No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Bella y Bestia II

Queridos lectores, 

Hola chicos, ¿cómo vais? Yo estoy muy aburrida de estudiar y ¡solo llevo un examen! El siguiente es tan tremendamente aburrido que me cuesta mucho estudiar... Bueno, hay unas cuantas razones más por las que se me está haciendo cuesta arriba. No os quiero marear, por una vez con ello. Estoy tan harta que no me apetece ni escribirlo : /.

Os voy a poner otro trozo del relato. Espero que os guste al menos un poquito ;)

Bella y Bestia
¿Cuánto tiempo más tendría que esperar? Se pasaba la vida mirando por aquella ventana esperándola. Esperando a verla llegar por el camino de piedra que conducía a las inmensas puertas de su castillo.
Cada vez tenía menos paciencia.  ¿Cuántos rostros más tendría que contemplar? ¿Cuántas esperanzas frustradas? Se alejó de la ventana ofuscado. Tenía que ser pronto. No podía quedar tanto, ella vendría a él. No podía ser de otra forma. Sus pasos lo condujeron casi sin quererlo hasta su mayor refugio. Hasta su cuarto. A pesar del tiempo, seguía teniendo su perfume, olía a rosas, a rosas rojas, sus preferidas.

Se acercó al gran espejo de pie que descansaba en el centro de la habitación. Estaba muy cambiado, los siglos de espera lo habían cambiado. ¿Lo reconocería ella? ¿Le seguiría gustando? Tendría que hacerlo, no tendrían demasiado tiempo:

Una eternidad de espera, por unos días con ella.

Aquel había sido el trato y así sería. ¿Pero cuánto más tendría que esperar, cuántos días les quedarían? Aquello era lo único que no sabía.

Un extraño ruido llamó su atención. La puerta se abría dando paso a una nueva invitada. Sería otra farsante, era lo más posible. Había aprendido a no tener demasiadas esperanzas. Pero un nuevo sonido lo paralizó. ¿Lo que oía era el tic-tac de un reloj?
***

Estaba preparada. Solo tenía que llamar a aquella enorme puerta de metal. Su mano se alzó aunque no llegó a posarla sobre la puerta. Esta se abrió sola dejando ver un maletín repleto de billetes. Su padre y su hermana se lanzaron desesperados a por él y volvieron atrás.

—Debéis iros. —Susurró Bella. —Adiós. Si no vuelvo, cuidad a padre y no dilapidéis el dinero por el que me vendo.
—No te vendes, hermanita. Y volverás, tranquila. Él no se las queda mucho ¿sabes? Cogerá de ti solo lo que desee.

Bella sintió como toda su piel se le erizaba. Estaba aterrorizada. No sabía lo que podría pasarle en aquel enorme castillo. Escuchó pasos y supo que estaba sola. Su hermana y su padre se habían ido. Realmente, la habían abandonado. Se había vendido. Pero merecía la pena, tenía que merecerla. Él era su padre, le había dado la vida, merecía la oportunidad de corregir sus errores y era solo dinero, solo unos días.

Comenzó a andar hasta dejarse arropar por la oscuridad que albergaba aquel extraño castillo. Se quedó quieta, en mitad de la entrada. La puerta se cerró de golpe haciendo que su corazón se desbocara, pero pronto, solo quedó el silencio. Un intenso aroma la envolvía, olía a algo familiar que todavía no sabía reconocer. Como su aquel perfume quisiera recordarle algo, pero su mente no llegaba a situarlo. Esperó unos segundos más y escuchó el tic-tac de un reloj, se giró sobre sí misma para ver un enorme reloj de torre que estaba frente a las escaleras y marcaba las doce. No sabía la hora, pero debían de ser no más de las nueve. Alguien necesitaba un nuevo encargado de mantenimiento.
Siguió con la vista clavada en aquel reloj, de espaldas a las escaleras, hasta que una sombra a su espalda cubrió la poca luz que entraba por la cristalera. Era él. Bella tomó aire, tenía que ser fuerte. Él podría hacer lo que quisiera con su cuerpo, la había comprado, su familia la había vendido, pero nunca doblegaría su alma. Nunca.

