No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 31 de mayo de 2014

Bella y Bestia VI

Hola queridos lectores, 

¿Sabéis? Mi hermano ha aprendido en informática a usar el fotoshop eses y, claro, estaba clara la broma de "perfecto, este verano ligo por Internet". Y aunque no tengo realmente intención de ponerme a ligar por internet, me he puesto a pensar en cómo sería mi perfil y me ha salido una cosa así:

- Nombre: Laura
- Principal afición: soñar despierta
- Profesión soñada: vivir del cuento
- Ocupación actual: toca-narices de oficio y estudiante a ratos
- Talentos ocultos: ocultar tanto los talentos que luego ni yo los puedo encontrar. 

¿Qué creéis? ¿Ligaré mucho con ese perfil? Tengo mis serias dudas, pero bueno... 
Ay, tengo que algo que me ronda la cabeza desde hace ya muchos días y tampoco lo he querido poner porque me daba algo de reparo, pero creo que necesito desahogarme ya. Es mi madre ¿cómo no? Sigue con sus molestias y cosas de esas, que no es nada novedoso, pero lleva ya unos días sacándome de quicio. Pues es capaz de creer todo lo que encuentra en Internet, prueba todos los remedios caseros que encuentra por tontos que parezcan, pero cuando yo le aconsejo algo o le explico algo, su respuesta siempre es la misma: "¿tú qué sabes´?" O.O Pues nada en absoluto, no sé nada. De hecho, no sé por qué he pasado toda mi vida preocupándome por ella, condicionando mi vida a sus miedos, saliendo menos, teniendo más cuidado para no hacerla sufrir innecesariamente, no sé por qué la he consolado siempre que me ha necesitado y la he apoyado como si yo fuera la madre de esta relación, cuando ella es incapaz de creer y confiar en mí en algo. Pero sí es capaz de confiar ciegamente en todo lo que le dice Internet. Pues estupendo ¬.¬'

En fin, no sirve de nada quejarme de esto, no va a cambiar nada. Os dejo otro poco de relato y espero que os guste =)
Bella y Bestia

La noche había caído rápido. Casi sin darse cuenta, la oscuridad la había atrapado entre sus garras. Él no tardaría en llegar y, no sabía por qué, pero deseaba verlo pronto. Bella esperaba en el salón a que su extraño anfitrión hiciera acto de presencia. El vestido rosa que había rescatado del enorme armario se balanceaba de un lado a otro de su cuerpo barriendo el suelo en el vaivén de Bella, desesperada, harta de esperar. Qué hombre tan poco formal.

Justo mientras aquel pensamiento cruzaba su mente, unos pasos se acercaron a ella por su espalda hasta sentir su aliento en el cuello que su pelo recogido dejaba libre.

—Te estaba esperandoDijo ella tratando de fingir que su cuerpo no estaba reaccionando a la presencia de aquel oscuro hombre.
—Yo también te he estado esperando a ti—Dijo él enigmático, aspirando fuertemente el perfume de Bella.
—No sé de qué hablas—Trataba que su voz no se quebrase, pero la proximidad de aquel hombre era demasiado inquietante. —Yo he llegado pronto.
—Eso es discutible, bonita, pero ahora no importa. Ven conmigo.

Sin esperar contestación ni consentimiento, la tomó de la mano para conducirla al jardín de nuevo. Había anochecido, pero la luna conseguía iluminar toda la extensa propiedad. Siguió los pasos de su carcelero hasta una especie de mirador desde donde se podía contemplar un inmenso lago interior. Increíble, todo aquello era del jardín de un solo hombre.

—¿Te gusta? —Dijo él mirando su cara de asombro.
—No está mal. —Bella fingía un distanciamiento que no sentía.

Él sonrió como si supiera que Bella mentía. Ella no podía dejar de mirar el paisaje, el reflejo de la luna en el agua, los pétalos brillando como estrellas en la noche.

