No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

jueves, 31 de julio de 2014

El País de las Maravillas 7

Queridos lectores, 

Dos días de ausencia sin escribiros y en esos dos días, afortunadamente, mi rutina cambió un poco. Como os dije, Sadee y Mael vinieron a pasar el día de ayer, primer visita oficial de la pareja :) ¡Yupiii!

Así que el día anterior estuve preparando cositas, y por cositas me refiero a recetas y comidas. Me encanta cocinar, esa es una faceta de mí misma que no tengo demasiado desarrollada porque no estoy acostumbrada a cocinar para mucha gente. Claro que cuando estoy yo sola estudiando entre semana pues me cocino yo, pero en esos momentos todo es simple y rápido porque es solo para mí y la comida se reduce a una obligación, algo que tengo que hacer entre la universidad y estudiar y entre estudiar e irme a la cama, siempre estoy agotada y solo me apetece hacer algo sencillito y rápido para tumbarme. Cocinar en mi casa, para mis padres y mi hermano está bien, pero tiene dos inconvenientes: el primero es que mi hermano se lo come todo y tengo un poco de cargo de conciencia por cebarlo en ocasiones demasiado; el segundo es que mi padre disfruta sacando todos los fallos posibles, él piensa que criticando absolutamente todo lo que hacemos nos ayuda a mejorar, veo que no ha aprendido el valor de un buen cumplido. 

Así que cocinar para Sadee y Mael fue todo un placer. Por la mañana fui de compras, por la tarde me puse a amasar como una loca. Hacía ya tiempo que tenía unas cuantas recetas en mi mente. Os he dicho ya que soy una gran aficionada a la serie de Once upon a time, pues mi personaje favorito, la Reina Malvada aka Regina Mills, tiene dos platos especiales: hojaldres de manzana y lasaña. Exactamente dos platos que me moría por hacer. Comencé por los hojaldres, pero a mí me gusta improvisar así que utilicé parte de la masa para hacer "picoteo" y me inventé unos hojaldres ciertamente raros: comenzando por unos hojaldres de lentejas con un poco de cebolla y queso, suena raro pero a Sadee y a Mael les encantaron; otros cuantos de plátano frito con canela y otros de aguacate, porque a Sadee le encantaba el aguacate y tenía que usarlo en algo. Los hojaldres de manzana fueron entretenidos de hacer, hice cuatro y todos diferentes, uno era solo manzana, otro era manzana y canela, otro llevaba plátano y otro llevaba de todo. 

Pero lo mejor vino al día siguiente. Madrugué para ponerme manos a la masa, nunca mejor dicho, para hacer la lasaña. Una vez más, me inventé completamente la receta. La hice toda de verduras porque mis invitados eran vegetarianos y mi madre no paraba de decirme que a ella las lasañas no le gustaban, porque se deshacían, que no me iba a salir bien, que ella, por si acaso, iba a hacer una ensalada de patatas y a comprar algo más. No me opuse, pero estaba determinada a hacer la lasaña y tras un par de horas en la cocina ¡lo logré! Oh, estoy muy orgullosa de mí misma, estaba buena y encima se mantenía en su sitio, ni se deshacía ni nada por el estilo. 

De todas formas, la cocina no fue lo mejor del día, ni mucho menos, me lo pasé muy bien con la parejita, fue muy bonito verlos interactuar con todo ese amor que desprenden a caudales y yo disfruté mucho de su compañía, de tener alguien más con quien hablar a parte de mi perro y tener la oportunidad de compartir con ellos mi pequeño mundo de montañas y caballos ;) 

Hoy, la historia ha sido muy diferente, no solo porque no he cocinado, sino porque me han llamado unos amigos de mi madre para ofrecerme un trabajillo de traductora. Yo sé inglés y francés, pero nunca he hecho de traductora en serio, para temas formales y oficiales. Así que confieso que esta mañana estaba bastante nerviosa sin saber muy bien qué se esperaba de mí. Al final ha sido una buena experiencia y me han pagado por hablar un rato por teléfono y mandar un mail, por lo que no me quejo, incluso puede que me vuelvan a llamar para algo y me viene estupendamente bien porque tengo que ahorrar para comprarme un fonendoscopio. 

Una última cosa, sobre los relatos. Hablando con Sadee que es la única que se los lee y me dice cosas pensé que había algo que necesitaba cierta explicación. La Sirenita y Mulán las escribí mezclando la historia "real" lo que sabemos que pasa en la película o en el libro mientras intercalaba la historia o el pasado de los malos. En la Bella durmiente y en este relato del País de las Maravillas, las cosas cambian porque me parecía que se hacía más largo y tedioso si contaba las cosas del cuento que ya se sabían. Digamos que en esta historia yo cuento la vida de la Reina Roja mientras que la historia de Alicia va en paralelo. En este punto, en este capítulo es cuando Gwen, la Reina Blanca se vuelve malvada y, como sospecharéis, Alicia tiene gran parte de la culpa. Pero la idea es que esto, todo esto que yo escribo es una parte de la "historia" que se salta la película, esta visita de Alicia es cuando ella es más joven, un primer viaje en la que propicia la maldad de la Reina. Después Alicia la olvidará, años después la pequeña vuelve al País de las Maravillas y ahí es cuando sucede lo que se ve en la película. Este relato sería el por qué de algunas de las cosas que pasan en la película desde mi punto de vista rebuscado. Nada más, gracias por leer :)

El País de las Maravillas

CAPÍTULO 7

El tiempo pasaba, pasaba y se hacía eterno. ¡Estaba a punto de enloquecer! Necesitaba ver a John, saber que estaba a salvo, que estaba bien. Perdí la cuenta de las horas que estuve esperando frente al portal. John había salido a buscar mi Corazón junto con otros soldados. Se suponía que tenían que ir al punto de encuentro, donde Conejo los esperaría para volver al País de las Maravillas. Pero tendría que haber pasado ya, tendrían que haber llegado ya. ¿Por qué estaban tardando tanto? Toda clase de malévolos pensamientos invadían mi mente llenándola de malos presentimientos.

Por fin, el portal se abrió con una brillante luz. Los soldados blancos pasaron unos tras otro. Yo esperaba ver aparecer a John en cualquier momento. Esperaba que entrara andando, quizás herido, con el Corazón en la mano o sin él, no importaba. Esperaba todo menos lo que vi. Unos soldados llevaban su cuerpo mientras el Conejo portaba su cabeza.
—No puede ser —Murmuré.

