No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

viernes, 13 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 8

Hola queridos lectores, 

Hoy huele lluvia, obviamente, porque está lloviendo. Pero no mucho, simplemente la ligera llovizna del verano que riega las plantas, refresca el ambiente e inunda el aire con su aroma húmedo. Aunque las nubes no han traído solo la lluvia, también han parecido nublar los ánimos en mi casa, tras una pequeña discusión entre mi padre y mi hermano. Mi pasión es escribir y los libros, lo sabéis, pues la de mi hermano son los videojuegos. No esos que van de matar y robar, sino los de fantasía y crear personajes que, al fin y al cabo, en realidad se parecen bastante a historias, a libros. La diferencia es que él se permite dedicarle a su pasión más tiempo de la que yo le dedicaba a la mía a su edad, con el resultado de que estudia poco y saca pues notas normales, lo aprueba todo y no con malas notas, pero tampoco lo saca todo con la máxima puntuación como hacía yo a su edad y, según mi padre, podría si estudiara más. Y, otra vez, he vuelto a escuchar el mismo discurso que mi padre me dio a mí tantas veces cuando era más joven: "Cuanto más alto llegues, mejor, para bajar siempre se está a tiempo. Solo los mejores triunfan. Todo es como un filtro, solo pasan los mejores".

El tiempo pasa, las palabras no cambian, pero, esta vez, afortunadamente para mí y peor para mi hermano, habían cambiado de destinatario. Cuando era yo la receptora no podía hacer mucho más que escucharle y creerle porque era pequeña y mis conocimientos del mundo eran más bien escasos. Mi madre no se pronunció al respecto. Y ya veis donde me ha llevado, a ser de las mejores, sí, a llegar alto, también, pero en una carrera que no escogí, que me hace dudar mucho, con ese prometedor futuro que mi padre clama siendo para mí un motivo de desesperación, sin poder dedicarle todo el tiempo que querría a lo que más me gusta que es escribir. 

Por suerte, al menos eso espero, para mi hermano, él me tiene a mí. Soy la voz de la experiencia. Y, por una vez, me he atrevido a enfrentarme a mi padre y dejarle claro que lo que dicen son tonterías. Sí O.O no sé cómo he sido capaz, pero lo he hecho. Las notas que saca ahora mi hermano no cuentan para nada, mientras apruebe bien basta, para qué se va a matar para conseguir la máxima puntuación si esas notas no cuentan para elegir carrera ni para nada, es mejor que disfrute de su infancia, de su tiempo, de sus años. Si yo pudiera volver atrás, estudiaría, claro, porque me gusta aprender, pero no me mataría por los 10. ¿Cuántas reuniones familiares me he perdido, cuantos momentos con Esmeralda, cuántos recuerdos por notas que no iban a contar en mi futuro? No tiene sentido que mi hermano repita mis errores. Y mi padre, dale que te pego, diciendo que yo, gracias a eso ya tenía un futuro marcado. Y le he dicho ¿Pero qué futuro? Uno que no me gusta, uno que no elegí. Me he pasado toda la vida estudiando y no estoy mejor que tú que no has estudiado, con el futuro de un trabajo que haré por obligación y no por gusto. Y se ha callado. Porque a ver qué me respondía, porque no me van a decir "pues hija si estás a disgusto, cambia, haz lo que te haga feliz" Porque esa posibilidad para mí ya no existe, pero para mi hermano sí, yo me encargaré. 

Nota de la autora: no estoy tan a disgusto como pueden reflejar mis palabras en medicina, ser médica en el futuro puede estar bien. Es que en las  discusiones tiendo a exagerar y cierta verdad sí que hay en mis palabras. 

Lo que no me puedo creer es ¡qué se lo haya dicho a mis padres! Me siento mayor y valiente =) 

Os dejo más relato. Me está gustando mucho escribir estos relatos, tengo tormentas de ideas constantes y es muy divertido :)

La Sirenita

CAPÍTULO 8

La despertó el ruido de las gaviotas peleándose por el pescado y volando sobre su cabeza. Ariel miró a su alrededor algo confundida, sin acabar de recordar que hacía allí tirada, tumbada sobre la arena y cubierta por apenas unos palmos de agua. Tendría que volver mar adentro antes de que la marea bajase y descubriera su…Un momento. El sopor que la embargaba desapareció de golpe, al ver los dos apéndices carnosos que habían sustituido a su cola. Cogió aire para gritar de alegría y al tratar de hacerlo recordó lo que Poseidón le había hecho. Ya no tenía voz. No podía buscar ayuda ni preguntar por Eric. Estaba sola y perdida en un mundo totalmente extraño.

