No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 22 de junio de 2014

La Sirenita. Último capítulo

Queridos lectores, 

El primer día. Puede que ayer fuera realmente mi primer día de vacaciones casi una semana después de tenerlas. Me cuesta un poquito cambiar el chip de estudiante a vividora. Lo que me hizo despegarme un poco de esa sensación de que aún tengo mucho por hacer, mucho que estudiar, mucho que arreglar... fue un día en la playa. Vivir en la montaña está bien: un paisaje bonito, animalitos, se está fresquito y hay ríos y rutas para hacer senderismo. Pero no hay playa. Desde el año pasado, cuando fui por última vez, casi había olvidado el olor a sal y arena, el sonido de las gaviotas mezclado con miles de conversaciones en todos los idiomas, el sabor del agua. Aunque lo que más me gusta es nadar, más bien, bucear. Es lo más parecido a volar que puedo hacer sin riesgo de romperme de cabeza, sentir tu cuerpo ligero mecido por las olas, el intenso vaivén que le da a tus piernas un nuevo ritmo, el ritmo de las olas. Lo que más me gusta es ir buceando y buscar peces, cuando encuentro uno o varios me emociono y los voy siguiendo buceando cual sirenita. Cosa que odia mi madre porque entonces me pierde de vista, claro, me sumerjo y emerjo donde los peces me han llevado y yo me he quedado sin aire. Y sí, mi madre me vigila constantemente, la deberían contratar de socorrista porque tiene la vista clavada en mi nuca y en la de mi hermano de una manera asombrosa durante el tiempo que estamos en el agua. Pero ni siquiera ella podía estropearme el día, porque como no le gusta mojarse, no se metía y yo estaba lo suficientemente lejos como para fingir que no la escuchaba y nadar con libertad. 

Esa es la palabra LIBERTAD. Así, con mayúsculas, para que se vea más. Eso es lo que siento en el agua, nadando, persiguiendo a los peces, sumergiéndome hasta que mis pulmones no pueden aguantar más y me exigen que respire. Mientras miro el cielo a través de la superficie cristalina del agua, viendo como los rayos se reflejan y refractan en ese palmo de agua, haciendo miles de formas y colores ^^. Igual que libertad es lo que he sentido esta mañana al salir a montar a caballo y galopar. Porque mi caballo nunca falla, nunca se cansa, es una máquina de correr y el más rápido. Así que yo dejo atrás a todos, me alejo, me separo y solo quedamos mi caballo, el horizonte y yo en esa carrera sin fin, con el viento azotando mi cara, el sol sobre mí, los pájaros que se levantan a nuestro paso. Y eso también es libertad. De hecho, mientras galopaba, no podía dejar de repetir en mi cabeza (y de vez en cuando también cantando) la canción de Nino Bravo de Soy libre o algo así, no me acuerdo de la canción entera ni de cómo se llama, solo repetía para mí: "Nadie podrá cortar mis ganas de volar y sabré lo que es al fin la libertad". Todo el rato la misma frase. 

Bueno, más allá de mis impetuosas necesidades de libertad, hay unos cuantos asuntos que, vueltos a la realidad y al encierro en mi casa, me han intranquilizado un poco, pero os lo contaré en otra entrada porque esta es la última de la Sirenita y no os quiero marear. Pues lo dicho ¡el último capi! espero que os haya gustado, yo me lo he pasado muy bien escribiéndola. Y GRACIAS por leerla ;)

La Sirenita

CAPÍTULO 17

La idea de rendirse cruzó durante un breve instante su mente, pero no más. Úrsula era la bruja de los mares, al fin y al cabo, tenía la magia negra circulando por sus venas, había pasado dieciocho años planeando una venganza, dejando que la ira la inundara. Y ahora, que había recuperado a Edward, que había descubierto la verdad, que podía comenzar de cero con su hija, no permitiría que una medio sardina traidora volviera a apartarla de su felicidad. Ni de broma.
—Puede que rendirme no entre en mis planes.
—Pues espero que morir sí que lo haga. —Contestó Athena con una sonrisa cínica.

