No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

jueves, 29 de mayo de 2014

Bella y Bestia IV

Queridos lectores, 

Mañana tengo otro examen y de nuevo, la misma historia, los nervios y la histeria que le preceden. En este caso hay algo más además de los nervios típicos, y es que lo llevo bastante mal preparado =S.

Sí, lo confieso. Este año he sido una malota y me he quedado bastante retrasada, no lo he llevado tan al día como debería o como lo he hecho en otros momentos de la carrera. Echando la vista atrás, está claro que el principal motivo ha sido mi libro, la novela que terminé de reescribir y en la que me centré al principio del cuatrimestre. Luego comenzaron las prácticas y los médicos me parecieron tan impresentables que cogí un rebote y no quise estudiar, no quería ser uno de ellos, así que me enganché a los libros de Mérida. Luego llegó Brave y encontré en él un nuevo amiguito y compañero para pasar mi tiempo más ameno que los apuntes. 

Lo sé, no he sido todo lo buena que debería. Pero lo único que buscaba escribiendo mi libro, leyendo o estando con Brave es lo mismo que quiere todo el mundo: ser feliz. En esos momentos me sentía bien, me sentía a gusto. Así que lo siento mucho si no me he preparado como debería, sé que tendría que haberme esforzado más. Pero también sé (o creo) que todos merecemos ser felices, y si no lo somos ni tenemos previsión de serlo en un futuro cercano, al menos, aprovechar las pequeñas cosas que nos hacen sentir una felicidad aunque sea transicional. Supongo que es triste tener que huir de la realidad a mundos imaginarios para sentirse feliz, pero más triste aún sería no tener lugar en el que encontrar dicha felicidad. Una felicidad que en tres años de carrera no he encontrado nunca entre los libros de medicina y que, sé por experiencia, ni siquiera aprobar todo me da. Porque eso sí me alegra un rato, pero después la adrenalina baja y me reprendo por no haberlo hecho mejor, sin importar la nota que haya sacado. 

Con todo esto quiero deciros, que me planteo el examen de mañana sabiendo que no me lo he estudiado lo suficiente, que debería haber trabajado más a lo largo del curso, que tendría que agobiarme o enfadarme conmigo misma por haberme permitido momentos de irresponsabilidad. Pero sabiendo también que volvería a hacerlo, volvería a caer en las mismas trampas y en los mismos despistes, volvería a escribir mi libro, a leer y a pasar el tiempo con Brave en vez de estudiando porque me hacía mucho más feliz. Con esto no penséis mal, yo he estudiado y me he esforzado, solo que no las 24 horas del día de los 7 días a la semana. Me he esforzado y me esfuerzo, pero no me hubiera matado hacerlo un poco más. Igualmente, voy a por todas. Hay que tener fe, ¿no?

Y ahora sí que os dejo ya con el relato. Deseadme suerte =)

Bella y Bestia

La esperaba de pie junto a la escalera, deseoso de verla descender de nuevo. Bella le devolvía la vida a aquella casa y, a él, le estaba devolviendo la humanidad. Cada día que pasara a su lado sería un poco menos bestia, un poco más humano hasta que su tiempo se agotase del todo. Aquel había sido el trato.

Ansiaba verla, hablar con ella, abrazarla, besarla. Deseaba que lo quisiera, que volviera a amarlo como lo hizo en un tiempo que ella no recordaba. Maldito destino. Siempre jugando con él. Escuchó unos pasos. Por fin bajaba.

—Ya pensaba que no vendrías. —Dijo al verla, tan bonita como siempre, con un vestido rosa y el pelo recogido.
—Se me habrán pegado las sábanas. Tú lo sabrás mejor que yo, ¿no me has estado espiando? —Dijo mostrando la rosa que le había dejado en la cama. Sí, la había espiado un poco, horas en realidad, no podía cansarse de mirarla, de escuchar su respiración, de ver como su pecho ascendía y descendía lentamente.
—No te he espiado—Mintió fingiendo indignación—Solo he entrado a dejarte la rosa. Es mi forma de darte los buenos días.
—Pues buenos días a ti también. Pero la próxima vez, te esperas a que me levante. No me gusta que entres en mi cuarto sin mi permiso.
—Como desees, bonita. Venga, desayuna deprisa, quiero enseñarte una cosa.

