No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

jueves, 6 de marzo de 2014

Veo las estrellas

Queridos lectores,

El atardecer es mío. Supongo que el amanecer será para los madrugadores, pero el atardecer es mío. En mi casa, la ventana da al oeste. Como en los pueblos todavía no se ha copiado esa odiosa manía de hacer edificios altos (probablemente para cubrir algún trauma sobre el tamaño) puedo ver cómo el sol desaparece tras las colinas, fundiéndose con el azul del cielo. Me encanta el atardecer, los colores, la calidez que desprende, podría pasarme horas viéndolo y, de hecho, lo hago. Desde que las nubes comienzan a teñirse de naranja hasta ahora que la luz ha desaparecido casi por completo, lo contemplo embobada. Es una de las cosas que más me gustan de estar en casa: tener el cielo solo para mí.

Pero seguro que no me estáis siguiendo, como siempre, empiezo la historia por el final. Pues vaya birria de escritora soy. ¿Os he comentado alguna vez que siempre me equivoco en mis decisiones? Probablemente y si no lo he hecho, lo debería haber hecho. El caso es que cuanto más medito algo, peor me sale. Y esta semana, simplemente, quería estar en casa. Me refiero a que estaba en la ciudad, en el piso de estudiantes y he decidido pelarme el viernes y venirme a mi pueblo hoy. Lo sé, soy taaaan malota. No es una gran pérdida, supongo, aunque no puedo dejar de sentirme culpable por pelarme un día entero de clase sin más excusa que... bueno, no tengo excusa. Simplemente, he venido. Y no lo voy a aprovechar, ni voy a estar estudiando como una loca, de hecho llevo toda la tarde leyendo. Pero me gusta estar en casa. Salir a la terraza y aspirar el aroma de mis flores, ver a mis peques (mis caballos) y estar en un pueblo.

¿Sabéis lo estresante que es vivir en una ciudad? Me gusta mi ciudad: tiene parques, jardines, museos, cines, tiendas de todo. Tiene un montón de cosas apasionantes que me encantan. Pero yo no estoy hecha para vivir en una ciudad. No consigo a acostumbrarme al sonido del tráfico, tantos coches, tanta gente, todo está siempre tan lejos, ¡cuando en mi pueblo me cuesta dos pasos cruzarlo entero! No, yo he crecido y estoy hecha para estar en la naturaleza, entre otras cosas porque aún estoy un poco sin civilizar, y además es que no puedo estar sin ver el cielo y en la ciudad la contaminación lo tapa todo. Echo de menos las estrellas. Siempre las busco, pero me cuesta muchísimo verlas. He conseguido, una noche rara y despejada, ver a Orión y a Júpiter y siempre veo la luna desde mi ventana. Pero aquí, en mi pequeño pueblo en mitad de la nada, el cielo entero es mío. La bóveda de celeste se llena de astros, pequeños cúmulos de fuego que brillan ante mis ojos a millones de millones de años luz.

Esa misma luz que lleva eones recorriendo el espacio y que ahora llega a mis ojos y a los de todo el mundo que mire hacia arriba, conectándonos. Me encantan las estrellas. No sé exactamente la razón, solo sé que me encanta salir al frío de la noche y contemplarlas hasta que siento que se me ha congelado la nariz o que mi cuello está apunto de ceder. Me encanta tumbarme en verano con el cielo sobre mí y buscar las constelaciones que conozco e intentar comprender cómo los antiguos griegos conseguían ver en un conjunto de estrellas el dibujo de un guerrero matando a una hidra, o un pavo o unos gemelos. No sé qué hacían esos hombres...Pero lo cierto es que hay tanta belleza a nuestro alrededor que a veces no llegamos a contemplarla. A mí me pasa también, vivo la mayor parte del tiempo tan obsesionada, tan triste o con tantas preocupaciones que se me olvida hacer algo tan simple como mirar al cielo y ver las estrellas o inspirar profundamente y descubrir el aroma de los almendros en flor en el aire. Se nos olvida porque la belleza que queda está sepultada bajo las toneladas de horrores diarios que se cometen.

A mí me gustan las estrellas porque nos igualan, porque eones atrás, la materia de la que estamos hecho se creó en las entrañas de una estrella. Porque todos estamos hechos de polvo de estrella y, como tal, podemos brillar. Solo hay que creer.
Es difícil, lo admito, yo soy la primera que no recuerda siempre que hay que mirar el cielo para alzarse y dejar los problemas en la tierra. Pero hay que intentarlo, hay que intentarlo.
Además, las estrellas nos conectan. Mi padre y yo vemos Venus todas las mañanas. Y él está aquí, en el pueblo, y yo en la ciudad. Pero vemos Venus como si estuviéramos juntos.

Así que eso es lo que ha pasado. He dejado la ruidosa ciudad (irónico que escriba esto justo cuando mi padre se ha puesto la música a todo volumen para ducharse) y me he venido a mi casa. Es mi casa porque vivo aquí, mi familia está aquí, mi casa también, pero cuando realmente me siento en casa es cuando los rayos del atardecer comienzan a acariciarme, pintando el cielo de naranja, rosa y amarillo, dibujándose en las nubes y dando paso a la noche, trayendo mis estrellas.

¿He sido muy cursi? Un poco ¿no? Y el caso es que hoy tenía que deciros muchas cosas, pero me he emocionado tanto hablando de estrellas que se me ha ido el santo al cielo (nunca mejor dicho) Mañana os contaré las frases de ligar homologadas para médicos, cómo va el culebrón de las prácticas y puede que os ponga una pequeña historia que estoy trabajando, a ver qué os parece.

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