—¿Tantos problemas por esto? Un par de… colas inútiles. ¿A qué velocidad puedes nadar con eso? Te ganaría hasta un lenguado.

No tardó demasiado en localizar al dueño de aquella despectiva voz. El cangrejo acólito de Poseidón la había seguido para atormentarla.

—Poseidón me ha enviado para ayudarte Yo sé todo lo que hay que saber sobre humanos.

Trató de decirle con la mirada que no se lo creía ni en broma.

—Te lo aseguro. Lo primero que debes saber es que estás desnuda y eso a los humanos no les gusta. Son muy vergonzosos con su cuerpo, y no me extraña, yo también sentiría vergüenza si tuviera esas piernas tan fofas en vez de mis fuertes pinzas. En fin, hay que buscar algo que te tape.

Unas horas más tarde, Ariel ya estaba rodeada de una especie de vela vieja de un barco practicando los movimientos con sus recién estrenadas piernas, cuando el sonido de unas voces la alertaron. Su primera reacción fue esconderse, hasta que reconoció la voz y poco después vio a Eric seguido de sus amigos, el peludo y el señor mayor, caminando hacia ella.

—Vaya, señorita, ¿se ha perdido—Ariel hizo un asentimiento de cabeza— ¿Qué le ha pasado? —Ella se llevó las manos a la garganta tratando de decirle que no podía hablar. —Teech, será mejor que nos la llevemos a casa.

Y casa no era otra cosa sino un enorme y majestuoso castillo. Eric había mandado que le dieran ropa nueva y le dejaran un cuarto. No entendía la manía de los humanos por taparse enteros, y encima aquel vestido le apretaba tanto que en ocasiones le costaba respirar. Por no hablar de lo que picaba la tela y los zapatos con ese palo en los talones que la desequilibraba. Definitivamente, tenía que admitir que los humanos eran bastante raros, pero Eric era maravilloso. Se había preocupado por ella en todo momento, y ahora esperaba volver a verlo mientras recorría el lujoso comedor. Era tan grande que ya llevaba allí un tiempo y no lo había recorrido entero. Al llegar a una de las paredes, se dio cuenta de que había una enorme pecera decorándolo. Pobres pececitos, estaban atrapados. Todos tenían miradas tristes y nadaban aburridos de recorrer siempre los mismos lugares. Aunque uno de esos peces, uno amarillo con franjas azules, le resultaba familiar…¡Flounder! Su mejor amigo de cuando era una niña, el pequeño Flounder. Llamó con el dedo en el cristal esperando captar su atención y, en cuanto la vio, el pececito comenzó a nadar como un loco y a mirarla con los ojos desorbitados.
—¿Qué haces aquí? —Dijo el pececito.
Pero ella no podía contestarle. Vaya, no había visto a Flounder desde que eran unos pececillos y se habían ido a jugar en las fronteras del Arrecife. Flounder se perdió unos instantes de su vista y no volvió. Ariel temió que se lo hubieran comido, pero, al parecer, lo habían pescado. Nota mental: liberar a su amiguito escamoso.

—Se te dan realmente bien los peces.

Ariel se giró para encontrarse con Eric, que contemplaba asombrado la alegría que había producido su invitada en el pececillo de colores.

—¿Sigues sin poder hablar? Ni siquiera sé cómo llamarte. ¿Mirtle? —Ella negó con la cabeza?—Clotilde—Volvió a negar, ¿pero qué clase de nombres usaban los humanos?

Por primera vez, agradeció la presencia de Sebastián cuando este gritó: Ariel.

—¿Ariel? —Ella afirmó rápido con la cabeza para que no cambiara de idea. —Bien, pues Ariel. Si quieres, podemos ir a dar un paseo, te enseñaré el castillo.

Ariel sonrió emocionada ante la idea de pasar más tiempo con Eric. Mientras se alejaba camino a la puerta, Eric se acercó a su fiel ayudante Teech.
—Es una chica preciosa ¿verdad? Tiene un nombre raro y es una lástima que no pueda hablar. Pero es realmente bonita.
—Sí —repitió él sin dejar de mirar la puerta por la que había desaparecido —Realmente bonita. 

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