No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 7 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 2

Queridos lectores, 

Esto no va a llegar a buen puerto, lo veo venir. Intento estudiar, pero con cada nueva página escucho una maliciosa voz en mi cabeza que me dice: "Laura, es inútil, no lo vas a conseguir. Ponte a escribir". Y, como siempre, a la par que ese diablillo, aparece la voz de la conciencia diciéndome: "Claro que lo vas a conseguir. Estudia." Y, como buena niña buena (valga la redundancia), siempre he escuchado la voz del angelito por encima de la tentación, por encima de mis propios deseos. Pero esta vez soy incapaz. La desidia me tienta demasiado y escribir me apetece muchísimo más que estudiar. Lo sé, está mal, muy mal, pero ¿cómo puedo resistirme a ello? Normalmente, en época de exámenes, como en cualquier época del año, me muero de ganas de escribir y consigo, con mucho esfuerzo, acallarlas y estudiar, pero eso es porque escribir no era más que un sueño, una fantasía lejana, algo que mis padres me habían repetido que no me llevaría a ningún sitio y, por mucho que adore soñar, tenía que aferrarme a la realidad que eran mis estudios y seguir adelante. Ahora, por primera vez, escribir es también una realidad, porque he escrito un libro y aún está todo en el aire y sigue siendo un sueño imposible, pero está más cerca que nunca, más cerca de lo que podía imaginar. Y me cuesta un mundo apagar la alegría, las ganas, el deseo de escribir para ponerme a estudiar algo que, seamos sinceros, no me gusta ni la mitad que escribir. 

Me está costando realmente poder desprenderme de lo que más me gusta y es algo a lo que se supone que estoy acostumbrada. Porque yo siempre he sido un corazón roto, un corazón resiliente, un corazón abnegado. Siempre he antepuesto la felicidad y el bienestar de los demás al mío propio: que a mi padre le hacía feliz que fuera a kárate, yo iba aunque hubiera preferido pasar mi tiempo haciendo otra cosa; que mi madre estaba triste o preocupada, yo la animaba olvidando mis propias preocupaciones... y así en cosas sin demasiado importancia, pero que bueno, iba haciendo porque mi felicidad podía esperar. Sin embargo, ahora que realmente he sabido lo que se siente, esa alegría infinita cuando Ellen me dijo que le gustaba mi libro, la paz que siento cuando escribo, la energía que me da que me lean y les guste... Uff ahora dejar de escribir se hace aún más duro. Pero supongo que tengo que hacerlo ¿no? Ser fuerte, volver a ser abnegada, ser resiliente y aparcar mis deseos... dos semanas, solo dos semanas más. =)

 La Sirenita


CAPÍTULO 2

Poseidón siempre la había protegido demasiado, todas lo decían. Insistía en que no necesitaba una madre, pues ya tenía a sus hermanas. Y estaba bien, las quería, pero sentía que le faltaba algo. A veces, sentía que se asfixiaba, como si de repente le faltar el agua, y estuviera seca. Estaba harta de tanta sobre protección, lo único que Ariel quería era vivir. Por una vez en su vida, sentir emociones, aventuras, exponerse al peligro, descubrir nuevos mundos, nuevas aguas. Nada en el Arrecife había cambiado desde que ella era una pescadilla y era tremendamente frustrante ver siempre las mismas caras, los mismos peces, los mismos colores. Y escuchar siempre las mismas historias, los mismos reproches y advertencias: “No te acerques a los humanos” “No salgas del Arrecifes” “No te adentres en las Fosas”.

Si la pregunta ahora es qué pasaba en las Fosas, bueno, eso Ariel sí que lo sabía. Todas las sirenas lo sabían. Las Fosas eran el lugar más profundo de los mares y, también, el más oscuro. Se decía en una de aquellas cuevas habitaba una bruja. Nadie se ponía de acuerdo sobre su procedencia. Algunas se atrevían a decir que era una antigua aprendiz de Poseidón o una de sus creaciones que salió mal. Nadie lo sabía con seguridad y el dios no había querido dar explicaciones. Solo había una cosa cierta: que aquella bruja deseaba poseer el tridente del olímpico, solo ella sabía para qué oscuros planes.

Vale, pues no podía ir a las Fosas, hasta ahí llegaba. Pero por qué no acercarse un poco más a la costa, ver a los humanos. Pronto llegaría a la edad en la que podría elegir un humano al que… usar (a falta de una expresión mejor). Aunque esa idea no la convencía del todo, no conocía a esos seres de dos piernas y, aún sabiendo que debería odiarlos por la pérdida de su madre, no sentía justo juzgar a toda una raza por el pecado de un puñado de hombres.

