No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

martes, 29 de abril de 2014

El destino del azar

Queridos lectores, 

El universo nos coloca a cada uno donde debemos estar. Al menos, eso es lo que quiero pensar en ciertos momentos de la vida. Como hoy, cuando he salido del hospital con el tiempo justo para coger el metro. El siguiente tardaría otros quince minutos y yo estaba cansadísima y deseosa de llegar a casa. Pues, momentos afortunados de la vida, he llegado para coger el metro, por los pelos, pero lo he cogido. Y, al llegar, a mi parada, al salir a la calle, para ser más exactos, me he encontrado con una señora mayor que había sujetado la correa de su perro en una especie de banco de piedra, entre la tabla sobre la que te sientas y la pata, de forma que ahora la correa se había enganchado con una piedrecita y no podía liberar a su perro. Y yo, que soy algo idiota y me meto en todos los fregaus que encuentro, pues me he puesto a ayudar a la señora sin que nadie me lo pidiese ni me dijera nada. Menos mal que he conseguido soltar al perrito, porque sino,hubiera quedado como una torpe además de como una metómentodo. Así que al volver a casa tras una buena obra, he sentido que he cogido el metro por los pelos para poder ayudar a esa mujer. 

Esta idea de que el universo nos coloca, de que todos tenemos a la larga un objetivo o una acción que llevar a cabo me viene de lejos, casi desde que nací o, al menos, desde que escuché la historia de mi nacimiento. Resulta que yo tenía que haber nacido el 19 de diciembre, pero me atrasé hasta el 1 de enero. Como consecuencia de esto, voy a un curso, a un año distinto del que podría haber ido. Puede que esto tenga un motivo o no, pero va más allá. En el momento en el que mi madre se quedó embarazada, ella estaba siguiendo un tratamiento médico con bastantes pastillas potencialmente teratogénicas (teratogénico es todo aquello que supone un peligro para el feto). Como, además, ella no buscaba quedarse embarazada, pues no se dio cuenta hasta que fue evidente, con lo que, en las primeras semanas, casi el primer más o incluso más, de mi formación en el útero materno, había a mi alrededor unos medicamentos malotes que podían provocar todo tipo de malformaciones o problemas. En el momento en el que se supo que estaba embarazada, dejó de tomar el tratamiento. Pero, según el criterio de muchos médicos, ya había pasado demasiado tiempo y ese factor teratogénico más la talasemia de mi madre y mía de la que os hablé, por lo que aconsejaron a mi madre repetidamente que abortara porque era arriesgado. Como podéis deducir, mi madre pasó de ellos y no abortó. Pero vamos, que ellos estaban empecinados en que habría problemas y mi madre lo pasó fatal. Comenzaron a hacerla tomar otro montón de pastillas y cosas (esta vez, beneficiosas para mí) Y me retrasé como 15 días. Y encima, al nacer, le provoqué una hemorragia a mi madre : /

Pero al final nací, ¿no? Y pensaréis que hay se acabó el culebrón... pues no. Nací bien y no cumplí los vaticinios de los médicos que dijeron que, de nacer viva, moriría a los pocos días porque no llegaba al peso o cosas así. Aunque sí que es verdad que llegada a cierta edad comencé a ponerme enferma muchas veces. Tenía infecciones repetidas, neumonías, bronquitis crónica, asma, alergias a un montón de cosas... A todas horas mala, hasta que un día, no recuerdo a qué edad, pero poco a poco, dejé de tener todo esto. Se me fue el asma, dejé de ser alérgica a las cosas que era y, claro, yo encantada. Aunque lo que mi madre siempre me repetía era que el médico al que yo iba, el pediatra especialista, le dijo que por ahora no tendría más cosas de estas, pero que podrían volver a aparecerme, a lo mejor, a los veinti tantos años. 

Así que, tenga sentido o no, pero con esta mente retorcida mía que tengo, pues yo veía esa historia de mi vida que me contaba mi madre como un intervalo de regalo que me daba la vida. Porque, quizás, yo no debería haber nacido, pero lo hice; quizás, no debería haber superado tantas y tantas infecciones y enfermedades, pero lo hice. Y ahora estoy aquí con esa especie de relapso que me daba la vida hasta que volvieran mis antiguos males. Por eso, durante mucho tiempo, tuve la sensación de que solo estaba de paso, de que mi fecha de caducidad estaba un tanto escrita en esa promesa de mi médico a través de mi madre. Lo sé, soy muy dramática, pero era pequeña y con mente de escritora, no puedo evitar pensar cosas retorcidas, y eso era lo que pensaba. Me dio por creer que, después de tantas cosas, había llegado a nacer y estaba aquí porque tenía que hacer algo importante, porque podía llegar a ser especial. Pero ha llegado la fecha límite, ya estoy en los veinti tantos y, aunque no me ha vuelto el asma, sí que tengo ciertas reacciones alérgicas con el látex y algunas frutas. 

