No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

martes, 17 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 12

Queridos lectores, 

Hasta hace dos minutos iba a comenzar diciéndoos: estoy agotada pero feliz. Ahora no sé si está tan clara la cosa. Agotada estoy, eso seguro, pero han surgido... complicaciones. 

Comenzaremos por el principio de la historia. Esta mañana he hecho el último examen y después me he ido con Kim y Ada a comprarme un vestido para la boda de Sadee. He quedado encantada de la vida porque me quedaban bien los vestidos, no me lo creía. Después de probarme unos cuantos y quedarme encantada con el tipito que me hacían, me he decidido por uno azul aguamarina porque es el que me han dicho las chicas que me quedaba mejor, era fresco y ese color me pega con los ojos. En fin, he salido con el vestido. Nos hemos ido a comer por ahí, me lo he pasado genial, eso sí, ahora tengo un dolor de pies de impresión. Nos hemos reído mucho, he hecho muchas fotos. Al final, he tenido que volver a casa. He estado a punto de perder el autobús, de hecho, técnicamente lo he perdido porque lo he visto salir de la estación e incorporarse a la carretera. He pensado en mis opciones que eran resignarme a haberlo perdido y coger el siguiente que salía en dos horas, teletransportarme de algún modo a su siguiente parada, pero era imposible o no rendirme y correr. He pillado al autobús en un semáforo y me ha dejado subir, menos mal. 

Estaba muy contenta y animada, pero mi agotamiento me ha vencido y ahora apenas puedo con mi alma. Le había prometido a Brave que hoy lo sacaría de paseo, un paseo largo, pero no va a ser posible, no solo porque esté agotada, sino porque se ha puesto a llover. En realidad me viene genial como excusa porque me quiero tumbar. Aunque otra cosa que me apetecía era escribir al aire libre y, a menos que quiera ordenador pasado por agua, tampoco será posible. Os dejo un poco de relato y yo voy a ver si escribo y me olvido del mundo y de los exámenes y de mis meteduras de pata y puedo descansar. 

La Sirenita

CAPÍTULO 12

Aquella enorme sala blanca despertaba demasiados recuerdos en la mente de Úrsula. Recuerdos que aprovechaban el silencio de Poseidón para ocupar su mente. Recuerdos de tiempos pasados, de tristeza, del sentimiento de soledad que le quedó cuando Edward se fue a aquella misión en otros mares.

—¿A qué viene esa cara? —Athena la tomó del brazo sonriendo como solo ella podía hacer.
—Edward ha tenido que irse.
—Pero volverá, seguro. —Athena era tan buena y confiada.
—Lo sé, pero tener que estar sin verlo meses ha hecho que me dé cuenta de lo separados que estamos en realidad, ya sabes, por el tema de la mitad inferior de nuestros cuerpos—Dijo señalando su cola. —Desearía que hubiera una manera de poder ser humana. Así no tendríamos que separarnos.
—Si esa posibilidad existiese… ¿lo harías? ¿me dejarías? —El miedo pareció teñir la voz de su gran amiga.
—Athena, te quiero con todo mi corazón de medio pez. Eres realmente mi hermana y nunca me separaría de ti realmente. Pero si Edward y yo realmente hemos —posó una mano sobre su plano vientre— si somos padres, tendríamos que poder estar juntos.
—¿Pero qué me quedará a mí si tú te vas?
—Athena no digas tonterías, tienes más hermanas, más sirenas, tienes a Poseidón.
—¿Poseidón? Claro, como todas las demás, no es que tengamos nada especial.

Úrsula detuvo su nado sin rumbo y la miró.

—Realmente no te has dado cuenta, ¿verdad? —Le dijo al fin.
—¿De qué? —Athena no la comprendía.
—Athena, Poseidón siempre está pendiente de ti, te invita a todas las celebraciones personalmente, quiere asegurarse de que estés ahí, tú. ¿Qué esperabas? Por mucho dios que sea, es un hombre, y nosotras no somos realmente sus hijas, nos moldeó a partir de la espuma del mar.
—No te sigo.
—Claro que no. Vale, haré las cosas simples: Poseidón está como un boquerón loco por ti.
—Bromeas.
—Claro que no. Todo el mundo lo ve, todos menos tú. ¿No te gustaría que él fuera tu pareja? No tener que despedirlo al alba, como me pasa a mí con Edward. Permanecer por siempre al lado de tu amor.
—En realidad… ¿Úrsula me guardarás un secreto?
—Eso ni se pregunta. Por supuesto.
—Siempre he estado enamorada de Poseidón. Por eso… por eso, nunca he salido en busca de humanos para concebir a la siguiente generación. Es a él a quién quiero, el único.

Úrsula sonrió sin atreverse a decirle a su amiga que eso no era ningún secreto.

—Pues ve a por él. Athena, no seas tonta, que vivamos una eternidad no es excusa para perder así el tiempo. Sé valiente y dile lo que sientes. Las dos seremos valientes… Sí, si hay una forma de tener piernas, él es el único que la conoce.
—¿Vas a pedirle piernas?
—No necesariamente, pero puedo sonsacarle. Deséame suerte.

Úrsula comenzó a alejarse, pero pronto se arrepintió y volvió hacia Athena para fundirse con ella en un fuerte abrazo.
—¿No es emocionante? Todos nuestros sueños pueden hacerse realidad. Yo viviré en tierra con Edward y tú serás la esposa de un dios. Seremos felices, ya verás, te lo prometo.