Antes de que pudiera responder, el barco comenzó a zozobrar presa de fuertes sacudidas. Poseidón y las demás sirenas estaban allí y su intención estaba clara, iban a hundir el barco y a acabar con cualquier humano, sirena y/o bruja que se interpusiera.
—Edward, Eric —Gritó Úrsula— Subiros a un bote y abandonar el barco, no va a aguantar mucho.
—¿Pero y vosotras? —Dijo Eric
—Nosotras estaremos bien. Vamos Ariel, es hora de plantarle cara a Poseidón.
—De acuerdo… madre

Escuchar aquella palabra de sus labios era todo cuanto siempre había deseado. Aunque solo tuvo tiempo de sonreír y mirarla antes de que una gran ola las derribara. Athena, Úrsula y Ariel, las tres caían hacia el mar. Tenía poco tiempo, Úrsula sabía que Ariel no podría nadar con piernas, apenas conseguía caminar, no sabría nadar con esos dos apéndices. Tenía que darse prisa para darles colas antes de llegar al agua. Estaba tan nerviosa y la superficie marina se aproximaba tan rápidamente, que no fue capaz de pensar con claridad. Solo sintió como le decía al tridente algo como que cada una tomara su verdadera forma. Después, una nube dorada las envolvió y para cuando volvió a abrir los ojos, respiró tranquila al ver que Ariel estaba bien, de nuevo en su forma de sirenita. Ella también había recuperada su antigua y casi olvidad cola verde. Lo que no podía haber esperado era que Athena, la cual también se había vuelto en la nube dorada, se estuviera convirtiendo ante sus ojos en un monstruo. Uno que, por desgracia, no le era desconocido. Estaba tomando la forma con la Poseidón la había castigado, se había vuelto medio pulpo. Athena se miró sin comprender muy bien lo que había pasado, al principio, mostrando el descontento por su nuevo aspecto, después.
—¿Qué me has hecho? —Dijo furiosa.
—Yo… —Úrsula miró al tridente comprendiendo lo que había pasado —Te he dado tu verdadera forma. La de un corazón oscuro.
—Muy graciosa. Pues dame ese tenedor gigante si no quieres que aplaste a tu sirenita.

Úrsula vio como uno de los tentáculos de Athena aprisionaban a Ariel por la cintura y comenzaban a apretar. La sirena no pudo reprimir los gemidos de dolor.

—¡Para, para! Por favor. Cógelo, coge el tridente, me da igual. Nunca lo he querido, yo solo quería recuperar a mi hija.

Úrsula alzó el tridente hacia Athena. Porque la idea de rendirse nunca había cruzado su mente, nunca excepto cuando vio a Ariel aferrada por los pegajosos tentáculos que la oprimían. Con otro de los tentáculos, Úrsula agarró el tridente y soltó a Ariel. Úrsula corrió tras ella y madre e hija se fundieron por primera vez en un abrazo mientras Úrsula comprobaba que estaba bien.
—¿Qué está pasando aquí?

Poseidón, que había sido mero testigo de toda la escena, miraba alternativamente a las dos sirenas pelirrojas y a la nueva bruja de los mares sin que le salieran los cálculos.
—Si tú eres Úrsula —Dijo mirando a la sirena —¿Quién eres tú?
—¿No me reconoces? Toda una eternidad juntos, Poseidón, y ahora, por unos tentáculos ¿no me reconoces? Soy Athena.
—No puede ser… —Exclamó el dios con los ojos desorbitados. —Tú estabas muerta, te vimos…
—Puede que hiciera una pequeña trampa. Que sacrificara a otra sirena y yo ocupara su lugar. —El dios parpadeó varias veces como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—Pero, ¿por qué?
—¿Por qué? ¿Por qué? —Athena comenzó a mover los tentáculos bruscamente— Por ti, todo lo he hecho por ti. Para que me miraras, para que me amaras. ¿Tan difícil era? ¿Cuántas sirenas han tenido que sufrir, cuántas han muerto para que te dieras cuenta de que yo debo ser la única para ti?

Poseidón permaneció en silencio, mirándola, pensando hasta dónde había llegado una sirena por un amor que no podía poseer. Dejar el tridente en manos de aquella sirena tornada en monstruo marino.
—Athena, esto es una locura. Dame el tridente y lo olvidaré todo. Aún estás a tiempo de corregir tus errores.
—¿Crees que soy un percebe? No voy a darte el tridente, Poseidón. ¿Sabías que el arma de un dios es lo único capaz de matar a otro dios? Pues adivina qué, yo voy a ser la nueva reina de los mares, lo que hubiera sido si te hubieras dado cuenta a tiempo de que merecía serlo y me hubieras convertido en tu esposa. Tuviste esa oportunidad y la perdiste.