Lo dejaron tumbado a mis pies, la cabeza unida al cuerpo como si acercándolos pudieran disimular el espacio entre sus vértebras. Estaba muerto.
—¿Cómo… cómo ha pasado? — Conseguí decir entre lágrimas.
—La niña, Alicia— Comenzó a decir Conejo— cogió el Corazón para enseñárselo a su padre y demostrarle que nuestro mundo existía. John la encontró, lo vieron zarandear a la niña para conseguir la roca. Aún así, se la quitó y fue al punto de encuentro con el Corazón en su poder, pero yo… Yo me retrasé —Dijo el Conejo con la mirada arrepentida—Llegué tarde a la cita, perdí la noción del tiempo y lo capturaron. El padre de Alicia lo había denunciado y lo decapitaron por intentar secuestrarla.
—¿Pero por qué Alicia no dijo nada? ¿Por qué no dijo la verdad? Que él no la había atacado.
—La niña no quería que su padre creyera que estaba loca. John intentó explicarles lo que había sucedido, pero lo tomaron por loco y su sentencia se agilizó.
—No… No es posible…—Era lo único que podía repetir.
—Pero hemos recuperado el corazón, Majestad.
—¿El Corazón? No me importa en absoluto ese trozo de roca. Solo quiero recuperar a John.
—Ha muerto, mi Reina, le han cortado la cabeza.
—No. No, me niego a creerlo. Todo es posible en el País de las Maravillas.

Lo creía realmente. Tenía fe. John no podía morir, no podía ser. Concentré toda mi energía, toda mi magia, todo mi ser en que su piel, su carne y sus tejidos volvieran a unirse. Notaba como mi cuerpo se iba agotando, pero me daba igual, no importaba nada. Solo John, solo él. Ante la mirada atónita de todos los presentes, el cuello de John volvió a la normalidad. Esperé. Y esperé. Sin apenas respirar, no era capaz, no volví a la vida hasta que John volvió a respirar. Estaba vivo.
—John, John, ¿estás bien?
—¿Bien? Claro que estoy bien, ¿es la hora del té? ¿Yo tomaré medio?
—¿John?
Algo no iba bien. No era el mismo, sus ojos no eran los mismos, habían perdido su brillo especial.
—¿Quién es John?
—Pues tú.
—¿Yo? ¿Y quién eres tú?
Aquellas fueron las palabras que rompieron mi corazón. John se había puesto de pie, bailando, saltando, había enloquecido, no era el mismo.
—Mi Reina —Dijo el Conejo— El sombrerero ha perdido la cabeza.

Mi corazón benevolente se había roto. Ya sabía lo que se sentía, ya sabía lo que era. La rabia, el odio más profundo y ardiente.
—Ya lo veo. ¿Y de quién crees que es la culpa?
—¿Mi Reina?
El Conejo me miraba con miedo y no era de extrañar. Incluso yo había notado que mi voz sonaba diferente, que mis ojos habían cambiado. Jess, la esposa del Conejo, se puso a su lado.
—Has llegado tarde ¿cuántas veces desde que te conozco has llegado tarde? Y te lo he perdonado, porque eso era lo que hacía, lo que soy. “El corazón benevolente, el perdonador” la que todo lo perdona y a todos quieres. Pues se acabó. Tus ofensas no serán perdonadas por más tiempo.
Con un movimiento de mi mano, convertí a su esposa Jess en un reloj y lo anudé a su cuerpo. El Conejo me miró sin entender lo que pasaba.
—Has condenado a tu esposa por tu impuntualidad. La próxima vez que llegues tarde, esa pequeña maquinaria se hará pedazos.
—El conejo tiene un relojito—Comenzó a gritar John.
No podía verlo así. Ver su cuerpo, su rostro, pero no verlo a él, que no me reconociera.
—Llevaros a ese sombrerero loco fuera de mi vista. —Le dije a unos guardias.

Miré a mi alrededor por primera vez desde que John había vuelto. Hasta entonces nunca había caído en lo blanco que era todo. Mi vestido blanco, las baldosas blancas, las rosas blancas… todo me recordaba a él. No podía soportarlo. No podía vivir en un mundo en el que John estaba vivo, pero no me recordaba, no me amaba.
—¡Guardias! Quitad todas esas rosas blancas, no quiero ver nada más blanco.
—¿Y de qué color las quiere?
Miré mi vestido, manchado de la sangre de John. La sangre me recordaría la rabia, el odio, eso era lo único que me quedaba.
—Rojo. Que sea Rojo.
—Comenzaremos a arrancar las rosas de inmediato. —Dijo uno de los guardias. Pero entonces recordé la promesa que le había hecho a John, le dije que nunca las quitaría.
—No. Arrancadas no. Pintadlas de rojo.
—Pero mi Reina…
—¡Pintadlas de rojo! ¡Ahora! — Grité.

Todos los guardias salieron corriendo, aterrorizados por mi recién encontrada rabia. Solo unos cuantos guardias permanecieron a mi lado. Me acerqué a ellos y al Conejo.
—Y la próxima vez que Alicia ponga un pie en el País de las Maravillas… quiero que le corten la cabeza. 


lunes, 28 de julio de 2014

El País de las Maravillas 6

Queridos lectores, 

Tengo una buena noticia: mis musas han vuelto a mí después de sus inesperado abandono. No han vuelto con grandes fuerzas, no es que haya escrito demasiado, pero al menos he vuelto a hacerlo. Llevaba ya casi una semana sin tocar el libro. Aunque no sé de qué sirve porque no le veo futuro a esto. 

Pero no quiero seguir con esa conversación que solo va a poner de manifiesto mi tristeza. He vuelto a escribir un poco, estoy leyendo y lo que le da brillo a mis días y algo de novedad es que el miércoles van a pasar a verme Sadee y Mael, primera visita oficial de la pareja :) Así que me concentro en pensar eso, en arreglar mi cuarto, pensar en lo que haremos. Es una agradable distracción.  

El País de las Maravillas

CAPÍTULO 6

Aquella pequeña niña entrometida… Alicia. Cómo odio ese nombre, solo escribirlo hace que sienta deseos de desintegrar la pluma. Si no hubiera sido por aquella maldita cría nada de esto habría pasado, estoy segura.

Pero comenzaré la historia por el principio. Aún queda algo de tiempo hasta que llegue el momento así que describir todo con el mayor detalle posible es casi lo único que puedo hacer.

John y yo íbamos a casarnos. No podía ser más dichosa, mi corazón benevolente nunca había experimentado tanta dicha. Sentirme amada de aquella manera, sentirme protegida por él, resguardada y saber que nunca me dejaría, elevaba mi alma a lugares insospechados. Por aquel entonces, Alicia era tan solo una adorable niña de cabellos rubios y grandes ojos azules, no podría tener más de siete y ocho años, puede que menos. Me recordaba a mí la primera vez que pisé el País de las Maravillas, perdida y asombrada por el mundo que la rodeaba. Tan solo había un pequeño problema, a diferencia de mí y del resto de los habitantes de mi mundo, Alicia no pertenecía a aquel lugar, ella no necesitaba un milagro ni había caído a través de un espejo acogida por la tierra de las maravillas. Ella, simplemente había estado donde no debía en el momento equivocado, había seguido a Conejo a través de una de sus madrigueras y se había caído en aquel nuevo mundo.
—Lo siento, Reina Blanca—Dijo el Conejo— Llegué tarde, como siempre, tenía prisa y no miré. La niña me siguió sin que me diera cuenta.
—No te preocupes, Conejo. Es una niña, ella podrá comprender lo especial que es este lugar y estoy segura de que podrá mantener nuestro secreto. —La niña me miraba con sus grandes ojos azules—¿Verdad, Alicia?
—¿No podré decírselo a nadie? ¿Ni siquiera a mi padre?
—Ni siquiera a él pequeña. El País de las Maravillas es un lugar lleno de magia y debe permanecer oculto para que solo aquellos que realmente lo merezcan puedan llegar a él.
—Es muy importante—John me ayudaba con la niña— ¿Entiendes Alicia? Es importante que nadie lo descubra. Puedes pasar unos días con nosotros, ver las rarezas de estas tierras, estoy seguro de que te encantará. Pero cuando vuelvas a tu casa, tendrás que mantener el secreto.

Alicia lo prometió. Aquella niña desagradecida y traicionera, lo prometió. Qué ciega estuve, ahora me doy cuenta, por confiar en ella, por no ver la ambición que se escondía tras su fingida inocencia. Por qué maldita razón tenía que tener el condenado corazón benevolente y confiar en todos y en todo, por qué no podía haber dudado de ella, haber desconfiado. Me hubiera ahorrado mucho dolor. Pero no lo hice porque yo era la Reina Blanca, porque iba a casarme con John Hatter y todo era felicidad y dicha y no podía creer que nada malo pudiera pasarnos. Hasta que fue demasiada tarde.

He dicho que no pude ver la ambición en los ojos de Alicia. Ella no ambicionaba oro, joyas ni tesoros. Su mayor deseo era ganarse el amor de su padre, que él la creyera y confiara en sus palabras. Por eso, a pesar de que le hicimos prometer que no diría nada, Alicia tenía la firme intención de contarle todo a su padre, de demostrarle que aquella tierra, mi tierra era real. Para ello necesitaba pruebas.

Lo supe en seguida. Lo noté, en mi corazón. Algo estaba pasando.
—John, John —Lo llamé sintiendo la presión que se extendía por mi pecho.
—¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? —Deduje que había empalidecido porque él me miraba angustiado.
—El Corazón de la Estrella. Alguien lo ha cogido.

Todos sabíamos lo que pasaría sin aquella piedra. El Galimatazo, a pesar de haber sido desterrado hacía tantos años, seguía aguardando, como un mal latente, a que estuvieran desprotegidos. Y, sin el Corazón de la Estrella, estaban completamente indefensos. Aunque había algo más. Desde que usé la magia de aquella piedra, mi corazón benevolente se había unido a ella y sin su magia cerca yo no sobreviviría. John lo sabía, me miró incrédulo aunque pronto la determinación sustituyó el miedo en sus ojos.
—Yo lo recuperaré para ti, Blanca, no te preocupes, no dejaré que nada te pase.
Traté de detenerlo, porque el Corazón ya había abandonado el País de las Maravillas, podía sentirlo alejándose de mí a través de un portal, su magia protectora desaparecía y yo me sentía cada vez más débil.
—No, John, no me dejes. Puede que sea demasiado tarde y no quiero que me abandones.
—No, no lo permitiré, Blanca. Voy a traerlo de vuelta y estarás a salvo, lo prometo.
—Alguien lo recuperará, John. No te marches.
—Blanca, confía en mí. Solo yo puedo hacerlo. Desde que nos conocemos, hemos estado conectados, sé que, incluso en un mundo sin magia, podré sentirte, podré sentir tu corazón. Solo yendo yo lo encontraremos a tiempo.
—Tenemos tiempo —Intenté protestar sin creerme mi mentira ni yo misma.
—No lo tenemos y lo sabes. Estás cada vez más débil, el campo de fuerza también. El Galimatazo sigue al acecho, podrá entrar aquí en cualquier momento. Tenemos que pensar en todos los habitantes, sin el Corazón de Estrella, no podremos enfrentarnos a él.

Si no hubiera sido por mi maldito corazón benevolente, si no hubiera apelado a mi endemoniado afán de proteger a todos… tendría que haber pensado en él, solo en él. Pero no lo hice, lo dejé partir a otro reino, a otro mundo.
—Te quiero, Blanca. No te preocupes.
—Yo también te quiero.

Me besó, por última vez, y se marchó para recuperar mi Corazón. 

domingo, 27 de julio de 2014

El País de las Maravillas 5

Queridos lectores, 

Casi se me olvida con esta frustración que llevaba encima, poneros un poco más de relato. Antes, permitidme que os cuente una pequeña cosa que ha pasado hoy también y que mi mente acaba de recordar, simplemente porque le gusta traumatizarme. En un momento dado de la mañana, no recuerdo bien lo que estábamos haciendo, pero por conocernos, imagino que mi hermano me estaría hablando de sus videojuegos y yo estaría medio escuchándolo, medio leyendo (porque me vicio mucho con los libros). El caso es que en una situación más o menos así, mi padre ha tenido a bien decirle a su amigo delante de nosotros y de todo el mundo: "¿Has visto que hijos más raros tengo?"... ¬.¬'... ¿Os parece un comentario normal que hacer de tus hijos, delante de ellos mismos y de gente que ellos apenas conocen? Sinceramente, a mi me ha fastidiado mucho, no me ha sentado bien y he respondido un tanto airada algo así como: "claro, es que veíamos a mi padre y decidimos ser diferentes". No ha sido una gran contestación y ha parecido que me cae mal mi padre (que, aunque a veces se lo gane, no es verdad). Y a mí me duele porque estoy demasiado acostumbrada a ser la rara, la empollona, a no encajar en nada ni con nadie, con mis amigas de la universidad esa sensación de ser siempre la "rara" se ha ido mitigando un poco porque somos raras en conjunto, pero no ha desaparecido lo suficiente como para que mi padre no reabriera la herida con su comentario. De todos modos, no me preocupo tanto por mí que ya soy una mujer madura y ya he cumplido mi cupo de traumas, me preocupa más mi hermano que vive en una situación parecida a la que yo viví en su día. No es empollón como yo, pero es patosín y a veces también lo tachan de raro y él es muy cohibido e introvertido como para enfrentarse a mi padre. 

Yo sé que nuestros padres nos quieren, es parte de su trabajo como padres, pero no puedo evitar pensar que solo quieren, solo están orgullosos de la versión de "exposición", de la yo misma que he creado para ellos. Quieren a la hija que estudia medicina y no habla de escribir (se limita a hacerlo a escondidas), que monta a caballo sin anteponer cualquier otra cosa que ella pudiera preferir hacer, que sonríe, asiente y ríe las bromas sin gracia. ¿Qué pasaría si esa no fuera yo? Si hubiera más, mucho más de mí, que sé que no les va a gustar, pero que es lo que soy. 

El País de las Maravillas

CAPÍTULO 5

Pues sí. Era la Reina Blanca del País de las Maravillas. Un título un poco pomposo, pero al final me acostumbré a él. Los años fueron pasando, fui creciendo, me di cuenta de que el tiempo pasaba de manera diferente en este nuevo mundo. No pasó demasiado tiempo hasta que crecí para convertirme en una mujer cuyo reflejo me recordaba mucho a mi madre, tenía sus mismos ojos verdes llenos de luz, el mismo rostro alegre y pálido, la única diferencia era mi cabello, mucho más rubio desde que controlaba la magia del Corazón de Estrella. La misma magia que había mantenido al Galimatazo exiliado durante décadas ya y que había traído la paz al País de las Maravillas.

