No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 8 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 3

Queridos lectores, 

Hoy os prometo que casi he conseguido concentrarme. Lo he intentado, de verdad, ¿pero cómo me ha premiado el universo en mi intento? Pues armando con una trompeta a algún poco talentoso para la música vecino ¬.¬' Ni a posta... Pues adiós concentración. Lo bueno, que tenéis más relato =)

La Sirenita
CAPÍTULO 3

Era injusto, todo era completamente injusto. Lo único que Ariel quería era ver el mundo más allá de la superficie cristalina del agua. No era tanto pedir, ¿no? Subir a la superficie, sentir el sol en su rostro, romper la tensión del aguar y respirar… aire. Serían apenas unos minutos que no iban a dañar a nadie, nadie lo sabría nunca y lo que no sabes no te puede hacer daño…¿no?

Vale, sabía que estaba mal, que no era lo correcto, que si alguien lo descubría podría despedirse de su fingida libertad hasta llegada a la centena. Pero ¿qué era su vida? ¿qué había sido hasta aquel momento? Una farsa, una pantomima. Había vivido como los demás querían que viviera, no había cumplido sus sueños, había tenido que sepultar sus esperanzas bajo los deberes y las obligaciones interminables de una sirena. Un siglo encerrada no sería muy diferente a los dieciocho años que llevaba confinada en aquellas aguas. Por una vez, solo por una vez, quería ser libre, sentirse ella misma, sentir que tenía poder de decisión sobre su propio destino, que era capaz de lograrlo. Necesitaba sentir.

Sin pensarlo más ni darse tiempo a cambiar de opinión, Ariel dio impulso a su cola y comenzó a avanzar hacia la superficie. La luz del cielo se reflejaba en la superficie mostrándole una imagen distorsionada de lo que la aguardaba al otro lado. Apenas unos metros más, unos segundos… y se detuvo a apenas unos centímetros de su sueño. Todo lo que había querido ver, sentir, experimentar, la esperaba al otro lado de aquella sábana de agua que siempre la había confinado y, también protegido. Se planteó por primera vez si hacía lo correcto, si no tendrían razón los demás y sería peligroso, al fin y al cabo, a su madre la habían matado allí a fuera. Había dado su vida por proteger el secreto de las sirenas ¿debía ponerlo en peligro por unos instantes de felicidad? … Deja que lo piense…Sí tenía que hacerlo, tenía que demostrarse a sí misma que era capaz.

Comenzó a levantar la mano en contra de la fuerza de empuje del agua hasta que sus dedos rompieron la ligera resistencia del agua y comenzaron a sentir la caricia del frío viento. Su rostro describió el mismo camino hasta que su cuerpo humano emergió de las profundidades. Todo era tal y como siempre lo había imaginado: el cielo oscuro con brillos en él, si los seguía podía dibujar figuras en los puntos luminosos. Supuso que aquello era lo que los humanos llamaban estrellas. Y la más grande de todas… redonda y enorme como un pez globo asustado, debía de ser la luna. El viento, el cielo, la inmensidad… todo aguardándola. Fuera del agua, el mundo parecía enorme, abierto, lleno de aventuras, pero desde luego no le parecía peligroso.

No sabría decir cuánto tiempo se pasó en aquella misma posición, tratando de memorizar las figuras que describían las estrellas, cuando comenzó a divisar un gran armatoste en la distancia. Había escuchado historias sobre ellos, sobre los barcos. En ellos iban montados los humanos que se adentraban en sus territorios. Aquello no era bueno, se estaban acercando demasiado al Arrecife. Poseidón había dejado muy claramente marcada la frontera que los humanos debían respetar. Mientras se mantuvieran al otro lado, más cerca de la costa, las sirenas no los molestaban, pero en cuanto cruzaran esa línea, la segunda naturaleza de las sirenas, el instinto que Poseidón les había dado para proteger sus dominios haría que miles de sirenas se lanzaran como depredadores voraces hacia aquel barco hasta hacer que naufragaran y los supervivientes… bueno a ellos les esperaba un nefasto futuro.

