No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 29 de junio de 2014

Mulán. Capítulo 4

Queridos lectores, 

Prácticamente toda mi vida, al menos, desde que yo recuerde, he intentado ser buena persona, me he esforzado por complacer a los demás, por hacerles felices, por no ser egoísta, ayudar en todo lo que me era posible. No sé exactamente por qué. Quizás sea algo innato, quizás me dejé convencer por las clases de religión que te adoctrinan desde pequeñito y me convencí de que la bondad tenía recompensa. Pero no es así. Porque parece que todo lo que hago, todo, acaba saliendo mal y, simplemente, tratando de ayudar a los otros, lo estropeo todo. 

Llevo todo el día cantando mentalmente la canción de Get it right, de Glee. Exactamente así me siento y cuando dice "all that you touch trumbles down" o lo de que "my best intentions keep making a mess of it" pienso que esa canción se ha escrito para mí. Porque todo lo que toco se derrumba y todo lo que hago, con mis mejores intenciones, acaba en desastre. No me apetece entrar en los detalles ni os quiero aburrir con otra de mis anécdotas de cómo la "inteligente" de Laura consiguió que todo se fastidiara mientras trataba, precisamente, de arreglar las cosas. Así que, perdonadme, pero más que remover y remover mis meteduras de pata, me apetece escribir :)

Mulán 

CAPÍTULO 4

Cinco guerreros la rodeaban. Había conseguido armarse con una rama seca. La blandía con todos sus músculos tensos, a la espera del siguiente ataque. Escuchaba el crujir de las ramas bajo sus pies con cada pequeño movimiento, pero a ellos no los oía, solo podía intuir por dónde llegaría el siguiente golpe. Su intuición, sin embargo, no era suficiente y pronto sintió un dolor ardiente en su nuca.
—¡Auch! ¿Así es cómo penáis ayudarme? —Dijo Mulán—¿Dándome golpes?
—Así se aprende pequeña —Dijo uno de los guerreros. — Coge bien la espada, la mano firme, el brazo ligeramente flexionado. Mantente recta.

Los que se hacían llamar “sus espíritus guardianes” le estaban dando una soberana paliza, en el intento de hacer un hombre de ella.
—¿Vas a rendirte ya? —Dijo uno de los espíritus.

Aquello le tocó la fibra sensible. No iba a darse por vencida, no iba a dejar que la vapulearan, la subestimaran y menospreciaran por haber nacido mujer. Ella era, les gustara o no a los hombres, una guerrera y no porque amara la guerra, sino porque tenía una razón para pelear.
—No. No voy a rendirme.

Y sus palabras le infundieron la fuerza y la calma que no había experimentado mientras luchaba con ellos. Mulán inspiró profundamente cerrando los ojos. Se dio cuenta de que, aún sin poder verlos, podía escucharlos, podía sentirlos. Si se concentraba lo suficiente, podía ver cuál sería su siguiente movimiento. En aquel instante, eran cuatro los soldados que tenía, uno en cada punto cardinal. Ella estaba orientada hacia el norte, el viento gélido de las montañas traía consigo el aroma de la nieve mezclado con los pinos, olía a bosque. Los espíritus permanecían callados a la espera del momento para atacar, pero sabía, tras haber recibido varios golpes con la misma táctica, que primero atacaría el que estaba situado en el norte para mantener sus manos ocupadas, después sur, luego este y, por último, oeste. Podía hacerlo, solo tenía que creer en ella misma. Respiró hondo una última vez y abrió los ojos justo para ver como el soldado situado en el norte lanzaba su espada hacia ella. La paró con la rama que blandía, mas sabiendo que aquello era una mera maniobra de distracción para dejar sus flancos al descubierto, pronto lanzó su espada hacia atrás sin ni siquiera girarse. Notó que impactaba en el abdomen del guerrero sur (o lo habría hecho de estar él vivo), sacó la espada en un rápido movimiento, girándola alrededor de su cabeza de este a oeste, dejando a los otros dos guerreros fuera de juego. Y, antes de que el norte pudiera cambiar su cara de asombro, su espada aterrizó sobre su cabeza.

—¿Qué tal?
Ninguno de sus maestros pareció dispuesto a halagar los progresos de su alumna. Solo Mushu comenzó a aplaudir visiblemente divertido porque una novata hubiera vencido a cuatro espíritus guerreros.
—Muy bien, Mulán. Haces grandes progresos. Ahora debes descansar, pronto amanecerá en el campamento y os llamarán a todos.
—Pero hoy comenzaremos a pelear —Dijo ella asustada —Y no estoy preparada para los guerreros corpóreos, a vosotros puedo… sentiros —dijo no sin cierto remilgo —pero a ellos no.
—Quizás no puedas sentirlo, mas ahora podrás saber lo que piensan hacer, dónde están. Nosotros seremos tus ojos en combate. Te guiaremos. No te preocupes más y ve a descansar.

Reticente todavía a abandonar el entrenamiento, Mulán dejó el palo que tan fielmente le había servido como espada y comenzó a andar sin demasiadas ganas hacia su tienda. Pronto sintió una nueva presencia junto a ella. El guerrero del dragón rojo dibujado en la armadura andaba con ella.
—Sé llegar a mi tienda sola, Mushu.
—Lo sé, pero quería decirte de nuevo que lo estás haciendo muy bien.
—Gracias —Mulán miró al suelo, no estaba tan segura de estar progresando tanto. Quizás sí que avanzaba, mas dudaba que tanto como para enfrentarse al guerrero más temido de toda China.
—No te preocupes Mulán —Dijo él, como leyendo sus pensamientos —Ya no estás sola, no volverás a estarlo.
—Es extraño… desde que murió mi madre la soledad ha sido mi mayor compañía, no sé cómo me sentiré si la dejo ir.
—Puedes dejarla ir porque nunca ha estado ahí realmente. Yo siempre he estado a tu lado. Aunque no me vieras, aunque te cerraras a tu don, yo siempre he estado a tu alrededor, viéndote crecer, viendo la mujer en la que te convertías.
—¿Crees… crees que mi madre estaría orgullosa de mí?
—No lo creo —Mulán apartó la mirada apenada, pero con un acopio de fuerzas por parte del espíritu, tomó su barbilla y la obligó a mirarlo —Lo sé. Estaría muy orgullosa.

Sonrió sin saber qué más decir. Las lágrimas amenazaban seriamente con inundar su rostro y era algo que no podía permitirse. Los hombres no lloraban y ella debía ser un hombre.
—Bueno y cuéntame de ti —Dijo ella por cambiar de tema —Guerrero del dragón, Mushu, ¿cuál es tu historia?
—¿Mi historia? —Su voz, inexplicablemente, pareció temblar ante la mención de su pasado.
—Sí. Otros guerreros espíritus me han contado sus grandes batallas, sus honorables muertes, ya sabes… sus historias. Todas iguales, supongo que la tuya también los será, pero tengo curiosidad.
—No. Mi historia no es igual a las suyas. —Mushu desvió la mirada como si no soportara mirarla a la cara.
—¿De qué hablas? ¿Tu muerte fue más emocionante?
—No.
—¿Y entonces?

