No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 14 de junio de 2014

La Sirenita. Capítulo 9

Queridos lectores, 

Hola chicos, me he puesto a escribir y se me ha echado el tiempo encima. Es que pierdo la noción del tiempo escribiendo. Os pongo otro trozo de relato y ya os contaré luego algo, si es que tengo algo que contar. Por ahora solo que cuento las horas para acabar los exámenes y concentrarme en escribir. 

La Sirenita

CAPÍTULO 9

Los años habían pasado, pero el dolor seguía ahí. Volvía a sentirlo cada vez que estaba a solas, cada vez que el silencio la rodeaba y los pensamientos volvían.

Al fin llegó la noche que tanto habían esperado, la noche del solsticio. La luna ya estaba en el cielo cuando Úrsula se acercó a la costa. Al comenzar a tocar la tierra de la playa, un hormigueo recorrió su cola de arriba abajo, una sensación extraña de cosquilleo hasta que sus escamas desaparecieron dando lugar a una clara piel que fue poco a poco cubriéndose de una tela brillante.

La vio emerger como una diosa envuelta en luz, con su cabello seco por primera vez alrededor de su claro rostro, vestida con un brillante traje azul cayendo elegantemente sobre sus largas piernas. Era preciosa. Úrsula caminó, sí, caminaba, increíble, pues caminó por primera vez hasta él. Hasta que sus manos se encontraron y fue capaz de mirarlo a los ojos, a su misma altura, sin que él se arrodillara, erguida sobre sus propios pies, era una sensación fantástica. Poder verlo, poder tocarlo y sentirlo como un igual.

El silencio era su única compañía en aquella playa desierta. Ninguno se atrevía a hablar por miedo a que aquel momento, que parecía sacado de un sueño, se desvaneciera. En su lugar, Edward paseó las manos por su suave piel, acariciando el cabello de Úrsula, sintiendo la diferencia de su tacto al estar seco, recorrió su rostro con la yema de los dedos recreándose en la curva de sus labios, siguió descendiendo por su cuello, los hombros, los brazos, hasta llegar a sus manos y entrelazar los dedos. Ella sonreía con el brillo de la luna iluminando su mirada llena de felicidad. Sus labios se unieron por fin en un interminable beso, más apasionado, más intenso, más hambriento que ningún otro. Fueron cayendo lentamente al suelo y Úrsula pudo rodearlo con sus piernas, fundiéndose con la arena.

***

Mientras la luna se despedía del cielo, Edward y Úrsula permanecían tumbados en la arena, abrazados el uno al otro.
—Úrsula.
—¿Hmm?
—Tengo que decirte algo…—Ella notó la preocupación en su voz.
—¿Qué pasa?
—No me he atrevido a decírtelo antes, pero pronto tendré que partir.
—¿Irte? ¿Adónde?
—Se han dado avisos de piratas en los puertos del norte. Mandaron una misiva para que enviáramos refuerzos.
—¿Pero tienes que ir? Podrían arreglarse bien sin ti.
—Soy el capitán, el barco no puede zarpar sin mí. Y si no voy, me condenarán por desertor. He de ir, son órdenes de arriba.
—Pues iré contigo. Vas en un barco, yo puedo seguirte.
—No, es demasiado peligroso. Te expondrías a que te vieran, por no hablar de que no vamos precisamente a parlamentar con esos piratas, habrá cañonazos y armas…No puedes venir.
—Puedo cuidar de mí misma, Edward.
—¿Y si no hablamos solo de ti? —Pasó una mano acariciando su vientre desnudo. —Dices que las sirenas solo os transformáis para concebir, ¿y si te has quedado en estado? No podemos arriesgarnos. —Úrsula puso su mano sobre la de él todavía en su plano vientre, tenía razón. —No tardaré demasiado. Unas semanas, un mes a lo sumo. Sin duda, estaré aquí para el próximo equinoccio, no me lo perdería por nada del mundo. —Dijo con una sonrisa pícara.

Ella se quedó con la mirada perdida en el horizonte que se perdía tras el mar.

—No estés triste, mi amor. —Edward comenzó a rebuscar en los bolsillos de su casaca azul de capitán tirada en el suelo hasta que encontró algo. —Esto es para ti, para que no me olvides. La promesa de que volveré sano y salvo.

En su mano descansaba una caracola dorada atada con una cuerda negra. Edward se la colocó a modo de collar posando un leve beso en su cuello.

—Encontré esta caracola el día que nos conocimos, mientras paseaba por la playa. Después de verte pensé que me había dado buena suerte, así que la guardé. Realmente, la fortuna me ha sonreído desde que la encontré. Así que, mandé que la revistieran en oro y la convirtieran en un collar. Quiero que la tengas tú, para que mi buena suerte sea la tuya hasta que regrese.
—Gracias, Edward. Por favor, vuelve pronto.
—Lo haré.
—Yo también quiero darte algo —dijo ella— para que no me olvides. Solo que no tengo nada…—Entonces recordó la pulsera que solía llevar en su muñeca izquierda. Para ella era sencilla y sin valor, la había hecho un día con las perlas marinas que le sobraron de decorar el palacio de Poseidón. —No es gran cosa, solo una pulsera, pero no tengo nada más.
—En realidad, para los humanos, una pulsera de perlas tiene gran valor.
—¿Ah sí? —Úrsula sonrió pensando que había hecho un gran regalo sin proponérselo.
—Sí. Y para mí también ha de ser un tesoro, pero no por las perlas, sino porque es tuya.

Volvieron a besarse y, con los primeros rayos de sol que comenzaban a despuntar, un conocido hormigueo recorrió las piernas de Úrsula hasta que volvieron a fundirse en una escamosa cola.

—Debo marcharme —Dijo ella— ¿Vendrás a despedirte?
—Nada me lo impedirá.

Esperó a que las olas la recogieran para volver lentamente al mar al que pertenecía. La lanzó un último beso y se sumergió, de vuelta a las profundidades. Saber que Edward estaría fuera unos días había empañado un poco su tristeza, pero aún así era incapaz de ocultar su sonrisa. Acarició el collar que le había regalado con la yema de los dedos. Por fin sabía lo que era el amor.

Todavía tenía la manía de llevar la mano al collar y acariciarlo cuando se aburría. Lucía distinto sobre su piel, ahora, más oscura por la tinta que corría por sus venas. Desventajas de ser medio pulpo en lugar de medio pez, suponía. Cuando se desprendió o, más bien, cuando le quitaron todo lo que fue suyo en su vida anterior, Úrsula fue incapaz de deshacerse de aquel collar que todavía seguía llevando al cuello. Aunque, con el tiempo, había adquirido un significado distinto. Ya no lo llevaba para tener suerte, ni para recordar un amor; lo llevaba para no olvidar jamás que no podía confiar en nadie.

***
Para los que hace mucho que no ven la sirenita, el collar que le da Edward es el que Úrsula lleva en la peli.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario