No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

viernes, 25 de julio de 2014

El País de las Maravillas 4

Queridos lectores, 

Es curioso cómo pasa el tiempo. Estamos ya terminando julio, el primer mes de vacaciones, a solo un mes de volver a la triste realidad. Digo triste porque hay que estudiar, aunque tampoco es que mis días ahora rebosen alegría, pero por lo menos no tengo la amenaza constante de los exámenes. Ha pasado un año, incluso más, del último verano y parece que haya pasado una eternidad desde entonces y, al mismo tiempo, parece que no haya pasado el tiempo, como si entre esos dos periodos de tiempo, entre verano y verano, no hubiera pasado nada, no hubiera existido nada. Porque puedo recordar perfectamente momentos del verano pasado, cómo hacía puzzle, las películas que vi, los bordados... como si hubiera sido este mismo verano el que lo hubiera hecho, mientras que me cuesta auténtico esfuerzo y necesito concentrarme para recordar algún momento de este año de universidad. Casi parece que mi mente hubiera borrado todos los recuerdos de un año de clases como si fuera algún suceso traumático en mi  vida. 

Así que es extraño como pasa el tiempo y, hablando de cosas raras, os dejo otro capi de mi relato :)

El País de las Maravillas

CAPÍTULO 4

La hora de la batalla final había llegado. El Conejo Blanco, Roger, me guiaba a través de los más extraños bosques que había visto nunca. Desde luego, no tenían nada que ver con los árboles de su país natal. Allí, todo parecía tener vida propia, los troncos parecían retorcerse de dolor, los crujidos de las ramas asemejaban más a llantos a medida que se acercaban a la guarida del Galimatazo.
—Vaya, vaya, quién tenemos aquí. Una pequeña niña valiente.

Una enorme sonrisa precedió a unos ojos felinos y poco a poco se fue dibujando la figura de un gato enorme rosa con rayas moradas.
—¿Quién eres tú? —Pregunté. Pues creía conocer ya a todos los seres de aquel país.
—Mi nombre es Cheesire, el tuyo es Gwen.
—Así es.
—Y vas a derrotar al Galimatazo.
—Voy a intentarlo, al menos.
—Lo conseguirás, el bien siempre gana.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Lo vi con mis propios ojos de gato —Su cabez giró 180º—Yo tampoco soy de este mundo, vengo de otra tierra lejana. Un mundo de príncipes y princesas. Allí era un gato normal y corriente, no podía hablar ni era libre, pero vivía bien. Siempre había grandes y suculentos ratones esperándome—Se desperezó mientras hablaba—Mi ama era una mujer con dos hijas y una hijastra de su segundo marido. A la hijastra la llamaban Cenicienta, porque siempre iba sucia y harapienta, le gustaba jugar con los ratones, ¿quién juega con la comida? Era una niña consentida y malcriada, pero muy bonita. Las hijas de mi dueña, aunque eran perfectas señoritas, no brillaban por su belleza. Como era de esperar, el príncipe escogió a Cenicienta como su esposa y mis dueñas fueron desterradas. Sé que se dejaron consumir por la envidia, el hambre nos ganaba la partida y yo escapé. Perseguí a un conejo blanco hasta caer en este mundo y descubrir que podía hablar. Llevo siglos observando la magia de este lugar, aquí todo es distinto, incluyendo el tiempo. Sé todo lo que hay que saber.
—Entonces, ¿sabes si existe una forma de devolver al Galimatazo a su antiguo ser sin necesidad de matarlo?
—Mmm… hay un hechizo muy poderoso y oscuro, permite restaurar todo aquello que ha sido perdido. Pero tiene un alto precio. No podrías pagarlo. Créeme, Gwen, encontrarás la manera de lograr lo que te propones.

Cheesire desapareció al instante frente a mis ojos. Sus palabras volverían a resonar en mí años después, aunque entonces creí olvidarlas casi al instante cuando me concentré en mi lucha contra el Galimatazo.

Conejo volvió a guiarme como si nada hubiera pasado, como si aquel extraño gato nunca hubiera aparecido. Pronto noté que el aire se hacía más gélido, el cuerpo comenzaba a pesarme y cada movimiento me costaba horrores. La luz había abandonado aquel lugar. Todo era amenazador, frío y lúgubre. Era la guarida del Galimatazo.
—Hola… ¿hola?
Quizás no fueran las palabras más inteligentes, pero fueron las únicas que acudieron a mi boca.