Aprendí, en mis años como Reina Blanca, que realmente aquel lugar sí que era como un refugio al que acudían las almas desesperadas, las que lo habían perdido todo o necesitaban un milagro para sobrevivir. Porque en el País de las Maravillas todo era posible y la felicidad no se reservaba solo para los finales.

Fue un día de tantos otros y, al mismo tiempo, un día único. El recuerdo de  sus ojos marrones lo sigue llenando todo. John… Llegó una mañana, como muchos otros residentes de mi mundo, y vino a presentar sus respetos a la Reina. Lo recuerdo andando sin miedo hacia mí por el largo pasillo, es como si todavía pudiera sentir el aleteo de las mariposas en mi estómago, el latido vibrante de mi corazón. Al principio, pensé que simplemente se debía a que era la primera persona humana que veía en años. Después, fue mucho más.
—Encantado de conocerla, Su Majestad.
—Puedes llamarme Blanca. —Desde que me había convertido en la Reina Blanca todos habían olvidado mi verdadero nombre y habían pasado a llamarme por aquel adjetivo que parecía describirme mejor.
—Mi nombre es John Hatter. Y, o me oriento muy mal, o vengo de otro mundo. —Desde el primer día consiguió hacerme sonreír.
—Es otro mundo. Bienvenido al País de las Maravillas. Es un lugar muy especial.
—¿Y por qué es eso, mi bella reina?
—Porque aquí todo es posible. Es una tierra de segundas oportunidades.
Permanecimos unos minutos en silencio, yo disfrutaba de la intensidad de su mirada hasta que pensé que me sonrojaría demasiado.
—Y dime, ¿qué eras en tu mundo?
—Sastre —Dijo él— Aprendiz, mejor dicho, pero un aprendiz con muy mala suerte. Estaba un día en el taller, tratando de coser unos cuantos retazos de tela cuando unas moscas comenzaron a molestarme. Cogí una paleta y, de un golpe certero, maté a siete de aquellos inmundos bichos a la vez. Extasiado por mi proeza, salí a la ventana y grité “He matado siete de un solo golpe”. No contaba con que los que me oyeran gritar no estuvieran hablando de moscas, sino de un par de gigantes que aterrorizaban mi reino. Me llevaron ante el rey y él me prometió riquezas y la mano de la princesa a cambio de matar a ese par de gigantes. Era joven, orgulloso, testarudo y soñaba con la fama… pensé que podría hacerlo, que quizás tuviera suerte. Pero eran dos gigantes y yo apenas un sastrecillo, valiente, pero un sastrecillo al fin y al cabo. Con un solo golpe me tenían prácticamente derrotado. Entonces, en aquellos minutos mientras pensaba que iba a morir me di cuenta de lo estúpido que había sido al arriesgar mi vida por una fortuna vacía y la mano de una princesa malcriada. Deseé que las cosas pudieran ser diferentes, volver a empezar y…
—Y apareciste en el País de las Maravillas. Sí, así es como funciona, refugia a los corazones bondadosos que necesitan una segunda oportunidad.
—No fue la tierra lo que me atrajo, al menos eso creo. Vi un intenso brillo que me llamaba en el lago, el brillo acabó tomando la forma de un cabello dorado como los rayos del sol y me lancé al agua porque al verlo supe que era lo que tenía que hacer.
—¿Te lanzaste al agua porque viste un reflejo dorado?
—No. Aunque entonces no lo sabía, me lancé al agua porque te vi a ti.

Creo que aquel mismo día me enamoré de él, aunque no supe ponerle nombre al sentimiento hasta mucho después. John se convirtió en el mundo para mí, todo mi mundo, toda mi realidad. Insistió en ponerse a mi servicio al poco tiempo de llegar. Insistió en que sus habilidades como sastre podrían serme útiles y que sería, además, el mejor sombrerero que habría tenido en mi vida. También fue el único. Aquello no era más que un juego y los dos lo sabíamos porque cada día venía a verme a la sala del trono para enseñarme multitud de sombreros y tocados, algunos realmente bonitos. Siempre me hacía probarme todos y cada uno de ellos, para después decirme, con todos y cada uno de ellos, que no me los podía poner porque todo aquello que tapara mi preciosa cabellera rubia sería un delito. Así que recogía todos sus sombreros y se marchaba hasta el día siguiente, cuando volvía con más sombreros que no me dejaba quedarme. Me divertía mucho con aquellas citas no oficiales y pronto me descubrí a mí misma deseando que llegara el momento en el que viniera a verme. Comencé a vivir para aquel momento. Un día me cansé de esperar a que se decidiera a darme un maldito sombrero.
—John, ¿se puede saber por qué te empeñas cada día en venir con sombreros si nunca me vas a dejar que me quede ninguno?
—¿Cómo? Pues por ver a Su Majestad, por supuesto. —Hizo una ligera reverencia y yo lo miré alzando una ceja. No me gustaba que se dirigieran a mí por un título real, pero sobre todo él, no podía soportar que él me llamara así porque me daba la sensación de que mi puesto nos distanciaba. —Blanca —Se corrigió.
—¿Y por qué no te ahorras todo este trabajo y me pides una cita de verdad de una vez?
—Haré algo mejor.
Estaba a punto de preguntarle qué pretendía hacer, cuando me aferró de una muñeca atrayéndome hacia él y atrapando mis labios en un apasionado y, al mismo tiempo, dulce beso. Nuestro primer beso. Mi primer beso.

A partir de aquel día no nos separamos. Atesoré cada momento que vivía con él y el mundo parecía simplemente una maravilla. Dejé de contar los días que pasábamos juntos, porque el tiempo pasa de manera distinta en el País de las Maravillas y, casi sin darme cuenta, llegué a amar a John con toda mi alma, con todo mi corazón benevolente.

Si tuviera que elegir un solo recuerdo entre los dos, si tuviera que decir que instante me ha perseguido durante más tiempo, fue una tarde en el jardín.
—A veces me cansa que todas las rosas sean blancas. —Dije yo tras un largo silencio en el que los dos contemplábamos mis vastos jardines.
—¿Y eso por qué, mi reina?
—No sé. El blanco es bonito, supongo, pero podría haber más colores, amarillo, rosa… En el País de las Maravillas todo debería ser alegre, ¿no crees?
—Pues a mí no se me ocurre un color que despierte tanta alegría ante mis ojos como el blanco.
—¿Y por qué?
—Porque me recuerda a ti, por supuesto.
—Zalamero.
—Pero solo contigo. —Me dio un fugaz beso en los labios— Así que sabes qué, me opongo fervientemente a que cambies el color de un solo pétalo de una sola rosa. Mientras yo viva, mi dama, estas rosas permanecerán blancas como recuerdo de la pureza y bondad de su monarca.
—Está bien. No arrancaré ni una sola rosa blanca. —Le dije al fin.
—¿Lo prometes?
—Te lo prometo.

John se acercó a mí posando mi mano sobre mis pálidas mejillas, acercando sus labios a los míos para fundirnos en un tierno beso. Justo cuando nos separamos, nuestros pulmones protestando por la necesidad del aire, arrancó una rosa blanca y me la ofreció.
—Cásate conmigo —Susurró. Y yo no podía hablar, apenas moverme. Me lancé sobre sus brazos inundándome de su esencia a té verde—Lo tomaré como un sí.
—Sí, sí, sí y mil veces sí.
Estaba a punto de hablar cuando una voz nos interrumpió.
—Su Majestad, una pequeña niña ha caído por la madriguera del Conejo y dice que quiere volver a casa. Su nombre es Alicia.

Sobre hombres y otras bestias

Queridos lectores, 

Hoy tengo algo muy importante que decir y es que estoy terriblemente cabreada con esta pantomima que llamamos mundo y con los creadores de esta esperpéntica farsa. Creadores que no son otros que los hombres. 

Comenzaremos por el principio y es que el origen de mi furia se remonta a hoy por la mañana cuando mi padre nos ha arrastrado a mi madre, hermano y a mí a uno de sus pasatiempos favoritos: los encierros camperos. Para las personas no tan "rurales" (de pueblo) como yo, os explicaré que consiste en que muchas personas (sobre todo hombres, pero no solo) montan a caballo, sueltan un toro y los jinetes lo conducen a base de asustarlo, gritarlo, empujarlo y otras lindezas, desde el monte donde lo sueltan al pueblo para allí encerrarlo en una plaza de toros donde el pobre animal encontrará su más que probable muerte. Por si no se contentaran con tan piadosa actividad, en la que después me explayaré, los encargados de las fiestas de este pueblo han tenido a bien poner jaulas exhibiendo toda clase de animales. Había algunos que estaban más o menos bien. Quizás las ovejas no estén demasiado mal en un pequeño recinto, pero no, me parecía terrible la forma de encerrarlos en pequeñas jaulas a animales que no están hechos para la cautividad. Había, por ejemplo, un mapache. Vale, yo nunca antes había visto un mapache igual que muchas personas, pero aún así sé que los mapaches no sobreviven en jaulas. El pobre estaba muy nervioso, la gente lo ponía atacado. La siguiente vez que lo vi estaba tirado con la mirada perdida y me dio verdadera pena, todos aquellos animales. 

Yo sé bien lo que es estar encerrado en una jaula, sin poder escapar de tu destino. A pesar de la creencia popular, los animales no están hechos para estar encerrado. Nadie está hecho para permanecer en cautividad. Somos seres libres, deberíamos serles. Los animales no son tan distintos a las personas, los hay que soportan mejor el encierro y se acaban resignando a que su vida sea una prisión, como hice yo, y otros que jamás lo soportarían, los hay que incluso prefieren morir y se abandonan. 

Luego está el tema más escamoso de todos. El toro. No nos contentamos con cortarles la libertad, encerrarlos, maltratarlos, exponerlos a una tortura pública y perseguirlos con hordas de caballos cabalgados por bestias gritonas (AKA personas), no, encima, como colofón final, los matamos lenta y dolorosamente. Todo esto me lleva a cuestionarme muy seriamente si realmente las personas son los más evolucionados, ¿somos realmente superiores a los animales? Porque este fin de semana, rodeada de pequeño seres con ojitos tristes y un montón de becerros, y no hablo de animales, sino que es como mejor se puede denominar a grupos de hombres con más de una cerveza encima, yo no he visto una especie dominante, si no muchas especies dominadas. He visto a un Goliat que hace trampas para vencer al pequeño David. He visto lo bajo que podemos llegar a caer los seres humanos sintiéndonos orgullosos de nuestra propia estupidez. Pero, desde luego, no he visto una especie "superior".

He escuchado todo tipo de argumentos, a cual más descabellado e ilógico para argumentar el maltrato que las personas ejercemos sobre los animales. He escuchado muchas veces lo de que "han sido creados para eso", lo de que "en el fondo, ellos están mejor encerrados". Solo les daré la razón en una cosa y es que, sabéis que yo tengo caballos y perros, pues claro, no los tengo sueltos, están en sus cuadras y en sus espacios y no los soltaría al mundo libre. Pero no porque no quiera que sean libres, a mí me encantaría, aunque yo tuviera que prescindir de ellos, que pudieran vivir en grandes manadas y pastar con libertad por donde quisieran, porque así es como serían felices, estarían completos, esa es su naturaleza, desde luego, no han sido creados para ser maltratados, encerrados o utilizados. Pero no lo hago ¿y sabéis por qué? Por los hombres, por los humanos, porque en el momento en el que estuvieran libre alguien peor que yo los encerraría de nuevo.  Así que me adhiero a las reglas del juego porque no puedo cambiarlas e intento protegerlos. Pero el resto del mundo, el resto de animales a los que no puedo socorrer siguen presos de unos seres que se jactan de ser superiores pero que son mucho más animales que cualquier criatura que intenten dominar. 

Eso es lo que pienso. Y sí, los humanos somos muy inteligentes. Hemos logrado evolucionar y construir grandes cosas. Podemos fabricar armas capaces de devastar poblaciones enteras, podemos crear fuentes de energía que contaminan y polucionan aguas y cielos, podemos destruir y matar con un simple movimiento de dedo. Qué grandes portentos de la Evolución (¬.¬') No sé vosotros, pero yo cada vez estoy menos orgullosa de pertenecer a esta especie a la que llamamos humana pero que me parece la más inhumana existente. 

Quizás mis comentarios no tendrían un tono tan mordaz si mi padre, además de a presenciar todo este encierro y maltrato animal, no me hubiera hecho pasar el día asándome de calor, sin poder escribir ni apenas leer con sus amigos y los hijos de sus amigos. No soy el ser más sociable que existe, lo admito, aún así lo he intentado, pero no tenía nada en común con ellos ni he podido mantener una sola conversación entera. Lo peor es la forma de mi padre de enfadarse y casi "exigirme" que me lo pase bien. Puede obligarme a ir (lo ha hecho), puede obligarme a sonreír, a fingir, a ser hipócrita y a llenar el silencio con palabras vacías, pero no puede obligarme a sentir algo que no siento y era incapaz de sentir alegría o diversión en aquella situación. Para mi más amarga desesperación, ha invitado a esos amigos otra vez al fin de semana que viene, encima el fin de semana que yo quería haber invitado a mis amigas porque habría sido el cumpleaños de Ada y son las fiestas de por aquí así que por las noches ponen música y eso. Estoy harta, hartísima, muy harta, de los hombres y su manía de dominarlo todo. ¿Cómo algo tan pequeño como el cromosoma Y puede crear un ego tan grande en los cerebros masculinos? Aún no consigo explicármelo. 

