No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

lunes, 16 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 11

Queridos lectores, 

Hoy mis fuerzas han decidido agotarse definitivamente. A eso de las siete de la tarde, y sin previo aviso, se me ha ido totalmente la cabeza, adiós ganas de estudiar, adiós energías, incluso podía decirle adiós a mi visión normal porque he visto algo doble. Estoy bien, no preocuparse, pero qué ganas de acabar. 

Bueno, digamos que estoy bastante espesa de mente, pero quería escribir un poco. Mi última entrada antes de la libertad, antes del último examen (espero). Como os decía antes, ilusión, expectación y miedo se apoderan de mí a partes iguales. Pero sobreviviremos ¿verdad? Solo necesitamos fe, confianza y polvo de hadas. Eso es lo que llevo repitiéndome toda la tarde. 

Y, atentos al dato, aquí estoy con Anastasio viéndome escribir, bueno, viendo su serie de los lunes mientras escribo y me está sugiriendo algunos temas de conversación un tanto especiales, como... bueno, prefiero no decirlo, porque mientras yo me contento con ver la Sirenita y me emociono, que por cierto, me emocioné realmente cuando vi el final de la película del Origen de la Sirenita. Y, Anastasio... digamos que en su serie de los lunes hay demasiados desnudos ¬.¬ ' pero no es pornográfica (nota de Anastasio)

La Sirenita

CAPÍTULO 11

La noche llegaba incluso al fondo del mar. La mayoría de las criaturas ya estaban descansando y las que permanecían despiertas pertenecían a sus compañeros de la noche. Así que Úrsula no tenía que nadie pudiera descubrirla. No fue demasiado difícil entrar en el palacio submarino de Poseidón, llegar a la sala central y descubrir que él permanecía sentado en su trono, con el tridente al lado, frotándose la frente con gesto cansado.

—¿Los remordimientos te impiden conciliar el sueño? —Preguntó la bruja. Él se sorprendió, pero en seguida lo disimuló.
—Podría decirte lo mismo.
—No, en mi caso, me he acostumbrado a la oscuridad y la noche. Además, he venido a hacerte una visita.
—¿Para qué?
—Pues la he estado atrasando por esto y por lo otro pero…
—No te andes por las ramas, ¿qué quieres?
—No mucho. Solo quiero… tu tridente.
—Has perdido la razón si piensas que te lo daré.
—Puede que haya perdido la razón, pero tú perderás mucho más si no me lo das.
—¿A qué te refieres? —Dijo el dios con desconfianza.
—¿Te suena un pequeño hechizo que lancé a una traviesa sirena pelirroja? Pues le dije que sus piernas se harían definitivas con un beso de amor verdadero, pero puede que le mintiera un poco.
—¿Qué has hecho?

Úrsula se dirigió sin rumbo de un lugar a otro de la gran sala, disfrutando del desconcierto y del miedo que podían leerse en los ojos dios. Sonriendo con malicia con cada paso que daba y sin perder de vista el tridente.
—Nada… Solo le he añadido una pequeña cláusula al hechizo.
—Úrsula, ¿qué has hecho?

Su voz sonaba exigente y autoritaria, justo como la recordaba, y no pudo esperar más para descubrir el gran final.

—Ella piensa que un beso de amor servirá para cerrar el hechizo de las piernas, pero en realidad, ese beso la sumirá en un sueño tan profundo como la muerte del que no podrá despertar, porque el único remedio, en este caso, es también la causa del mal.

***

Eric seguía encerrado en una habitación con varios consejeros del reino. Ariel esperaba impaciente a que volviera con ella y retomaran la noche por donde la habían dejado. Un beso de amor la liberaría de la carga de ser sirena, por fin.

Unos pasos se acercaron a ella y se dio la vuelta esperando encontrarse con Eric, pero en su lugar se encontró con la figura del mayordomo, Teech, que iba hacia ella con un vaso de un espeso líquido blanco.

—Señorita Ariel, me temo que el príncipe saldrá tarde de su reunión, sería mejor que se fuera a dormir. Me he tomado la libertad de traerle un vaso de leche.

Ariel asintió, pero no pudo ocultar la decepción de su mirada. Trató de disimularla concentrándose en Flounder, que seguía haciéndole cabriolas como siempre que la veía. No había olvidado que tenía que rescatarlo.

—Se te dan bien los peces. —Ariel asintió. Claro que se le daban bien, al fin y al cabo, él era uno. —A mí también me gustan mucho estos animales, siempre brillan. Tiene que ser maravillosa la sensación de nadar libre con todo el océano a tu disposición.

Incluso aunque hubiera tenido voz, Ariel no hubiera sabido qué contestar. Sí, ser una sirena era maravilloso. Estar rodeada de la gran inmensidad del mar y ver cosas que ningún humano podría soñar, pero era una arma de doble filo, porque las aguas eran inmensas, sí, pero también frías y solitarias. Ariel, que había nacido sirena, estaba dispuesta a dar cualquier cosa por ser humana.

—Lástima que no hables mucho, pues yo tampoco soy un gran conversador. Sí he sido gran amante del mar y he viajado bastante, pero no hay demasiado que contar. —Ariel sonrió para tranquilizarlo. —¿Sabes? Me recuerdas a alguien que conocí… hace mucho tiempo, casi en otra vida.

***
Poseidón seguía inmerso en sus pensamientos y dudas.
—¿No puedes hablar en serio?
—Claro que sí. Piénsalo bien, dios, sé que estás dispuesto a hacer cualquier cosa por Ariel. Porque todas las sirenas son como tus hijas, pero esta con más motivos ¿no?
—No puedes hacer eso…
—Ya has perdido a todas las sirenas que llegaron a importarte, que llegaron a ser especiales, ¿la perderás a ella también?
—No puedes…
—¡Deja de repetir lo mismo! Puedo y lo haré si no me das lo que quiero. Dame el tridente y me encargaré de que la sirenita vuelva contigo. ¿Qué me dices, palito de merluza?
—¿Por qué haces esto?
—¿Acaso no es obvio? Por venganza. 

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