No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

lunes, 17 de marzo de 2014

Al final, todo cicatriza

Hola queridos lectores,

Aquí estoy, aprendiendo a detestar un poco más el ruido fallero. Ya os adelanto que esta fiesta no me encanta del todo, pero dejo esa entrada para el día duro de verdad, que será el 19 de marzo. Por hoy solo he tenido que aguantar la "despertá" con pasacalle y música, y, gracias a mi buena suerte, la reina de las fallas o lo que sea vive en mi misma calle, sí ¬ ¬, me voy a hartar a música y petardos mientras la manguera de mi terraza me llama peligrosamente...Pero no, tranquilos, por ahora no pienso atentar contra los peinados falleros.

Por otro lado hoy he estado a punto de volverme loca, os juro que llevo toda la tarde escuchando ruidos en mi cuarto como si alguien se moviera por él, era como si mi perrito Brave estuviera haciendo de las suyas por aquí, pero estaba en su cuartito o.O y encima, había ratos en los que os juro que lo escuchaba llorar, pero luego bajaba para cogerlo y estaba durmiendo. Estoy perdiendo la poca cabeza que me quedaba con el perrito, pero es tan adorable que despierta mi sentido materno, demasiado desarrollado por otra parte.

Y excluyendo los ratos de luz y diversión que me ha dado el pequeñín, me he pasado el día aburrida. Vale, lo voy a confesar, me lo he pasado pendiente del móvil para ver si alguna de mis amigas se animaba a hablar por el grupo que tenemos o para ver si Anastasio me decía algo. Pero nada de nada, me siento ignorada, bueno no, porque justo con quien no quería hablar, Agapito, sí que me ha hablado. Vale, soy mala malota y llevo dos días ignorándolo porque tengo miedo de que me pida quedar estas vacaciones de fallas. Y aquí es cuando adoro estudiar medicina porque me da la excusa perfecta para no quedar. Aún así, soy demasiado buenaza y me sabe mal darle tanto plantón por eso evito que las conversaciones deriven hasta esa proposición de quedar. ¿Y cómo lo evito? Desconectando el móvil. Lo sé, soy una cobarde, pero es que me pongo nerviosa. En fin, dejemos de hablar de Agapito que yo os quería hablar de los otros. De los que sí que espero señales de vida que no llegan.

Me gusta hablar con las chicas cuando no estamos juntas, ellas son mis mejores amigas, casi las únicas que tengo. Y, a veces, aunque me siento orgullosa de poder decir que lo he superado, cuando no hablamos mucho, tengo malos pensamientos, como una voz interior que me dice que no me hablan porque no me aguantan. Ya... ahora estaréis pensando que estoy aún más loca, pero tengo una explicación. Ya que en vacaciones no me pasa nada más interesante y que la conversación ha derivado hacia esto, es hora de que os cuente otra pequeña historia de mi vida.

Os he comentado alguna vez, creo, que en el instituto no tenía muchas amigas, no sé si he llegado a explicar un poco el por qué. Si lo he hecho lo voy a volver a hacer, solo quiero dejar claro que la historia que yo cuento es desde mi punto de vista, no quiero que parezca que las estoy poniendo verde. Es simplemente mi visión de los hechos, pero todo cambia según la perspectiva.

