No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

viernes, 20 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 15

Queridos lectores, 

¿Quién me mandará a mí? ¿Quién me mandará?... Esa frase es la que llevo repitiendo toda la mañana en mi cabeza. Mañana que he pasado en el hospital acompañando a un familiar para recibir su diagnóstico final. Antes de que vinieran a recogerme para llevarme al hospital como acompañante, me he pasado diciéndome esa frase "¿Quién me manda a mí?" Porque me ofrecí, y me preguntaba a mí misma de dónde sacaba tanta tontería interminable. Qué pintaba yo, si no sé demasiado de nada. Me decía a mí misma que si fuera Ada o Kim, entonces sería útil, ellas serían útiles porque al menos saben de medicina, se informan, les gusta más y podrían aconsejar o entender mejor a los médicos. Si fuera Sadee o Mérida sería útil porque ellas sabrían consolar mejor a mis familiares, sabrían cuándo hablar y qué decir, sabrían cuando cogerles de la mano o cuándo abrazarles. Pero yo no soy ninguna de ellas, me decía, y no había manera de que pudiera ayudar. 

En la sala de espera he podido fingir algo de normalidad algo de utilidad, hablando y distrayendo un poco los pensamientos de la inminente visita al médico. Me he enterado de que mi bisabuelo era escritor y poeta, dicen que era muy bueno, ya sé de dónde me vienen los genes. Hemos hablado y he escuchado con la mejor de mis sonrisas las historias sobre la infancia, sobre documentales o vivencias, cualquier cosa que alejara el fantasma de la enfermedad. Pero, al final, todo llega. La hora ha llegado. He entrado casi como representante familiar, le han dicho a la médica que me lo dijera todo a mí, he entrado yo en lugar de los hijos del implicado, y sentía que era demasiado. Pero si yo no sé nada de nada, demasiada responsabilidad, no debería estar ahí. Era lo único en lo que podía pensar. Que yo no pintaba nada ahí. Pero estaba y he escuchado lo mejor que he podido y he adivinado más de sus palabras de lo que querría saber y he descubierto que la medicina me está haciendo dura porque no he llorado, ni siquiera cuando los demás lo han hecho. Me he aferrado a eso, lo he decidido, soy dura y podía con ello. No sé si lo he hecho bien, no sé si he hecho lo suficiente, no sé si pintaba algo allí o no, pero he hecho lo que he podido dadas las circunstancias. Yo no puedo hacer mucho más, no soy la médica ni la enferma, no puedo luchar contra nada, solo puedo apoyarles. 

No quiero parecer una egoísta, al fin y al cabo, no importa para nada como me sienta yo, no soy la víctima de esta historia. Pero también me he entristecido y me he asustado, por el diagnóstico y por ver la gran responsabilidad que se me echaba encima sin saber si estaba preparada. Supongo que así es la vida y no siempre tienes lo que te mereces. A veces, simplemente, tienes lo que tienes. 

Cambiemos de tema ¿os parece? Después de haberme leído un libro en un día y medio, empieza a preocuparme que mis reservas de lectura del verano no sean suficientes. Por ahora, os dejo más relato. Voy a ver si me calmo y despejo la cabeza de este asunto. ¡Yo que me dije a mí misma que no quería pisar un hospital hasta septiembre!

La Sirenita 

CAPÍTULO 15

—ÚrsulaRepitió el sorprendido mayordomo.
—Edward.

Esta vez, la voz de Úrsula no estaba teñida de sorpresa ni emoción alguna, simplemente destilaba odio, todo el que podía impregnar en una simple palabra, todo el que su corazón roto había acumulado desde hacía dieciocho años.

—Te creía muerto. —Dijo secamente.
—Y yo a ti.
—Bueno, todo tiene solución. —Y sin decir más, apuntó el tridente hacia él.

En apenas una fracción de segundo, un potente rayo salió de las puntas del tridente para ir a parar a la madera tras Edward, quien, a pesar de los años, seguía conservándose lo suficientemente ágil como para haber esquivado el mortal rayo de un salto.