Se hizo el silencio entre ellos. Mushu miraba al horizonte como si estuviera decidiendo si debía o no contestar a aquella pregunta.
—Mi muerte no fue honorable. —Y dicho eso, se marchó.




viernes, 27 de junio de 2014

Mulán. Capitulo 3

Queridos lectores, 

Te das cuenta de que la medicina te está absorbiendo la vida cuando empiezas a hacer limpieza de la memoria de fotos del móvil y más de 200 fotos son de tejidos microscópicos de las prácticas de anatomía patológica u otras asignaturas que son lo mismo con otro nombre. 

Te absorben la vida, ¿y qué es la vida? La vida está hecha de momentos. Momentos como este en los que los pájaros vuelan por encima de mi cabeza y puedo escribir. Aunque mis musas parezcan algo enfadadas conmigo y vengan menos a visitarme de lo que me gustaría, por lo menos tengo el aire, el cielo y mis propias palabras como compañía. No es mucho, lo sé, pero no soy de fiestas multitudinarias. La vida está hecha de momentos y nosotros decidimos con qué momentos nos quedamos, si sujetamos entre nuestras manos esos momentos, los buenos momentos, los que hacen que la vida merezca la pena y dejamos ir a aquellos que nos perturban. O nos quedamos con los malos ratos y los buenos momentos se pierden en el océano de nuestros recuerdos. La decisión parece clara pero no es fácil, a veces, es tu propia mente la que decide por ti y son los malos momentos los que se quedan anclados en tu memoria mientras los otros, los que luchas por retener y recordar, se te van escapando por las ranuras que dejas entre los dedos y por mucho que luchas, por más que lo intentas, esos momentos se pierden. Yo no tengo muchos momentos o quizás me he permitido olvidarlos. Tengo algunos, claro, pero siempre cambian según la luz con las que los miro, depende de mi humor. 

La vida está hecha de momentos, igual que un libro está hecho de escenas y lo sé porque estoy escribiendo las escenas de mi libro y va así, por momentos. En este momento, estoy pensando que os voy a poner un capítulo de Mulán ;)

MULÁN 

CAPÍTULO 3

Las pesadillas habían vuelto, cada vez más fuertes, más vívidas, más seguidas. Mulán despertaba cada noche empapada en sudor, gritando, en ocasiones incluso encontraba el rastro de las lágrimas que había derramado durante su sueño. Todas aquellas noches, en la que los recuerdos la desvelaban, salía de su tienda y paseaba por el campamento escuchando los ronquidos de sus compañeros en mitad de la noche.

Era culpa de la estepa, de las montañas, del aire fresco… todo le daba demasiados recuerdos, todo se parecía demasiado al paisaje en el que creció y en el que vio morir a su madre. La falta de sueño, la escasa comida que les hacían llegar al ejército y la clara desventaja física de ser una mujer que nunca se había entrenado para combatir, sino más bien, a la que habían enseñado a maquillarse y abanicarse, hacía que el entrenamiento le estuviera resultando muy duro. No sabía pelear, ni moverme, no sabía cómo debía manejar una espada. Necesitaba ayuda. Había unos cuantos hombres que habían llegado a ser lo más parecido a amigos que podía esperar, pero ni siquiera a ellos podía pedirles ayuda. Porque estaba claro que cualquier joven varón de su edad sabría lo básico sobre pelea. Que a ella no le hubieran enseñado daba pie a preguntas que no podía contestar.
—Mulán…

Escuchó una voz que la llamaba en mitad de la noche, como llevada por el viento. Comenzó a buscar con la mirada de un lado a otro. Nadie allí sabía su verdadero nombre, no podían llamarla así, a menos que la hubieran descubierto.

—Mulán, escúchanos.

Volvió a escuchar. Pero allí no habría nadie. ¿Se estaría volviendo loca? A lo mejor era por todos los golpes en la cabeza que había recibido. No podía estar escuchando voces. Sin embargo, aquellas voces que parecían traídas por el viento le eran, de algún extraño modo, familiares.
—Mulán
—¿Quién es? ¿Qué quieres? —Se decidió a decir sin poder ocultar el temor en su voz.
—No nos temas. Mulán, llevamos mucho tiempo contigo, esperando que la hora llegue. Puede que aún no sea el mejor momento, pero nos necesitas. Abre tu mente. Míranos.

Mulán no tenía ni idea de lo que estaba pasando a su alrededor. De dónde venían las voces, qué querían, qué querían decir con eso de “mirarlos” si ella ya estaba mirando por todas partes y no veía nada.
—Escúchame, Mulán. —Esa voz… conocía esa voz— Soy yo, Mushu.

Al escuchar ese nombre de nuevo después de más quince años, se vio transportada a algún momento de su infancia, a recuerdos que creía olvidados por completo. Veía a su madre sonriente, diciéndole que tuviera cuidado. Mulán se corriendo entre la hierba persiguiendo a las mariposas. De vez en cuando, en su impulsiva carrera, caía al suelo y se hacía daño en las rodillas. Recordaba que, entonces, un guerrero de rostro amable la cogía en brazos y la levantaba.
—No llores, bonita. No es nada. Eres una guerrera valiente ¿verdad? —Decía él.
—Sí, dragón.

Mulán lo llamaba así por el emblema de su armadura. En el oscuro metal había dibujado un pequeño dragón rojo y dorado. Él siempre se reía cuando le llamaba dragón.
—Te he dicho muchas veces que puedes llamarme Mushu.
—Vale, Mushi —Pero ella era demasiado pequeña para pronunciarlo bien.
—Bueno, casi mejor, llámame dragón.

Después de hablar con el guerrero del dragón, Mulán volvía con su madre y cuando ella le preguntaba qué había estado haciendo, la niña le respondía.
—Mushi dragón y yo hemos perseguido a las mariposas.
—Eso está bien. Mulán, ellos siempre te protegerán.

No había vuelto a ver al guerrero del dragón desde la muerte de su madre. Y ahora estaba allí, escuchando su voz. Quizás fue la tranquilidad que sintió con el recuerdo de su madre, la calidez de sus palabras, la promesa de que ellos la protegerían, sea por lo que fuere, Mulán respiró hondo y comenzó a verlos. Al principio como manchas difusas que, lentamente, fueron tomando forma hasta convertirse en guerreros. Algunos los habían visto antes, a otros no, aunque al que mejor conocía era a Mushu.
—¿Qué es esto? ¿Quiénes sois? —Dijo Mulán al verlos.
—Por fin nos ve —Dijo una de las voces que había escuchado. Era profunda y grave y su propietario era un hombre corpulento de cabeza redonda y barba.
—Mulán, no temas—Dijo Mushu —Nosotros somos espíritus. Los fantasmas de los guerreros caídos en batalla.
—Eso es imposible, me estás diciendo que estáis muertos.
—Así es. Nuestros cuerpos murieron, pero nuestros espíritus se han quedado y solo tú puedes vernos.
—¿Yo? ¿Por qué? No, esto es de locos.
—Tú, al igual que tu madre y la suya, poseéis el don de ver, de vernos. Eres la última chamana del clan de la serpiente, Mulán.
—No puedo creerte —Dijo ella—Nada de esto tiene sentido. Mi madre murió hace mucho tiempo, yo no tengo ningún don. Solo un deseo y es el de matar a su asesino. Esto no es más que una pesadilla, una alucinación de mi mente demasiado obsesionada con el pasado y la venganza.
—En el fondo, sabes que eso no es cierto Mulán.