Por cierto, una galleta de premio para perritos buenos para el chico que me diga en qué puñetero año vivimos. Chicas y chicos, sorpresa, estamos en el 2014, vivimos en el siglo XXI y todavía me sorprendo encontrándome en roles tan machistas y misóginos como los de hoy. Me explico. No era bastante con toda la testosterona que rebosaba a caudales en el encierro animal, encima las componentes femeninas de los amigos de mi padre y otra acoplada eran... A ver, no eran malas personas, eran majas y todo eso, pero han venido al campo, a campos con espinos, aliagas y todo tipo de arbustos punzantes, con arenas y animales a galope... ¡con sandalias y tacones! O.O han venido con pantalones blancos y cortos de los que dejan medio cachete de culo fuera. Señoras, somos personas, no floreros. Observando a las parejas de estos amigos de mis padres lo único que podía ver era un hombre que lo sabía todo, que lo hacía todo, que se encargaba de todo, sin miedo para acercarse al toro y que sacaba plumas cual pollo en época de apareamiento; mientras la mujer se dedicaba a estar guapa y a reírle las gracias. Y, es verdad, estaban guapas, mucho más que yo con mis deportivas y un chandal cómodo y fresquito. Pero me niego en retundo a pasar calor, incomodidad y dolor de pies por cumplir un rol que se me impone desde una sociedad machista y ególatra, creada y conducida por hombres. Es como la depilación y mi padre. Él tiene más pelo que un oso y le parece perfecto, no tiene intención ninguna de depilarse y yo lo respeto porque es su cuerpo. Eso sí, en cuanto una de nosotras, mi madre o yo, comenzamos a tener cierto vello corporal tiene que convertirlo en tema de estado y decirlo para hacernos sentir mal, feas, desarregladas... ¿No os parece injusto? Porque a mí me cabrea muchísimo esa hipocresía masculina. Muchos hombres se depilan, pero no es algo impuesto, lo hace quién quiere y nadie dice nada. Ahora, sé una mujer y no te depiles, las críticas están aseguradas. ¿Por qué ellos sí y nosotras no? ¿Por qué ellos tienen más poder de decisión sobre su cuerpo? Porque os recuerdo que el decidir es ejercer la libertad, ¿así que por qué ellos son más libres que nosotras? No quiero, no me apetece y no lo pienso hacer así me quede solterona para toda mi vida, que puede ser, pero no voy a transformarme para estar siempre "bonita" porque soy una especie de florero. 

Ser una mujer no debería limitarnos, al contrario, debería abrirnos muchas puertas. Porque somos bonitas, por supuesto, pero somos mucho más. Somos inteligentes, capaces, responsables, decididas, dulces, divertidas... No somos floreros, no somos decoraciones, somos personas completas, con nuestros fallos, claro, como todo el mundo, y con nuestros aciertos. 

Así que, por favor, os lo suplico, hacedme un poco de caso. Comencemos a recuperar ese acto tan bonito, esa palabra que ya casi parece una utopía y que es "solidaridad". Y no hablo de solidaridad femenina o masculina, no hablo de bandos ni de sexos. Hablo de solidaridad como personas, de no exigir a un semejante algo que no te exiges a ti mismo, de tener en cuenta los sentimientos de los demás. Y, cómo no, un poco de solidaridad con los animales. Porque ellos no tienen voz, ni armas, ni espadas, ni tanques, ni aviones... ellos solo tienen la libertad que nosotros les arrebatamos, el cariño y la amistad que nos entregan a pesar de todo lo que les hacemos y la vida que ponen en nuestras manos. 

viernes, 25 de julio de 2014

El País de las Maravillas 4

Queridos lectores, 

Es curioso cómo pasa el tiempo. Estamos ya terminando julio, el primer mes de vacaciones, a solo un mes de volver a la triste realidad. Digo triste porque hay que estudiar, aunque tampoco es que mis días ahora rebosen alegría, pero por lo menos no tengo la amenaza constante de los exámenes. Ha pasado un año, incluso más, del último verano y parece que haya pasado una eternidad desde entonces y, al mismo tiempo, parece que no haya pasado el tiempo, como si entre esos dos periodos de tiempo, entre verano y verano, no hubiera pasado nada, no hubiera existido nada. Porque puedo recordar perfectamente momentos del verano pasado, cómo hacía puzzle, las películas que vi, los bordados... como si hubiera sido este mismo verano el que lo hubiera hecho, mientras que me cuesta auténtico esfuerzo y necesito concentrarme para recordar algún momento de este año de universidad. Casi parece que mi mente hubiera borrado todos los recuerdos de un año de clases como si fuera algún suceso traumático en mi  vida. 

Así que es extraño como pasa el tiempo y, hablando de cosas raras, os dejo otro capi de mi relato :)

El País de las Maravillas

CAPÍTULO 4

La hora de la batalla final había llegado. El Conejo Blanco, Roger, me guiaba a través de los más extraños bosques que había visto nunca. Desde luego, no tenían nada que ver con los árboles de su país natal. Allí, todo parecía tener vida propia, los troncos parecían retorcerse de dolor, los crujidos de las ramas asemejaban más a llantos a medida que se acercaban a la guarida del Galimatazo.
—Vaya, vaya, quién tenemos aquí. Una pequeña niña valiente.

Una enorme sonrisa precedió a unos ojos felinos y poco a poco se fue dibujando la figura de un gato enorme rosa con rayas moradas.
—¿Quién eres tú? —Pregunté. Pues creía conocer ya a todos los seres de aquel país.
—Mi nombre es Cheesire, el tuyo es Gwen.
—Así es.
—Y vas a derrotar al Galimatazo.
—Voy a intentarlo, al menos.
—Lo conseguirás, el bien siempre gana.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Lo vi con mis propios ojos de gato —Su cabez giró 180º—Yo tampoco soy de este mundo, vengo de otra tierra lejana. Un mundo de príncipes y princesas. Allí era un gato normal y corriente, no podía hablar ni era libre, pero vivía bien. Siempre había grandes y suculentos ratones esperándome—Se desperezó mientras hablaba—Mi ama era una mujer con dos hijas y una hijastra de su segundo marido. A la hijastra la llamaban Cenicienta, porque siempre iba sucia y harapienta, le gustaba jugar con los ratones, ¿quién juega con la comida? Era una niña consentida y malcriada, pero muy bonita. Las hijas de mi dueña, aunque eran perfectas señoritas, no brillaban por su belleza. Como era de esperar, el príncipe escogió a Cenicienta como su esposa y mis dueñas fueron desterradas. Sé que se dejaron consumir por la envidia, el hambre nos ganaba la partida y yo escapé. Perseguí a un conejo blanco hasta caer en este mundo y descubrir que podía hablar. Llevo siglos observando la magia de este lugar, aquí todo es distinto, incluyendo el tiempo. Sé todo lo que hay que saber.
—Entonces, ¿sabes si existe una forma de devolver al Galimatazo a su antiguo ser sin necesidad de matarlo?
—Mmm… hay un hechizo muy poderoso y oscuro, permite restaurar todo aquello que ha sido perdido. Pero tiene un alto precio. No podrías pagarlo. Créeme, Gwen, encontrarás la manera de lograr lo que te propones.

Cheesire desapareció al instante frente a mis ojos. Sus palabras volverían a resonar en mí años después, aunque entonces creí olvidarlas casi al instante cuando me concentré en mi lucha contra el Galimatazo.