—¿Te has vuelto loca o qué te pasa? Úrsula, soy yo, Edward. Llevo años buscándote, ¿y tú intentas freírme?
—¡¿Llevas años buscándome?! ¿Para qué? ¿Para terminar lo que empezaste? ¿Para asegurarte de que muriera? — Era difícil fingir indiferencia por el hombre que la había traicionado. Lo único que podía sentir era rabia, frustración, odio. Porque ella lo había amado, había confiado en él, su vida, la vida de su hija y él, no solo había preferido a su mejor amiga, sino que había estado dispuesto en poner en peligro a su propia hija por conseguir dinero, fama y a Athena. No importaban los recuerdos que un día había atesorado, no importaban las palabras que él le dijo, ni los besos o los gestos de amor. Todo había sido fingido igual que lo era ahora su mirada de consternación. Y Úrsula no podía olvidarlo, no podía olvidar con quién estaba tratando. Con un humano. Y, como había aprendido a base de golpes, los humanos no eran de fiar.
—¿Qué dices? No. Para estar contigo. Úrsula, mi amor…
—¡No digas eso! ¡No te atrevas! ¿Crees que no lo sé? Athena me lo contó todo, el día de la trampa del Arrecife. Que estabas con ella, que la amabas, que habías traicionado nuestro secreto a otros humanos para conseguir dinero y que ella escapara.
—Eso no es cierto. —Dijo él ofendido.
—¿No es cierto? Y cómo me explicas que unos meses tras tu supuesta partida, llegaran al Arrecife de las Sirenas varios barcos tripulados por hombre de la Marina Real, a la que tú pertenecías. Cómo explicas que supieran que estábamos allí, que estuvieran preparados para enfrentarse a las sirenas, ¡para pescarlas! Y las palabras de Athena… cómo explicas que ella me dijera, antes de intentar robar el tridente de Poseidón, que estabais juntos, ¡tenía la pulsera que te di! ¿Qué otra cosa podía ser?
—¿La pulsera de perlas?
—Sí— Dijo Úrsula como si fuera lo más obvio del mundo.
—No es lo que crees, Úrsula. Te engañaron, nos engañaron.
—Claro, ¿y esperas que te creas?
—Debes hacerlo porque es la verdad. Cuando te dejé, partí a esa misión que me habían asignado. Durante más de un mes, combatí en las aguas con toda suerte de piratas sanguinarios y solo el pensamiento de volver junto a ti me mantuvo con vida. Muchos de los barcos de mi flota naufragaron, los hombres comenzaron a impacientarse, a asustarse. Aún así, seguimos luchando porque retirarse sin tener la orden nos hubiera costado la pena por deserción, que es la muerte. Luchamos valientemente hasta que pocos quedamos con vida. Vi morir a muchos de mis hombres, amigos, compañeros. Le arrebaté la vida a tantos otros y en las noches temía volverme loco por las pesadillas y los fantasmas que me perseguían, pero entonces volvía a ti, a tu recuerdo, a la promesa de volver a verte, y seguía adelante. Milagrosamente, y aún no sé cómo, sobreviví a la misión y cuando acabamos con esos piratas, pude volver a casa. Fue, más o menos, unos días antes del equinoccio. Pensé que llegaría a tiempo, pero pasó algo que sigo sin comprender. Unos hombres, los pocos de mi tripulación que quedaron con vida, me siguieron hasta la costa la noche que iba a buscarte. Por suerte, me di cuenta de ello antes de llamarte o hacer nada que pudiera ponerte en peligro. Pero, de algún modo, ellos sabían de la existencia de las sirenas, del Arrecife. Te juro que no tuve nada que ver, nunca les dije nada, pero lo sabían. Entre todos, me apresaron, me encadenaron y torturaron para que les dijera cómo llegar, para que participara con ellos en lo que llamaron “la búsqueda del tesoro de las sirenas”. Yo me negué rotundamente. Soporté sus palizas durante toda la noche, los golpes, los cortes y otras cosas en las que es mejor no ahondar. Descubrieron entonces la pulsera de perlas que yo había mantenido guardada siempre en uno de los bolsillos de mi chaqueta, el que descansaba sobre el corazón. Todos sonrieron y festejaron, pensando que era una prueba de las riquezas que poseían las sirenas y que podrían robar yendo al Arrecife. Intenté hacerles pensar que estaban locos, que las sirenas no existían; supliqué, rogué… pero todo fue inútil. Con el alba partieron hacia el Arrecife con la única intención de capturar y matar a cuantas sirenas fuera posible, solo porque ambicionaban los tesoros que poseíais, por la codicia y la ciega sed de riquezas. Me dejaron atado y así permanecí, hasta que, a punto de morir, no sé si de sed o desangrado, me encontraron y me salvaron. Para cuando me recuperé, habían pasado días y, aunque los marineros que habían partido no habían vuelto, y sabía que eso significaba que los habías matado, no sabía si tú seguirías con vida. Fui a nuestra playa, permanecí allí durante días, hasta que perdí toda esperanza. Al pensarte muerta, a ti y a nuestra hija…