Poseidón no tuvo tiempo de contestar antes de que un rayo de su propio tridente tratara de convertirlo en boquerón frito. Saltó a tiempo de evitar la descarga, pero nuevas ráfagas de energía la siguieron y no podría huir por siempre. Úrsula y Ariel acudieron en su búsqueda, aún cuando no tenían por qué, sabían que por muy mal dios que Poseidón fuera, Athena sería mucho peor. Trataron de atacarla, todas las originales, aunando sus poderes de sirena. Pero todo era inútil. Con sus tentáculos aprisionó a muchas de las sirenas, dos pelirrojas entre ellas, oprimiéndolas lentamente. El tridente aumentaba sus fuerzas y la ira acumulada durante milenios había cegado su razón. Poseidón se encontró solo ante Athena y el tridente, todas sus sirenas aprisionadas o fuera de combate, sin lugar al que huir o donde esconderse, sin apenas fuerzas o poder para plantarle cara sin su tridente. Y, simplemente lo supo, era el fin. Tras una eterna existencia como dios, iba a desaparecer sin más en algún punto de su océano. Miró fijamente a Athena a los ojos leyendo en ellos el odio y la desesperación que alguna vez él mismo había sentido y esperó en momento en el que un rayo pusiera fin a su vida. Pero ese momento no llegó. En su lugar, escuchó un profundo alarido proveniente de la garganta de la bruja. Tardó un tiempo en ver que un enorme arpón había atravesado su corazón. Los dos humanos que le habían robado a sus sirenitas habían vuelto y habían arponeado a la nueva bruja de los mares, increíble.

Athena vio cómo el arpón se incrustaba en su corazón. Lo vio todo. Justo cuando estaba a punto de consumar su venganza, justo cuando estaba a punto de lograrlo, tan cerca, estaba tan cerca… Sintió cómo sus tentáculos perdían la fuerza y las sirenas que mantenía presas se escavan de su agarre. Pero se negó a ceder el tridente, concentró todas sus fuerzas en aferrarlo. Porque estaba tan cerca de acabar con Poseidón, de hacerle pagar por todos los años, los siglos, en los que ese maldito dios engreído la había ignorado, la había menospreciado, enamorándose de otras de menor valía, sin mirarla, sin verla realmente. Aquel maldito dios que ahora iba a sobrevivir, que no iba a recibir un castigo después de todo lo que la había hecho sufrir y todo por culpa de esos humanos. Desgraciados humanos, que venían al mundo a partir de unas míseras cenizas y barro y pensaban que podrían hacer lo que quisiera, que habían colonizado la tierra a su antojo, despreocupadamente, que habían matado a sus mares. Aquellos hipócritas y ambiciosos humanos que hablaban en sus historias de grandes amores, pero que, en realidad, siempre lo estropeaban todo por su ambición. Pues si no podía acabar con Poseidón, al menos, moriría llevándose consigo al culpable de su fracaso. Alzó el tridente y concentró su último aliento en lanzar un fatídico rayo.

Úrsula escapó del agarre de Athena justo para ver como la que fuera su amiga concentraba su mirada en el arpón que la atravesaba. La siguió atenta observando cómo sus ojos se tornaban oscuros por la ira, como alzaba la cabeza y miraba a la pequeña barca en la que iban Edward y Eric, y entonces lo supo. Porque la había conocido, porque sabía lo que era dejar que la rabia te cegara, también porque levantó el tridente y los apuntó. El caso es que Úrsula nadó con todas sus fuerzas. No sabía qué hacer o cómo detenerla, pero había perdido a Edward una vez creyendo que él la había traicionado, que no la amaba. Se había perdido a sí misma por el vacío oscuro que su marcha dejó en su corazón. Ahora lo había recuperado y, fuera  estúpido o no, lo creía cuando decía que la amaba. Y no podía soportar perderlo otra vez, ni dejar a Ariel sin padre. Así que nadó y cuando vio el fatídico rayo aproximándose a Edward, saltó. Después, solo sintió un calor abrasante que la recorría desde dentro y se dejó llevar por el impacto.

Edward la vio recibir el golpe, por él, la vio caer, justo en sus piernas, en la barca, por la fuerza del rayo. Sus ojos cerrados con fuerza, su rostro en un mohín de dolor.
—¿Por qué lo has hecho? —Dijo él, con lágrimas en los ojos.
—¡Mamá! —Úrsula creyó escuchar a Ariel.
—No podía perderte otra vez. Ariel necesita un padre.
—No debiste hacerlo Úrsula, no debiste. Yo te he buscado demasiado como para perderte así.
—Edward lo siento. Todo fue culpa mía. Me obcequé, me dejé llevar por la rabia. Pensaba… pensaba que me habías abandonado, que nunca me amaste. Yo…
—Te he amado — La silenció Edward— Cada minuto de mi vida y lo sigo haciendo.