Tenía razón. Una parte de ella sabía que aquello era a lo que su madre se había referido siempre. Había muerto siendo ella demasiado pequeña como para comprender lo que quería decir con un “don”. Pero debía de ser este.

—Escúchame Mulán. Yo te lo explicaré todo. ¿Te acuerdas de mía? —Era Mushu quien hablaba y ella lo recordaba, así que asintió con la cabeza. —Estupendo, fuimos amigos ¿verdad? Cuando eras muy pequeña. Luego, tras la muerte de tu madre, el dolor te cegó y ya no pudiste vernos más, hasta que nos has necesitado realmente. Hasta ahora. Pero te lo explicaré desde el principio. Tras crear el mundo, los dioses se repartieron las tareas. Dizang Wang fue nombrado el salvador de los muertos, era el encargado de recoger las almas de los soldados. A medida que los pueblos crecían y se enfrentaban entre ellos, las muertes aumentaron hasta tal punto que el dios solo no podía conducir a todos los difuntos al descanso eterno. Por eso, reunió a las mujeres más mágicas y poderosas de los clanes más antiguos y les concedió un don que iría pasando de generación en generación, para que ellas pudieran ver y guiar a las almas que él dejaba olvidadas o no podía llevar al mundo de los muertos. El clan de tu madre, el clan de la serpiente, fue uno de ellos, y vosotras tenéis ese regalo de los dioses. Muchas de las chamanes que recibieron el don han muerto a causa de las guerras sin cuartel, la mayoría de los antiguos clanes han desaparecido, bien por la masacre de los Hunos o bien por la dominación del Imperio Chino. Muchas murieron cuando aún no habían tenido descendencia y su don se perdió. Mulán, tú eres la última de ese largo linaje, eres la última chaman, la última que puede vernos y ayudarnos a descansar.

Mulán tuvo que pestañear varias veces más para comprobar que no estaba soñando y otras tantas para comprender lo que le estaba diciendo.

—Todo eso es demasiado fantasioso—dijo ella mirando el suelo —¿Dioses? ¿Espíritus perdidos? ¿Chamanes?
—Mulán, tú me recuerdas, de cuando eras niñas, ¿cómo te explicas si no que no haya envejecido en todo este tiempo?
Ella reflexionó por un instante. Por absurdo que pareciera, era cierto, debía de ser cierto. Porque ella recordaba a su madre sonriendo a las personas que solo ella veía, recordaba las voces y los guerreros que la acompañaban. Era mejor eso que pensar que estaba rematadamente loca.

—Digamos que os creo ¿cómo puedo ayudaros?
—Por ahora, Mulán, nosotros te ayudaremos a ti. 


jueves, 26 de junio de 2014

Mulán. Capítulo 2

Queridos lectores,

Parece ser que mi familia ha decidido por mí que necesito socializarme porque mis primas han decidido pasar por las tardes para llevarme a pasear. Esfuerzo que les agradezco y me viene bien pasear, no lo niego, y hasta me llego a Brave por lo que le va muy bien a él que se tiene que ejercitar. El problema es que son ESAS horas, las mejores horas, mis horas de escribir. Esas horas que, cuando las pasaba estudiando, os decía que me moría de ganas por pasarlas escribiendo. Pues ahora tengo esas horas para mí y cuando llegan y estoy escribiendo y estoy a punto de salirme a la terraza porque ya hay sombra y es el momento perfecto para ponerme a escribir, entonces me llaman y me tengo que ir. Y a mis padres les parece fenomenal, pues claro, vete con tus primas y que te dé el aire. ¡Pero yo quiero escribir! Que rabia tan tremenda y absoluta me da. No lo entienden, no lo entienden. Yo quiero escribir, necesito escribir y que me digan "¿pues qué tienes que hacer que no te puedes ir a andar?" Y yo les diga escribir y me miren con cara de póker como si eso fuera la cosa más absurda del mundo, que me digan que lo puedo hacer en otro momento o que me viene mejor socializarme y pff... Yo soy muy tranquila, ya os lo he dicho, no me enfado y si me enfado me aguanto, lo razono y se apagan las llamas de la rabia, tengo un corazón benevolente. Pero esto ya me REPATEA mucho. 

Y no es cuestión de valentía o cobardía, no es que yo no les haya dicho que quiero escribir, no es que no les haya intentado explicar lo importante que es para mí, es que NO lo quieren entender. O eso o son muy espesos. El año pasado tuvimos la misma conversación sobre perder el tiempo con mis "tonterías" según ellos y acabó con que muchos de mis personajes en el libro que escribí tuvieran problemas con sus padres. Una escritora escribe de lo que conoce. Bueno, me relajo y respiro. Y hablando de escribir, os pongo otro poco de relato. 

MULÁN

CAPÍTULO 2

La decisión había sido fácil. Ella iría a la guerra en lugar de su padre adoptivo. Por supuesto, no la dejarían ir, tampoco la admitirían si sabían que era una mujer, pero eso no le preocupaba.

Aquella noche llovía intensamente, el agua caía con tanta fuerza que sentía como las gotas se clavaban en su piel, como miles de alfileres. A pesar de ello, agradeció que el ruido de la fuerte lluvia golpeando sin tregua el techo, ocultara el sonido de sus pasos en la noche. Llegó a la sala donde padre guardaba la armadura. Pesaba más de lo que había imaginado, pero podría con ella, estaba segura. Tomó la espada y con un rápido movimiento, cerrando los ojos, se cortó su larga melena azabache. De algún modo, un tanto infantil y tonto, cortarse el pelo le resultó tremendamente doloroso. Después de ver a su madre asesinada, después contemplar como todo su poblado era masacrado, no pensaba que cortarse el pelo pudiera afectarle tanto, pero lo hizo. Porque aquella melena negra era de las únicas cosas que poseía y que le recordaban a su verdadera madre.

No había tiempo para lágrimas. Tomó las armas, la armadura y un pequeño pergamino en el que escribió una despedida concisa:

“Queridos padres,
Os agradezco todo lo que habéis hecho por mí. Sé que no he sido la mejor de las hijas, pero esto lo compensará. Traeré el honor a la familia y la paz a mi corazón. Sed felices.
Mulán”
Tras aquella escueta despedida, preparó al caballo y salió a galope oculta por la lluvia y la noche.

Las pesadillas se habían acentuado desde que viera el rostro del asesino de su madre. Desde aquel día, recuerdos que creía olvidados, habían vuelto a surgir en su mente. Recuerdos de su madre peinándole el cabello, hablándole de su poblado, de su historia.
—Mamá —Decía Mulán con su vocecilla de niña. —¿Mamá por qué todos vienen a preguntarte tantas cosas?
—Ya te lo he explicado otras veces, Mulán. —Decía ella con paciencia.
—Pero me gusta, dímelo otra vez, por favor.
—Está bien. Yo, al igual que mi madre, y su madre antes que ella, e igual que algún día tú lo harás, ocupo un lugar especial en el poblado. Los dioses me concedieron el don de ver más allá y todas esas personas vienen para que les ayude.
—¿Y yo también tendré el don, mamá?
—Sí cariño, cuando llegue el momento, tú también lo tendrás.
—¿Y cómo sabré si ha llegado el momento? —Decía Mulán sin poder evitar temer que nunca llegara, que nunca pudiera ser tan especial como su madre.
—Lo sabrás, pequeña, lo sabrás. Ellos irán a ti.