***
La observó durante todo el desayuno. Así era imposible concentrarse en la comida y todo estaba delicioso, la fruta, las tostadas, los cereales…Pero con aquellos penetrantes ojos negros sobre ella era incapaz de saborear nada. Se le secaba la boca al pensar que él estaba ahí, mirándola atentamente.
Una sensación extraña se había instalado en su estómago mientras ingería sin ganas el desayuno. Una especie de hormigueo inexplicable que sería casi parecido a los nervios si no fuera imposible que ella se pusiera nerviosa solo porque él fuera enseñarle una cosa. Y aún así, por muy imposible que le pareciera, era cierto. Estaba nerviosa y casi deseosa de saber qué era lo que escondía aquella sonrisa traviesa que permanecía sin decir palabra.

—¿Has acabado, bonita?
—Sí—Dijo ella poniéndose de pie en el acto.

Él la imitó haciendo un elegante gesto con el brazo para que comenzara a avanzar con él. No había dado ni dos pasos cuando sintió la mano de él sobre su espalda empujándola gentilmente por los pasillos y corredores interminables de aquel castillo. Debería haberse apartado, debería haberle dicho que sería mejor si no la tocaba, pero había algo reconfortante en su tacto, algo que la hacía desear que aquella mano siguiera sobre ella para siempre.

La luz la cegó de pronto al abrir una puerta, una más de las cientos que había dejado atrás. El destello del astro rey duró apenas unos segundos, cuando sus ojos se acostumbraron a la nueva luz pudo observar con detenimiento el trozo de jardín interior que su vista alcanzaba. La primera parte del camino estaba custodiada por un arco de flores marchitas, bajo sus pues, decenas de ramas crujían rompiéndose bajo sus pies. Aquel enorme jardín podría haber sido precioso, verde, lleno de flores y de vida, como el que Bella había visto en su sueño. Pero no era nada de eso, la muerte había posado su mano en aquel apartado lugar. Todo a su alrededor estaba marchito, putrefacto, oscuro creando un ambiente tétrico que la hubiera asustado si no hubiera seguido sintiendo el brazo de su extraño anfitrión todavía en su espalda.

—Esto me querías enseñar ¿lo mal que tienes el jardín?
—Bueno, me han dicho que tienes buena mano con las plantas. —Comentó él despistado.
—Planto rosales en macetas, ¡no hago milagros! Y esto—dijo señalando todo lo que veía con un gesto de su dedo—Necesita uno, y de los grandes.
—Y lo tendrá, bonita, lo tendrá. —Su voz surgía de un pensamiento íntimo que ella no podía conocer, pero veía la luz brillar en sus ojos de un modo prometedor. —Pero lo que quería enseñarte es eso de ahí.

No habían dejado de avanzar mientras hablaban y, sin darse cuenta, él la había adentrado en una pequeña pérgola de madera roída y carcomida por el tiempo y la vida. Los postes de madera estaban rodeados de enredaderas que los abrazaban creciendo por ellos. Pero todo estaba seco. No quedaba nada, nada de lo que había visto, nada de lo que fue, nada de lo que había soñado. Porque se había dado cuenta. Aquel extraño lugar era con el que había soñado. Todo aquello era muy raro. ¿Cómo había sabido él lo que había soñado? ¿De dónde había sacado todo eso?

—¿Te gusta? —Preguntó él expectante.
—Claro, me encantan los sitios lúgubres y las techumbres de madera a punto de caerse y aplastarme.
—Pero…¿lo recuerdas? —Había un brillo de esperanza en su mida.
—¿si recuerdo qué? —El brillo se apagó.
—No lo recuerdas—Dijo él abatido, pero recuperándose en seguida. —No pasa nada, te lo recordaré.