—Bueno, vale, es precioso, debo admitirlo.
—Siéntate conmigo, Bella.
Bella quiso dirigirse a él, pero se dio cuenta de que, después de aquel tiempo, seguía sin saber su nombre.
—Dime primero cómo debo llamarte, ¿señor?
—No —dijo él mirándola apenado—No, no soy tu señor. Llámame por tu nombre.
—No sé cuál es. —Bella desvió la mirada. No sabía su nombre, era cierto, pero solo había uno en su mente, solo podía ser un nombre.
—Elige uno, el que tú quieras.
—¿Quieres…quieres que te ponga nombre?
—Sí—Dijo él serio. Que hombre tan extraño.

Bella se quedó pensando. Trataba de encontrar otros nombres, un nombre distinto del que poblaba sus sueños, pero su boca traicionó lo que se cabeza maquinaba.

—Adam —Dijo en un susurro.
La mirada de Adam se iluminó por completo.
—Sí, sí, ese es. Ese es mi nombre. —Carraspeó para aclarar la emoción que se concentraba en su voz. —Ven, siéntate aquí Bella.

Se sentó a su lado, con la vista todavía clavada en el paisaje. ¿Sería posible que se llamara Adam? ¿Sería él el hombre que aparecía en su sueño? Estaba tan distraída con sus pensamientos que apenas había notado el frío que erizaba su vello.

—¿Tienes frío? —Dijo Adam.

Y antes de que Bella pudiera contestar, él ya se había quitado una cálida chaqueta y colocado sobre los hombros de ella. Se estaba bien allí. Arropada con aquella tela que olía a él, con aquella magnífica vista sus pies, se sentía segura, protegida. Viendo lo abandonado que estaba aquel jardín, tuvo la impresión de que haría siglos que nadie vería la hermosura que ella estaba contemplando. Pero no era cierto, entonces lo recordó. Él había estado con multitud de chicas que había comprado… como a ella. Aquel pensamiento ató un nudo a su estómago.

—Dime…—Había una molesta sensación en su interior que la impulsaba a hacerle aquella pregunta— ¿Has traído aquí a todas las chicas que han pisado tu castillo?
—No, a ninguna.
—¿Y qué…? Bueno, no, no quiero saberlo.
—¿Qué he hecho con las otras chicas? —El cuerpo de Bella se tensó al escuchar aquellas palabras, no sabía por qué le importaba tanto ni quería parar a considerarlo, pero no podía imaginarlo con otras mujeres. —Te lo diré. —Evitaba mirarlo a los ojos, comenzó a respirar con dificultad aferrada con fuerza a la tela de su vestido. — Bajaba al salón cuando llegaba, las veía, les decía que no eran lo que estaba buscando, les daba una bolsa de dinero y les ofrecía un carruaje para devolverlas al pueblo.
—Pero… eso no puede ser. Muchas chicas no han vuelto nunca.
—Eran jóvenes, sus padres las habían vendido y yo les daba dinero. Quizás prefirieron usar ese dinero para ser libres.
—Las que sí que volvieron… mis hermanas… me dijeron… bueno, me dieron a entender que tú…—No entendía nada, entonces ¿sus hermanas le habían mentido?
—Nunca subestimes a una mujer despechada. Soy consciente de los rumores que han corrido sobre lo que hago aquí con las chicas. Muchas vienen pensando que me aprovecharé de ellas y cuando no lo hago, pueden llegar a ofenderse. Otras vienen con la idea de conquistarme para ser las señoras del castillo. Pero no puedo entregarles algo que no me pertenece.
—¿Este castillo no te pertenece? —Un claro alivio inexplicable se había apoderado de su interior al saber que él no había estado realmente con ninguna otra mujer. No entendía por qué sus hermanas le habían hecho creer lo contrario, también cabía la posibilidad de que él mintiera, pero, no sabía por qué, Bella quería creerlo.
—El castillo sí que es mío. Me refiero a mi corazón, a mi alma.

Casi por primera vez desde que habían comenzado a hablar, Bella lo miró a los ojos. Él le devolvía una intensa mirada llena de pasión y deseos velados.