El tiempo había pasado y el momento no había llegado. Sí que hubo momentos en los que necesitó ser especial, en los que hubiera querido tener el don del que su madre hablaba. Cuando vio morir a todo su poblado, su familia y amigos, a manos de los Hunos. Entonces, mientras los veía escapar, había rezado a los dioses de su madre para que le enviaran algo, una ayuda, una señal, el don de su madre. Porque no sabía en qué consistía aquel don, pero necesitaba algo, algo en lo que creer, algo que le diera esperanzas después de haberlo perdido todo. Pero los dioses la ignoraron, como habían hecho siempre, como habían hecho con los niños, mujeres y ancianos que habían suplicado ayuda antes de que una espada les atravesara el abdomen. Ya era mayor. Ya era tarde para creer en la magia, para creer en dones.

Cabalgó durante toda la noche sin descanso. Para cuando el sol comenzó a asomarse por el este, ya había llegado al campamento. Ahora solo quedaba la parte más fácil, fingir que era algo que no era. Y era fácil porque era lo que llevaba haciendo toda su vida.

***

En algún momento de la noche, todos despertaron sabiendo que algo iba mal. Los Fa buscaron a Mulán y todo lo que encontraron fue una breve nota y una caja sin armadura. Rotos del dolor al saber que la que habían criado y querido como una hija, se había lanzado a lo que probablemente sería su muerte, pensando además que ellos la consideraban una deshonra, la matriarca de la familia se acercó al panteón de los antiguos dioses. No era mucha su esperanza, hacía tiempo que sus ancianos ojos no contemplaban milagros, pero tenía la esperanza de que, por una vez, escucharan sus ruegos y salvaran a Mulán.

***

—Es la hora—Dijo el más anciano de todos, si es que los espíritus podían considerarse más viejos.
—¿Qué te hace pensar que ahora será distinto? —Dijo otro. —Llevamos años a su alrededor y no ha querido vernos. Se ha cerrado a su don. Apenas nos ha escuchado como ecos lejanos, como pesadillas.
—Todo ha cambiado ahora. El miedo abrirá sus barreras, la idea de vengar a su madre hará que se abra a quien es realmente—Dijo el primer espíritu—Podrá vernos. Solo nosotros podemos ayudarla y solo ella puede ayudarnos a dejar de vagar por estos mundos. Es hora de que la chamana despierte de su sueño.

miércoles, 25 de junio de 2014

Mulán. Capítulo 1

Queridos lectores, 

Cómo describiros el día de hoy, es realmente difícil encontrar las palabras para explicar cómo ha sido pasar un día con mi madre en la ciudad de compras y recogiendo las cosas de mi piso de estudiantes. 
- Estresante: claro porque la ciudad sola me estresa, y si le añadimos a mi madre pues más todavía. 
- Dura: porque duro ha sido que justo hoy fuera el único día en el que no iba el ascensor por motivos técnicos y haya tenido que subir y bajar varias veces siete pisos, varias de ellas cargada con sendas maletas. 

Pero creo que me decantaría más por divertida y reconfortante en cierto sentido. Y me diréis ¿en serio? De compras con tu madre, no suena divertido. Lo sé, pero después de comprar he llamado a Ellen y hemos aparecido en su casa, hemos tomado algo y le ha hablado a mi madre de mi libro, de lo bien que estaba escrito, de que había posibilidades de que me publicaran, ha hablado de que me iban a pagar, incluso, y mi madre *.* flipaba. Nunca la había visto tan interesada en algún proyecto que involucrara mis libros. Y si tengo que elegir algo, me quedo con eso, porque espero que haya podido ver un poco que tengo alguna oportunidad. Sé que el mundo editorial es un océano plagado de tiburones y grandes peces y yo soy apenas un pececillo de colores, pero un pececillo de colores con muchos sueños. Espero más que creo, que mi madre haya atisbado un poco de lo importante que es para mí. Por lo demás, ha sido divertido ser una mezcla de Pretty Womn y Paco Martínez Soria en la película en la que se va del pueblo a la ciudad cargado con miles de bolsas, una gallina y un jamón. Y digo esto porque no solo llevábamos las bolsas de lo que habíamos comprado, sino también dos grandes, y recalco, grandes maletas, más una caja más grande que yo (afortunadamente ligera) con una hamaca de la que mi madre se ha encaprichado. Así que ya me veis a mí, porque mi madre tiene problemas con la espalda, haciendo malabares para llevar la maleta más pesada y la caja esa, más las bolsas O.O.... y solo me faltaba una gallina. 

En fin, ya estoy en casa y puedo aprovechar el subidón de autoestima que me ha dado Ellen para ponerme a escribir. 

Y hablando de escribir, ¿os pongo el siguiente relato? Va, os lo pongo. El siguiente iba a ser la Bella Durmiente, pero se me ocurrió la idea de Mulán y me apeteció empezar por él. Por cierto, busqué el nombre del malo de Mulán porque no me acordaba, pero no me gustó y lo he cambiado por un personaje más conocido. No tendrá mucha base histórica, pero me lo perdonáis, ¿verdad? Espero que os guste ;)

Mulán

CAPÍTULO 1

Corría alegre, saltando, riendo. Seguía a una mariposa, una lavanda con las alas grandes que se iba parando en las piedras para que ella la alcanzara.
—¡Espera! —Le gritaba a la pequeña mariposa. —No corras tanto.
Sus infantiles piernas se agotaban por momentos y era incapaz de seguir al travieso insecto. Hasta que la mariposa la guió de vuelta a su poblado y, entonces, todo cambió.

El fuego la rodeaba. Escuchaba gritos, llantos, golpes y allá donde mirara solo podía encontrar la destrucción. Buscó con la mirada su tienda, esperando ver a su madre, necesitando verla para correr a sus brazos y refugiarse en ella del miedo que la atenazaba, del calor de las llamas, del olor a muerte. Corrió sintiendo como sus piernas pesaban más de lo normal, sabiendo que algo iba mal, pero sin querer admitirlo, sin poder reconocerlo.
—¡Mamá! —Gritó al llegar a su tienda— ¡Mamá!

Lo primero que vio fue la sangre. La sangre que salía de su madre y cubría su rostro, su abdomen y sus ropas.

—Mamá, mamá despierta. —Gritó la niña impotente —Mamá, no me dejes. —Pero su madre ya no podía escucharla.

Una enorme figura surgió de entre las sombras. Un hombre, un bárbaro, que ya había visto otras veces en su poblado, que siempre le había dado miedo. Su rostro surcado con enormes cicatrices, dibujó una horrenda sonrisa y sus ojos parecían tan rojos como la sangre de su madre. Vio un puñal en la mano de aquel monstruo y supo que la iba a matar. Mejor, no quería estar sola sin mamá. Y lo único que podía ver era sus ojos, aquellos vacíos ojos teñidos en sangre.

***

Mulán se despertó de golpe, con su futón completamente desordenado. Había vuelto a pelear en sus pesadillas. Las mismas pesadillas de siempre. Las mismas pesadillas que la habían acompañado desde que los bárbaros masacraron y aniquilaron todo su poblado, incluyendo a su madre. Solo Mulán había sobrevivido al ataque, sin saber por qué, solo porque él la dejó vivir. Recordaba haber vagado durante días con la esperanza de morir y reencontrarse con su madre. Sin nada que comer ni qué beber, una niña perdida de siete años, sola en el mundo, huyendo de sus pesadillas. Hasta que ellos la encontraron, la familia Fa.

