No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 18 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 13

Queridos lectores, 

Mi primer día libre no ha mejorado demasiado desde que os escribí esta mañana. Me gustaría poder haceros un gran ensayo o redacción, poder escribir algo con fundamento, pero mis pensamientos son demasiado confusos para lograrlo, así que simplemente os diré lo que me pasa por la cabeza. 

En el instituto tuve un gran profesor, el mejor de todos. He tenido grandes profesores y los quiero mucho a todos, pero hemos de reconocer, que él era el mejor, es el mejor. Ya en la universidad me han dado clases o seminarios "magistrales" eminencias del mundo médico, cirujanos o médicos reconocidos que daban charlas por medio mundo y habían publicado en miles de revistas. Pero ninguno me enseñó nunca tanto como este profesor. Cuando era más pequeña y me daba clase, casi podría decirse que lo veneraba, porque me parecía el hombre más inteligente del mundo y no entendía, en parte, como alguien que sabía tanto de todo, que era tan buena persona y tan capaz era simplemente profesor de instituto. Debería ser alguien importante, pensaba yo, porque es el mejor. Pues bien, este profesor me ha vuelto a dar una de las lecciones más importantes de mi vida sin ni siquiera darme clase. Simplemente con una frase escrita en un marcapáginas que ha regalado a sus alumnos porque este año se jubila. Mi hermano es uno de estos alumnos y me lo ha dado =) Y la frase decía así: 
"Es mejor sentirse útil que ser importante"
Y he entendido por fin lo que en el instituto no veía. Yo, que me he pasado gran parte de mi vida sino toda, intentando ser especial, destacar, tengo que aprender a última hora, quizás cuando ya es tarde, que eso no es lo importante. Con respecto a este profesor, me gustaría ir a despedirme o decirle algo, pero pareceré una pesada. Se supone que hay que cerrar etapas y seguir adelante, yo sigo demasiado atada a mi antiguo instituto, a los profesores que me dieron clase y me enseñaron las lecciones más importantes. Me gustaría que supiera lo mucho que aprendí gracias a él, pequeñas cosas que fueron grandes lecciones y me convirtieron en la persona que soy hoy. Y no sé si le gustaría esta persona, una que no siempre lucha por sus sueños, que se obsesionó con los estudios,  que deja guiar su vida por los criterios de sus padres. Pero si tengo algo bueno, si sé que no hay que perder nunca la esperanza porque al final todo llega, si sé que la historia siempre se repite y que en la vida hay que ser una buena persona, es gracias a él. Me gustaría hacerle llegar este mensaje, pero no sé cómo. Le podría escribir una carta, pero quedaría raro, ¿no?

Otro punto que se suma a mis dudas sobre el año que viene ¿sigo con la carrera? En mi mente se acumulan pensamientos inconexos. Escucho "sentirse útil" "luchar por tus sueños" y otra frase que me ronda que me dice simplemente "estás donde tienes que estar, solo respira hondo y sigue adelante". Y ya no sé a qué vago pensamiento hacerle caso. 

Os voy a poner el relato ya porque me alargo muchísimo. Este capítulo es muy importante, espero haberlo hecho bien :)

La Sirenita

CAPÍTULO 13

Aquel día, aquel fatídico día, habían pasado ya varios meses desde la marcha de Edward sin tener noticias suyas. Tampoco es que tuviera una dirección en la que recibir cartas, pero le hubiera gustado saber algo de él. Si estaba bien, si estaba… vivo.

El tiempo había seguido su curso y resultó que el tiempo no pasa igual en todos los seres. Las sirenas no necesitaban nueve meses de embarazo, como las humanas, solo tres, el tiempo necesario hasta el siguiente equinoccio. Aquella noche, al comienzo del otoño, el conocido cosquilleo de cola precedió a las piernas y al dolor, mucho dolor, distinto a todo cuanto había sentido hasta entonces. Pero al final de todo, escuchó un llanto, el de su pequeña, su hija, su sirenita.
—Hola, bonita —Dijo Úrsula al tenerla por primera vez en brazos —Soy tu mami. —Solo cuando estuvo a solas añadió— Tu papi ahora no puede estar con nosotras, pero algún día lo hará, estoy segura, nos encontrará. Mi pequeña Ariel.
—Será pelirroja, como tú. —La voz de Poseidón la sorprendió de vuelta en el mar.
—Sí, eso parece.

Úrsula apenas podía apartar los ojos de su sirenita, era tan pequeña y delicada. Y era toda suya. Un pequeño ser al que proteger, cuidar y sobre el que volcar todo su amor. Podía ver en ella los rasgos de Edward y no podía dejar de abrazarla. Era tan perfecta que casi parecía un sueño.

—Es muy guapa, como su madre.

Poseidón y ella no habían hablado mucho desde su declaración. Úrsula había mantenido las distancias y él lo había respetado, hasta entonces.

—Necesitará un padre.

Ya tenía uno, pero eso no se lo podía decir a Poseidón.

