No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 9 de marzo de 2014

La Fábrica II

 Cada día faltaba menos, sabía que faltaba ya muy poco y aún así, después de todo el esfuerzo todavía a veces me sentía tentado a abandonar. Sinceramente estaba cansado de esforzarme tanto, cada vez era más difícil conseguir la perfección de los trazados, de las formas, cada vez me costaba más y estaba muy cansado. He de confesar, y solo porque estos son mis pensamientos más íntimos que a veces dudo de que decidiera bien, quizás el estante de la gloria no es para tanto, quizás tanta luz acabe cegando, quizás estar tan alto me dé vértigo. No sé… aunque lo cierto es que una pequeña parte de mi confuso ser sigue deseándolo con todas sus fuerzas y a ello me aferro porque dar marcha atrás ya es imposible y solo puedo seguir adelante.

 Día…¿qué? ¿día 1000? ¿Un millón? No lo sé ni me importa, cada día es igual que el anterior, esfuerzo, más esfuerzo, más perfección. ¿Acabará algún día esta terrible monotonía? Yo… ¡un momento! ¿Qué es eso? Es…vaya… una nueva figura, es preciosa, una sirena, creo, con el pelo al viento, la piel blanca como la porcelana, una brillante cola de tonos verdes adornada con perlas. Es la figura más bonita que he visto nunca, me digo, y por un momento sé que podría pasarme mirándola el resto de mi vida y me daría igual en qué estante o cajón me colocasen, en el Estante del Triunfo o en la mismísima basura, con tal de estar con ella. Sus ojos, de un azul intenso, tan profundos como el mar se miran hacia la nada. Me gustaría que se diera la vuelta y me mirase, me gustaría que me viera, pero no mira a nadie, como si nada hubiera a su alrededor, solo mira al frente. La sirena solitaria… mi sirena solitaria

 ¿Soy un loco acaso si trato de impresionarla? ¿Si sueño con que me mire, con que me dedique una sonrisa? Yo no dejo de contemplarla, y me he dado cuenta de que de vez en cuando su pecho se mueve como si soltase un gran suspiro, ese es el único movimiento, el único signo de vida, después sigue mirando a la nada. Está sentada sobre una roca, sus brillantes aletas cuelgan por un saliente y sus manos se entretienen peinándose su largo y dorado cabello. Tengo la impresión de que está triste más que ausente, yo creo que está esperando algo… o a alguien. Mi corazón (si es que tengo uno) pero en todo caso la roca de arcilla que tengo por corazón amenaza con romperse en mil pedazos. Espera a alguien. Y supongo que no soy yo. Adiós a mi nuevo sueño, a esa fugaz dicha que me consumió. Vuelvo a abrir los ojos a la realidad y solo me queda mi maltrecho corazón de arcilla y mi Estante inalcanzable.

¿Qué es mi vida? ¿Por qué sigo avanzando sin parar? Ya no sé por qué sigo. Llevo demasiado tiempo en la cinta y a veces me sobreviene la desesperación, ¿qué hago aquí? Sobre todo cuando la miro y me embebo en su hermosura, en su tez pálida y cristalina, y me enamoro un poco más de esa figura distante e inalcanzable que está a apenas unos centímetros de mí, y a la vez, en otro mundo. Me siento tentado, de vez en cuando, de tratar de acercarme a ella, de alzar mi voz para llamarla y... ¿decirle qué? No serviría de nada, una figura tan hermosa no se fijaría en mí y de todas formas sé, intuyo que espera a alguien. Me desaliento. ¿Qué es mi vida? Solo el discurrir de la cinta, el discurrir…


  He empezado a despistarme, ya no trabajo tan duro por mejorarme, ya no sé si vale la pena el esfuerzo. Por más tiempo que pasa, por más que avanzo no parece que mi Estante del Triunfo esté más lejos y además me he dado cuenta de una cosa: ¿de qué me sirve estar en ese estante si no la tengo a ella? Sí, tendría las mejores vistas, la mejor luz, ¿y cuánto tardaría en hartarme de estar quieto, siempre  a la misma altura, con el mismo paisaje? Por extraordinario que fuera ese lugar la seguiría viendo a ella y seguiría sabiendo que espera a alguien. Mas poco puedo hacer ya, me da tanta rabia rendirme ahora tras tanto tiempo que creo que sigo avanzando, torturándome a mí mismo con su cercanía, por propia testarudez, y por miedo, sobre todo por miedo de haber desperdiciado mis días, mis oportunidades y que sea demasiado tarde para ser feliz. El tiempo pasa, la cinta corre y nada cambia, pero todo es distinto. 

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