Su única hija había muerto víctima de las fiebres y no habían podido tener más. Ellos la rescataron y la criaron como a su hija. Les debía la vida, los poco momentos de felicidad lejos de las pesadillas y del recuerdo de su madre muerta tirada en el suelo. Los quería realmente como a padres y hubiera querido que ellos estuvieran orgullosos de ella. Mulán lo había intentado realmente, había tratado de convertirse en una dama de la sociedad asiática, había tratado ser delicada y callada, ser una buena futura esposa y casarse con algún hombre del agrado de sus padres adoptivos. Pero era incapaz de olvidar. Cuando estaba frente a alguno de los hombres que querían comprarla como esposa, solo podía verlo a él, a aquellos ojos amarillentos, llenos de sangre y sin apenas humanidad. Cuando le ponían aquellos ajustados e incómodos kimonos solo podía recordar sus primeros años de vida, viviendo libre y salvaje, corriendo por las estepas de las mariposas. Recordaba a su madre, el amor que sentía por ella y no quería conformarse a vivir una farsa en lugar de una vida. No podía olvidar a su madre, dejar que su recuerdo se fuera yendo lentamente sin haber intentado nunca vengar su muerte.

Mulán se levantó y fue caminando hacia el abrevadero para limpiarse la cara en un intento de despejar su mente de los fantasmas del pasado. El agua le devolvió una imagen, el mal reflejo de alguien que no era. Lo había intentado por ellos, pero no podría ocultar por más tiempos la realidad, no podría ocultarse más a sí misma, porque todo aquello que los demás veían, todo lo que creían que ella era, simplemente, no era real.

Unas trompetas en la calle despertaron al pueblo entero, algo pasaba. Sus padres y el resto de los habitantes del pueblo, salieron de sus casas para encontrarse con una comitiva del ejército que portaba el anuncio de una guerra. Estaban reclutando soldados, uno de cada casa, un hijo, un padre o un esposo tendría que despedirse de sus familias para ir a la guerra. El hombre que hablaba dando las malas noticias comunicó entonces que se trataba de una guerra contra los bárbaros que se habían atrevido a cruzar sus fronteras. Los Hunos se habían llamar estos barbaros y a su jefe se le conocía como Atila el Huno, el más sanguinario de todos. Apenas había prestado atención, apenas había comprendido lo que pasaba, hasta que Mulán vio el rostro dibujado en el rollo que aquel hombre del ejército desplegó. El dibujo no era perfecto, no tenía colores, pero aún así pudo reconocer perfectamente aquel rostro, aquellas cicatrices. Atila el Huno era el hombre que había matado a su madre. Miró a sus pares adoptivos, él ya era mayor y no había ningún otro hombre en la familia que pudiera ocupar su lugar. Mulán sabía que ellos la querían pero en realidad nunca se había comportado como una hija, no se había casado, no les había llevado el honor. Pues bien, aquella era su oportunidad para agradecerles que la salvaran y para lograr lo que siempre había anhelado, vengar a su madre. 

martes, 24 de junio de 2014

Día de excesos

Queridos lectores, 

Me encuentro fatal :S Me duele la tripa y me está costando un esfuerzo considerable no estar retorciéndome de dolor para poder escribiros. Pero e apetecía escribir y he pensado que distraer la mente podría ser bueno para el dolor. La causa de mis males podría radicar en algún virus estomacal, cosa que no descarto, aunque por algún motivo, una parte de mí me dice que es por los excesos alimentarios de ayer. Y es que, queridos lectores, no sé si lo había comentado mucho, pero estaba a dieta. Más que estar a dieta, vivía a dieta desde los dieciséis años  y casi hasta hace pocos días. Cinco años. Por alguna razón extraña a mí, cinco años parece mi límite de tiempo no establecido. Estuve cinco años en kárate hasta que dejé de ir, cinco años "colada" de Zacarías hasta que vi que era una tontería, cinco años a dieta y adiós a las precauciones alimentarias. Si este patrón sigue así, seré de las que se suman a las increíbles historias de estudiantes que dejan medicina en el 5º año y cuando te lo cuentan siempre dices "¿Por qué? Por un año más, termina la carrera" Pero quizás es cierto determinismo casi genético que nos impulsa a no aguantar más de cinco años las cosas que no nos gustan demasiado. Porque, desde luego, llevo más de cinco años escribiendo y leyendo. 

Si os preguntáis, ya puesto, a qué se debieron los excesos de ayer que hoy hacen que mi conciencia los apunte como principales sospechosos de mi dolor de tripa, pues fue el cumpleaños de mi padre, además de la noche de San Juan, la noche del fuego. Tradición que, por cierto, se copió de la mitología nórdica donde estaba dedicada al dios Balder, de la luz, que fue asesinado y como los nórdicos quemaban los cuerpos en piras funerarias, se rememoraba con fuego. El caso es que, como mi padre es muy tiquismiquis y delicado en cuanto a regalos se refiere, preferí no comprarle nada y hacer una comida un poco más arreglada y una tarta. Así que ya para comer tuvimos un buen menú consistente en pasta con salsa boloñesa, la pasta que sobró y quedó blanca la usé para hacer unas tartaletas de pasta que es una comida aparte, pero que como quedan muy monas pues las hice. Son muy fáciles, es coger un poco de pasta blanca, batirlas con un huevo, queso rallado, algo de pimentón dulce y orégano y freírlas un poco hasta que se queden doraditas. Se les puede poner un huevo escalfado por encima, pero me parecía abusar. 
Luego hicimos una ensalada completa, tostadas de pan con salmón y otras de jamón y sepia rebozada más cosas de picar. Lo sé, demasiada comida, pero mi hermano y mi madre también querían participar y cada uno aportaba un plato. 

Por si la comida no fuera suficiente, decidí desempolvar mis habilidades de repostera, las cuales uso de verano en verano, para hacerle una tarta a mi padre. Se presentaron básicamente dos problemas: uno fue que mi madre no quería que hiciera la tarta para no mancharle la cocina, el segundo que al no querer ella que hiciera la tarta, no me dejó comprar todos los ingredientes. Pero soy muy tozuda en ocasiones, y quería hacer una tarta, así que tuve que modificar la receta en ausencia de los ingredientes que mi madre no me dejó comprar e inventarme prácticamente una tarta con lo que tenía por casa. Menos mal, que en mi casa son muy golosos y siempre hay chocolate. Luego limpié la cocina, que conste. El caso es que con dos recetas que encontré por internet para que me sirvieran de guía, hice una tarta con base de bizcocho de dos colores, una capa de plátano y otra de chocolate, con una cobertura de chocolate espeso como le gusta a mi padre, pero la cobertura la dejé aparte porque me parecía muy pesado, así cada uno se pone el chocolate que quiere. A ver qué os parece:

Bueno, lo de la decoración no es lo mío, pero estaba buena. Aunque lo que más me gustó no fue su sabor, sino la forma de tarta típica que sale en las películas. Me recordó muchísimo a la tarta típica que podría haber hecho, y seguro he visto en alguna película, la Reina Malvada de Blancanieves, si en vez de plátano fuera de manzana. Y, como resulta que soy una gran admiradora de Lana Parrilla, sobre todo, en su papel de Evil Queen/Regina Mills en la serie Once Upon a Time, he bautizado esta tarta (ya que me inventé la receta como me dio la gana) Como Tarta Regina. ¿Qué os parece?