Aquellos pensamientos la habían acompañado desde que era apenas una sirenita aventurera. Y ahora, por fin, podría tranquilizar su alma que clamaba por riesgos y sorpresas. Se acercaba su dieciocho cumpleaños, lo que significaba que podría acercarse a la costa junto con el resto de las sirenas que lo desearan para buscar así un marinero candidato a ser el padre de las futuras sirenitas. Lo que nadie podía adivinar era que Ariel quería más, mucho más. Ella quería saber qué se sentía al conocer a alguien nuevo, a un humano, quería sentir verdaderamente. La vida en el mar era fría, el sol no llegaba hasta sus dominios, las sirenas eran hermanas porque así lo disponía Poseidón, pero todas competían por su favor, no tenía a nadie con quien hablar, ni siquiera había conocido el calor del afecto de una madre. Siempre estaba sola. Por una vez, por un momento en su vida quería sentir lo que las historias de las corrientes contaban: la amistad y el amor.

Dos cosas que no existían en el fondo del mar y que ella ansiaba poseer. Desde pequeña, había escuchado esas historias que traían las corrientes, historias de humanos que lo daban todo por amor, historias de amigos fieles y grandes aventuras. Y aquellas nuevas palabras le eran extrañas. Empezó a coleccionar los más raros objetos humanos que encontraba: una especie de espina de pescado que solo tenía espinas por un lado, una caracola rarísima de color marrón oscuro en la que parecía que los humanos guardaban líquidos que sabían fatal pero la hacían sentir extrañamente bien; por no hablar de la pequeña humana de madera en una cajita o las cosas redondas de agujas que se movían apuntando a números.

Ariel no sabía qué eran ni para qué se usaban ninguno de aquellos tesoros, pero los guardaba esperando que alguno de ellos fuera una amistad o un amor. Eso fue al principio, cuando todavía era demasiado pequeña para que su corazón solitario comprendiera lo que aquellas palabras podían significar. Ahora, por fin, lo entendía y lo anhelaba. Hubiera dado cualquiera de sus tesoros por encontrar aquello por lo que los humanos estaban dispuestos a morir.

Llegó al palacio de Poseidón, reticente a entrar sabiendo que, cuando era Sebastián el que la llamaba, no solía haber buenas noticias.

—¿Pa…padre? —Todas las sirenas conocían a Poseidón como su padre.
—Pasa, Ariel. ¿Sabes por qué te he hecho llamar? —Ariel miró a su alrededor antes de contestar. Poseidón estaba sentado en su trono como de costumbre, con el tridente a un lado y la figura del pequeño cangrejo al otro. Tres de las sirenas originales más importantes de la manada estaban allí.
—No.
—Este año cumplirás 18. —Ariel sonrió orgullosa, no solo de su edad, sino también de que Poseidón lo recordara.
—Sí.
—A tu edad, las sirenas pueden ir con las Originales a buscar un humano para continuar con la especie.
—Lo sé. Estoy deseando poder ir…
—Tú no irás. —Y con esas palabras, Ariel se detuvo en seco notando el vuelco de su corazón.
—Pero… ¿por qué?
—No podemos arriesgarnos a que nos descubran, Ariel. Y tu comportamiento estos últimos años ha demostrado que aún no estás preparada. No entiendes las importancia de mantener el secreto.
—Sí, sí que lo…
—¡No! —Gritó Poseidón—Está claro que no o de lo contrario no guardarías estas cosas de humanos.

Ariel contuvo un grito de sorpresa al ver cómo las Originales lanzaban a sus pies todos sus tesoros.

—Yo… no… ¿Cómo?
—Sebastián te siguió y lo encontramos. Has demostrado que no eres consciente de los peligrosos que son los humanos, de la amenaza que suponen para vosotras y para mis océanos. Así que este año te quedarás aquí. Quizás, dentro de unos años…

No podía estar pasando. ¿Posponer su sueño, su aventura… años? Con un movimiento del tridente, Poseidón redujo a polvo marino todos sus tesoros, justo como había hecho con sus esperanzas.

—¿Por qué… por qué no comprendes que son malvados? —Dijo Poseidón mirándola con pena mientras Ariel trataba de reprimir el llanto. Ella no respondió, tampoco sabía qué decir. —No puedo permitir que te acerques a los humanos… Te pareces demasiado a tu madre.
Todos se fueron, dejándola sola con los pedazos de su vida.

En otro punto del mar, en las profundidades de una Fosa Marina, una figura oscura armada con sus tentáculos, contemplaba toda la escena a través de su espejo.
—Es solo cuestión de tiempo —dijo acariciando a una morena— que ella venga a mí. 

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