Conejo volvió a guiarme como si nada hubiera pasado, como si aquel extraño gato nunca hubiera aparecido. Pronto noté que el aire se hacía más gélido, el cuerpo comenzaba a pesarme y cada movimiento me costaba horrores. La luz había abandonado aquel lugar. Todo era amenazador, frío y lúgubre. Era la guarida del Galimatazo.
—Hola… ¿hola?
Quizás no fueran las palabras más inteligentes, pero fueron las únicas que acudieron a mi boca.

Un temblor en el suelo anunció la llegada de la bestia. Esperé, conteniendo el aliento, hasta que apareció ante mí un enorme monstruo, alzó la cabeza como si quisiera mostrarme toda su altura. Me sentí más pequeña que nunca al compararme con aquel gigante. Su cuerpo estaba rodeado de escamas impenetrables, sus zarpas terminaban en garras afiladas y su boca dejaba traspasar un fétido aliento a través de los afilados dientes. Aquello era imposible, cómo se suponía que iba a vencer a aquella bestia enorme.
—Art… Arturo, mi nombre es Gwen. No quiero hacerte daño, por favor, sé que en otra vida fuiste un hombre, un buen hombre. Abandona tu ambición y deja que el País de las Maravillas viva en paz.
Traté que mi voz no transluciera el miedo, pero no lo logré al juzgar por la risotada que dejó escapar el monstruo justo antes de lanzarse a por mí. ¿Y qué podía hacer? Pues salté, corrí, traté de escapar. De repente, me vi a mí misma huyendo a través de un desconocido bosque, perseguida por un monstruo gigante que hacía vibrar el suelo bajo mis pies, y me transporté a la noche en la que huí de mi casa, la noche en la que huía por los bosques, pero no de un monstruo material, sino de mi propio padre. Mi madre me había salvado aquella noche, pero ya no había más estrellas en el cielo, nadie podría salvarme. Solo yo misma. Solo yo podía salvarme. Recordé a mi madre y sus palabras, todo era posible si tenías fe en ello. ¿Yo tenía fe? Pues creer que eres capaz de derrotar a un monstruo enorme que en otra vida fue un guerrero siendo tan solo una niña, era difícil. Pero tenía fe en ella y en todos los que estaban seguros de que yo podría derrotarlo. Detuve mi huida al salir del bosque. En apenas unos segundos, el monstruo estaba ante mí.
—Arturo, te lo digo por última vez. Márchate del País de las Maravillas.
—¿Qué me harás si no lo hago?
Era la primera vez que escuchaba su voz, una ronca, oscura y profunda voz inhumana.
—Tendré que echarte yo misma.
—¿Y cómo planeas hacerlo?
Estaba claro que Arturo o lo que quedaba de él se estaba divirtiendo, no me consideraba una verdadera amenaza y no podía culparlo, yo tampoco me consideraría un peligro para nadie. Aferré con fuerza el Corazón de la Estrella que descansaba en mi bolsillo y lo saqué. La pequeña piedra brillaba, pero no parecía pasar nada más, su brillo ni siquiera era tan intenso como el de otras veces. Vaya, pensaba realmente que el Corazón de la Estrella haría todo el trabajo. Cómo se suponía que funcionaba, no tenía ni idea. Traté de concentrarme, de reunir fuerzas sacadas del odio que todos los habitantes del País de las Maravillas le tenían al Galimatazo, traté de enfadarme por todo el daño que había hecho, pero era incapaz. Si mi madre estuviera allí, al menos. Entonces pasó, la piedra brilló más, con el pensamiento de mi madre y vi que lo había estado haciendo mal. Porque mi magia no residía en el odio, algo que mi corazón era incapaz de sentir, mi magia residía en el amor. Así que pensé en mi madre, pensé en todos los momentos que vivimos juntas, en todas y cada una de las criaturas extraordinarias de aquel País de las Maravillas. Y la luz creció y creció hasta casi cegarme.
—¿Qué estás haciendo?

La bestia se enfureció y trató de alcanzarme, pero algo se lo impedía, la luz se lo impedía. Una calidez que no había sentido nunca antes me invadió por completo y, por primera vez, creí realmente que podía lograr cualquier cosa, que todo era posible, solo necesitaba creer en ello y en mí misma. Así que deseé, no que el Galimatazo muriera, era incapaz de desearle un destino tan funesto a quien había sufrido tanto, simplemente deseé que se marchara de aquel lugar y no volviera nunca más.

Un campo de luz arrastró al Galimatazo, alzándolo en el aire hasta que se perdió en algún punto del cielo fuera de mi vista. Mi último pensamiento fue para él, para Arturo, al sentir la pena que sintió con la traición de su amada, un sentimiento de calidez que selló el hechizo.

Todos los habitantes del País de las Maravillas salieron a mi encuentro y me miraron sorprendidos. No entendí que les ocurría hasta que pude ver mi reflejo en alguna parte. Usar la magia blanca me había cambiado, de alguna manera, mi cabello se había vuelto más rubio, del color del sol, mi piel parecía más blanca, casi cristalina, y mis ropas habían dado paso a un vestido blanco.
—¿Qué le habéis hecho al Galimatazo? —Preguntó el Conejo.
—Lo he desterrado. Mientras el Corazón de la Estrella esté aquí, no podrá volver a molestarnos.
Y no sabía cómo había llegado a mi mente aquella información, pero estaba segura de que era así. En aquel momento, alguien entre la multitud gritó: “¡Larga vida a la Reina!” La gente lo aclamó, repitiéndolo mil veces, hasta que la Oruga Azul se abrió paso entre la multitud. Todos callaron. Y, tras mirarme lo que me pareció una eternidad, gritó:
—¡Larga vida a la Reina Blanca!

Y así fue como me convertí en la Reina Blanca del País de las Maravillas. 

jueves, 24 de julio de 2014

Sueños rotos. Esperanzas truncadas

Queridos lectores, 

A pesar del empujón de ideas que me dio Ada durante el viaje a la boda de Sadee, lo cierto es que llevo un par de días sin concentrarme en escribir. Porque el lunes, al volver de la boda, había quedado con Ellen para repasar las últimas cosas del libro con ella y mandarlo ya a las editoriales, pero en el último momento me dijo que no podía quedar porque estaba muy liada esta semana. Me desanimé mucho, no os voy a mentir. Solo lo notó Ada porque fue la que estaba en la habitación conmigo, pero mi humor cambió de golpe y me quedé más taciturna y callada de lo que es normal para mí. Disgusto que acabó desembocando en un terrible dolor de cabeza. 

