no hacer nada que no sea estudiar. Volveré a ser esta estudiante y este blog tendrá algo más de sentido. Me gustaría dar consejos prácticos a estudiantes y futuros estudiantes, no solo de medicina.

Pero hoy, en este último día de "vacaciones" me permitiré otra pequeña licencia. Porque tengo que contárselo a alguien pero no me apetece hablar, solo escribir. Mi perra se muere. Sé que la mayoría de la gente no entiende que otra persona lo pase mal por la muerte de una mascota. Conozco a algunos que se extrañarían si me vieran llorar porque se va a morir una perra. Sobre todo cuando yo he tenido muchos animales, perros y gatos, y ya he pasado muchas veces por sus muertes. Ya he visto muchas veces sus cuerpos sin vida. Arrollados por un coche, ensartados por un jabalí, otros consumidos por los años... Lo he visto todo, lo he pasado casi todo en ese aspecto. Pero nunca estás preparado.

Voy a explicarlo para la gente que no entienda el significado de los animales. Mis padres siempre me han instado a que llegara a lo más alto posible, a que triunfara, a ser la mejor. Y yo siempre lo he tenido muy presente, desde que era una niña, uno de mis mayores miedos era defraudarlos por eso me esforzaba muchos, muchísimo en estudiar y sacar las mejores notas. Conforme avanzaba en el rango escolar todo empeoraba porque los fui acostumbrando a tener una hija con buenas notas y cada vez me tenía que exigir más. El nivel subía y yo tenía que esforzarme más y más. Y nada era suficiente, nada era nunca suficiente. Un 9.50, 9.75, 9.99... no era suficiente porque "con todo lo que había estudiado podía haber sacado el 10" me decían, y yo me lo decía a mí misma. Escuchando esto desde que era pequeña y con mi carácter algo obsesivo, no me extraña que se me grabara a fuego en la mente y ahora, un 9 me siga pareciendo poco. Mas a lo que voy. Un animal no te exige nada. Un perro solo quiere algo de comer, un poco de beber y cariño. Y para él ya eres el mejor del mundo. No tienes que esforzarte en ser alguien que no eres, no tienes que fingir ni preocuparte, porque te aceptan sin más. Con un par de lametones y un olisqueo rápido, tienes su amor para siempre. Eso es lo que siempre he querido y he necesitado. Y es lo que pierdo con cada perro que muere. Pierdo un poco de mí misma, pierdo una oportunidad de ser yo misma. Y para una niña que nunca ha tenido demasiados amigos por ser rarita, eso lo es todo.

Pues eso es lo que siento al ver que mi perrita se muere. Bueno, en realidad, no. Siento algo más. Siento culpa. Me siento culpable. No porque se muera en sí, no creo que haya nada que pueda hacer por ella. Es triste estudiar medicina y no saber qué le pasa, ¿estará enferma? ¿pero de qué? No lo sé. Y si ya costaría dar con una cura para una persona, imagina para un perro. No. Morirá y casi espero que no tarde demasiado porque está ya tan débil y tan mal que aunque me duela, lo mejor para ella es acabar pronto y dejar de sufrir. En fin, me siento culpable por estar siempre estudiando y no haber pasado más tiempo con ella. Culpable por haber preferido aprenderme un tema que jugar con ella, con anteponer mis notas a estar con una compañera tan fiel. Esa es la realidad. Ella se va a morir y yo me habré pasado más tiempo estudiando que con ella.

Intento dejar de escribir y olvidarme, pero es que la imagen de ella tirada y sin fuerzas, con los ojos llorosos y temblando, me invade una y otra vez y no lo puedo controlar. Respira, respira. En estos casos, hay que respirar, dejar que aire te inunde, y que la exhalación se lleve consigo toda la pena posible.
Mañana será otro día. Con clases, con más deberes y con nuevas historias que contar.

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