No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 11 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 6

Queridos lectores, 

Aquí estoy otra vez. Lo sé, soy una pesada. Ay, pero estar a estas alturas del año, con este calor y este buen tiempo y ¡no poder escribir! Bueno, poder puedo, pero no debería, ya sabéis, porque estoy estudiando. Es una tortura porque tengo una terracita en la que tengo plantas y flores, allí es donde salgo a escribir en verano, corre el aire, veo todo el cielo, los pájaros vuelan sobre mi cabeza (por ahora ninguno se ha cagado, lo que le quitaría un poco de glamour) y oigo sus cantos como sonido de fondo. Ah, y en vez de poder escribir, como suelo hacer con ese paisaje a mi alrededor, tengo que estudiar D:

En fin, como, aunque tengo que estudiar, la tentación de escribir es muy fuerte...bueno, pues no siempre la puedo evitar. Así que aquí tenéis otro capítulo :)

La Sirenita

CAPÍTULO 6

Ver a aquella dulce sirenita, hablar de Athena, había despertado muchos recuerdos en su interior, recuerdos que creía olvidados.

Recuerdos de una playa de arenas blancas que reflejaba la luz del sol, aguas cristalinas que bañaban las rocas en las que Úrsula solía sentarse desde que conoció a Edward. Aquel día, apenas había podido hablar con él. Apenas intercambiaron unas frases y ella recordó que la esperaban en la Celebración. Y sabía que lo mejor era no decir nada, olvidarlo y esperar que lo tomaran por loco si se le ocurría decir algo a alguien, aunque, por algún extraño motivo, sentía que él sería incapaz de traicionarla. Que ciega estaba entonces. Pero, deseaba tanto volver a verlo, que al día siguiente fue al mismo lugar donde lo había visto, a aquellas rocas junto a una de las perdidas playas del Caribe con la esperanza de volver a encontrárselo. Y sus súplicas fueron escuchadas. Edward también volvió a buscarla. Y al día siguiente. Y al siguiente. Así, un día tras otro, fueron hablando, conociéndose hasta que Úrsula comenzó a sentir algo más que curiosidad por el humano.

Un día, estaban sentados en la misma roca, él con su ropa mojada tras haber nadado para alcanzarla. Ella con las escamas reluciendo bajo el sol. Sus manos se encontraban a apenas unos milímetros, pero no se tocaban, aún no se habían atrevido.

—¿Cómo es tener piernas? ¿Te duelen?
—Normalmente no, solo si camino demasiado. Entonces, con estos malditos zapatos reglamentarios, se me hacen polvo los pies.
—¿Qué es hacerse polvo?
—Se me cansan mucho.
—Oh… ¿y cómo es el fuego?
—Pues quema mucho.
—¿Pero qué se siente cuando te quemas?
—Calor. ¿Por qué haces tantas preguntas, sirena?
—Curiosidad.
—Pues cuidado, porque la curiosidad mató al gato.
—¿Qué es un gato?
—Déjalo—contestó él riendo—cambiemos de tema. Sabes, yo siempre he querido vivir en el mar. Por eso me enrolé en la marina, al servicio de Su Majestad, la Reina.
—¿Y qué quiere que hagas exactamente esa Sumajestad Lareina?
—No, Su Majestad, la Reina, de Inglaterra, nada menos.
—¿De qué? —No entendía la mitad de las cosas que le decía, pero era tan guapo.
—Es igual. Lo que tengo que hacer básicamente, como capitán de la Marina Real, es cazar piratas, proteger las costas y a los súbditos de la reina.

Úrsula lo miró embobada comprendiendo más o menos lo que le decía. Le encantaba ver cómo el sol se reflejaba en su cabello azabache.

—Eso lo entiendo. Eres un guardián. —Dijo ella.
—Sí, algo así.

Edward se quedó mirándola dulcemente. El silencio se instauró entre ellos, ninguno quería romper aquel momento en el que sus ojos se habían encontrado y sus labios se acercaban lentamente. Él posó una mano sobre su mejilla todavía húmeda y, suavemente, unió sus labios con los de ella. Sabía a mar y a tierra, a un mundo que le estaba prohibido, pero del que había caído irremediablemente enamorada. El beso se fue acrecentando hasta que sus lenguas se unieron en un baile frenético que no sabía controlar y que no quiso separar ni siquiera cuando sus pulmones pugnaban por aire. Se fueron separando lentamente y, antes de alejarse más de ella, Edward le dio un ligero beso en la punta de la nariz.

Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, sonrieron sin saber qué decir, aunque tampoco hacía falta. Edward la rodeó con sus brazos y dejó que ella apoyara la cabeza sobre su pecho.

—Y, Úrsula…
—Dime.
—¿Las sirenas siempre tenéis, ya sabes, la cola? ¿Nunca os salen piernas?
—Sí, pero en condiciones especiales.
—¿Qué condiciones?
—Pues, no sé, Poseidón siempre nos ha dejado tener piernas para concebir…—Al ver el brillo pícaro de su mirada comprendió la razón de su mirada— Oh, ya entiendo…Pues resulta que las sirenas solo tenemos piernas cuatro veces al año, coincidiendo con los solsticios y equinoccios. Esas noches, el mundo está en transición, cambia de una estación a otra, y nosotras también podemos cambiar.
—El solsticio de verano está cerca —Dijo él con voz ronca.
—Ajá… ¿has sido un humano bueno?
—El mejor.

Y sus labios volvieron a buscarse hasta encontrarse en un nuevo beso más apasionado que el anterior.

—¡Úrsula! —Una nueva voz hizo que se separara de Edward. ¡Ostras!
—¿Athena? No es lo que piensas, deja que te explique…
—Es un humano—La rubia sirena tenía los ojos como platos. —¿Estás loca?
—Athena, de verdad, deja que te explique. Es de fiar.
—Es un humano. —Repitió ella como si aquello lo explicara todo.
—Es distinto. Athena… le amo.

Todos pararon en seco. No era la forma más sutil de declararse y hubiera preferido no tener que admitirlo con Edward delante, pero no encontraba manera de que Athena la entendiera.

—Deja que te presente. Edward, esta es Athena, mi mejor amiga. Athena, él es Edward.

Con la mirada fija el uno en el otro, se estrecharon la mano brevemente.

—Por favor, Athena. Guarda mi secreto. No me traiciones.
—Nunca te traicionaría Úrsula. Somos hermanas.

¿Hermanas? Já… el tiempo había demostrado lo que Athena entendía por “no traicionar”. Le había quitado todo lo que tenía. Todo. Pero ya estaba bien de dejarse llevar por aquellos funestos recuerdos. Tenía planes que cumplir. Debía hacerse con el tridente, debía enseñar a aquella sirenita que los humanos no eran de fiar y ¡por toda la tinta de calamar! ¿Por qué estaba tardando tanto?

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