Athena no tuvo tiempo de contestar antes de que Úrsula volviera a desaparecer dejando una estela de burbujas. Tenía que aprovechar la energía de la emoción, la desinhibición de la emoción, para atreverse a hablar con Poseidón. Lo encontró sentado en su trono con el tridente al lado en la enorme sala blanca y vacía.
—Poseidón, perdona que te moleste. Tengo que hablar contigo. —El dios pareció sorprenderse e, incluso, alegrarse de verla.
—Claro, Úrsula, dime.

Allí terminó su valentía. ¿Cómo decirle que necesitaba escapar de todo lo que él le había dado?

—Venía a preguntarte sobre nosotras, las sirenas.
—¿Y eso por qué?
—Me parece curioso que nos salgan piernas justo las noches de solsticios y equinoccios. Y, no sé, me preguntaba, si podríamos tener piernas en algún otro momento de la vida. Ya sabes, por si hay que huir o algo… ¿Es posible? —Preguntó temerosa de que Poseidón la descubriera.
—Esas noches la magia está en el ambiente. Ya sabes que son noches entre dos estaciones, entre dos mundos. Pero ese hechizo, sin las condiciones tan especiales que dan esas noches, necesitan mucha energía, necesita el tridente.
—¿El tridente? —No pudo evitar desviar la mirada hasta él.
—Sí, el tridente. Pero no te aconsejaría que lo probaras por tu cuenta. El tridente es un arma divina y, como tal, podría decirse, que tiene cierta vida. Reconoce a su dueño y solo podrá usarlo otra persona si primero yo se lo cedo voluntariamente. Si no… bueno, digamos que no podrá llegar a utilizarlo.
—Oh, vaya… —Y todos sus sueños se desplomaron de golpe.
—Pero por qué lo preguntas.

Solo quedaba una posibilidad. Ser sincera, decirlo lo que había pasado, que estaba enamorada de un humano, que quería criar a su hija con él, con Edward.

—Verás… yo… El otro día, en el solsticio… yo estuve en la costa…

Poseidón cerró los ojos fuertemente como si algo lo hubiera molestado.

—¿Encontraste a un humano?
—Sí

Vale, ahora era cuando debía decirle que no solo lo había encontrado, si no que se había enamorado, que era su vida y quería huir con él.

—Me hubiera gustado que me hubieras informado de tus planes antes de hacerlo Úrsula. —Eso la sorprendió.
—¿Por qué? Ninguna sirena te informa, las demás simplemente van.
—Pero tú no eres “todas las demás”. —El dios se acercó a ella y con un gentil movimiento, colocó un mechón de pelo sobre su oreja—Tú eres especial.

Todos sus pensamientos, todas sus ideas, desaparecieron de golpe. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Qué tenía que decir? Y lo más importante ¿qué langostinos estaba pasando allí?

—Pero no importa —Continuó el dios—Yo cuidaré de tu hija como si fuera mía. Úrsula, te doy mi palabra de dios —Su dedo índice dibujó una X sobre su pecho que se iluminó fugazmente —De que siempre la cuidaré como si fuera mi hija.
—¿Pero de qué hablas? ¿Por qué tendrías que cuidarla? Claro que serías “como su padre”. Lo eres para todas las sirenas.
—¡No para ti! —Gritó— Dime que no lo soy para ti.
—Yo… —No sabía qué decir. Aquello no podía estar pasando.
—Úrsula has tenido que verlo, has tenido que notarlo. Mis sentimientos por ti son diferentes a los del resto de sirenas. Siempre hablo con Athena, la invito a venir porque sé que te arrastrará con ella. He intentado llegar a ti a través de ella, he intentado ser sutil, pero los dioses no se distinguen por su paciencia. Te quiero.

No podía ser. No podía ser. Era incapaz de hilar sus pensamientos, incapaz de hablar. Todos sus sueños y esperanzas se habían truncado de golpe. Y no solo los suyos. Athena estaba enamorada de Poseidón, ella misma la había animado a hablar con el dios ¿cómo iba a perdonarla?

—Yo, no sé qué decir, Poseidón… Necesito tiempo.
—Claro, lo entiendo.

Ya no aguantaba más. Salió nadando lo más deprisa que pudo sin mirar atrás. Sin mirar al dios que la había creado solo para sumirla en aquella desesperante existencia de soledad y tristeza, al mismo que había arruinado sus posibilidades de ser felices con Edward y las de Athena. Salió nadando sin darse cuenta de que unos ojos curiosos y, ahora, anegados en lágrimas, lo habían contemplado todo.

***
—¿Por venganza? ¿Haces todo esto por venganza?

La voz de Poseidón la devolvió a la realidad. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo allí. Aquella vez en la que tuvo que salir huyendo de la realidad. Ahora volvía para enfrentada, armada para ganar.

—Sí.
—Pero no puedes realmente hacerlo. ¿Cómo puedes hacerle algo así a tu propia hija? —Úrsula le lanzó una mirada llena de odio y resentimiento.
—Ariel ya no es mi hija. Tú te encargaste de ello.

***
¿Cómo os quedáis? Ariel hija de Úrsula, es raro, pero ya os dije que me estaba quedando para un culebrón.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario