No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

martes, 22 de julio de 2014

El País de las Maravillas 1

Queridos lectores,

Llega la hora de mi último relato. Bueno, último de esta línea de cuentos Disneys remasterizados que he estado haciendo. Aunque lo de último puede ser engañoso porque si me aburro puedo hacer secuelas, de secuelas. Pero este es el último en sentido de importancia. Digamos que todos los cuentos estaban conectados y este es el origen de todo lo que pasa en ellos.

Qué calor que hace últimamente verdad. Bueno, me he puesto algo tarde y no me da tiempo a haceros un resumen de mi día, que ha consistido básicamente en leer y escribir (ah, pues sí me daba tiempo) :P jaja Bueno, espero que os guste a los que habéis perdido el tiempo leyéndolos. Gracias :)

El País de las Maravillas

CAPÍTULO 1

Dicen que todo es posible en el País de las Maravillas y espero, sinceramente, que así sea. Sé que he hecho muchas cosas digamos… malvadas estos últimos años. He movido a personas reales como a peones para conseguir mis propósitos, he oscurecido corazones y los he usado para mi propio beneficio. No me enorgullezco de todos mis actos, pero tampoco me arrepiento porque cada corazón que procuré romper para poder obtener era necesario y lo haría de nuevo, funcione o no el hechizo, para el que los necesitaba.

A medida que la hora de la verdad se aproxima y se abalanza sobre mí, el miedo y las dudas se hacen más intensos. Ha llegado el momento de saber si todo el mal que he sembrado por el mundo ha servido para algo. Pero si no funciona, si no lo logro… no creo que pueda seguir con esta carga. Así que mientras el tiempo pasa y el momento llega, dejaré mi legado por escrito. Podéis tomarlo como una confesión completa o una leyenda, como gustéis. Para mí, es la historia de la Reina Roja y de cómo llegó a ser quien es.

Mi vida, como la mayoría de las personas que pasan por este mundo o cualquier otro, no comenzó siendo malvada. Al contrario, de hecho, me crié rodeada de bondad y belleza en un pequeño poblado celta que luchaba contra la dominación extranjera. Mis padres eran los druidas de la tribu, así que siempre estuve rodeada por la magia y el misticismo. Han pasado muchos años, tantos que prefiero no contarlos, pero sigo recordando a mi madre como si todavía pudiera verla frente a mí. Era la mujer más hermosa del poblado, la más hermosa que yo haya visto jamás. Recuerdo que, cada noche, siendo yo una niña, nos sentábamos junto al fuego y me hablaba de las estrellas, me encantaban las estrellas, siempre brillantes y vigilantes.
—Las estrellas son nuestros antepasados, Gwen—me decía mientras me abrazaba para que no me alcanzara el fuego de la noche— de un modo u otro, todos nacemos del polvo de las estrellas y, al morir, volvemos al cielo, nos convertimos en una más y desde allí podemos vigilar a nuestros seres queridos.
—Pero, mamaidh, yo no quiero que seas una estrella, yo quiero que te quedes aquí conmigo— decía yo.
—Y lo haré, mi pequeña, pero algún día, cuando mi tiempo toque a su fin, dentro de mucho, y me marche de este mundo, subiré al cielo y desde allí velaré por ti. Si estás perdida o asustada, solo tendrás que pedirle un deseo a una estrella y yo cuidaré de ti.
—Pero mamaidh, las estrellas no me pueden escuchar, están muy lejos— y gesticulaba abriendo mis manos todo lo que podía para señalar la lejanía.
—Mi querida Gwen, si tienes fe todo es posible.

Y yo la creí. Todo era posible si tenía fe, cualquier cosa, cualquier cosa es posible, lo sé… o lo sabía. Mi madre solo mintió en una cosa, no faltaba demasiado para que su tiempo en ese mundo se agotase. Fue una emboscada de una tribu enemiga. No recuerdo cuantos años tenía, el tiempo pasaba de manera diferente en aquella época, en aquel mundo, aunque creo que no tendría más de lo que ahora me parecen unos diez años. Unos cuantos hombres se apresuraron el sacar a todos los niños de los chacras antes de que los enemigos les prendieran fuego. Me conducían entre ellos, pero yo no podía marcharme sin mis padres, no pensaba que nada pudiera pasarme, ni a mí ni a ellos, simplemente tenía fe en ello y todo podía ser posible. Pensé que quizás podrían necesitarme para que les llevara alguna hierba que usaban para sus invocaciones o las piedras de las runas. Me escabullí del grupo de niños que huían y volví corriendo al campamento. Lo que vi quedo grabado a fuego en mi mente. Justo cuando me acercaba corriendo, un hombre vestido con unas extrañas ropas de metal le clavó una espada a mi madre en el vientre. La vi gritar, tambalearse y caer sobre sus rodillas. Apenas escuché los gritos de mi padre porque toda mi existencia en aquel minuto se concentró en la mirada de mi madre. Creo que antes de morir me miró a mí, sonrió y después llevó su mirada al cielo para recordarme que sería por siempre una estrella del firmamento. Después la vida la abandonó y ya no estoy segura de si esto fue real o la invención de una niña desesperada, pero al exhalar su último aliento, levanté los ojos hacia el cielo y juraría que vi brillar una nueva estrella.

