No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Bella y Bestia III

Bella y Bestia

Que se vistiera para la cena. Como si aquello fuera lo más normal del mundo. Ella era ¿qué era? ¿Su esclava, su prisionera, su mercancía? Se había vendido. Se seguía sintiendo sucia cada vez que lo pensaba y era absurdo porque aún no había hecho nada y lo había hecho por su padre, se había sacrificado por él. Aquel hombre extraño la dejaría libre en unos días, Gastón la recogería y seguiría con su vida como si aquello no hubiera pasado, como si en aquel momento no estuviera vistiéndose para ir a cenar con su… anfitrión.

Bella apenas había traído ropa para cenas. Solo tenía trapos que no entonaban en aquel enorme castillo. Pero al parecer su carcelero lo había pensado todo, el armario estaba lleno de preciosos y delicados vestidos. Cogió uno de ellos, el que le pareció más recatado, aunque todos tenían demasiado escote para su comodidad. Aquella estancia en la que la había metido era acogedora, olía a rosas, era extraño sentirse cómoda en una situación como aquella, pero lo hacía, se sentía bien. Él no le daba miedo, simplemente no sabía qué quería de ella y la incertidumbre era lo que más la atormentaba. Era un cuarto espacioso, con una gran cama que parecí ano haberse usado en siglos. Aunque lo cierto, es que todo allí era antiguo. Había un tocador con un espejo, cepillos y perfumes. Al lado, un gran espejo de pie, mostrándole su reflejo. El vestido le quedaba bastante bien. Era azul, más sencillo que los demás y eso le gustaba, el corsé la aprisionaba un poco, pero su cuerpo se iba acomodando aquella presión externa hasta casi no notarla. Se recogió el pelo con una cinta azul que había en el tocador y se miró de nuevo. Hacía apenas dos días que había estado de pie frente a un espejo, en su casa, antes de conocer su destino, antes de saber que la única manera de salvar a su familia sería entregándose a un desconocido. El reflejo era el mismo, pero ella era distinta.
Salió cerrando la puerta tras de sí. Allá iba.
***

Nada más dejarla en su habitación, fue corriendo a ver qué día era, cuánto lo quedaba. El reloj había comenzado a correr. Los pétalos habían comenzado a caer. Era ella. La había encontrado por fin y comenzaba la cuenta atrás.

La esperaba de pie en el salón, anhelando volver a verla. El perfume a rosas la precedió. Era tan hermosa como la recordaba. Seguía vistiendo con los trajes más sencillos, como si la falta de ornamentos pudiera ocultar su belleza. Era imposible, solo la aumentaba, solo hacía que su rostro destacara más enmarcado en sus rizos castaños, reflejándose en sus ojos verdes. ¿Qué pensaría ella de él? No estaba igual, lo siglos lo habían cambiado un poquito. Tenía una imagen más amenazadora y no quería asustarla, pero habían sido siglos de espera y deseaba arrancarle aquel vestido a mordisco y perderse en su cuerpo. Sus ojos negros brillaron en la oscuridad. Se acercó a ella y le tendió la mano.
Bella lo miró asustada, no se había fijado en las enormes y afiladas uñas, o más bien garras, de sus manos.

—No te asustes, solo te arañaré si tú quieres.
Se sonrojó, tenía que sonrojarse por fuerza. ¿Cómo iba a querer eso? No quería…
—¿Tienes hambre?
—No demasiada, hoy ha sido un día duro.
—Claro, lo entiendo. Pero intenta comer algo.

Él la sentó en una de las sillas y se colocó a su lado. La mesa estaba llena de comida, todo tipo de manjares.

—¿Quién ha hecho toda esta comida?
—Una cocinera
—¿Una cocinera? —Dijo con una punzada de decepción Bella—¿Pero una normal?
—Claro, ¿qué esperabas?
—¿Con este castillo terrorífico? Esperaba comida que se cocinara sola y muebles parlantes.

Él soltó una sonora carcajada.

—Si se lo pides por favor, el candelabro te cantará una canción con la comida.
—No gracias, no me gusta la cena con espectáculo.
Tras aquella especie de conversación se impuso de nuevo el silencio. Bella no aguantaba más, tenía que preguntarlo, tenía que saberlo.
—¿Qué… qué vas a hacer conmigo?
—Nada que tú no quieras. —Ella lo miró desconfiada—No sé qué te han contado, pero no soy un monstruo. Trato bien a todas las chicas que pasan por aquí.
—¿Qué haces con ellas? —Enseguida se arrepintió de aquella pregunta. Realmente no quería saberlo, no quería imaginarlo con otras mujeres, menos aún sabiendo que dos habían sido sus hermanas— No, mejor no me lo digas. Estoy comiendo.

