No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 9 de marzo de 2014

La Fábrica III

 Todo parecía normal, pero había algo extraño aquel día, lo intuí desde que las primeras luces rayaron al alba, había algo que no encajaba. Me mantuve alerta por si acaso, mas nada pasaba y me dije que eran imaginaciones mías. Pero algo en mi interior seguía previniéndome, se avecinaba algo. Y de pronto ahí estaba, un estrépito, mucho humo, ruido, polvo y confusión. ¿Qué pasaba? La onda de la explosión me había lanzado hacia atrás y yacía tumbado en la cinta que seguía avanzando. Abrí los ojos, Había fuego ¡Fuego! Y mucho humo. Entrecerré los ojos para intentar ver mejor lo que pasaba y me pareció distinguir que una de las piezas de la máquina había estallado formando aquel jaleo. Muchas figuras permanecían tumbadas como yo, otras se habían caído. Tuve un mal presentimiento ¿y mi sirena? La busqué por toda la cinta, pero no la veía. No, no podía ser. La congoja me atenazaba, no podía haberse caído. Y entonces lo oí, una voz, un quejido, provenía del borde de la cinta. Soy un muñeco de arcilla, la movilidad es reducida, más aún así salté como pude hasta asomarme a un abismo que nunca antes había contemplado y para verla a ella colgando de la cinta.

-        -     Aguanta- le grité- yo te salvaré. No temas
  Me miró a los ojos y sentí un escalofrío que me recorría el cuerpo entero, era la primera vez que me miraba. Apartó sus ojos de mí y me encontré suplicándole mentalmente para que volviera a mí. Pero en vez de eso seguí su mirada y me di cuenta de que en apenas unos metros la cinta iba a adentrarse en un túnel y si no la subía rápido, chocaría contra él y caería. Le ofrecí mi brazo y ella lo tomó. Traté de subirla con todas mis fuerzas, pero pesaba demasiado y apenas lograba alzarla unos milímetros.
-         -  Aguanta, aguanta…- Y no sabía si se lo decía a ella o a mí mismo.
-         -  Tarde
Era la primera vez que oía su voz y aquel melodioso sonido me dejó por un momento sin respiración. La miré de nuevo a los ojos y vi en ellos un brillo especial.
-         -  Te he estado esperando. Pero has venido demasiado tarde
-         -  ¿A mí? ¿Me estabas esperando a mí?- No me lo creía- Si no me conocías
-          - No era necesario, sabía que llegarías. Mi caballero de brillante armadura

¿Caballero? ¿Yo? Miré con atención el brazo al que ella se aferraba. Era cierto, llevaba una brillante armadura dorada. ¿Cómo no me había fijado antes? No era un simple muñeco, era un caballero, elegante y majestuoso. Me había esforzado en ser perfecto pero nunca me había parado a comprobar si lo conseguía, simplemente continuaba, obcecado. Pero no era momento para esas consideraciones. Tiré de ella con fuerza, con todas las fuerzas que pude hallar. La roca sobre la que se posaba pesaba  demasiado pero no pensaba dejarla caer. Comencé a notar algo raro, una tirantez, y me di cuenta de que mi armadura, mi cuerpo de arcilla empezaba a resquebrajarse por el peso, pero me daba igual, tenía que salvarla. Ser perfecto no valdría la pena si no conseguía salvarla. Y lo hice, justo a tiempo, conseguí devolverla a la cinta justo antes de adentrarnos en un oscuro túnel.

 Permanecimos en silencio un tiempo, no sé cuánto. No me atrevía a hablar y permanecía con la mirada perdida en aquellos profundos ojos azules que me miraban apenados.
-          - Te has rasgado la armadura. – Me dijo desolada
-         -  Ha merecido la pena, por salvarte.- Ella me sonrió y yo sentí que mi mundo daba vueltas
Me tendió la mano y yo me apresuré en cogerla, deteniéndome, ahora que nuestras vidas no corrían peligro, en admirar la suavidad de su trazado, su blancura.
-         -  Por fin te he encontrado- Susurró
Y no necesitaba nada más, nada más que aquellos ojos, aquella voz que me mecía, aquella sonrisa cautivadora. No necesitaba ser perfecto, ni más arcilla, ni al Estante del Triunfo. Solo a ella.
Salimos del túnel por fin, tras haber pasado varios minutos sumidos en la oscuridad, una potente luz me cegó. Tardé unos segundos en poder abrir los ojos y darme cuenta de que algo había cambiado, no solo era la luz, había una sensación extraña, distinta. Eso era: la cinta había parado. Era la primera vez en mi vida que no me movía sobre aquella cinta y el mundo estático se me antojaba totalmente nuevo. Seguí observando a mi alrededor para encontrar la razón y allí estaba. Había llegado. A tan solo un metro de distancia se hallaba el Estante del Triunfo. No me lo podía creer, estaba allí, junto a él, tan cerca y a la vez… me miré detenidamente… demasiado lejos, demasiado imperfectos. Oímos unas voces que se acercaban y todos nos quedamos quietos
-         -  A ver qué ha traído la máquina esta vez- decía una voz
-         -  Vaya, que de figuras.
-        -   Mira esta sirena, es preciosa. De una delicadeza exquisita. Deberíamos ponerla en el estante de arriba para que se vea bien.
-        -   Estoy de acuerdo.
Y se la llevaron de mi lado. Aquellas manos gigantes cogieron a mi Sirena y la alzaron para dejarla en el estante inalcanzable. Nos habían separado. Yo me había roto, mi cuerpo estaba surcado de grietas, no podría llegar con ella. Todos mis sueños, destrozados, mi vida… si es que se le puede llamar vida, acabada. Si me hubiera atrevido a acercarme a ella antes al menos la habría tenido unos días más, habría escuchado más veces su risa, pero tenía miedo y no lo hice, y ahora la he perdido para siempre. Maldita Fábrica y maldita cinta interminable. Siempre ansiando llegar a un destino que no me pertenecía, viviendo vidas que no eran la mía, viendo rostros que no conocía, y cuando por fin encontré mi lugar en aquel caótico mundo, cuando por fin la encontré a ella, me la arrebataron. ¿Qué sería de mí? Me daba igual, si iba a estar lejos de ella no me importaba acabar en la basura o en cualquier otro sitio.
-        -   Oye mira. Seguían diciendo las voces- Hay muchos caballeros
-        -   Sí, debe ser la remesa de los caballero, coge alguno y ponlo en el estante, el resto nos lo llevaremos a las tiendas.
-       -   ¿Cuál cojo?
-        -   Son todos iguales, muy bien hechos, pero iguales
-         -  Este es distinto- Uno de los gigantes me cogió entre sus manos
-         -  Está roto, tíralo- dijo el otro
-          - No, no está roto, pero las grietas en la armadura lo hacen más real, parece que haya combatido de verdad en mil batallas, un caballero épico
-         -  ¿Te gusta ese?
-       -    Si- contestó rápidamente el que me sostenía
-        -   Pues ponlo en el estante y recoge los demás, tenemos mucho trabajo

Y allí estaba yo. En el Estante del Triunfo, el lugar donde siempre había soñado estar y nada me colmaba tanto de felicidad como estar con ella. Y de entre todos aquellos caballeros, perfectos e idénticos, me habían elegido a mí, que ni era perfecto ni estaba del todo bien hecho, pero era diferente. Era yo.
  Y allí, con mi hermosa sirena a mi lado y con la imponente vista de toda la Fábrica abriéndose a mis pies me dije a mí mismo que, a veces, lo que nos hace imperfectos nos hace únicos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario