No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

jueves, 26 de junio de 2014

Mulán. Capítulo 2

Queridos lectores,

Parece ser que mi familia ha decidido por mí que necesito socializarme porque mis primas han decidido pasar por las tardes para llevarme a pasear. Esfuerzo que les agradezco y me viene bien pasear, no lo niego, y hasta me llego a Brave por lo que le va muy bien a él que se tiene que ejercitar. El problema es que son ESAS horas, las mejores horas, mis horas de escribir. Esas horas que, cuando las pasaba estudiando, os decía que me moría de ganas por pasarlas escribiendo. Pues ahora tengo esas horas para mí y cuando llegan y estoy escribiendo y estoy a punto de salirme a la terraza porque ya hay sombra y es el momento perfecto para ponerme a escribir, entonces me llaman y me tengo que ir. Y a mis padres les parece fenomenal, pues claro, vete con tus primas y que te dé el aire. ¡Pero yo quiero escribir! Que rabia tan tremenda y absoluta me da. No lo entienden, no lo entienden. Yo quiero escribir, necesito escribir y que me digan "¿pues qué tienes que hacer que no te puedes ir a andar?" Y yo les diga escribir y me miren con cara de póker como si eso fuera la cosa más absurda del mundo, que me digan que lo puedo hacer en otro momento o que me viene mejor socializarme y pff... Yo soy muy tranquila, ya os lo he dicho, no me enfado y si me enfado me aguanto, lo razono y se apagan las llamas de la rabia, tengo un corazón benevolente. Pero esto ya me REPATEA mucho. 

Y no es cuestión de valentía o cobardía, no es que yo no les haya dicho que quiero escribir, no es que no les haya intentado explicar lo importante que es para mí, es que NO lo quieren entender. O eso o son muy espesos. El año pasado tuvimos la misma conversación sobre perder el tiempo con mis "tonterías" según ellos y acabó con que muchos de mis personajes en el libro que escribí tuvieran problemas con sus padres. Una escritora escribe de lo que conoce. Bueno, me relajo y respiro. Y hablando de escribir, os pongo otro poco de relato. 

MULÁN

CAPÍTULO 2

La decisión había sido fácil. Ella iría a la guerra en lugar de su padre adoptivo. Por supuesto, no la dejarían ir, tampoco la admitirían si sabían que era una mujer, pero eso no le preocupaba.

Aquella noche llovía intensamente, el agua caía con tanta fuerza que sentía como las gotas se clavaban en su piel, como miles de alfileres. A pesar de ello, agradeció que el ruido de la fuerte lluvia golpeando sin tregua el techo, ocultara el sonido de sus pasos en la noche. Llegó a la sala donde padre guardaba la armadura. Pesaba más de lo que había imaginado, pero podría con ella, estaba segura. Tomó la espada y con un rápido movimiento, cerrando los ojos, se cortó su larga melena azabache. De algún modo, un tanto infantil y tonto, cortarse el pelo le resultó tremendamente doloroso. Después de ver a su madre asesinada, después contemplar como todo su poblado era masacrado, no pensaba que cortarse el pelo pudiera afectarle tanto, pero lo hizo. Porque aquella melena negra era de las únicas cosas que poseía y que le recordaban a su verdadera madre.

No había tiempo para lágrimas. Tomó las armas, la armadura y un pequeño pergamino en el que escribió una despedida concisa:

“Queridos padres,
Os agradezco todo lo que habéis hecho por mí. Sé que no he sido la mejor de las hijas, pero esto lo compensará. Traeré el honor a la familia y la paz a mi corazón. Sed felices.
Mulán”
Tras aquella escueta despedida, preparó al caballo y salió a galope oculta por la lluvia y la noche.

Las pesadillas se habían acentuado desde que viera el rostro del asesino de su madre. Desde aquel día, recuerdos que creía olvidados, habían vuelto a surgir en su mente. Recuerdos de su madre peinándole el cabello, hablándole de su poblado, de su historia.
—Mamá —Decía Mulán con su vocecilla de niña. —¿Mamá por qué todos vienen a preguntarte tantas cosas?
—Ya te lo he explicado otras veces, Mulán. —Decía ella con paciencia.
—Pero me gusta, dímelo otra vez, por favor.
—Está bien. Yo, al igual que mi madre, y su madre antes que ella, e igual que algún día tú lo harás, ocupo un lugar especial en el poblado. Los dioses me concedieron el don de ver más allá y todas esas personas vienen para que les ayude.
—¿Y yo también tendré el don, mamá?
—Sí cariño, cuando llegue el momento, tú también lo tendrás.
—¿Y cómo sabré si ha llegado el momento? —Decía Mulán sin poder evitar temer que nunca llegara, que nunca pudiera ser tan especial como su madre.
—Lo sabrás, pequeña, lo sabrás. Ellos irán a ti.

El tiempo había pasado y el momento no había llegado. Sí que hubo momentos en los que necesitó ser especial, en los que hubiera querido tener el don del que su madre hablaba. Cuando vio morir a todo su poblado, su familia y amigos, a manos de los Hunos. Entonces, mientras los veía escapar, había rezado a los dioses de su madre para que le enviaran algo, una ayuda, una señal, el don de su madre. Porque no sabía en qué consistía aquel don, pero necesitaba algo, algo en lo que creer, algo que le diera esperanzas después de haberlo perdido todo. Pero los dioses la ignoraron, como habían hecho siempre, como habían hecho con los niños, mujeres y ancianos que habían suplicado ayuda antes de que una espada les atravesara el abdomen. Ya era mayor. Ya era tarde para creer en la magia, para creer en dones.

Cabalgó durante toda la noche sin descanso. Para cuando el sol comenzó a asomarse por el este, ya había llegado al campamento. Ahora solo quedaba la parte más fácil, fingir que era algo que no era. Y era fácil porque era lo que llevaba haciendo toda su vida.

***

En algún momento de la noche, todos despertaron sabiendo que algo iba mal. Los Fa buscaron a Mulán y todo lo que encontraron fue una breve nota y una caja sin armadura. Rotos del dolor al saber que la que habían criado y querido como una hija, se había lanzado a lo que probablemente sería su muerte, pensando además que ellos la consideraban una deshonra, la matriarca de la familia se acercó al panteón de los antiguos dioses. No era mucha su esperanza, hacía tiempo que sus ancianos ojos no contemplaban milagros, pero tenía la esperanza de que, por una vez, escucharan sus ruegos y salvaran a Mulán.

***

—Es la hora—Dijo el más anciano de todos, si es que los espíritus podían considerarse más viejos.
—¿Qué te hace pensar que ahora será distinto? —Dijo otro. —Llevamos años a su alrededor y no ha querido vernos. Se ha cerrado a su don. Apenas nos ha escuchado como ecos lejanos, como pesadillas.
—Todo ha cambiado ahora. El miedo abrirá sus barreras, la idea de vengar a su madre hará que se abra a quien es realmente—Dijo el primer espíritu—Podrá vernos. Solo nosotros podemos ayudarla y solo ella puede ayudarnos a dejar de vagar por estos mundos. Es hora de que la chamana despierte de su sueño.

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