El comienzo de mi vida me ha llevado a dos pensamientos o ideas que han marcado, mejor o peor, el resto de la misma. Por una parte, lo que os contaba de que el universo nos coloca a todos en algún lugar. Que el mundo es un puzzle y cada uno de nosotros somos una pieza de ese puzzle que, algún día, encajará en su lugar perfecto. Pienso que tenemos un papel que cumplir y cada paso que damos puede estar destinado a cumplir este gran objetivo. No es que no crea en el libre albedrío, claro que también estoy a favor de que cada uno escriba su propio destino. 
Pero cuando hablamos de algo grande, de tu Gran Obra, de tu milagro, entonces hay uno o pocos más reservados para ti. Un gran milagro para el que haya merecido la pena vivir, eso debe ser. Por ejemplo, tener un hijo, un gran milagro que le da sentido a tu vida. Yo no sé cuál es el mío, pero esa infancia de hospital en hospital, ingresada, con agujas y pruebas médicas, me han dado un propósito. Yo quiero que todos los niños del mundo o, al menos, los que estén conmigo y tengan que estar hospitalizados vivan una vida lo más normal posible. Quiero que una noche en el hospital se convierta en una noche de pijamas. Que puedan jugar, relacionarse con otros niños, que estar enfermos no les robe también su infancia. Sí, hablo de trabajar con niños muy enfermos, estoy incluso barajando la oncología pediátrica. Y sé que será muy difícil porque querré a todos esos niños como si fueran hijos míos y que, si mueren, porque algunos morirán, será muy duro. Pero no hay que mirarlo así. Es inevitable que muchos acaben siendo víctimas de la enfermedad. Mi objetivo es curarlos, es cuidarlos, salvarlos y cuando no los pueda salvar de la vida, al menos, salvarlos de una muerte triste y en soledad, que el tiempo que tengan, aunque sea poco, sea feliz y lo más normal posible. 

Y os decía que esta visión de la vida me había dado dos cosas. Una es la que os acabo de decir, un objetivo para la vida. Que primero fue encontrar mi objetivo, mi milagro, ahora lo he encaminado a lograr el mayor número de sonrisas posibles. La otra cosa, el otro pensamiento que se me grabó al saber eso de que "todas mis enfermedades podrían volver a los veinte" hizo que pensara que ese podría ser mi intervalo de tiempo. Un regalo de 20 años para alguien que no debería de haber nacido no era un mal regalo. Creo que esa es la explicación de que nunca me haya enganchado demasiado a la gente. Cuando os comentaba que me cuesta abrirme, pero que era demasiado exagerado como para que se debiera todo a que "me dieron de lado en el cole". Además, he estado pensando, y ya comencé a alejarme de aquellas amigas. Esa es la palabra, me alejo de la gente cuando empiezan a caerme bien, encuentro algún impedimento, alguna cosa para dejar de relacionarme, para no establecer una relación, un vínculo. Porque vivía pensando que cualquier día podía ser el último y la manera que encontraba de no tener miedo a la muerta era no atarme a la vida. Y así he acabado convirtiéndome en una canción de Bette Midler, the Rose, cuando dice: 
"The soul afraid of dying that never learns to life"
"El alma, temerosa de morir, que nunca aprende a vivir" 
Algo así. Me distanciaba de la gente que comenzaba a caerme bien, así no dejaría nada empezado, nada que me diera pena dejar. Por eso me concentraba en estudiar, no puse demasiadas objeciones a meterme en una carrera que a priori no me gusta como la medicina (aunque ha acabado abriéndome las puertas a mi objetivo en la vida) porque no me importaría dejarlo. Pensaba que me hacía valiente no tenerle miedo a la muerte, pero en realidad era una cobarde porque no me atrevía a tenerle miedo. 

Como ahora estudio medicina y las supersticiones de mi madre retorcidas por mi mente dantesca han dejado de darme la impresión de que me voy a morir por tener asma y alergias, pues he pensado que ya es hora de que empiece a afianzar las relaciones. Por si os lo preguntáis, a lo me refiero con no "afianzar" era a comenzar con unas chicas y cuando comenzaba a  caerles bien y me invitaban a ir con ellas yo dejaba de salir. Apuntarme a foros y cosas así y cuando comenzaba a haber una relación más personal, dejar de escribir. Huir de la gente, del cariño, de la amistad... teniendo así una vida vacía porque, sí, es verdad que no me da miedo morir, pero no tener nada por lo que vivir no es motivo de estar orgulloso. Menos mal que conocí a mis chicas y ellas me ataron y no dejaron que me volviera atrás =)

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