Un temblor en el suelo anunció la llegada de la bestia. Esperé, conteniendo el aliento, hasta que apareció ante mí un enorme monstruo, alzó la cabeza como si quisiera mostrarme toda su altura. Me sentí más pequeña que nunca al compararme con aquel gigante. Su cuerpo estaba rodeado de escamas impenetrables, sus zarpas terminaban en garras afiladas y su boca dejaba traspasar un fétido aliento a través de los afilados dientes. Aquello era imposible, cómo se suponía que iba a vencer a aquella bestia enorme.
—Art… Arturo, mi nombre es Gwen. No quiero hacerte daño, por favor, sé que en otra vida fuiste un hombre, un buen hombre. Abandona tu ambición y deja que el País de las Maravillas viva en paz.
Traté que mi voz no transluciera el miedo, pero no lo logré al juzgar por la risotada que dejó escapar el monstruo justo antes de lanzarse a por mí. ¿Y qué podía hacer? Pues salté, corrí, traté de escapar. De repente, me vi a mí misma huyendo a través de un desconocido bosque, perseguida por un monstruo gigante que hacía vibrar el suelo bajo mis pies, y me transporté a la noche en la que huí de mi casa, la noche en la que huía por los bosques, pero no de un monstruo material, sino de mi propio padre. Mi madre me había salvado aquella noche, pero ya no había más estrellas en el cielo, nadie podría salvarme. Solo yo misma. Solo yo podía salvarme. Recordé a mi madre y sus palabras, todo era posible si tenías fe en ello. ¿Yo tenía fe? Pues creer que eres capaz de derrotar a un monstruo enorme que en otra vida fue un guerrero siendo tan solo una niña, era difícil. Pero tenía fe en ella y en todos los que estaban seguros de que yo podría derrotarlo. Detuve mi huida al salir del bosque. En apenas unos segundos, el monstruo estaba ante mí.
—Arturo, te lo digo por última vez. Márchate del País de las Maravillas.
—¿Qué me harás si no lo hago?
Era la primera vez que escuchaba su voz, una ronca, oscura y profunda voz inhumana.
—Tendré que echarte yo misma.
—¿Y cómo planeas hacerlo?
Estaba claro que Arturo o lo que quedaba de él se estaba divirtiendo, no me consideraba una verdadera amenaza y no podía culparlo, yo tampoco me consideraría un peligro para nadie. Aferré con fuerza el Corazón de la Estrella que descansaba en mi bolsillo y lo saqué. La pequeña piedra brillaba, pero no parecía pasar nada más, su brillo ni siquiera era tan intenso como el de otras veces. Vaya, pensaba realmente que el Corazón de la Estrella haría todo el trabajo. Cómo se suponía que funcionaba, no tenía ni idea. Traté de concentrarme, de reunir fuerzas sacadas del odio que todos los habitantes del País de las Maravillas le tenían al Galimatazo, traté de enfadarme por todo el daño que había hecho, pero era incapaz. Si mi madre estuviera allí, al menos. Entonces pasó, la piedra brilló más, con el pensamiento de mi madre y vi que lo había estado haciendo mal. Porque mi magia no residía en el odio, algo que mi corazón era incapaz de sentir, mi magia residía en el amor. Así que pensé en mi madre, pensé en todos los momentos que vivimos juntas, en todas y cada una de las criaturas extraordinarias de aquel País de las Maravillas. Y la luz creció y creció hasta casi cegarme.
—¿Qué estás haciendo?

La bestia se enfureció y trató de alcanzarme, pero algo se lo impedía, la luz se lo impedía. Una calidez que no había sentido nunca antes me invadió por completo y, por primera vez, creí realmente que podía lograr cualquier cosa, que todo era posible, solo necesitaba creer en ello y en mí misma. Así que deseé, no que el Galimatazo muriera, era incapaz de desearle un destino tan funesto a quien había sufrido tanto, simplemente deseé que se marchara de aquel lugar y no volviera nunca más.

Un campo de luz arrastró al Galimatazo, alzándolo en el aire hasta que se perdió en algún punto del cielo fuera de mi vista. Mi último pensamiento fue para él, para Arturo, al sentir la pena que sintió con la traición de su amada, un sentimiento de calidez que selló el hechizo.

Todos los habitantes del País de las Maravillas salieron a mi encuentro y me miraron sorprendidos. No entendí que les ocurría hasta que pude ver mi reflejo en alguna parte. Usar la magia blanca me había cambiado, de alguna manera, mi cabello se había vuelto más rubio, del color del sol, mi piel parecía más blanca, casi cristalina, y mis ropas habían dado paso a un vestido blanco.
—¿Qué le habéis hecho al Galimatazo? —Preguntó el Conejo.
—Lo he desterrado. Mientras el Corazón de la Estrella esté aquí, no podrá volver a molestarnos.
Y no sabía cómo había llegado a mi mente aquella información, pero estaba segura de que era así. En aquel momento, alguien entre la multitud gritó: “¡Larga vida a la Reina!” La gente lo aclamó, repitiéndolo mil veces, hasta que la Oruga Azul se abrió paso entre la multitud. Todos callaron. Y, tras mirarme lo que me pareció una eternidad, gritó:
—¡Larga vida a la Reina Blanca!

Y así fue como me convertí en la Reina Blanca del País de las Maravillas. 

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