—Espera, espera, espera…—Ariel, que hasta entonces lo había escuchado todo boquiabierta, no pudo callar más.
—¡Ariel estás hablando! —Dijo entonces Eric.
—Sí, Eric bonito, pero de eso hablamos luego. —Dijo dándole una palmadita, antes de girarse hacia Úrsula y Edward— Entonces, ¿tú eres mi padre? ¿Es mi padre? —Repitió mirando a Úrsula.
—Eso me temo —Dijo la bruja, que aún no sabía si podía creer o no en su reencontrado amor.
—Entonces, ¿me estás diciendo que mi madre es una bruja de los mares que fue sirena en otro tiempo y mi padre es el mayordomo de mi príncipe? Qué lío…
—Ariel, luego hablamos de eso—Realmente, Úrsula estaba impaciente por saber el resto de la historia de Edward —Sigue.
—Cuando os creí muertas —Retomó él su historia mirando dulcemente a su hija— Me hice a la mar. Simplemente porque, aunque mi mente racional decía que ya no estabais, yo no podía aceptarlo. Pasé años recorriendo los mares sin hallar pista alguna de vuestro paradero y con los años de soledad, el odio me fue carcomiendo. El odio por aquellos a los que había entregado mi vida, por los que había lucha y que me habían dado la espalda. La Marina Real no solo me había obligado a separarme de ti dejándote sola, sino que los mismos hombres que la formaban, que habían luchado conmigo, me habían traicionado y te habían costado la vida. ¿Así era cómo me pagaban todos los años de sufrimiento, todas las vidas arrebatadas, todos los amigos que había visto caer? Los culpé de tu pérdida y decidí que ya no sería más de su bando, que lucharía contra ellos, que los destruiría como ellos habían destruido lo que más amaba. Edward Teach murió aquel día, y un nuevo pirata emergió de sus cenizas.
—Espera, espera, espera… —Esta vez fue Eric el que habló —¿Edward Teach?
—Sí, cambié un poco el apellido.
—¿Tú eres el infame pirata Barba Negra?
—Lo fui, en otros tiempos. Antes de que los años se me echaran encima y mi barba negra comenzara a teñirse de canas, de hecho. Sí, fui un pirata, el más temido, el más cruel, el más sanguinario, porque dejé que el odio me cegara, porque había perdido lo único que amaba y ya no me quedaba nada más. Solo me quedaba mi venganza contra aquellos a los que podía culpar de su pérdida. Y me vengué, vamos si me vengué. Acabé con flotas enteras, hundí miles de barcos, robé cientos de tesoros… y nada sirvió para apaciguar mi corazón roto. Finalmente, me di cuenta de que la vida de sangre y muerte que había elegido no os devolvería a mi lado, y dejé que el mundo pensara que Barba Negra había muerto. Dejé que todos me vieran morir, para poder volver a nacer y retomar una vida tranquila hasta mi verdadera muerte. Nunca pensé… realmente ya había perdido toda esperanza de volver a verte, hasta que esa pequeña sirena apareció en la playa. Vestida con una vela, sin poder hablar, pero con esa mirada especial, con ese olor a mar que solo tú tenías, con ese cabello rojo que me recordaba tanto al tuyo. Y una parte de mí pensó que podría ser mi hija. Claro que no he estado seguro hasta hoy.

Demasiada información en un solo día. Edward había vuelto, estaba vivo, se suponía que no la había traicionado, que la había buscado, que la amaba.

—Pero… Si no fuiste tú, si no revelaste nuestro secreto… ¿Quién lo hizo?
—Fui yo —Una nueva voz se elevó entre las demás.

***
¿Quién será? Lo sabréis en el próximo capítulo, ya queda poco para el final =) 

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