No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

viernes, 6 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 1

Queridos lectores, 

Dejadez, desidia y la más absoluta de las apatías... ese el estado que me ha embargado en estos dos días que llevo estudiando (-.-') Esto es total y completamente aburrido, estudiar me refiere, y eso que la asignatura con la que estoy ahora es la única que me parecía mínimamente interesante. Pero es que no puedo más O.O... y podría culpar al resfriado de estos días, al cansancio o al continuo bombardeo o tensión por lo de mi madre, aunque en realidad son todo vanas excusas, porque yo tendría que sobreponerme a todo y estudiar... pero no lo hago. Bueno, no a todas horas, me permito sendos ratos de relajamiento en los que mis pensamientos, antes de poner detenerlos, comienzan a formar historias y fantasías que tengo que escribir para que mi mente se apacigüe. 

Oh, que desastre...En fin, el punto positivo de esto es que ya tengo un nuevo relato. Por cierto, esta es mi entrada número 100. Vaya, 100 entradas aguantándome, eso sí que es todo un récord =) Así que el relato nos sirve de celebración también ;)

La sirenita
CAPÍTULO 1

Las corrientes de agua siempre traían consigo historias. Historias del pasado, de leyendas olvidadas, de personas caídas y corazones rotos. A Ariel le encantaba escucharlas. Podía pasarse horas nadando entre ellas para escuchar las voces de otros tiempos que le dibujaban las vidas de personas que nunca conocería, que no siempre comprendía, voces distintas, lamentos y risas que poblaban su anodina vida.

A las sirenas, en general, no les estaba permitido conocer las historias de los humanos. No les estaba permitido saber nada de los humanos. Solo una cosa: que eran peligrosos y no se podía confiar en ellos. Ella debería saberlo mejor que nadie, ella que había perdido a manos de esos seres con piernas a su madre, debería odiarlos, pero no podía. Una parte de ella sentía curiosidad.

—¡Ariel!

Una exigente voz la llamaba. Era Sebastián sin duda, la iba a sacar de quicio. No aguantaba más tenerlo alrededor exigiendo que respondiera a cada una de sus llamadas. La presencia del acólito de Poseidón hizo que las corrientes se callaran de golpe. Ni siquiera ellas se atrevían a hablar, ni siquiera ellas se atrevían a desafiar al dios del mar contando historias prohibidas de seres exiliados de las aguas. Y, cuando el dios estaba cerca, solo contaban una historia. La misma que toda sirena o criatura marina debía conocer: la razón de su existencia.

Eones atrás, cuando Zeus, dios supremo del Olimpo, decidió crear a los seres humanos para poblar la Tierra, muchos dioses lo apoyaron, llenando el planeta de dones y regales, de frutos y caza, para los nuevos moradores. Sin embargo, Poseidón no compartía la alegría del resto del Olimpo. Él veía en estos nuevos habitantes un peligro para su mayor creación y tesoro: los océanos. Eran una amenaza pues era solo cuestión de tiempo, que la tierra no fuera lo suficientemente grande para ellos y se embarcaran hacia el mar, cruzando las fronteras y poniendo en peligro los mares. Pero como, ni siquiera Poseidón se atrevía a plantarle cara abiertamente a Zeus, decidió que su “regalo” a los humanos fueran unas nuevas criaturas, mezcla de estos mismos seres con los animales que él había creado antes. Unas criaturas que vivirían para proteger a los humanos que se perdieran o naufragaran en los mares. Así, Zeus quedó complacido con el regalo de Poseidón, sin saber que en su creación, Poseidón les había dado a estas criaturas una doble naturaleza. Pues, si bien, debían proteger a los humanos en el mar, llegando el momento, cuando fueran demasiado lejos, debían proteger al mar de los humanos. Así, nacieron las sirenas… al menos, algunas de ellas. Aunque todas las sirenas consideraban a Poseidón su padre, lo cierto era que habían pasado muchos milenios desde su creación, las sirenas eran eternas, pero no inmortales, muchas habían muerto. La única manera de conservar la especie era interaccionando un poco con los humanos. Las primeras sirenas, las que nacieron directamente de Poseidón, eran conocidas como las Originales; mientras que las sirenas que habían nacido de una sirena y un humano, se conocían como sirenas de tierra.

Ariel sabía que su madre había sido una Original y, además, una de las más hermosas, de las favoritas de Poseidón. Quizás por eso se había vuelto tras serio y callado tras su muerte, bueno eso decían las que lo habían conocido antes. Ella no lo sabía. No recordaba nada de su madre, no había podido conocerla. Lo único que sabía de ella era su historia. Su madre había elegido a un humano, como hacían todas las sirenas, para poder continuar con la especie. El trato era sencillo: lo cogían, lo utilizaban y dejaban que se ahogara. Ningún humano podía volver a tierra conociendo su secreto. A lo largo de la historia, algunos habían logrado escapar de su húmeda muerte, pocos, un tal Ulises, algunos exploradores… todos habían vuelto a casa hablando de criaturas excepcionales, mitad mujer mitad pez. Por suerte, habían sido pocos los afortunados y aquellas historias increíbles solo sirvieron para convertirlas en un mito, en una leyenda. Y si algo sabía Ariel de los humanos era que no creían en la magia, solo en lo que podían ver.

Pero de todos los humanos que escaparon, ninguno fue tan terrible como el que conoció su madre, Athena. Ella solo quería tener una hija, su sirenita, y su corazón era demasiado bondadoso como para dejar morir asfixiado al que sería el padre de su pequeña. Le dejó huir bajo la promesa de que jamás revelara nada de lo que había visto al mundo. Su piedad le costó cara, pues meses después, armados con arpones y redes, varios barcos llegaron al arrecife dirigidos por el marinero que su madre dejó escapar. No podían permitir que aquellos humanos las capturaran pues significaría confirmar su existencia y más y más humanos sedientos de fama se harían a la mar para capturarlas. Su madre lo sabía y, por eso, para enmendar su error, se inmoló al mar, fundiendo su cuerpo con las aguas hasta crear una gran ola que arrasó a todos los barcos que se acercaron.

Todas las sirenas sobrevivieron, su secreto permaneció a salvo… pero su madre pereció aquel día, siendo Ariel solo una sirenita.

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