Lo escuchaba cada vez más cerca de ella, bajando las escaleras, cerniéndose sobre ella como un depredador sobre su presa. Sintió una áspera mano tocando uno de sus mechones castaños que caían en cascada sobre su espalda y se obligó a sí misma a permanecer inmóvil. No podía irse, no podía huir. Solo serían unos días.

Aquella mano insolente recorrió con un dedo la curvatura de su cuello y comenzó a avanzar a medida que lo hacía el propietario de aquella mano, rodeando su cuello hasta llegar frente a ella, peligrosamente cerca de su escote. Bella mantenía la mirada fija en el horizonte, en algún punto perdido de la pared. Su cuerpo sería suyo, pero su mente no, su alma no, su corazón no. Se repetía para mantenerse en pie.

—Perdona, ¿dónde están mis modales? —Dijo una ronca voz.
—Te los habrás dejado en alguna sala del enorme castillo.
—Eres valiente. —No lo veía, pero parecía que estaba sonriendo. —¿Cómo te llamas?
—Un nombre muy apropiado. Bella. Muy bonito.
—Gracias. ¿Y cómo debo llamarte, señor, amo?
—Puedes llamarme como quieras bonita. No tengo nombre, hace años que lo olvidé.
Ella lo buscó con la mirada extrañada ¿Quién olvida su propio nombre? ¿Y por qué no se mostraba de una vez? Quería saber a lo que se enfrentaba cuanto antes.
—¿Quieres verme? —Preguntó él como si leyera su mente.
—Sí.
—No te asustes bonita, el tiempo hace estragos, pero te aseguro que mejoraré cuando me conozcas mejor.

No sabía a qué se refería. Ella solo estaría allí unos días. No tenía intención de conocerlo. No le dio tiempo a replicar, aquel extraño hombre dio un paso al frente, hasta que un rayo de sol lo iluminó. Tenía un rostro humano, pero no lo era. Aunque sus facciones parecían propias de un hombre, sus ojos eran un vacío oscuro, negro que le devolvían su reflejo; tenía los colmillos más afilados que casi sobresalían por su boca; su piel era pálida y mortecina. A pesar de todo, no pudo decir que fuera espantoso, no era feo, era casi apuesto. Alto e imponente, como su castillo. De pelo tan oscuro como sus ojos que contrastaba con la palidez de su piel, pero tenía una sonrisa bonita.

—Pensaba que nadie te podía ver—Recordó que aquel hombre que se aparecía ante ella no se parecía en nada a la bestia que algunos describían.
—Normalmente no me dejo ver. Soy tímido, ¿sabes?
—¿Por eso no sales nunca de tu castillo y tienen que traerte las presas a casa? ¿Cómo si fuéramos correo?
—¿Presas? —él sonrió al repetir su palabra.
—No sé de qué otra forma llamarlo. —Cualquier cosa que dijera, se lo decía a sí misma. Y ella, en aquel instante, se sentía como una presa observada por un depredador. Podía leer en aquellos ojos, extrañamente oscuros, el deseo de devorarla. Y, muy a su pesar, sintió un escalofrío que recorría su cuerpo entero.
—Compañeras, amigas, chicas con las que pasar agradables veladas. Este castillo es muy grande y mí me gusta conversar.
—Pues te saldría más barato un loro.
Se la iba a ganar y lo sabía, pero no podía mantenerse dócil ante él. Se habría vendido, pero se iba a rendir.
—No es una mala idea, lo apuntaré. Haremos una cosa, si te parece. ¿Por qué no subes a tus aposentos y te preparas? Estarás cansada, podemos cenar juntos.
—¿Cenar?
—Claro, ¿no tienes hambre?

Lo miró por un instante, miró aquel cuerpo escultural y tenebroso que la escoltaba posando una mano delicadamente sobre su cintura y pensó que sí tenía hambre. Pero era un hambre nueva y primigenia que no había sentido nunca antes. Se deshizo rápidamente de aquellos pensamientos que la sobrecogían.

—Tu reloj va mal, ¿lo sabes? Marca las doce.

Él lo miró serio.

—Va justo como tiene que ir, no te preocupes. Ahora, ve a vestirte para la cena. Te lo explicaré todo después. 

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