Quizás, pensó Ariel, todavía estaba a tiempo de impedir una masacre. Si lograba que el barco cambiara de trayectoria, podría salvarlos. Solo tendría que llegar al barco antes de que ellos se adentraran en su muerte segura. Nadó con todas sus fuerzas para lograr la mayor velocidad posible. Al llegar al casco se asomó para ver a lo que se enfrentaba. Ella sola, con sus poderes a medio desarrollar y sin mucho entrenamiento en la vida real, no podría mover aquella gran mole de madera, era como una ballena aérea. Ayudada de cuerdas y su escaso dominio sobre las aguas, logró llegar hasta uno de los agujeros redondos que mostraban el interior (los humanos construían cosas impresionantes, pero muy raras). A través de esa especie de ventana pudo contemplar a un apuesto joven, moreno de ojos verdes, que jugaba con otro, aunque su amigo era un humano muy extraño, peludo y a cuatro patas, casi parecía un pez perro por los bigotes. Y tras él había un humano más mayor, por un instante a Ariel le resultó familiar. Ese tercer humano tenía un porte mucho más serio que el muchacho que jugaba con el peludo.
—Eric tenemos que planificar la ruta. —Decía el humano más serio.
—Teech descansa un poco, el mundo no se acabará porque nos desviemos unos metros.

No tenían ni idea, pensó Ariel…

—Pero señor, Eric, —Repetía el más mayor—No podemos retrasarnos. Le esperan en el castillo. Hay que virar y poner rumbo al este.

Ariel dejó de escuchar al otro hombre, de repente, se descubrió concentrando toda su atención en Eric. No había visto muchos humanos, de hecho, ellos eran los primeros que veía, pero le parecía muy guapo. Tenía una sonrisa cálida y al mirarlo sentía que se derretía un poco por dentro, justo lo que se imaginaba que sentiría al ver el sol por primera vez. Eric, se llamaba Eric, y era un príncipe, Ariel no sabía muy bien lo que significaba, pero sonaba a algo importante.
Tan absorta se había mantenido en su apuesto príncipe, que Ariel olvidó por completo su misión en aquel barco. Lo recordó demasiado tarde. Al escuchar el rugido del cielo en la tormenta que las sirenas habían convocado al sentir la irrupción en sus aguas. Era demasiado tarde, estaban perdidos. Nadie podía sobrevivir a la furia de las sirenas.

La tempestad se acrecentó, aunando sus fuerzas con las inmensas olas que se cernían sobre el que ahora parecía un enclenque e indefenso barco. El navío comenzó a zozobrar, era solo cuestión de tiempo que se hundiera. Y si Eric caía al mar… sus hermanas no tendrían piedad. Debía salvarlo, a él y a sus amigos raritos.

Sin perder más tiempo, Ariel les lanzó a los tres un pequeño hechizo del sueño. No era realmente magia, era un encantamiento que dejaba a los humanos somnolientos y eso permitía a las sirenas escapar. Pero no iba a durar demasiado. Tan pronto como los tres estuvieron fuera de combate, los atrajo hacia sí, ató sus cinturas con una de las cuerdas y se lanzó al mar con ellos. Sus hermanas estarían entretenidas con el barco unos minutos más y eso le daría algo de ventaja, aunque no sabía si sería tiempo suficiente. Nadar rápido era una cosa, nadar rápido con tres pesados humanos a su cola era una pesadilla. Aún así, Ariel no desfalleció, no conocía a Eric ni a sus amigos, pero sentía que debía hacer aquello por él.

La costa le pareció más que nunca un gran regalo. Ni siquiera se detuvo a pensar que era la primera vez que la contemplaba, simplemente se alegró por poder descansar y ponerlos por fin a salvo. Ayudándose del último empuje de una ola, Ariel dejó su carga en la arena, recreándose por fin en Eric. Él estaba inconsciente, completamente empapado y era solo para ella, al menos, durante unos segundos. Paseó sus dedos por su suave rostro, tan distinto a todos los que había visto antes. Cuando comenzó a toser y a esforzarse en abrir los ojos, Ariel supo que tenía que irse, que él no podía verla, pero le costaba demasiado alejarse de él. Un trueno resonó sobre ella y supo que Poseidón la había descubierto.

Eric terminó de abrir los ojos mientras Ariel desaparecía entre las aguas. Sabía que Poseidón estaría enfadado, que Eric no la recordaría, que había desobedecido todas las normas posibles, pero también, que haría cualquier cosa por volver a verlo. 

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