En fin, volvamos atrás en el tiempo. A los dos años y medio tenía a Esmeralda ¿os acordáis? Mi pequeña gran amiga. Pues a los tres empecé a ir al colegio, como cualquiera. Allí encontré a las tres mejores amigas de mi infancia. Aquí no me hace falta pensar pseudónimos porque cuando estaba en quinto y cuarto de primaria escribía cuentos basados en mis compañeros de clase, a ellos les encantaban porque eran los protagonistas y yo los leía en clase, así que tienen pseudónimos desde entonces. Pues Bella, Sandra y Saray eran mis mejores amigas, sobre todo, Bella.
Las cuatro crecimos juntas siendo amigas, yo crecí con ellas. No sé si lo habréis podido apreciar a lo largo de lo que he escrito ya, pero soy una persona bastante abierta y demasiado confiada, ahora menos, con los años, los golpes y las decepciones, he aprendido que hay que cerrarse un poco más al mundo. Pero siendo una niña todavía no conocía el peligro de ser yo misma y simplemente lo era. Yo vivía por y para ellas, todavía no tenía a mi hermano, mi madre me controlaba en todo lo que hacía, mi padre me exigía cada vez más en el colegio y solo las tenía a ellas y a mis animalitos para alejarme del mundo (bueno y mis libros). Las quería como a hermanas, de hecho, recuerdo que una vez planeamos fugarnos juntas para vivir en el bosque. No lo hicimos, pero yo pasé años fantaseando con aquella idea, la de irme de casa y vivir con mis mejores amigas.
Pues ese es el escenario, tenía a mis tres mejores amigas desde los tres años, las quería como a hermanas, me había entregado sin mesura porque no había aprendido todavía lo que pasa cuando te entregas a alguien y esa persona te rechaza, ellas me lo enseñaron. Hubiera hecho cualquier cosa por ellas, cualquier cosa menos lo que me pidieron. Un día, cerca de fallas, el 18 de marzo, cuando tenía 12 años, quedamos para ver las fallas. Yo había salido a montar a caballo con mi padre y como me tenía que duchar y todo eso quedé con ellas 15 minutos más tarde, pero cuando fui no estaban. Las estuve buscando, fui  sus casas, pregunté a sus padres sin resultado, las llamé al móvil y me dijeron que estaban en un sitio y cuando llegué se habían ido. Al parecer, se fueron corriendo para no quedar conmigo. Ahí empezó a abrirse la grieta, con aquel extraño juego de apestados, huyendo de mí.

Cuando pasaron las fallas y volvimos a clase yo estaba enfadada, pero los enfados se me pasan rápido, ese no fue el problema. La siguiente sucesión de hechos comienza a ser algo borrosa, sé que mi madre tuvo mucho peso, me obligó a llamarlas, a preguntarles y casi interrogarlas para saber por qué ya no me hablaban demasiado. Saray fue la que me dijo que cuando salían conmigo las llamaban empollonas. Aquí hago un inciso para decir que sí, yo era una empollona, desde siempre, ellas también estudiaban mucho y sacaban buenas notas, pero al parecer yo tenía más fama de empollona que ninguna. También admito que sacaba mejores notas, las suyas no eran malas, solo que las mías eran un pelín mejores. El caso fue que esa misma tarde, después de hablar con Saray, las tres me cogieron por banda para hablar conmigo, yo les pedí por favor que allí no, delante de toda la clase, en el patio, no. Y fuimos al baño. Allí me dijeron, Sandra como portavoz me dijo, que no querían salir conmigo, ni ser amigas mías y no por empollona, sino porque yo era prepotente, siempre quería tener la razón y argumentó una vez en la que saqué un 7 en historia, pero yo no estaba conforme con la nota y fui a hablar con el profesor, resultaba que se había dejado dos preguntas por corregir y tenía un 9. No sé, ¿eso es ser prepotente? ¿querer que te pongas la nota que tienen?

Eso da igual, el caso es que no me aguantaban y yo escuché toda aquella charla en la que mis tres mejores, casi únicas amigas me decían que no me soportaban sin poder evitar ni sujetar las lágrimas que me sobrecogieron. Todo lo demás es borroso y confuso, aunque sigue grabado a fuego en mi mente. Me dijeron algo sobre que "si dejaba de ser como era, si dejaba de estudiar tanto podría volver con ellas" creo que me dijeron algo así, aunque en aquel momento no comprendí que se referían a que tenía que dejar de sacar más nota que ellas. Aquello fue horrible, lo pasé muy mal, podría decir que se me rompió el corazón de verdad. No hacen falta enredos amorosos para afectar el corazón, la amistad se arraiga igual y duele tanto o más cuando se acaba así.
Pero la peor de las torturas vino después. Mi madre se lo tomó peor que yo. Fue a hablar con los profesores, discutió con las otras madres, me interrogaba una y otra vez sobre lo que ellas me habían dicho en el baño. Yo solo quería olvidarlo y no me dejaba. Tampoco permitió que me quedara sin amigas. Y eso hubiera sido bueno si yo hubiera estado preparada, pero lo había pasado muy mal con el rechazo de las que fueran mis mejores amigas, necesitaba un tiempo para reponerme, para intentar pensar que no era yo la culpable, que no era tan insoportable como ellas me decían. Pero mi madre no me dejó mi tiempo de luto, me obligó a salir con otras chicas cuando todavía tenía el ánimo por los suelos sin ganas ni fuerzas para divertirme. Y, claro, no encajaba en ningún grupo. Me sentía siempre como una acoplada, sentía que sobraba. Si les sobraba a mis mejores amigas, aquellas que pensaba que me querían como yo a ellas, si incluso para ellas yo era un incordio, ¿cómo iba a caerles bien a otras chicas que no me conocían de nada? No me sentía aceptada y no pensaba que lo fuera a ser. Así que pasé de todo y me refugié en mis libros.