Úrsula sonrió débilmente pues apenas le quedaban fuerzas. Sintió el calor de una mano sobre su mejilla limpiándole las lágrimas que hasta ese momento no había sabido que estaba derramando.

—Mamá no me dejes, mamá…

Escuchaba a Ariel y quería luchar por ella, por Edward, pero no podía. Ya no le quedaban fuerzas, ya apenas le quedaba vida.

—Os quiero mucho, a los dos. —Dijo al fin Úrsula.
Poseidón contemplaba desde la distancia la escena de pérdida y desolación. Había recuperado su tridente del cuerpo sin vida de Athena y lo había mirado con hastío, furioso con ella por todo el daño que había hecho, por haberle alejado de Úrsula, por haberla herido. Aunque pronto se dio cuenta de que él también era culpable, se había visto envuelto en los engaños de la sirena por no escuchar a las demás, por obcecarse en su furia y en sus celos, había estado celoso. Celoso y enfadado, igual que Athena lo había estado por  un amor que nunca le correspondería. Y entonces lo comprendió, Úrsula nunca lo amaría. Por mucho que se lo hubiera repetido a sí mismo, nunca lo había creído hasta que la vio a punto de morir en los brazos de su verdadero amor, de aquel humano. Había amado a Úrsula, había querido a Ariel como a una hija, pero su amor había sido egoísta, las había querido para sí sin tener en cuenta sus deseos, sin verlas realmente a ellas. Le había costado mucho tiempo, pero por fin comprendió lo que debía hacer. Con un ligero movimiento de su tridente, una nube dorada rodeó la barca en la que iban dos sirenas y dos humanos, mientras una mágica ola conducía la embarcación a la costa.
—Has hecho lo que debías, Poseidón. —Una de sus sirenas, Anfitrita, posó una mano sobre su hombre y le sonrió.
—Eso espero. Volvamos a casa.

***

Una intensa luz la cegó al intentar abrir los ojos. Un extraño cosquilleo recorría su cuerpo y todavía sentía el ardor del rayo que la había golpeado. ¿Eso era lo que se sentía al estar muerto? Poco a poco, Úrsula fue abriendo los ojos hasta darse cuenta de que lo que la rodeaba no parecía ningún paraíso, era más bien una simple playa.
—Por fin despiertas. —Dijo una voz conocida. Úrsula se giró.
—¿Edward? ¿Qué ha pasado?

Con un movimiento de cabeza, él le señaló a un lado. Ahí estaba Ariel, con piernas y un elegante vestido azul, dando vueltas en el aire en los brazos de su príncipe Eric. Apenas podía creer lo que veía, hacía apenas unos minutos estaban en mitad del mar y ahora Ariel tenía piernas… ¡y ella también! Se dio cuenta al mirar su propio cuerpo de que tenía pies y llevaba otro vestido parecido al que llevó la primera vez que tuvo piernas.
—¿Y esto? —Dijo ella extrañada.
—Debe de ser un regalo de Poseidón —Ariel se acercó a ellos con Eric de la mano.
—Por fin ese dios tacaño os ha liberado —Dijo Edward.
—Eso parece, eso parece. —Úrsula no pudo evitar mirar al mar y sonreír esperando que, de alguna manera, Poseidón supiera que le daba las gracias por aquella nueva oportunidad.
—Vamos Úrsula —Edward le tendió una mano para ayudarla a levantarse —Vayamos a casa.
—Sí —Dijo ella sin dejar de mirarle a los ojos—Vamos a casa.

Así, la que fuera la bruja de los mares, su gran amor el que fuera un temible pirata de barbas negras, una traviesa sirenita que quería formar parte de un nuevo mundo y un pobre príncipe que apenas se había enterado de nada de lo que había pasado a su alrededor caminaron juntos hacia el palacio, alejándose del mar.

Y esta es la historia, no de una sirenita y su amor humano como os contaron en las películas, sino de algo que va mucho más allá; de un corazón roto que se dejó llevar por la venganza y el odio, pero al que solo el amor pudo sanar.

Y fueron felices con una dieta rigurosamente baja en productos marinos ;)

FIN
***
No sé a vosotros, pero a mí Poseidón me acabó dando penita, por eso la que sale al final, Anfitrita, con él, es su verdadera esposa. O sea, el dios Poseidón, según la mitología se casa con Anfitrita, para que sepáis que él también encuentra el amor <3

Pues lo dicho, espero que os haya gustado. Tengo más ideas, para más cuentos. Decidme lo que queréis porque no os quiero poner más cuentos si no os están gustando, por no pecar de cansina. 

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