No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

lunes, 16 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 10

Queridos lectores, 

Estoy muy nerviosa, mucho, tanto que ahora mismo casi me tiemblan un poco las manos. Estaba intentando estudiar, tratando de controlar mis nervios lo mejor posible, cuando me ha sobrevenido una ola intensa de escalofríos y me he dicho "necesito escribir, pero ya" así que, en ese impulso, he cogido el ordenador y aquí estoy. Estoy nerviosa por el examen de mañana, claro, porque es el último y lo quiero aprobar para poder descansar, para poder decir que lo he vuelto a conseguir, que he sobrevivido a otro año de carrera. Pero, sobre todo, estoy nerviosa por lo que viene después. Porque los exámenes, por mucho que los odie mientras los estoy haciendo, por mucho que me agoten o por mucho que me estresen, son un refugio, son una excusa para no afrontar nada más. Porque, mientras duran los exámenes, estoy encerrada en lo más alto de la más alta torre, lejos del mundo y de todo lo que pueda molestarme. Pero mi refugio, mi intervalo lejos del mundo acaba mañana y eso significa una cosa, que no tendré excusas para enfrentarme al mundo. 

Esto me pasa siempre. Me doy cuenta, al acabar los exámenes, que sin nada que estudiar, de repente, no sé qué hacer. El problema es que este año sí que tengo algo que hacer, algo importante. El objetivo es publicar mi libro. Tengo que mandarlo a editoriales o cosas así. Tengo que enfrentarme a la realidad. Y eso es lo que más me asusta. Sabéis que hay ironías en la vida, como llamarse Bella y ser fea, llamarse Brave (mi perro) y ser un cobarde; o llamarse Laura, que se supone que significa triunfo en latín, y fracasar en lo que más quieres. Ese es uno de mis mayores temores. Hasta ahora no había tenido la oportunidad ni el valor de luchar por publicar y además enfrentarme a las posibles críticas y negativas. Porque escribir es una parte importante de mi vida. Es más fácil estudiar algo que no te gusta y afrontar que te sale mal, porque en realidad no supone nada, o hacer cosas que no te gustan y no ser la mejor. Pero en esto, en escribir, no es que quiera ser la mejor, pero tengo miedo de que me digan que no sirvo, que no escribo bien o no lo suficientemente bien y entonces se romperá la magia y perderé lo que más me gusta.

Así que ya veis, a las puertas de encontrarme con el mundo, de luchar por mi mayor sueño y enfrentarme a mi mayor miedo. Aunque pase lo que pase, me publiquen o no, he de decir una cosa: que yo ya soy escritora. No solo porque escriba, no solo porque me encante o porque me leáis (que es un honor). Pero soy escritora desde antes de empezar a escribir, lo soy incluso cuando no escribo, porque así es como vivo mi vida: yo no pienso, narro. Me doy cuenta estudiando porque paso mucho tiempo a solas con mis pensamientos, de que más que pensar para mí misma, me estoy narrando lo que siento, lo que veo, describo el paisaje; las conversaciones que mantengo conmigo misma son diálogos, cuando sueño despierta invento historias. Es una parte inherente de mí. Es lo que soy. 

Y, por cierto, hablando de escribir, este relato me ha quedado para un culebrón, aviso, pero es que me ha pillado en plena época de estrés :D

La Sirenita

CAPÍTULO 10

El mejor día de su vida. Aquel había sido el mejor día de su vida. Eric había llevado a Ariel por todo el pueblo, habían montado en caballitos de mar ¡terrestres! (Increíble, los humanos eran unos copiones), luego habían ido de compras para que Ariel tuviera más telas con las que las humanas se tapaban el cuerpo, los pies y hasta la cabeza. La verdad, no paraba de preguntarse por qué los humanos tenían tantos complejos con su cuerpo, sobre todo, las mujeres, de verdad que los corsés no eran nada cómodos y lo pensaba alguien que había llevado toda su vida dos conchas tapándole los pechos, que tampoco es que fueran lo más cómo del mundo. Y era una lástima, porque a Ariel le hubiera encantado poder enseñarle sus piernas a todo el mundo, le gustaban tanto, pero parecía que enseñar tanta piel no estaba bien visto entre los humanos. Después de los trapos, habían compartido una pasta fría y dulce, Eric lo había llamado helado. Estaba delicioso, era la primera vez en su vida que probaba algo que no supiera salado y con cierto regusto a sardina. Por todos los dioses del Olimpo, le había estado tan bueno que se había puesto a comer como una loca para notar como se le congelaba el cerebro de golpe.