—¿Y de quién es tu corazón? —Apenas podía respirar. Sentía los latidos agitados de su corazón amenazando con estallar en su pecho. El frío que hacía unos minutos la atería había desaparecido por completo. Ya no sentía nada porque, en su mundo, ya solo existía él.
—Tuyo, Bella. Siempre ha sido tuyo.
—¿Siempre? ¿Cómo que siempre? No es posible, nos acabamos de conocer.
—Eso no es cierto, Bella. ¿No te acuerdas? Tienes que recordarlo, bonita, recuérdalo.

Comenzaba a asustarse. Adam la miraba con intensidad, sus oscuros y penetrantes ojos parecían humedecidos por la presencia de lágrimas que no permitía escapar. Bella estaba muy confundida. No sabía a qué se refería, aunque una parte de su mente no paraba de mostrarle imágenes de los extraños sueños que había estado teniendo desde su llegada al castillo. Pero eran solo sueños, ¿no? No podían ser otra cosa. Adam habían enloquecido, no había otra explicación, la soledad y la oscuridad de su alma lo habían enloquecido.

—Recuérdame, maldita sea. Recuerda quién eres.

Adam la agarró de los hombros, zarandeándola sin compasión, mostrando sus afilados colmillos y un extraño brillo rojizo en su mirada oscura. Por primera vez, desde que se habían conocido, Bella sintió miedo. Lo temía y las lágrimas que él retenía acudieron a los ojos de ella. Tenía que escapar de allí, tenía que huir. No sabía lo que estaba pasando, pero necesitaba alejarse de él antes de que la locura lo cegara del todo.

Sin saber muy bien de dónde había sacado las fuerzas, Bella le propinó una buena patada a Adam, aprovechando la confusión de él para salir corriendo. Seguía adelante por puro instinto, casi por inercia. No sabía por dónde iba, pero sus pies la dirigían, esperaba, a la salida. Lejos de aquel hombre que se había convertido de repente en un monstruo, en una bestia. Lejos de su mirada oscura, de sus garras, de su piel mortecina y sus afilados colmillos. Escuchó algo que la alertó e hizo que apretara el paso, una especie de aullido, un desgarrador gruñido y, después, pasos que la seguían. Adam sería mucho más rápido que ella, la atraparía y no quería pensar lo que podría hacerle después. Nunca había sentido tanto miedo como al mirar en aquellos ojos inhumanos y leer la rabia y el dolor en ellos. Pero por difícil que fuera escapar, por más que supiera que él iba a atraparla, Bella no se rendiría. Nunca. Jamás se rendiría ante un hombre, y menos ante él. Seguía corriendo, sintiendo el latido de su pecho en cada trozo de piel, luchando por cada bocanada de aire, limpiándose las perlas de sudor que recorrían su rostro, notando los jirones que las ramas hacían en su vestido. Nada importaba. Nada, salvo la puerta.

La puerta de salida, eso era, por fin la vio. No le quedaba nada. Aunque Adam estaba cada vez más cerca. Podría llegar a la puerta, podría traspasarla. Pero si él la seguía, no llegaría al pueblo. Era demasiado rápido. Aún así, siguió corriendo, llegó a la puerta. Creyó escuchar un grito que la llamaba, pero ella continuó, porque lo único que quería era escapar. Abrió la pesada puerta de un empujón y salió cerrando tras de sí.

Y siguió corriendo. Corrió y corrió, esperando que él la atrapara en cualquier momento, pero no lo hizo. Ya no escuchaba sus pasos siguiéndola, ya no sentía su presencia tras ella. Estaba en mitad del camino que conducía al pueblo y paró para recuperar el aliento. Miró hacia todos los lados esperando verle, pero él no estaba. No la había seguido. No había salido del castillo. ¿Por qué?... No importaba. Mucho mejor. Era libre, pensó, estaba lejos de él, podría continuar con su vida, pero aquel pensamiento la dejó más intranquila de lo que estaba.

Siguió su camino, relajando poco a poco su cuerpo tras la carrera. La noche hacía horas que se había cernido sobre el pueblo. Las casas dormían, la mayoría de las luces estaban apagadas y, por eso, le sorprendió ver que en su casa seguían encendidas. Quizás todos estuvieran llorando su pérdida, quizás no pudieran dormir. Gastón la echaría mucho de menos. Enseguida se sintió culpable por los fugaces momentos en los que se había sentido tan bien con Adam.