—Hablaremos de eso más tarde. Estoy cansada. Traer una nueva vida al mundo es difícil.
—Sí, claro.

El día siguiente a los nacimientos, todas las sirenas solían concentrarse en la superficie del Arrecife, en la zona de las rocas, donde podían tumbar a los bebés y prepararlos para su vida en el mar. Úrsula no se separaba de Ariel, no podía dejar de mirarla deseando que Edward estuviera con ella. El resto de las madres también se habían congregado con sus bebés. El sol brillaba en lo alto del cielo, las gaviotas extraviadas volaban sobre sus cabezas y prácticamente toda la manda se había reunido en las rocas del Arrecife.

Y fue entonces cuando lo vio. Al principio no era apenas nada, una mancha en el horizonte, pero poco a poco, a medida que se fue acercando, el peligro tomó la forma de una flota de navíos ataviados con sus enormes velas y sus banderas ondeantes que se dirigían directos a ellas. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, el corazón de Úrsula pareció hundirse de golpe al reconocer en aquellos hombres el mismo uniforme que había visto sobre el cuerpo de Edward. No podía ser ¿verdad? Era imposible que Edward se lo hubiera dicho a aquellos hombres, no podía haberla traicionado. Y, aún así, a pesar de ser incapaz de pensar en ello, la realidad era demasiado cruel como para no verla.

—¿Quiénes son esos hombres? —Gritaban algunas.
—Proteged a los bebés—Gritaban otras.

Los bebés. Ariel, su pequeña Ariel estaba en peligro, ya pensaría en Edward después. Todas las sirenas se prepararon para la batalla. Porque era obvio que habría una batalla. Dejaron a las niñas en el palacio de Poseidón y las demás volvieron a la superficie. Los barcos ya estaban encima de ellos, chocando contra las rocas que hacía apenas unos minutos habían cobijado a las sirenitas. Los cañones salían de los laterales de madera apuntando directamente a sus cabezas. Algunos hombres comenzaban a preparar redes. Úrsula buscaba desesperada con la mirada a Edward, aunque no estaba segura de si quería verlo o no.
—¿Cómo ha podido pasar esto? —Escuchó de repente gritar a Poseidón— Estos humanos sabían perfectamente a lo que venían. Nuestro secreto ha sido descubierto por alguien. ¡Y quiero saber quién es el responsable!

Todas permanecieron en silencio mirándose las unas a las otras. Menos Úrsula que miraba al agua. Era su culpa, tenía que serlo. Debía afrontar la verdad, pero no sabía…

—Fue Úrsula. —Escuchó una voz que la delataba.
—¿Qué? —Poseidón y Úrsula miraron sorprendidos a Athena.
—Fue Úrsula, Poseidón. Ella se enamoró de un humano, lo dejó vivir y nos ha puesto a todas en peligro. Lo siento, Úrsula, somos amigas, pero la manada es lo más importante y la has puesto en peligro.

No podía negar la razón en sus palabras, aún así le dolía ver cómo su mejor y única amiga, su hermana, la traicionaba de aquella manera, difundiendo su secreto no solo ante Poseidón, sino ante el resto de sirenas.

—¿Es eso cierto Úrsula?
—Sí—No tenía sentido seguir mintiendo.
—Hablaremos luego.

Los cañones habían comenzado a lanzar enormes bolas de metal ardiendo que desestabilizaban las aguas. Algunas sirenas cayeron heridas, otras estaban ocupadas en esquivar el metal. Un dios como Poseidón hubiera podido, fácilmente, acabar con unos cuantos barcos humanos, pero a los dioses les estaba prohibido intervenir y, sobre todo, herir a humanos. Así que estaba condenado a permanecer como un mero espectador mientras sus sirenas combatían y morían.

Cuando todas las sirenas se habían dispersado y estaban ocupadas en su lucha, Athena se acercó a Úrsula.
—¿Ves lo que has hecho? Te has dejado engañar por un humano, te has arriesgado a ti y a la manada, has perdido el respeto de Poseidón. Y todo por un humano que me prefiere a mí.

Aquellas últimas palabras se clavaron como un puñal en el interior de Úrsula.

—¿Cómo dices?
—Digo que Edward me prefiere a mí. Nos hemos estado viendo desde que te dijo que se marchaba a una “misión”. Hemos estado planeando una manera de conseguir que me librara de esta cola sin que Poseidón nos persiguiera. ¿Y ves todo esto? —Dijo señalando los barcos? —Es una mera distracción para que pueda tomar el tridente, convertirme en humana y desaparecer para siempre, con tu amor ¿Cómo te sienta eso?
—No… no te creo. Edward me quiere.
—¿Eso crees? Y, entonces, ¿por qué me ha regalado a mí la pulsera de perlas que le diste?

Athena le enseñó la joya que envolvía su muñeca sonriendo triunfante. Era cierto, Edward había estado con Athena. En aquel momento, no podía encontrar otra explicación ni tenía fuerzas para dudar en las palabras de la que fue su amiga.