El pelmazo de Sebastián, que la seguía a todas partes había estado molestándola brevemente durante el día. Sobre todo, en una tienda de perfumes. No paraba de comentar cosas sobre lo mal que huelen los humanos, con lo refrescante que era el aroma a sardina por la mañana. Por suerte para ella, en aquel mundo terrestre, los pinchitos de cangrejo eran bastante populares como para que el crustáceo temiera dejarse ver demasiado.

Y lo mejor estaba por llegar. La noche había caído, la luna iluminaba su camino mientras paseaban por la blanca arena de la playa. Disfrutaban del silencio y de su compañía, de vez en cuando, Eric comentaba alguna cosa sobre sus padres, su reino, sobre lo mucho que amaba el mar y la miraba. Y ella deseaba más que nada en el mundo poder compartir con él sus recuerdos sobre los lugares más desconocidos y hermosos del mar, sobre su infancia y una madre que nunca conoció pero que se convirtió en una leyenda. Deseaba tanto poder hablar con él, decirle lo especial que la hacía sentir, el sentimiento tan fuerte e inexplicable que estaba naciendo en su pecho al estar junto a él. Y aquel deseo la llevaba a odiar a Poseidón, a odiarlo porque por su culpa, por su orgullo, por su terquedad, había perdido la voz y su oportunidad, quizás su única oportunidad, de compartir todo su ser con aquel humano del que, empezaba a pensar, nunca podría separarse.

Sus amargos pensamientos sobre Poseidón, se vio interrumpido por un repentino sonido que no sabía reconocer. Escuchaba a personas reír y chillar, cantar.

—Ven, vamos.

Eric la tomó de la mano y la condujo hasta donde un grupo de humanos danzaban alrededor del fuego. Unos cuantos aporreaban tambores, otros tocaban cuerdas en un armatoste de madera… Ariel estaba perdida, nunca había visto esos instrumentos, pero le encantaba. Eric la miraba divertido mientras ella observaba todo con los ojos llenos de asombro. Vio como las mujeres humanas bailaban descalzas alrededor del fuego y no se lo pensó dos veces. Se quitó esos incómodos zapatos y las medias, sintiendo el agradable cosquilleo de la arena fría entre los dedos. Cogió a Eric de la mano y lo condujo hasta el fuego. Nunca había bailado con piernas, no sabía bailar, de hecho, pero no importaba, simplemente se dejaba llevar. No debía de hacerlo muy mal porque todos la miraban sonriendo hasta que Eric pasó el brazo alrededor de la cintura acercando su cuerpo al de él. Unió su mano libre con la de ellas y así, enlazados y pegados, comenzaron a bailar.

Era fácil dejarse llevar. Ariel se perdió en los profundos ojos azules y se movía al son que marcaba su cuerpo. No sabía ni cómo era capaz de mover tan rápido los pies, era como si de repente pudiera volar aupada por Eric. Perdió la razón, el sentido del tiempo y del espacio, perdió sus recuerdos y preocupaciones, y solo quedó él. Nada más que él y su profunda mirada azul. En algún momento, y no sabría decir cuándo, habían dejado de bailar y permanecían inmóviles, mirándose. Escuchaba de fondo el sonido de la música, el crepitar del fuego, el ronroneo de las olas. Eric comenzó a acercarse a ella y, por un momento, por un delicioso y bendito momento, Ariel se dejó llevar pensando que la iba a besar, se puso de puntillas para estar más cerca de él. Pero justo cuando sus labios estaban a apenas unos milímetros, cuando sus ojos estaban cerrados y su alma anhelante, un jadeante
—¡Eric!

Proveniente de la voz de su mayordomo, Teech, rompió el momento.

—Oh, disculpe señor. Es que le buscaba, ha llegado una misiva urgente del Reino del Rey Stephan.
—Está bien Teech. Ya vamos.

Y se perdió el momento. Ariel siguió a Eric con la cabeza baja y sin dejar de repetirse lo cerca que había estado.

Uff, había estado cerca. Úrsula no hubiera querido por nada del mundo que el hechizo se cerrara antes de tiempo, antes de que hablara con él. Menos mal que aquella voz los había interrumpido. Si no hubiera sido un humano casi le hubiera dado las gracias.

En fin, lo mejor era no volver a arriesgarse. No podía esperar más tiempo, tenía que hablar con Poseidón para lograr lo único que le faltaba a su plan: el tridente. 

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