Bella podía haber entrado directamente por la puerta, podía haber gritado que había llegado, pero tenía curiosidad por ver a su familia cuando ellos no sabían que estaba allí. Se asomó a la ventana que daba al salón y se encontró con la imagen de Gastón y sus dos hermanas hablando. Era algo tarde para tomar el té, pero seguramente sus hermanas estarían consolando a Gastón. Intentó agudizar el oído para escuchar retazos de la conversación.

—¿Cuándo creéis que volverá Bella? —Preguntó Gastón.
—No lo sé, pero qué más da. Ya tenemos el dinero de su entrega, ¿no? —Bella se quedó horrorizada ante las palabras de su propia hermana.
—¿Cómo puedes decir eso? —Gritó Gastón enfadado, levantándose de golpe y acercándose intimidante hacia su hermana— ¿Es que te has olvidado de que también queremos el dinero que traiga con su regreso?
—Tienes razón.

Ella sonrió y se lanzó a sus brazos con el deseo pintado en los ojos. Gastón la recibió con los brazos y la boca abierta, mordiéndole los labios e introduciendo la lengua en ella, perdiendo sus manos entre los pliegues del vestido de su hermana. No se lo podía creer. ¡Gastón la estaba engañando con su hermana!

—Ey, yo también quiero participar.

Su otra hermana se unió a la pareja haciendo pucheros fingidos hasta que Gastón la tomó con otro brazo y la apretó a su curtido cuerpo.
Vale, la estaba engañando ¡con sus hermanas!

No pudo soportar por más tiempo la visión de Gastón retozando con sus hermanas. La habían engañado, todos la había engañado. Su vida era una mentira. Sus hermanas la habían vendido, su prometido y su padre habían colaborado. Y Adam… había huido de él y no la perdonaría. Lo había abandonado. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro emborronando aquella horrible visión. Comenzó a andar sin tener una dirección. Antes huía pensando en volver a casa, pero ya no tenía una casa a la que volver.

—Mirad que cosa tan bonita hemos encontrado.
Ocupada en sus lágrimas, no se había dado cuenta de que una cuadrilla de unos cinco hombres la estaban acorralando.
—¿Estás sola, preciosa?

¿Por qué las cosas malas no podían pasarle de una en una? Aquella pandilla de sucios y malolientes hombres la miraban con lascivia. El último en hablar, se humedeció los labios con la lengua mostrando las encías vacías donde debería de haber dientes. En sus manos, vio el brillo de un cuchillo. Retrocedía lentamente movida por el miedo. Ellos se aproximaban a ella, cercándola como un depredador a su presa. Pronto chocó con algo que le impedía avanzar. Había avanzado hacia la costa de los riscos. Tras ella se abría el profundo y tenebroso océano y solo una pequeña vaya de piedra la separaba del mortal abismo. No tenía escapatoria. Delante de ella tenía a cinco hombres desalmados que no tendrían comprensión con ella. Detrás, solo le aguardaba la muerte.

Sentía asco y odio por aquellos hombres que solo por el hecho de ser mujer pensaban que podían poseerla sin más, que por ser más débil, podían usar la fuerza con ella para someterla, para tenerla. Pero aquellos sucios tipos no la conocían en absoluto y Bella prefería la muerte a permitir que aquellos seres repugnantes e indignos de ser llamados hombres, la tocaran. Así que, sin dejar de mirarlos fijamente, se subió a la pequeña vaya de piedra. Ya nada la separaba del abismo.

—¿Qué haces? ¿Estás loca? —Gritó uno.

Pero Bella ya no lo escuchaba. Solo escuchaba el mar, las olas rompiendo bajo sus pies. Estaba perdida, sola y confundida. No le quedaba nadie a quién acudir, ya no sabía quién era ni si lo que había dicho Adam podría ser cierto. Solo sabía una cosa, que sus últimos pensamientos, sus últimos suspiros, serían para él.

Abrió los brazos y se dejó caer, sintiendo el viento en su espalda hasta que el agua la golpeó y comenzó a tragarla, atrapándola entre sus húmedos brazos. 

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