Para zanjar aquel tema de conversación se metió una uva a la boca. No tenía hambre, ni ganas de comer. Solo quería refugiarse en su habitación, volver a casa. Pero estaba allí. Se había entregado por su padre, por su familia, se recordaba, aunque tenía que serle fiel a Gastón. Él era bueno con ella y era su prometido, no se merecía nada de lo que estaba pasando.

Un denso silencio se interpuso entre Bella y su carcelero. Observó más detenidamente a aquel hombre que se ocultaba en la oscuridad aprovechando los momentos en los que él desviaba su mirada. No comí, no bebía, solo la vigilaba. Su pelo negro azabache recorría sus hombros, su espalda se erguía en la silla.

—¿Cuánto… cuánto tiempo me tendrás prisionera? —Se decidió a decir al fin.
—No te tengo prisionera. —Contestó él ofendido.
—¿Entonces puedo irme cuando quiera?
—¡No! No puedes irte, te lo prohíbo.
—Entonces soy tu prisionera. —Dijo ella con tranquilidad, lo tenía asumido.
Él pareció meditar sus palabras.
—Si lo quieres ver así, sí, eres mi prisionera. Aunque me gustaría que te quedaras por propia voluntad.
—Eso no va a pasar. Me están esperando mis hermanas, mi padre, mi prometido… mi vida está ahí abajo, no aquí encerrada. —Creyó ver cómo un latigazo de dolor recorría a aquel hombre al escuchar la palabra prometido.
—¿Te vas a casar? —Preguntó al fin.
—Sí. Cuando salga de aquí.
—¿Lo amas? —Bella permaneció en silencio. No esperaba una pregunta tan directa de alguien que apenas conocía. Una pregunta de cuya respuesta ni siquiera estaba segura. —¿Lo amas? —Repitió más insistentemente.
—Eso no es asunto tuyo.
Él la miró con una sonrisa.
—Siete días, bonita, tenemos siete días.
***

Siete días no eran suficientes para todo lo que quería hacer con ella. Y, además, primero tendría que conquistarla, que derribar sus barreras. La nueva Bella era más fría con él, más distante. Echaba de menos sus cálidas sonrisas, sus ojos verdes reluciendo con picardía, echaba de menos su suave cuerpo. Pero ella no le respondía, todavía no le había reconocido. ¿Cuánto tiempo tardaría? ¿Cuánto le quedaría después? Saber que estaba prometida en su nueva vida había encendido todas las alarmas en su interior, se había aterrado. No podía imaginar a otro hombre tocándola, besándola, no podía imaginarla amando a otro, pero no lo amaba y eso lo tranquilizaba. Era lo único a lo que se aferraba.
La había llevado de nuevo a su habitación, aprovechando la cercanía para inspeccionar su cuerpo, sus curvas, sus pechos hechos para el pecado, toda ella lo estaba. Se imaginaba arrancando aquel vestido, empotrándola contra la pared y dejándose llevar por los siglos de desesperación. Pero tenía que contenerse por más que su bestia interior clamara por ella.

***

Era un día caluroso. Perlas de sudor recorrían su rostro mientras trabajaba en el jardín arreglando las plantas de su abuelo. Las rosas estaban muy bonitas aquel año, había sobrevivido a los pulgones, las heladas y la sequía. Sobrevivían a todo. Eran unas plantas hermosas y fuertes, por eso era su favorita. Mientras terminaba de quitar las malas hierbas, unas voces acompañada de decenas de ladridos la sorprendieron, incluso la asustaron un poco pero eso nunca lo diría. Debía de ser el hijo del señor del castillo, el joven heredero, para el que trabajaba su padre arreglando los jardines. Pensó que el ruido se alejaría de ella, pero en vez de eso, estuvo cada vez más cerca hasta que una jauría de perros saltó sobre ella y sus rosales destrozando todo lo que encontraban a su paso, pisoteando las flores que con tanto mimo había cuidado, arremolinado la tierra que trabajaba. Y, tras ellos, se alzó la figura de un joven que se reía del ímpetu de sus animales.

—Pero serás bestia. —Gritó ella sin poder contenerse. —Mira lo que han hecho tus animales. Adiós a las rosas este año, es una lástima, con lo bonitas que estaban.