Y sin más, sin prepararla, sin avisar, se lanzó sobre ella, aplastándola con su cuerpo, encerrándola contra uno de los postes de madera. Con una de sus enormes manos, inmovilizó los brazos de Bella por detrás del poste, como si la hubiera atado allí. Con la mano que le quedaba libre, la sostuvo de la cintura, acercándose peligrosamente a ella. Aprisionando su cuerpo cada vez más contra su fuerte torso. Bella apenas lograba contener su agitación, su pecho se elevaba rítmicamente al son de su respiración. Él se acercó más, acercó su rostro hasta ella, hasta rozar su blanca piel con la nariz, con la boca. No la besaba, apenas la tocaba, tan solo aspiraba su aroma. Y Bella se encontró a sí misma aterrorizada, sí, asustada por lo que aquel extraño e imponente hombre de mirada oscura pudiera hacerle, pero al mismo tiempo expectante, anhelante. Deseaba que la acariciaba. Una parte de ella que era incapaz de contener, le pedía a gritos que lo besara, que buscara sus labios y lo devorara fundiéndose con aquellos blancos dientes, dejando que los colmillos que asomaban a través de sus labios la mordieran por todo el cuerpo. Quería sentirlo más cerca, quería tocara y calmara aquella maldita ansiedad que había aparecido de la nada y estaba trastornando su hasta entonces estoico cuerpo.

—¿Qué… qué haces? —Consiguió decir por fin, mientras echaba la cabeza hacia atrás, inconscientemente, para darle un mejor acceso al cuello que él seguía, aspirando, acariciando levemente, sin llegar realmente a tocar.
—Bella, ¿me deseas?
—¿Qué? —Aquel hombre estaba mal de la cabeza, ¿cómo iba ella a…? Bueno, quizás, un poco. ¿Esa sensación que se concentraba en los retazos del piel que él tocaba, aquel fuego que la consumía, era deseo?
—Pídemelo, dime que te bese y lo haré.
—Yo…—Apenas lograba articular palabra. Loco, estaba loco. Ella, sí, vale, quería besarlo, quería dejarse llevar, entregarse a él. Pero no podía. No debía. Estaba prometida, había dado su palabra y aunque muchos ya dieran por hecho lo que ella iba a pasar en aquel castillo, ella no se entregaría a él por voluntad propia, no traicionaría así a Gastón. Él era un buen hombre, un amigo. —No. No quiero. —él se apartó como si acabaran de abofetearlo. —Estoy prometida. Le debo fidelidad a Gastón.
—¿Aunque no lo ames?

Bella lo miró directamente a los ojos, a aquellos ojos oscuros y penetrantes. Había conseguido leer en su mente. No amaba a Gastón, pero era su amigo, sería su esposo y aunque no tuviera su amor merecía su respeto.

—Sí, aunque no lo ame.
Él se apartó de ella bruscamente dejando el cuerpo de Bella huérfano sin su calor.
—Está bien, como desees. Esta noche iré a buscarte para cenar.

Sin decir una palabra más, se marchó airado, sin mirar atrás y sin explicarle cómo volver. Si su agobiante presencia y sin su pesado cuerpo sobre ella podía pensar con más claridad. Había sido extraño. Por un momento, mientras él la tocaba y ella le rogaba con la mirada que siguiera en sus caricias, que la tocara de verdad, había sentido una conexión, una especie de corriente que la había atravesado, una luz. Pero ya no sentía nada. Solo algo molesto que se le estaba clavando en la espalda. Al darse la vuelta para ver qué era lo que la estaba molestando, lo vio. De la marchita enredadera que cubría aquel lugar había nacido una pequeña flor amarilla.

3 comentarios:

  1. Hola!
    Había olvidado decirte..pero me gusta mucho tu forma de narrar. :D. Leeré el relato en estos días :D

    Cuidate!

    -TH-

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  2. Oh! Disculpa mi ignorancia.

    Tenía una preguntita :). La frase que tienes al inicio del blog. Tú la escribiste? o dónde la mencionan? Me gustó mucho :)

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    1. Hola! Gracias =) No te disculpes por la ignorancia porque me da que la compartimos. Supongo que te refieres a la frase de las estrellas y esa la leí en un librito que tengo de "Frases para llegar a la Sabiduría" en algunas pone el autor, pero en esa no.
      Muchas gracias de nuevo por comentar! Si descubro quién la dijo te lo diré ;)

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