Me quedé allí, de pie, inmóvil, paralizada, noté el agarre de un brazo que me tiraba, que me llevaba de vuelta con los niños, pero apenas sentía nada. Es raro, en cierto modo, porque no llegué a sentir rabia ni odio contra aquellos hombres que habían matado a mi madre, no podía, no creía que odiarlos fuera a arreglar nada y necesitaba toda la energía que el odio requería en superar el dolor y la tristeza y seguir caminando hasta que estuvimos a salvo.

Los días pasaron y lo que restaba de mi poblado pudo establecerse en un nuevo lugar, cerca de un río. Recuerdo las aguas heladas y cristalinas del arroyo, siempre corriendo, siempre fluyendo, rodeadas de espesa vegetación, y las mariposas, recuerdo a las mariposas que alzaban el vuelo cuando yo invadía sus casas en las hierbas. Me gustaba tumbarme sobre la húmeda hierba e imaginar que las mariposas que volaban sobre mi cabeza eran pequeñas princesitas haladas que cumplían deseos. También hablaba mucho con mi madre, cada noche, al salir las estrellas y le contaba todo lo que había hecho, lo que había aprendido y, sobre todo, le contaba lo que le estaba pasando a mi padre. Pues desde que ella murió, se estaba volviendo oscuro. Entonces no podía comprenderlo. La pena lo volvió loco, lo sumió en la desesperación. Yo era apenas una niña y sentía la muerte de mi madre, solo que, de alguna manera, la seguía sintiendo junto a mí con cada noche estrellada, siempre sentía su manto protector sobre mí. Mi padre no lo veía así. Él no pensaba en que le quedaba una hija o el recuerdo de su esposa, solo el vacío que su muerte le había dejado. Aquello le consumió.

Se entregó a las artes oscuras, a los espíritus del mal, a cambio del poder para vengar la muerte de mi madre. La verdad es que mi padre me decepcionó mucho, me entristeció que no se parara a mirarme ni un solo segundo, que nunca importara como estaba yo, ni siquiera importaba si existía, porque estaba tan ahogado en su propio dolor que no veía el de su hija. Porque aquella noche en la que un centurión romano mató a mi madre, no la perdía a ella que seguía velando por mí desde las estrellas, no, perdí a mi padre. Y quise odiarlo, quise odiarlo con todas mis fuerzas porque yo también sufría, porque había perdido a mi mamaidh y lo había perdido a él. Necesitaba que me abrazara, que me consolara, que me dijera que todo era posible si tenía fe, si creía en ello. Pero no lo hizo, se olvidó de mí y se entregó a la oscuridad, ni yo pude odiarlo porque por mucho que rompiera el corazón, entendía su pesar y no podía enfadarme con él.

Mi padre consiguió más poder, fue cierto, pero ni siquiera los grandes espíritus de las tierras celtas podrían darle la fuerza para vencer a todo un ejército romano. Su venganza no era contra un hombre, sino contra una nación. Por poderoso que fuera, seguía siendo un niño que lanzaba piedras al océano con la esperanza de dar a algún pez.

Una noche mi padre me dijo que necesitaba mi ayuda para una importante empresa, para un nuevo hechizo o conjuración que podría acabar con las huestes romanas.
—Claro, lo que quieras. —Era mi padre y confiaba en él.
—Gwen, necesito tu corazón.
—¡¿Qué?!
—Los espíritus me lo han dicho, cariño, tu corazón es especial. Lo necesito. Para vengar a mamaidh, es lo más importante ¿verdad?