Pero la cosa, no quedó aquí. La noche de San Juan, en España, se celebra en el mar. Si estás en la montaña lo puedes hacer también, pero no hay olas para saltar. Así que por la tarde fuimos a la playa y cenamos más (-.-') En fin, que mi pobre estómago no ha soportado una entrada tan de lleno y tan rápida en el mundo de los no-dietensis. 

Por cierto, nos llevamos a Brave a la playa, estaba adorable saltando las olas, saltando en el agua en vez de caminando. Lo peor para el pobre fue cuando lanzaron fuegos artificiales y se asustó mucho. Recuerdo que cuando me lo trajeron con apenas unas semanas fue la época de los petardos y siempre se acurrucaba en mi regazo temblando.

Creo que me ha sentado muy bien escribir y distraerme un rato, ahora me duele menos el estómago, así que voy a seguir escribiendo relatitos para poneros por aquí. No quiero ser pesada, pero a Sadee, al menos, le gustan y a mí me hacen un gran papel dándome algo con lo que entretenerme, para escribir y pensar historias alocadas. También tengo que concentrarme en mi segundo libro, pero eso es mucho más complicado y sigo peleándome con mis musas para poder meterme de lleno. Por ahora, estoy leyendo mucho y mi manía de narrar el mundo sigue acentuándose, así que tengo que escribir pues si no me expreso de manera oral igual que lo hago por aquí, con la consecuencia de que mis padres no me entienden cuando hablo, y si ya de por sí me siento incomprendida, esto lo aumenta mucho más. Hablando de padres y sentirme incomprendida. Ayer pasó una cosa curiosa. Me resulta inevitable, porque tiendo a ser demasiado transparente, no hablar de las cosas que pienso o me preocupan, puedo hacerlo pero me cuesta un gran esfuerzo. El caso es que como lo de cambiarme de carrera, estudiar medicina ¿sí o no? es la gran pregunta que ocupa y mortifica mi vida y me persigue hasta en sueños. No es raro que no lo pueda ocultar y deje caer más de un comentario sobre  cambiarme de carrera y otras posibilidades. Mi madre siempre se niega en rotundo y me argumenta en contra, que por mucho que ellos me dijeran, fue cosa mía cogerla y que apechugue con mis decisiones. Que ellos no me obligaron, tiene razón, claro, pero aún así no es el argumento que más me ayuda a conciliar el sueño. Mi padre, por lo general, hace como si no lo escuchara o no quisiera escuchar, se calla o cambia de conversación, y yo no estaba segura de si no me escuchaba, no me quería escuchar o le daba igual. Hasta que ayer me dijo "Pero vamos a ver, dentro de todo lo que es medicina ¿habrá alguna cosa que te guste?" Y yo O.O "Bueno, claro, sí, me gusta hablar con la gente y los niños" Y me dijo "Pues ya está". Supongo que lo dio por tema zanjado y yo debería zanjarlo también en mi mente y hacerme a la idea de que no hay posibilidad de escapar de la vida que tengo. Como me han dicho mis padres, cuando gane mi dinero, si quiero estudiar otra cosa, me la podré pagar y podré hacerlo. 

Por cierto, ¿os ha gustado mi arte culinario? Si es que en el fondo soy una artista, no muy buena, pero una artista. No os podría dar la receta porque ya no lo recuerdo, me lo fui inventando. Así que, cuando se trata de cocinar, mi mejor consejo sería tener una receta que te sirva de base y, a partir de ella, simplemente seguir a tu instinto. 

domingo, 22 de junio de 2014

La Sirenita. Último capítulo

Queridos lectores, 

El primer día. Puede que ayer fuera realmente mi primer día de vacaciones casi una semana después de tenerlas. Me cuesta un poquito cambiar el chip de estudiante a vividora. Lo que me hizo despegarme un poco de esa sensación de que aún tengo mucho por hacer, mucho que estudiar, mucho que arreglar... fue un día en la playa. Vivir en la montaña está bien: un paisaje bonito, animalitos, se está fresquito y hay ríos y rutas para hacer senderismo. Pero no hay playa. Desde el año pasado, cuando fui por última vez, casi había olvidado el olor a sal y arena, el sonido de las gaviotas mezclado con miles de conversaciones en todos los idiomas, el sabor del agua. Aunque lo que más me gusta es nadar, más bien, bucear. Es lo más parecido a volar que puedo hacer sin riesgo de romperme de cabeza, sentir tu cuerpo ligero mecido por las olas, el intenso vaivén que le da a tus piernas un nuevo ritmo, el ritmo de las olas. Lo que más me gusta es ir buceando y buscar peces, cuando encuentro uno o varios me emociono y los voy siguiendo buceando cual sirenita. Cosa que odia mi madre porque entonces me pierde de vista, claro, me sumerjo y emerjo donde los peces me han llevado y yo me he quedado sin aire. Y sí, mi madre me vigila constantemente, la deberían contratar de socorrista porque tiene la vista clavada en mi nuca y en la de mi hermano de una manera asombrosa durante el tiempo que estamos en el agua. Pero ni siquiera ella podía estropearme el día, porque como no le gusta mojarse, no se metía y yo estaba lo suficientemente lejos como para fingir que no la escuchaba y nadar con libertad. 

Esa es la palabra LIBERTAD. Así, con mayúsculas, para que se vea más. Eso es lo que siento en el agua, nadando, persiguiendo a los peces, sumergiéndome hasta que mis pulmones no pueden aguantar más y me exigen que respire. Mientras miro el cielo a través de la superficie cristalina del agua, viendo como los rayos se reflejan y refractan en ese palmo de agua, haciendo miles de formas y colores ^^. Igual que libertad es lo que he sentido esta mañana al salir a montar a caballo y galopar. Porque mi caballo nunca falla, nunca se cansa, es una máquina de correr y el más rápido. Así que yo dejo atrás a todos, me alejo, me separo y solo quedamos mi caballo, el horizonte y yo en esa carrera sin fin, con el viento azotando mi cara, el sol sobre mí, los pájaros que se levantan a nuestro paso. Y eso también es libertad. De hecho, mientras galopaba, no podía dejar de repetir en mi cabeza (y de vez en cuando también cantando) la canción de Nino Bravo de Soy libre o algo así, no me acuerdo de la canción entera ni de cómo se llama, solo repetía para mí: "Nadie podrá cortar mis ganas de volar y sabré lo que es al fin la libertad". Todo el rato la misma frase. 