Lo dejé pasar, pensé que lo dejaría pasar, hasta que hoy mi padre me ha dicho que qué pasaba con el libro, que Ellen había hecho que me montara en mi cabeza el cuento de la lechera. Todo porque este año, con todas las prácticas clínicas, he acabado harta de la medicina y he cometido la osadía de decir en voz alta que no me gustaba la carrera. Eso les ha debido sentar fatal a mis padres, que si antes veían mal que escribiera, ahora lo ven como un completo anticristo porque la posibilidad de cumplir mi sueño está haciendo que despierte del sueño profundo en el que siempre he estado dejándome guiar como una sonámbula por la vida. ¿Pero qué podía decirle a mi padre? Si tenía razón, si es cierto que Ellen hace mucho que no me dice nada del libro, si cada día que pasa tengo más claro que todas las esperanzas e ilusiones que he depositado son vanos espejismos. Pues lo único que he podido decirles es la verdad: que sé que todos mis sueños son una tontería, que lo más probable es que nunca me publiquen y, en todo caso, tampoco importaría si me publican o no porque no tendría demasiado éxito y no tendría la posibilidad de dejar la medicina para dedicarme de lleno a escribir. Pero que solo pensarlo, solo imaginarlo, esos minutos que paso despierta soñando que me publican el libro, que se vende, tiene éxito y me convierto en una gran escritora, son los únicos momentos que arrojan algo de felicidad a mi vida, que son los únicos instantes dentro del océano de apuntes y tedio que es mi vida en los que realmente siento y siento algo bueno, felicidad, alegría, dicha y no solo aburrimiento y desasosiego. Esos minutos que paso soñando despierta son los que me dan fuerzas para afrontar el resto de horas del día, son los que me animan a pensar que hay algo más que libros y apuntes. Esos son mis momentos. 

Sueño, sueño despierta, dormida... y ojalá la vida fuera un sueño porque entonces no tendría que despertar ni abandonar mis fantasías. Yo nunca he sido una persona feliz, si lo he sido alguna vez, mi vida, el destino o quien sea, se ha encargado de apagar esa felicidad para que no quedaran rastros de su existencia. Recuerdo que en el instituto, con no más de trece años tuve escribir una redacción sobre qué era la felicidad, qué creía yo que era la felicidad. Recuerdo que dije claramente que, para mí, la felicidad no existía, era una falacia, una farsa, un invento de la mente para soportar los malos momentos; que lo más parecido que podríamos tener a la felicidad eran algunos momentos de alegría que debíamos atesorar porque serían pocos. Pero que eso de "felices para siempre" solo existía en los libros. Y, aunque ahora mi visión del mundo no es tan pesimista, sigo sin creer que yo pueda ser feliz. Quizás el resto del mundo sí, pero yo no me veo feliz, creo que soy del tipo "corazón roto" y, por más que lo intento, cada vez que encuentro algo o a alguien que me hace feliz el resultado es que fracaso, lo pierdo o me abandona. 

En estos términos me ha dejado mi padre con tan solo una pregunta en la que no ha hecho más que exponer la realidad. Porque me ha dicho que si Ellen pensara que mis libros eran tan buenos, como ella había dicho alguna vez, se daría más prisa porque perder el tiempo era perder dinero. Así que no sé qué hacer. No tengo fuerzas, no me apetece enfrentarme al mundo para salir derrotada, no me quedarán energías para volver a levantarme, peor todavía, no me quedarán motivos para levantarme si fracaso en escribir. Pero yo quiero escribir, lo necesito, aunque no sea buena, aunque no me publiquen. Solo necesito una señal para saber qué hacer. 

***

Y ahora es cuando yo os digo que ya comprendo por qué no puedo ser feliz. No he tenido un ataque de inspiración momentánea, casi divina, si no que, estando escribiendo me han llamado para cenar y he dejado la entrada a mitad. Mientras cenaba, mis padres han puesto las noticias para ignorar sistemáticamente lo que pasa en el mundo sin sentise tan culpables por ello, como hace todo adulto que se precie. Pero, al contrario que ellos, yo he sido incapaz de simpemente ignorarlas. No he podido contemplar todas las masacres que están teniendo lugar en la Fraja de Gaza, no he podido ver la sangre en pupitres de un colegio, no he podido ver a padres llevando los cuerpos sin vida de sus hijos... sin sentir deseos de vomitar toda la cena y decirme ¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿qué está haciendo el puñetero mundo con su vida? Cómo puede ser que estemos en el 2014 y sigan pasando cosas así... No, esa no es la pregunta, porque mientras haya vida en el mundo, me temo, habrá maldad, ambición, violencia. La verdadera pregunta es qué estamos haciendo el resto de habitantes de este planeta para permitir que eso esté sucediendo. Cómo podemos limitarnos a ver las noticias, dar un par de euros a alguna organización benéfica y pensar que lo que está pasando en cualquier lugar perdido del mundo no va con nosotros. 

Lo peor es que yo también lo hago. Veo las noticias, me horrorizo, siento deseos de vomitar y dejo de comer. Pero sigo ahí, viendo la tele, escuchando las conversaciones triviales del resto de mi familia. Y hay una frase que no deja de dar vueltas por mi cabeza en momentos como este. Una frase que escuché en una película, creo que se llamaba "Hotel Uganda" e iba sobre la matanza que había tenido lugar en aquel mismo país. El protagonista le decía a un periodista que si podía grabar lo que estaba pasando, si la gente lo veía, entonces todos se unirían para detenerlo. Pero el policía le dijo algo que se quedó grabado en mi mente, y es que las personas que vieran las noticias los mirarían por unos segundos, dirían algo como "pobrecitos" y luego seguirían comiendo. 

¿Cómo podemos seguir comiendo? ¿Cómo podemos darnos la vuelta e ignorar una realidad tan espantosamente abrumadora? ¿Es que la vida ya no vale nada? ¿Es que olvidamos la humanidad en algún punto inexacto de la evolución? No me hago demasiadas ilusiones a estas alturas con las personas, empiezo a creer eso de que "el hombre es un lobo para el hombre", sé que hay mucho mal en el mundo, mucha estupidez, demasiados gobernantes que se sienten tocados por una divinidad de dudoso origen y capaces de cualquier atrocidad para continuar con su reinado del terror. Sé que la ambición por el poder, dinero, dominación existe, se arraiga y ha crecido en el interior de las personas. Sé que han roto nuestros sueños y se han truncado nuestras experiencias, que hemos aprendido a base de golpes que no podemos cambiar el mundo. Creedme, lo sé, yo también lo he vivido, también lo he aprendido. Pero aún así no puedo, no quiero, cerrar los ojos a la realidad y dejar que la gente muera mientras yo ceno como si no fueran personas como yo, como si no fueran hijas, hermanas, amigas, como yo lo soy. ¿Qué podemos hacer? ¿La verdad? No tengo ni idea. No lo sé y probablemente no sea la persona más adecuada para dar este tipo de discurso porque no sabría por dónde empezar a arreglar el mundo. Si pudiera hacer algo, si con mis palabras pudiera solucionar algo, convencer a alguien... sé que no será así. Que si ni siquiera mis padres  ven un talento que probablemente no exista en mi manera de escribir es tirando a imposible que escribiendo en mi pequeo blog consiga cambiar algo. Pero es mi voz, es lo que tengo, es ese centímetro de mí que no sucumbirá al miedo, a la represión ni a las obligación.Ese pequeño centímetro que sobrevivirá y quedará y cuando todo se derrumbe, dejará la marca de su presencia. 

Así que ya veis, solo tengo preguntas y ninguna respuesta. Pero, ya puestos, mi última pregunta sería: si fuera al revés, si fuerais vosotros los que aparecéis en televisión, ¿os gustaría que las personas que os están viendo se limitaran a cambiar de canal y seguir con sus cenas?