—Athena ¿por qué… por qué me haces esto? Creí que éramos amigas.
—Yo también. Pero tú me rompiste el corazón. Te vi con Poseidón aquel día, cuando se te declaró. Habías intentado convencerme de que me abriera a él cuando lo querías para ti. —Úrsula nunca había escuchado a Athena hablar con tanto desprecio, con tanta ira. — Subí a la superficie destrozada y me encontré con Edward que regresaba. Cuando le conté tu traición, él también se quedó desolado, pero pronto nos dimos mutuo consuelo y encontramos un nuevo amor por el que pelear.

¿Todo aquello estaba pasando realmente? Su mejor amiga la había traicionado, su único amor la había abandonado, por una declaración de amor, un amor que nunca compartió. Athena no esperó respuesta y nadó hasta donde Poseidón había dejado el tridente, ahora abandonado porque el dios estaba demasiado ocupado dando instrucciones a las guerreras. Úrsula vio como Athena alzaba la mano y la acercaba al tridente, sabía lo que pasaría si lo tocaba sin el permiso del dios, se desvanecería. Úrsula lo sabía y quiso avisarla, pero la voz no quería escapar de sus labios y permaneció impasible mientras la que fuera su única amiga tocaba el tridente y era engullida por un cegador brillo.

Úrsula tuvo que cerrar los ojos por el fuerte destello y para cuando los abrió, Athena había desaparecido de su vista, el tridente estaba tirado en el suelo y una enorme ola había comenzado a formarse. Al tocar el tridente, en su intento de escapar, Athena había sufrido el castigo, su cuerpo había sido devuelto a los orígenes, se había transformado en la espuma de mar de la que nació. Pero, esta vez, al fundirse con el mar, provocó una inmensa ola que se elevó sobre todas las sirenas, sobre todos los hombres y cayó sobre los barcos sin compasión, arrastrándolos consigo a las profundidades.

Todas las sirenas se miraron confundidas. Úrsula no apartaba su vista de los barcos, los cuerpos de los marineros ahogados. Todos murieron. Si Edward iba a bordo de uno de aquellos barcos, habría muerto. No tuvo tiempo de recuperarse, cuando Poseidón la cogió del brazo y la arrastró hasta el centro de las sirenas. Se sentía rodeada de enemigos, probablemente, porque lo estaba. Todas la culpaban de lo que podía haber pasado, de las muertes de las sirenas caídas.

—Úrsula has puesto en peligro el Arrecife con tu comportamiento. Algunas de tus hermanas han muerto, otras han sido heridas y no quiero pensar en lo que habría pasado de no haber sido por Athena. Ella se ha sacrificado entregando su vida al mar para salvarnos.


¿Eso era lo que pensaban? No era cierto. Athena había sido la causante. Según sus propias palabras, ella había planeado el ataque al Arrecife junto con Edward para poder así escapar. Morir no entraba en sus planes.

—Pero…
—Silencio. Mereces un castigo por lo que has hecho. Quizás merecerías morir… Pero no… no puedo. —Poseidón parecía cansado, apesadumbrado. —En lugar de ello, te destierro del Arrecife para siempre. No podrás volver aquí, no podrás contactar con ninguna sirena, ni siquiera con Ariel.
—No, no puedes hacer eso. Es mi hija, es todo lo que tengo. Soy su madre, me necesita.
—No, tú ya no serás su madre. Merece algo mejor que una mujer que la ha puesto en peligro por un humano, una sirena que quería tener piernas… Crecerá pensando que su madre era Athena, una sirena digna de respeto.
—No…No podrás impedirme que la vea, la buscaré, siempre, ¡es mi hija!
—Entonces haré que no quieras que ella te encuentre. No querías tener cola, ¿verdad? Pues arreglaré eso.

Poseidón tomó su tridente y lo apuntó hacia Úrsula. Un rayo oscuro como la tinta de un calamar envolvió su cuerpo, comenzó a entrar dentro de ella. Sintió como la oscuridad la invadía. Su pelo rojo como el fuego caía al suelo sustituido por cabello canoso, su piel se oscureció y su brillante cola dio paso a unos tentáculos viscosos.

—No querrás que Ariel sepa que es hija de un monstruo.

Y, al ver su reflejo, se dio cuenta de que eso era en lo que se había convertido, en un monstruo.

—Ahora, márchate.

Y Úrsula nadó, nadó lo más rápido que pudo y sin mirar atrás porque no podía soportar pensar todo lo que había perdido. Su única amiga la había traicionado, su verdadero amor la había abandonado y, lo más parecido que había tenido a una familia, a un padre, le daban la espalda, la exiliaban justo cuando más los necesitaba y le arrebataban a su hija. Sentía como su corazón se desquebrajaba con cada impulso de sus tentáculos. Cómo iba a sobrevivir, ni siquiera estaba segura de querer seguir viviendo.
***

Todo aquello, todo lo que perdió, todo lo que le arrebataron, pasó por la mente de Úrsula en el momento en el que Poseidón se rindió ante ella, dieciocho años después, y le entregó el tridente.

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