Bueno, más allá de mis impetuosas necesidades de libertad, hay unos cuantos asuntos que, vueltos a la realidad y al encierro en mi casa, me han intranquilizado un poco, pero os lo contaré en otra entrada porque esta es la última de la Sirenita y no os quiero marear. Pues lo dicho ¡el último capi! espero que os haya gustado, yo me lo he pasado muy bien escribiéndola. Y GRACIAS por leerla ;)

La Sirenita

CAPÍTULO 17

La idea de rendirse cruzó durante un breve instante su mente, pero no más. Úrsula era la bruja de los mares, al fin y al cabo, tenía la magia negra circulando por sus venas, había pasado dieciocho años planeando una venganza, dejando que la ira la inundara. Y ahora, que había recuperado a Edward, que había descubierto la verdad, que podía comenzar de cero con su hija, no permitiría que una medio sardina traidora volviera a apartarla de su felicidad. Ni de broma.
—Puede que rendirme no entre en mis planes.
—Pues espero que morir sí que lo haga. —Contestó Athena con una sonrisa cínica.

Antes de que pudiera responder, el barco comenzó a zozobrar presa de fuertes sacudidas. Poseidón y las demás sirenas estaban allí y su intención estaba clara, iban a hundir el barco y a acabar con cualquier humano, sirena y/o bruja que se interpusiera.
—Edward, Eric —Gritó Úrsula— Subiros a un bote y abandonar el barco, no va a aguantar mucho.
—¿Pero y vosotras? —Dijo Eric
—Nosotras estaremos bien. Vamos Ariel, es hora de plantarle cara a Poseidón.
—De acuerdo… madre

Escuchar aquella palabra de sus labios era todo cuanto siempre había deseado. Aunque solo tuvo tiempo de sonreír y mirarla antes de que una gran ola las derribara. Athena, Úrsula y Ariel, las tres caían hacia el mar. Tenía poco tiempo, Úrsula sabía que Ariel no podría nadar con piernas, apenas conseguía caminar, no sabría nadar con esos dos apéndices. Tenía que darse prisa para darles colas antes de llegar al agua. Estaba tan nerviosa y la superficie marina se aproximaba tan rápidamente, que no fue capaz de pensar con claridad. Solo sintió como le decía al tridente algo como que cada una tomara su verdadera forma. Después, una nube dorada las envolvió y para cuando volvió a abrir los ojos, respiró tranquila al ver que Ariel estaba bien, de nuevo en su forma de sirenita. Ella también había recuperada su antigua y casi olvidad cola verde. Lo que no podía haber esperado era que Athena, la cual también se había vuelto en la nube dorada, se estuviera convirtiendo ante sus ojos en un monstruo. Uno que, por desgracia, no le era desconocido. Estaba tomando la forma con la Poseidón la había castigado, se había vuelto medio pulpo. Athena se miró sin comprender muy bien lo que había pasado, al principio, mostrando el descontento por su nuevo aspecto, después.
—¿Qué me has hecho? —Dijo furiosa.
—Yo… —Úrsula miró al tridente comprendiendo lo que había pasado —Te he dado tu verdadera forma. La de un corazón oscuro.
—Muy graciosa. Pues dame ese tenedor gigante si no quieres que aplaste a tu sirenita.

Úrsula vio como uno de los tentáculos de Athena aprisionaban a Ariel por la cintura y comenzaban a apretar. La sirena no pudo reprimir los gemidos de dolor.

—¡Para, para! Por favor. Cógelo, coge el tridente, me da igual. Nunca lo he querido, yo solo quería recuperar a mi hija.

Úrsula alzó el tridente hacia Athena. Porque la idea de rendirse nunca había cruzado su mente, nunca excepto cuando vio a Ariel aferrada por los pegajosos tentáculos que la oprimían. Con otro de los tentáculos, Úrsula agarró el tridente y soltó a Ariel. Úrsula corrió tras ella y madre e hija se fundieron por primera vez en un abrazo mientras Úrsula comprobaba que estaba bien.
—¿Qué está pasando aquí?

Poseidón, que había sido mero testigo de toda la escena, miraba alternativamente a las dos sirenas pelirrojas y a la nueva bruja de los mares sin que le salieran los cálculos.
—Si tú eres Úrsula —Dijo mirando a la sirena —¿Quién eres tú?
—¿No me reconoces? Toda una eternidad juntos, Poseidón, y ahora, por unos tentáculos ¿no me reconoces? Soy Athena.
—No puede ser… —Exclamó el dios con los ojos desorbitados. —Tú estabas muerta, te vimos…
—Puede que hiciera una pequeña trampa. Que sacrificara a otra sirena y yo ocupara su lugar. —El dios parpadeó varias veces como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—Pero, ¿por qué?
—¿Por qué? ¿Por qué? —Athena comenzó a mover los tentáculos bruscamente— Por ti, todo lo he hecho por ti. Para que me miraras, para que me amaras. ¿Tan difícil era? ¿Cuántas sirenas han tenido que sufrir, cuántas han muerto para que te dieras cuenta de que yo debo ser la única para ti?

Poseidón permaneció en silencio, mirándola, pensando hasta dónde había llegado una sirena por un amor que no podía poseer. Dejar el tridente en manos de aquella sirena tornada en monstruo marino.
—Athena, esto es una locura. Dame el tridente y lo olvidaré todo. Aún estás a tiempo de corregir tus errores.
—¿Crees que soy un percebe? No voy a darte el tridente, Poseidón. ¿Sabías que el arma de un dios es lo único capaz de matar a otro dios? Pues adivina qué, yo voy a ser la nueva reina de los mares, lo que hubiera sido si te hubieras dado cuenta a tiempo de que merecía serlo y me hubieras convertido en tu esposa. Tuviste esa oportunidad y la perdiste.

Poseidón no tuvo tiempo de contestar antes de que un rayo de su propio tridente tratara de convertirlo en boquerón frito. Saltó a tiempo de evitar la descarga, pero nuevas ráfagas de energía la siguieron y no podría huir por siempre. Úrsula y Ariel acudieron en su búsqueda, aún cuando no tenían por qué, sabían que por muy mal dios que Poseidón fuera, Athena sería mucho peor. Trataron de atacarla, todas las originales, aunando sus poderes de sirena. Pero todo era inútil. Con sus tentáculos aprisionó a muchas de las sirenas, dos pelirrojas entre ellas, oprimiéndolas lentamente. El tridente aumentaba sus fuerzas y la ira acumulada durante milenios había cegado su razón. Poseidón se encontró solo ante Athena y el tridente, todas sus sirenas aprisionadas o fuera de combate, sin lugar al que huir o donde esconderse, sin apenas fuerzas o poder para plantarle cara sin su tridente. Y, simplemente lo supo, era el fin. Tras una eterna existencia como dios, iba a desaparecer sin más en algún punto de su océano. Miró fijamente a Athena a los ojos leyendo en ellos el odio y la desesperación que alguna vez él mismo había sentido y esperó en momento en el que un rayo pusiera fin a su vida. Pero ese momento no llegó. En su lugar, escuchó un profundo alarido proveniente de la garganta de la bruja. Tardó un tiempo en ver que un enorme arpón había atravesado su corazón. Los dos humanos que le habían robado a sus sirenitas habían vuelto y habían arponeado a la nueva bruja de los mares, increíble.

