No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 31 de mayo de 2014

Bella y Bestia VII

Hola chicos, 

Aquí estoy otra vez. No es que no quiera estudiar (cosa que probablemente influya) es que me apetece mucho escribir. Hay demasiadas palabras dentro de mí, demasiados pensamientos. A veces no sé muy bien qué decir, qué escribir... como ahora que no sé la dirección que pueden tomar mis pensamientos, solo sé que necesito escribir. Al final, la tinta y el papel o, en este caso, mis dedos y el teclado se compinchan dejándome de lado. Yo no pienso, no me detengo, solo escribo. Una frase se ha formado en mi mente antes de que termine la anterior. Lo peor es que eso me pasa también cuando hablo y termino hablando rápido o mezclando las frases, de forma que nadie me entiende. Escribiendo no me pasa poeque tengo todo el tiempo, todo el espacio en mi papel en blanco para poder poner todo lo que hay en mi mente. Y me ayuda mucho, me ayuda a poner mis pensamientos en orden, a conocerme a mí misma. No han sido pocas las veces que me sentía triste sin saber la razón, sin poder expresarlo con palabras en mi mente. Entonces, cogía un boli y una libreta y me ponía a escribir, casi siempre, alguna poesía hasta que la respuesta aparecía ante mí y escribía lo que no sabía de antemano: la razón de mi tristeza. 

Escribir es, para mí, sinónimo de respirar, de latir: algo que tu cuerpo hace inconscientemente por pura necesidad. 

Y resulta bastante irónico a veces porque escribir no deja de ser imaginar cosas, fantasías, historias que pasan en mi mente. Pues aún así, muchas veces, cuando me planteo si vivo mi vida o la que mis padres quieren que viva, escribir es lo más real que tengo.

Bella y Bestia
(Está todo en cursiva porque toda esta parte es recuerdo de su vida pasada)
Estaban prometidos. Iban a casarse. Parecía imposible, pero era real, era su realidad. Quería a Adam y estaba segura de que él también la amaba. Sería difícil, pero lo conseguirían. ¿Qué importaba que el padre de él fuera un señor del castillo y el suyo fuera jardinero? Eran personas, eran seres humanos. La condición, la posición social, el dinero, eran inventos de los hombres, de aquellos que necesitaban sentirse superiores, sentir que podían dominar al resto. Pero sus corazones se habían reconocido. Ellos no entendían de posesiones, ni de dinero o ridículas convenciones sociales. Se casarían, aunque tuvieran que fugarse. De un modo u otro, acabarían juntos porque sus almas estaban predestinadas y nada podría separarlos.

—¡Bella! —Una voz jadeante la sacó de sus ensoñaciones.
—¡Gastón! —Dijo ella al reconocer la figura de su amigo que se acercaba a ella corriendo.
—Bella, tengo una gran noticia—Dijo él sin resuello.
—Me alegro, pero respira primero o te ahogarás antes de poder contármela. ¿De qué se trata?
—He conseguido un puesto en el ejército real. No gano mucho, por ahora, pero seré libre y no dependeré de un Señor del Castillo. Iré escalando posiciones hasta poder ofrecer a mi familia, a mi mujer, una buena vida.
—Vaya, Gastón me alegro mucho por ti.
—Entonces ¿te parece bien? —Sonreía abiertamente con una emoción que apenas conseguía ocultar.
—Bueno, el ejército es peligroso, pero si es lo que quieres hacer, me parece bien, claro.
—No te preocupes por eso, Bella, te aseguro que no pasará nada. Seremos muy felices.
—¿Seremos…?
Bella apenas tuvo tiempo de extrañarse ante aquella afirmación, pues antes de que pudiera reaccionar, Gastón la atrapó entre sus brazos, ciñéndola contra su cuerpo, buscando sus labios.
—¿Qué haces? Suéltame, animal.
Tras patalear arduamente, Bella consiguió que Gastón la soltase mientras la miraba extrañado.
—¿No te alegras?
—Sí, ya te lo he dicho, pero no por eso puedes ahogarme o intentar besarme ¿qué te crees?
—¡Pues que vamos a casarnos! ¿Cómo no voy a poder besar a mi futura esposa?
—¡¿Casarnos?! ¿Quién ha dicho tal cosa?
Bella tuvo que dar un paso hacia atrás para esquivar los brazos de Gastón que volvían a perseguirla.
—Bella, no te hagas la ingenua. Sabes que siempre te he querido y alistarme en el ejército, lo he hecho por ti, para que no tengas que trabajar a merced de un señor, para que seas mi esposa y no tengas que preocuparte por nada.
—Gastón eres mi amigo y te aprecio, pero no puedo casarme contigo, amo a otro hombre.
—¿Al hijo del señor, es eso? ¿Piensas que él se casará contigo, que te convertirá en su señora? Deja de ser tan estúpida y despierta Bella, él no te quiere, solo te utiliza. ¡Nunca se casará contigo! —De pronto se adelantó hacia ella cerniéndose sobre su cuello, apresándola entre sus manos—Yo estoy aquí, siempre lo estado. Esperándote, vigilándote y serás mía.
—Gastón me estás ahogando…—Pero él no la escuchaba, se había perdido en sus ojos, admirando su piel blanca y sus suaves curvas—Gastón, suéltame.