Durante mucho tiempo solo tuve a mis libros y la soledad como compañía, y no estaba mal, me acostumbré a llenar el vacío con historias que leer y que contar. Para ser justa, tengo que decir que cuando llegué al instituto, sí que me sentía bien con unas cuantas chicas, eran buenas personas. Pero me sentía bien con ellas, cuando estaban en grupo me ignoraban o me sentía ignorada. Supongo que soy muy victimista, porque conozco a otras chicas a las que también dieron de lado en el colegio y no es que tengamos un grupo de facebook en plan "A mí también me dijeron empollona", pero sí, por internet he conocido a muchas y en persona también. El odio al empolloncismo es una epidemia. En fin, que sé que mucha gente lo supera, busca otras amigas y sigue su vida, pero yo no lo hice, porque no pude o porque no quise, pero no lo hice hasta la universidad.

Probablemente esto no me disculpa de ser una ermitaña la mayor parte de mi adolescencia, pero después de que ellas me dijeran esas cosas y, esperad, queda una cosa peor. Que mi madre, esa gran mujer que me dio la vida, aprovechara sus momentos de enfado conmigo para recordarme que estaba sola. Sí, cuando se enfadaba mucho porque yo le contestaba o lo que  fuera me decía perlas como "no me extraña que no tengas amigas". Mi propio hermano pequeño, cuando se hartaba de que yo lo instara a que estudiara más me decía "al menos yo tengo amigos" Y era una puñalada tras otra O.O

Simplemente no me quedó valor para atreverme a exponerme así de nuevo. Porque tuve amigas, conocí a más chicas y empezaba bien, hablando normal, riéndome, pero siempre llegaba un punto en el que me tenía que abrir a esas otras personas, tenía que compartir mi tiempo, tenía que confiar en ellas y no podía. Me aterraba inconscientemente. Me alejaba de ellas y volvía con mis libros, es triste, pero ellos no me iban a dejar. Dicen que el tiempo cura las heridas, pero a veces se necesita algo más que tiempo, se necesita ayuda externa.

Sí. Con mis amigas de la universidad, al principio me pasó un poco, intenté que no, intenté ser yo misma y abrirme, pero al principio me costaba. Me he ido haciendo poco a poco, año a año me he ido abriendo más, parezco un capullo ¿verdad? sí, me he ido abriendo más, mostrando nuevas capas y facetas de mí que ni yo misma conocía. Y al principio también tenía miedo, cuando no me hablaban mucho por whatsapp o cuando me ponía muy cansina, escuchaba esa voz mezcla de los recuerdos de mi madre y mis antiguas amigas diciéndome que ellas no me querían, que me aguantaban por compromiso, por pena, por lástima, que en realidad estaban mejor sin mí. Pero no es verdad, sí que son mis amigas y aunque me cueste otro golpe, confío en ellas. Ahora que lo he vivido todo un poco y recuerdo el dolor del desengaño, creo que merece la pena el riesgo de sufrir de nuevo a cambio de la sensación de plenitud y bienestar que siento cuando estoy con ellas, a cambio de las risas, el cariño y el apoyo.

Os he soltado un buen rollo hoy, lo siento. Peor mañana es el aniversario, me gustan las fechas por eso se me daba bien historia. Pues eso, que mañana hará ya 9 años de aquello. Parece mentira que algo tan lejano te marque tanto, pero es que yo soy muy sensible, ya me veis o me leéis. Os cuento una cosa, la última lo prometo. Mi vida así mirada se asemeja a la historia mundial: de pequeña era como la Antigua Grecia, en el instituto tuve una época de oscuridad como la Edad Media y en la universidad he vuelto al clasicismo. Me he reencontrado. En el instituto era igual que ahora, en el fondo, pero más callada en clase, más taciturna, dejé que se apagara un poco la luz que había tenido de pequeña y que ahora ha vuelto a mi vida.

Y ya no os cuento más rollos, hasta mañana. 

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