Athena vio cómo el arpón se incrustaba en su corazón. Lo vio todo. Justo cuando estaba a punto de consumar su venganza, justo cuando estaba a punto de lograrlo, tan cerca, estaba tan cerca… Sintió cómo sus tentáculos perdían la fuerza y las sirenas que mantenía presas se escavan de su agarre. Pero se negó a ceder el tridente, concentró todas sus fuerzas en aferrarlo. Porque estaba tan cerca de acabar con Poseidón, de hacerle pagar por todos los años, los siglos, en los que ese maldito dios engreído la había ignorado, la había menospreciado, enamorándose de otras de menor valía, sin mirarla, sin verla realmente. Aquel maldito dios que ahora iba a sobrevivir, que no iba a recibir un castigo después de todo lo que la había hecho sufrir y todo por culpa de esos humanos. Desgraciados humanos, que venían al mundo a partir de unas míseras cenizas y barro y pensaban que podrían hacer lo que quisiera, que habían colonizado la tierra a su antojo, despreocupadamente, que habían matado a sus mares. Aquellos hipócritas y ambiciosos humanos que hablaban en sus historias de grandes amores, pero que, en realidad, siempre lo estropeaban todo por su ambición. Pues si no podía acabar con Poseidón, al menos, moriría llevándose consigo al culpable de su fracaso. Alzó el tridente y concentró su último aliento en lanzar un fatídico rayo.

Úrsula escapó del agarre de Athena justo para ver como la que fuera su amiga concentraba su mirada en el arpón que la atravesaba. La siguió atenta observando cómo sus ojos se tornaban oscuros por la ira, como alzaba la cabeza y miraba a la pequeña barca en la que iban Edward y Eric, y entonces lo supo. Porque la había conocido, porque sabía lo que era dejar que la rabia te cegara, también porque levantó el tridente y los apuntó. El caso es que Úrsula nadó con todas sus fuerzas. No sabía qué hacer o cómo detenerla, pero había perdido a Edward una vez creyendo que él la había traicionado, que no la amaba. Se había perdido a sí misma por el vacío oscuro que su marcha dejó en su corazón. Ahora lo había recuperado y, fuera  estúpido o no, lo creía cuando decía que la amaba. Y no podía soportar perderlo otra vez, ni dejar a Ariel sin padre. Así que nadó y cuando vio el fatídico rayo aproximándose a Edward, saltó. Después, solo sintió un calor abrasante que la recorría desde dentro y se dejó llevar por el impacto.

Edward la vio recibir el golpe, por él, la vio caer, justo en sus piernas, en la barca, por la fuerza del rayo. Sus ojos cerrados con fuerza, su rostro en un mohín de dolor.
—¿Por qué lo has hecho? —Dijo él, con lágrimas en los ojos.
—¡Mamá! —Úrsula creyó escuchar a Ariel.
—No podía perderte otra vez. Ariel necesita un padre.
—No debiste hacerlo Úrsula, no debiste. Yo te he buscado demasiado como para perderte así.
—Edward lo siento. Todo fue culpa mía. Me obcequé, me dejé llevar por la rabia. Pensaba… pensaba que me habías abandonado, que nunca me amaste. Yo…
—Te he amado — La silenció Edward— Cada minuto de mi vida y lo sigo haciendo.

Úrsula sonrió débilmente pues apenas le quedaban fuerzas. Sintió el calor de una mano sobre su mejilla limpiándole las lágrimas que hasta ese momento no había sabido que estaba derramando.

—Mamá no me dejes, mamá…

Escuchaba a Ariel y quería luchar por ella, por Edward, pero no podía. Ya no le quedaban fuerzas, ya apenas le quedaba vida.

—Os quiero mucho, a los dos. —Dijo al fin Úrsula.
Poseidón contemplaba desde la distancia la escena de pérdida y desolación. Había recuperado su tridente del cuerpo sin vida de Athena y lo había mirado con hastío, furioso con ella por todo el daño que había hecho, por haberle alejado de Úrsula, por haberla herido. Aunque pronto se dio cuenta de que él también era culpable, se había visto envuelto en los engaños de la sirena por no escuchar a las demás, por obcecarse en su furia y en sus celos, había estado celoso. Celoso y enfadado, igual que Athena lo había estado por  un amor que nunca le correspondería. Y entonces lo comprendió, Úrsula nunca lo amaría. Por mucho que se lo hubiera repetido a sí mismo, nunca lo había creído hasta que la vio a punto de morir en los brazos de su verdadero amor, de aquel humano. Había amado a Úrsula, había querido a Ariel como a una hija, pero su amor había sido egoísta, las había querido para sí sin tener en cuenta sus deseos, sin verlas realmente a ellas. Le había costado mucho tiempo, pero por fin comprendió lo que debía hacer. Con un ligero movimiento de su tridente, una nube dorada rodeó la barca en la que iban dos sirenas y dos humanos, mientras una mágica ola conducía la embarcación a la costa.
—Has hecho lo que debías, Poseidón. —Una de sus sirenas, Anfitrita, posó una mano sobre su hombre y le sonrió.
—Eso espero. Volvamos a casa.

***

Una intensa luz la cegó al intentar abrir los ojos. Un extraño cosquilleo recorría su cuerpo y todavía sentía el ardor del rayo que la había golpeado. ¿Eso era lo que se sentía al estar muerto? Poco a poco, Úrsula fue abriendo los ojos hasta darse cuenta de que lo que la rodeaba no parecía ningún paraíso, era más bien una simple playa.
—Por fin despiertas. —Dijo una voz conocida. Úrsula se giró.
—¿Edward? ¿Qué ha pasado?

Con un movimiento de cabeza, él le señaló a un lado. Ahí estaba Ariel, con piernas y un elegante vestido azul, dando vueltas en el aire en los brazos de su príncipe Eric. Apenas podía creer lo que veía, hacía apenas unos minutos estaban en mitad del mar y ahora Ariel tenía piernas… ¡y ella también! Se dio cuenta al mirar su propio cuerpo de que tenía pies y llevaba otro vestido parecido al que llevó la primera vez que tuvo piernas.
—¿Y esto? —Dijo ella extrañada.
—Debe de ser un regalo de Poseidón —Ariel se acercó a ellos con Eric de la mano.
—Por fin ese dios tacaño os ha liberado —Dijo Edward.
—Eso parece, eso parece. —Úrsula no pudo evitar mirar al mar y sonreír esperando que, de alguna manera, Poseidón supiera que le daba las gracias por aquella nueva oportunidad.
—Vamos Úrsula —Edward le tendió una mano para ayudarla a levantarse —Vayamos a casa.
—Sí —Dijo ella sin dejar de mirarle a los ojos—Vamos a casa.

Así, la que fuera la bruja de los mares, su gran amor el que fuera un temible pirata de barbas negras, una traviesa sirenita que quería formar parte de un nuevo mundo y un pobre príncipe que apenas se había enterado de nada de lo que había pasado a su alrededor caminaron juntos hacia el palacio, alejándose del mar.

Y esta es la historia, no de una sirenita y su amor humano como os contaron en las películas, sino de algo que va mucho más allá; de un corazón roto que se dejó llevar por la venganza y el odio, pero al que solo el amor pudo sanar.

Y fueron felices con una dieta rigurosamente baja en productos marinos ;)

FIN
***
No sé a vosotros, pero a mí Poseidón me acabó dando penita, por eso la que sale al final, Anfitrita, con él, es su verdadera esposa. O sea, el dios Poseidón, según la mitología se casa con Anfitrita, para que sepáis que él también encuentra el amor <3

Pues lo dicho, espero que os haya gustado. Tengo más ideas, para más cuentos. Decidme lo que queréis porque no os quiero poner más cuentos si no os están gustando, por no pecar de cansina.