El aire comenzaba a faltarle, el yugo sobre su cuello no cesaba y sus pulmones comenzaban convulsionar intentando tomar una nueva bocanada. Sus ojos comenzaron a nublarse y supo que estaba a punto de desmayarse, cuando unos poderosos brazos cogieron a Gastón obligándolo a que la soltara. Bella se quedó tirada en el suelo y pronto escuchó una voz conocida. Era Adam.

—¿Pero a ti qué te pasa animal? Estabas a punto de matarla.

Adam le gritaba mientras le golpeaba y Gastón respondía a sus puños con una furia renovada. Los dos hombres se enzarzaron en una lucha que no llevaba pintas de parar pronto. Con las pocas energías que le quedaban, Bella se lanzó sobre Adam y lo detuvo justo antes de que este descargara su puño sobre la cara ensangrentada de Gastón.

—Déjalo, Adam, por favor, era mi amigo. En honor a nuestra antigua amistad Gastón, haré como si esto no hubiera pasado. Adam y yo nos queremos y vamos a casarnos, aunque tengamos que huir de aquí, lo haremos pronto. Tú deberías marcharte también.

Adam la abrazó y ella se dejó llevar lejos de Gastón. Sentía lástima por él, por haberle roto el corazón, pero nunca podría estar con otro hombre que no fuera Adam. Él la hacía sentir completa. Como si todo su vida hubiera estado buscando algo sin saberlo y solo lo encontrara entre sus brazos.

—¿Estás bien? —Le preguntó mientras acariciaba las marcas que las manos de Gastón habían impreso en su piel.
—Sí, tranquilo.

Aquella noche, aquella última noche, la luna estaba pintada en el cielo difuminada por la niebla. Hacía frío, aunque ellos no lo sentían. Adam se había quedado a dormir con ella y, mientras él dormía, Bella disfrutaba recorriendo las formas de sus músculos con el dedo. Era tan guapo cuando dormía, también cuando estaba despierto, pero a veces su mirada era tan intensa que apenas podía mantenerle la mirada sin sentir que le temblaban las piernas. Mientras dormía, estaba a su merced. Sus cuerpos desnudos se abrazaban perdiéndose el uno en el otro. Le retiró un mechón oscuro de pelo que cubría su rostro y al sentir su caricia, Adam comenzó a despertarse.

—Hola—Susurró ella.
—Buenos días, princesa.
—Aún no es de día. —Dijo ella.
—Entonces ¿por qué me despiertas? —Bella lo miró con una sonrisa maliciosa dibujada en la cara —Chica mala.
Adam la rodeó con su cuerpo, pero sus besos se detuvieron de pronto.
—¿Qué pasa?
—Creo que he escuchado algo—Dijo él—Voy  ver.