Sabía que no debería hablarle así al futuro Señor del castillo, pero Bella era incapaz de contener su rabia cuando la enfadaban.

—¿Cómo has dicho? —él se acercó sorprendido.
—Ya me has oído—Dijo ella poniéndose en pie para encararlo.
—¿Sabes quién soy yo, bonita?
—Una bestia que ha arruinado lo más bonito del jardín.

Se mantuvo allí, mirándolo, retándolo con la mirada a que le dijera algo. No le importaba que fuera el señor, que fuera su dueño. Ella era libre, se sentía libre y él era un chico más. Un chico apuesto y de sonrisa rebelde, de pelo negro y ojos azules como sacado de un cuento. Pero solo un chico. No estaba por encima de ella. Había arruinado su trabajo y no se iba a dejar amedrentar.
Él la miraba divertido, casi diría que complacido de que alguien, por una vez, le plantara cara. Miró a su alrededor para contemplar por primera vez el destrozo que habían ocasionado sus canes.

—Vaya, tienes razón, lo han destrozado. Te pido disculpas…¿señorita…?
—Bella.
—Bella —Repitió él saboreando el nombre. —Te compensaré.
—No sé cómo. Ya no se podrán volver a plantar hasta el año que viene.
—Te compensaré, ya lo verás. ¿Vives aquí?
—En la casa del jardín, mi padre es el encargado.

Sin previo aviso, sin ningún permiso, él la tomó de una de sus manos, llena de arañazos por las espinas de las rosas. La tomó con delicadeza y posó un suave beso sobre sus nudillos. Al levantarse le guiñó un ojo.

—Te compensaré.
—No hace falta, señor.
—No me llames señor, ese es mi padre. Me llamo Adam.

Él desapareció corriendo, perdiéndose en la bruma. Una bruma que comenzaba a envolverla ocultando la luz. Hasta transportarla de golpe a otro lugar. No sabía dónde estaba. No veía. Sentía unas manos sobre sus ojos.

—No mires, bonita, es una sorpresa. —Decía él.
—Señor —intentaba replicar—tengo trabajo, no puedo estar jugando, yo…

Pero se quedó sin palabras. Estaba en una pequeña pérgola de madera repleta de ramos de rosas de todos los colores. Lo miró sin saber qué decir.

—Te dije que te compensaría. —él la miraba complacido. —¿Cuáles son las que más te gustan?

Ella miraba a todas partes sin comprender. Aquel chico, con fama de déspota, ególatra y niño mimado, heredero de un título, un castillo y su fortuna, le estaba pidiendo perdón a ella, a la hija de un jardinero de su castillo.

—Las… las rojas—Dijo ella sin salir todavía de su asombro.
Él sonrió. Se acercó a uno de los rosales rojos, arrancó una de las flores y se la dio.
—Si me dejas, yo me encargaré de que nunca falte una rosa roja en tu vida.

La niebla volvió a envolverla. Algo la llamaba. Olía a rosas...
 ***

Se despertó de golpe. Desperezándose, llamando a sus músculos para que despertaran con ella. Había tenido un sueño muy extraño. Parecía la escena de una vida, pero no era de su vida aunque era ella la chica. Era raro. Se giró para seguir pensando y al darse la vuelta se encontró de golpe con una enorme rosa roja. Descansaba apoyada en la almohada. Por la noche no estaba allí, así que tendría que haberla puesto él. Él. ¿Quién era él? Todavía no había podido decidir si era la bestia que todos creían o era simplemente un hombre. El chico de su sueño se parecía un poco a él, era el mismo rostro, pero los ojos habían cambiado, la mirada, la piel, incluso la voz. Era un mero espejismo del hombre con el que ella vivía.

Tomó la rosa entre sus manos y aspiró su aroma. Otro pensamiento le vino a la cabeza, si la rosa estaba allí significaba que él había estado allí. En su habitación, por la noche, viéndola dormir. Se sintió expuesta y desprotegida, podía haberle hecho cualquier cosa. Sí. Pero no le había hecho nada. No sabía cómo sentirse, estaba tan confundida. Y no tenía por qué, sabía lo que debía sentir. Nada, absolutamente nada. Siete días le había dicho, siete días y volvería a casa, se casaría con Gastón y seguiría con su vida.


Se levantó con la rosa todavía en la mano y tomó otro de los vestidos. Aquel sería el segundo día con él. 

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