No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

viernes, 30 de mayo de 2014

Bella y Bestia V

Queridos lectores, 

Acabo de salir de un examen y qué desastre me parece mi vida ahora mismo. Las notas de este examen y del anterior saldrán en breve y no sé qué pensar, de hecho, prefiero no pensar. Y lo mejor para no pensar es escribir. Estoy agotada, esperando que pase una hora para poder coger un autobús y volver a casa. Tengo la cabeza tan hecha un lío que no sé si quedarme a escribir, irme a mirar vestidos para la boda de Sadee, volver al piso y tumbarme en la cama...

Lo que sé seguro que voy a hacer es poneros un capítulo del relato, ya que estoy aquí. Cruzad los dedos por mí. El futuro pende del hilo de las notas, ¿qué decidirán las parcas? 

Bella y Bestia

Ya comenzaba a hacerlo. Ya comenzaba a cambiar las cosas. Notaba cómo su cuerpo iba volviendo lentamente a los orígenes, a su humanidad. Y, aún así, después de todo el tiempo que había estado esperándola no podía soportar el rechazo de Bella. Su cuerpo reaccionaba solo al estar frente a ella, no conseguía evitarlo, no lograba contener su deseo, su amor. La quería ya. La necesitaba ya. Quedaban apenas cinco noches para que su trato acabara. Ella tenía que quererlo.

***
Los días pasaban, las horas, los minutos, el tiempo… siempre más deprisa cuando él estaba cerca. Cuando podía sentirlo, tocarlo, aspirar su aroma. Quería estar con él a todas horas, porque cuando no lo sentía cerca los segundos vagaban lentamente sin llegar a sucederse unos a otros, todo se detenía y el mundo perdía un poco de color. Incluso las rosas estaban más bonitas cuando él estaba cerca. Sin darse cuenta, sin quererlo, Bella se había enamorado de su señor. ¿Podría irle peor?

—¿Qué haces aquí sola? —Bella no pudo reprimir el salto de sorpresa de su cuerpo al escuchar una ronca voz a sus espaldas.
—Ah, hola —Dijo distraída al ver por encima de su hombro a otro de los jóvenes sirvientes de la casa. Habían sido amigos desde pequeños, los padres de él como los de ella, servían al Señor del castillo y ellos habían crecido entre aquellas paredes y jardines interminables y paradisíacos que nunca les pertenecerían.
—Hola, Bella. Hace tiempo que no te veo —Comentó él acercándose más a ella. Era cierto, las citas clandestinas con Ethan le ocupaban cada vez más tiempo. Pero le gustaban tanto, estaba tan a gusto con él que siempre acababa deseando que su encuentro no acabara nunca.
—Sí, bueno, he estado ocupada con el jardín y eso. Desde que mi padre enfermó, me estoy ocupando yo de todo.
—Es mucho trabajo para unas manos tan delicadas como las tuyas. —Sin su permiso ni consideración alguna, el chico se inclinó sobre ella tomándola de las manos. —Yo podría ayudarte. Si me dejaras, nunca más tendrías que trabajar, yo lo haría por ti.

No era tan inocente como los demás pensaban. Sabía perfectamente que aquel chico, su amigo y vecino de toda la vida, la deseaba, pero ella no lo quería, nunca se había sentido atraída por él en ningún aspecto. Hubo un tiempo en el que pensó que se casaría con él solo por la fuerza de su insistencia, pero aquello fue antes de conocer a Adam, antes de sentir el fuego de aquel amor prohibido que la consumía lentamente.

—Yo…—No sabía qué decir ni cómo decirlo para que él no se sintiera ofendido.
—¡Gastón! —Gritó una voz conocida tras ellos. Al girarse se encontró con la mirada de Adam teñida de rojo por los celos al ver cómo Gastón la tomaba de las manos. —¿Es que no hay trabajo en la cocina para que vengas a molestar a la jardinera? Ves ahora mismo, creo que requieren tus servicios.

Gastón, aquel chico que había conocido desde siempre, que había sido su amigo desde que nacieron, miró a Adam con un brillo en los ojos que Bella no había contemplado nunca y que la dejó helada.

—Sí, señor—Contestó Gastón, mascullando cada palabra. Hizo un leve gesto y se marchó por donde había venido.

Bella volvió la cabeza hacia las flores que estaba arreglando para evitar que la mirada furibunda de Adam la turbara más. Dios, estaba tan guapo con su atuendo de caza que apenas lograba pensar nada más. Sintió sus pasos acercándose a ella, hasta que se arrodilló en el suelo a su lado.

—¿Qué hacías con él? —Preguntó tranquilo, pero con una rabia interna que difícilmente podía ocultar.
—Hablaba. Somos amigos… señor. —él gruñó por lo bajo y Bella apenas pudo contener una sonrisa traviesa.
—Te he dicho que me llames Adam. ¿Y por qué te cogía de la mano?
—Me estaba diciendo algo sobre que le dejara cuidarme—Dijo ella como si tal cosa sin apartar la mirada de la tierra que arreglaba, sabiendo que los ojos de Adam echarían llamas.
—¿Cuidarte? Él no va a cuidarte.
—¿Ah, no? —Contestó ella divertida. Poner a los hombres celosos era tan fácil como entretenido—¿Por qué?
—Porque eso es algo que solo voy a hacer yo.
No esperaba aquella respuesta. Paró en seco lo que estaba haciendo y dirigió su mirada hacia él. Hablaba en serio, podía leerlo en sus ojos.
—¿Qué…? No puedes… Eres el heredero de todo esto y yo soy la hija del jardinero… No puedes…

Antes de que siguiera con su discurso sin sentido, él puso las manos sobre su cara y la atrajo hacia sí uniendo sus labios con los de ella. Era la primera vez que sentía aquel tacto húmedo, cálido, apasionante. Movía los labios con timidez mientras él devoraba su boca, cogiéndole el labio inferior, saboreando su lengua, hasta que ella sintió el valor suficiente para dejar que sus manos exploraran aquel cuerpo curtido y fuerte, lo agarrara dl pelo y uniera su lengua a la de él.

—Puedo hacer lo que yo quiera—Dijo él, dejando que Bella recuperara el aliento—Y te quiero a ti.
Prosiguió con su beso, aunque ella intentaba sin éxito detenerlo, aquello era una locura.
—No puedes quererme, te casarás con otra. No voy a venderme así. No voy a…
—Shh—él la silenció con un nuevo beso—No quiero solo tu cuerpo. Quiero tu mente, tu corazón y tu alma. Quiero que seas mía y solo mía. Quiero que seas mi esposa.

Bella no supo si fue el brillo sincero de sus ojos, el tono ardiente de sus palabras o el deseo que recorría su cuerpo, pero no pudo evitar creerlo. Porque lo quería, porque lo necesitaba, porque aquel fuego que comenzaba a recorrer su piel era insoportable.

Solo las manos de Adam podían calmar su cuerpo, solo sus besos calmaban la sed que la desquiciaba, solo él podía colmar su alma.

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