Fue en aquel instante cuando me di cuenta de que lo había perdido para siempre, se había perdido en la oscuridad. No supe ni sé si enloqueció por el dolor o por la maldad que lo había invadido, pero yo le temía realmente porque cuando miré a sus ojos no vi nada de mi padre en él, no quedaba humanidad. Así que, me deshice de él y corrí tan rápido como pudo. Por supuesto, él no me iba a dejar escapar tan rápidamente. Me siguió por el bosque. Yo era más rápida y conocía mejor los rincones de aquellos árboles, ellos me contaban sus secretos y me decían por donde huir. Estaba desesperada, aterrada, aterida de frío, corría sin quejarme de los rasguños que las ramas hacían en mi piel ni de los cortes de las piedras en mis pies. Simplemente huía.

Mas mi padre no se daba por vencido. La venganza era lo único que le importaba. Lo único que le quedaba. Y yo estaba tan cansada. Solo era una niña huyendo por el bosque, descalza, con apenas ropa, de noche y era inútil, lo sabía, porque él era un druida oscuro y jamás podría escapar de él. Tropecé con una rama que sobresalía del suelo y caí. No encontré las fuerzas para levantarme. Me di la vuelta para poder mirar al cielo, a una estrella, la más brillante de todas, la estrella azul, la segunda a la derecha.
—Mamaidh —susurré —ayúdame, por favor.
Una lágrima silenciosa recorrió mi rostro y me preparé para lo que llegara, probablemente, mi muerte. Mas, mi estrella comenzó a brillar, más y más fuerte cada vez, hasta que su luz me cegó y, en el tiempo que tardaron mis ojos a acostumbrarse a la luz, mi madre apareció ante mí.
—Mi pequeña Gwen, lo siento tanto. —Estaba más guapa que nunca, con un traje azul y el pelo recogido con una tiara, parecía un hada azul. 
—Mamaidh, llévame contigo, sálvame.
—No puedo hacer eso cariño. Pero puedo darte algo para escapar de aquí.
—Es imposible. No puedo correr más, y aunque llegara más lejos solo encontraría acantilados y océano. Padre tiene magia oscura, no puedo huir de él.
—No en este mundo, pero puedes encontrar otro. Uno en el que todo sea posible y encuentres la felicidad. ¿Tienes fe?
—Sí, mamaidh.
—Entonces todo es posible, cariño. Voy a hacerte un último regalo, Gwen. Tu padre, aunque haya enloquecido, tiene razón. Tu corazón es especial, es el corazón benevolente.
—¿Benevolente?
—El que todo lo sabe perdonar. Dime, Gwen ¿Cuándo fue la última vez que te enfadaste realmente, que odiaste algo o a alguien?
—Yo… nunca, nunca he sentido el odio, ni siquiera cuando vi como te mataban. Soy incapaz.
—Porque tu corazón es demasiado luminoso, mi vida, por eso en él puede anidar la magia blanca.
—¿Magia blanca? Mamaidh yo no soy druida, soy demasiado pequeña.
—No importa cariño. No es una cuestión de magia, sino de corazones. La magia blanca vive en los corazones benevolentes, mientras que la magia oscura se alimenta de los corazones rotos… como el de tu padre. Si yo te doy la magia, podrás escapar de aquí. ¿Confías en mí?
—Sí, siempre.

No sabía a qué se refería mi madre, al menos, no entonces. Confiaba en ella, igualmente, y había poco por perder. Mi madre se concentró en la palma de su mano y allí apareció una piedra luminosa.
—Esto es el corazón de una estrella, mi pequeña Gwen, mientras lo tengas podrás enfrentarte a cualquier mal. Solo tómalo entre tus manos y cree, ten fe, es lo único que tienes que hacer. La magia formará parte de ti al instante y abrazará tu corazón benevolente.
—¿Y luego qué? ¿Mamaidh?
Pero ya se había ido, justo tras dejar aquella piedra sobre mis manos. ¿Qué se suponía que debía hacer con una piedra? No tenía ni idea. La tomé con firmeza entre mis manos, poniendo toda mi fe en aquella roca. Escuché los pasos de mi padre cada vez más cerca de mi escondite. Me seguían doliendo demasiado los pies por los cortes como para continuar. Pensé que con algo de agua fría podría seguir corriendo hasta que averiguara cómo funcionaba la piedra brillante. Me acerqué al arroyo y vi mi reflejo sobre la superficie iluminada por la luna.
—Solo quiero huir de aquí, a algún sitio donde todo sea posible. —Susurré.

Sin darme cuenta, caí al agua, pero en vez de sentir el frío o la humedad, sentí que aterrizaba en un firme suelo. Miré a mi alrededor sin comprender lo que había pasado. Mas, el corazón de estrella debía de haber funcionado porque aquel lugar no era mi poblado celta ni ningún otro que hubiera visto, era un mundo nuevo donde todo era posible. Era el País de las Maravillas. 

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