Intentó protestar, pero él no le hizo caso. Solo mientras él no estaba se dio cuenta de que la noche era fría y oscura, de lo sola que podía sentirse, de lo insegura que podía llegar a estar. Esperaba con ansia a que él llegara ¿qué estaría haciendo? ¿por qué tardaba tanto? Creyó escuchar unos pasos, pero no podía ser él, eran demasiados pasos. Su corazón comenzó a latirle con fuerza. El miedo se apoderó de ella, no podía negarlo, estaba asustada, por ella y por Adam. Los pasos que la habían puesto alerta no tardaron en sucederse por las figuras de varios soldados que entraron en su casa, rompiendo la puerta por la que Adam se había ido. Bella nunca se había sentido tan indefensa, tan expuesta. Desnuda, tapada con unas sábanas, rodeada por cuatro hombres armados que la miraban con lascivia, anhelantes de arrancarle las sábanas a tirones.

—Adam —Primero susurró, porque el miedo atenazaba su garganta y parecía haberle robado la voz. Después, gritó—¡Adam!
—Grita lo que quieras, él no va a salvarte.

Una nueva figura más vieja y mejor vestida que las anteriores, apareció. Bella identificó rápidamente su rostro. Era el padre de Adam, el actual Señor del Castillo.

—Ha llegado a mis oídos lo que mi hijo planeaba hacer contigo. Fugarse —dijo con asco— ¡casarse, mi hijo, el futuro Señor, con la hija del jardinero! Lo siento niña, admito que eres muy guapa, pero no puedo permitir que mi hijo se eche a perder así. Ya tengo planes para él.

Apenas podía creer lo que escuchaba. Iba a morir, aquel hombre iba a matarla ¿y todo por qué? Porque necesitaba a su hijo libre para casarse con una mujer que pudiera darle una nueva fortuna. Aquello era lo que valía su vida: unos cuantos doblones, un cofrecito de joyas. Moriría desnuda, delante de aquellos hombres que la repugnaban y sin poder despedirse de Adam, sin poder decirle que lo quería. Las lágrimas comenzaban a anegar sus ojos. Lágrimas de miedo pero, sobre todo, de rabia de frustración, de impotencia porque el mundo estuviera dominado por personas como aquel hombre decrépito y marchito que prefería arrebatar una vida y hacer desgraciado a su hijo antes que ver mermar su ya cuantiosa fortuna. Podrían matarla, podrían dominar su cuerpo, pero Bella no permitiría que la vieran llorar, no le arrebatarían su dignidad. No apartó la mirada de aquel hombre, con la frente alta y los puños aferrados a las sábanas que la cubrían.

Bella sintió que volvía a respirar, al menos por un momento, al ver entrar a Adam por la puerta abalanzándose sobre varios soldados. Luchaba con una rabia ciega, pero los demás eran demasiados para un solo hombre vestido apenas con unos pantalones y desarmado. Cuatro de los soldados lo apresaron, obligando a que mirara hacia Bella. Le hubiera gustado decirle cuanto lo quería, que había merecido la pena estar allí, morir allí, por haber estado a su lado, por haberlo querida. Y sabía que si volvía a nacer, volvería a amarlo. En cualquiera de sus vidas, en cualquiera de sus formas, lograrían estar juntos porque dos almas afines no se separan nunca. Le hubiera gustado decírselo con palabras y no con la mirada, pero estaba segura de que él la había entendido igual que ella leyó en su mirada lo arrepentido que él estaba por haberla colocado en aquella situación. Igual que leía la rabia, la impotencia y la culpabilidad que Adam sentía, pero Bella no lo culpaba. Le dedicó una última sonrisa mientras unas toscas manos la empujaban haciendo que callera a la cama dejando su cuello al descubierto. Perdió la noción de lo que pasaba alrededor, sus ojos se concentraron solo en Adam que la miraba con lágrimas, que peleaba con todas sus fuerzas, que le gritaba a su padre, que le gritaba a ellas palabras de amor y disculpa que ya no podía escuchar.

—En cualquier vida —Susurró de pronto ella— te elegiré a ti.


Y el filo de una espada surcó el aire hasta cortar su piel, atravesar sus músculos, partir sus huesos, y llevarse en un solo movimiento las alegrías, los sueños y las esperanzas de una vida, de un alma. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario