No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

lunes, 28 de julio de 2014

El País de las Maravillas 6

Queridos lectores, 

Tengo una buena noticia: mis musas han vuelto a mí después de sus inesperado abandono. No han vuelto con grandes fuerzas, no es que haya escrito demasiado, pero al menos he vuelto a hacerlo. Llevaba ya casi una semana sin tocar el libro. Aunque no sé de qué sirve porque no le veo futuro a esto. 

Pero no quiero seguir con esa conversación que solo va a poner de manifiesto mi tristeza. He vuelto a escribir un poco, estoy leyendo y lo que le da brillo a mis días y algo de novedad es que el miércoles van a pasar a verme Sadee y Mael, primera visita oficial de la pareja :) Así que me concentro en pensar eso, en arreglar mi cuarto, pensar en lo que haremos. Es una agradable distracción.  

El País de las Maravillas

CAPÍTULO 6

Aquella pequeña niña entrometida… Alicia. Cómo odio ese nombre, solo escribirlo hace que sienta deseos de desintegrar la pluma. Si no hubiera sido por aquella maldita cría nada de esto habría pasado, estoy segura.

Pero comenzaré la historia por el principio. Aún queda algo de tiempo hasta que llegue el momento así que describir todo con el mayor detalle posible es casi lo único que puedo hacer.

John y yo íbamos a casarnos. No podía ser más dichosa, mi corazón benevolente nunca había experimentado tanta dicha. Sentirme amada de aquella manera, sentirme protegida por él, resguardada y saber que nunca me dejaría, elevaba mi alma a lugares insospechados. Por aquel entonces, Alicia era tan solo una adorable niña de cabellos rubios y grandes ojos azules, no podría tener más de siete y ocho años, puede que menos. Me recordaba a mí la primera vez que pisé el País de las Maravillas, perdida y asombrada por el mundo que la rodeaba. Tan solo había un pequeño problema, a diferencia de mí y del resto de los habitantes de mi mundo, Alicia no pertenecía a aquel lugar, ella no necesitaba un milagro ni había caído a través de un espejo acogida por la tierra de las maravillas. Ella, simplemente había estado donde no debía en el momento equivocado, había seguido a Conejo a través de una de sus madrigueras y se había caído en aquel nuevo mundo.
—Lo siento, Reina Blanca—Dijo el Conejo— Llegué tarde, como siempre, tenía prisa y no miré. La niña me siguió sin que me diera cuenta.
—No te preocupes, Conejo. Es una niña, ella podrá comprender lo especial que es este lugar y estoy segura de que podrá mantener nuestro secreto. —La niña me miraba con sus grandes ojos azules—¿Verdad, Alicia?
—¿No podré decírselo a nadie? ¿Ni siquiera a mi padre?
—Ni siquiera a él pequeña. El País de las Maravillas es un lugar lleno de magia y debe permanecer oculto para que solo aquellos que realmente lo merezcan puedan llegar a él.
—Es muy importante—John me ayudaba con la niña— ¿Entiendes Alicia? Es importante que nadie lo descubra. Puedes pasar unos días con nosotros, ver las rarezas de estas tierras, estoy seguro de que te encantará. Pero cuando vuelvas a tu casa, tendrás que mantener el secreto.

Alicia lo prometió. Aquella niña desagradecida y traicionera, lo prometió. Qué ciega estuve, ahora me doy cuenta, por confiar en ella, por no ver la ambición que se escondía tras su fingida inocencia. Por qué maldita razón tenía que tener el condenado corazón benevolente y confiar en todos y en todo, por qué no podía haber dudado de ella, haber desconfiado. Me hubiera ahorrado mucho dolor. Pero no lo hice porque yo era la Reina Blanca, porque iba a casarme con John Hatter y todo era felicidad y dicha y no podía creer que nada malo pudiera pasarnos. Hasta que fue demasiada tarde.

He dicho que no pude ver la ambición en los ojos de Alicia. Ella no ambicionaba oro, joyas ni tesoros. Su mayor deseo era ganarse el amor de su padre, que él la creyera y confiara en sus palabras. Por eso, a pesar de que le hicimos prometer que no diría nada, Alicia tenía la firme intención de contarle todo a su padre, de demostrarle que aquella tierra, mi tierra era real. Para ello necesitaba pruebas.

Lo supe en seguida. Lo noté, en mi corazón. Algo estaba pasando.
—John, John —Lo llamé sintiendo la presión que se extendía por mi pecho.
—¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? —Deduje que había empalidecido porque él me miraba angustiado.
—El Corazón de la Estrella. Alguien lo ha cogido.

Todos sabíamos lo que pasaría sin aquella piedra. El Galimatazo, a pesar de haber sido desterrado hacía tantos años, seguía aguardando, como un mal latente, a que estuvieran desprotegidos. Y, sin el Corazón de la Estrella, estaban completamente indefensos. Aunque había algo más. Desde que usé la magia de aquella piedra, mi corazón benevolente se había unido a ella y sin su magia cerca yo no sobreviviría. John lo sabía, me miró incrédulo aunque pronto la determinación sustituyó el miedo en sus ojos.
—Yo lo recuperaré para ti, Blanca, no te preocupes, no dejaré que nada te pase.
Traté de detenerlo, porque el Corazón ya había abandonado el País de las Maravillas, podía sentirlo alejándose de mí a través de un portal, su magia protectora desaparecía y yo me sentía cada vez más débil.
—No, John, no me dejes. Puede que sea demasiado tarde y no quiero que me abandones.
—No, no lo permitiré, Blanca. Voy a traerlo de vuelta y estarás a salvo, lo prometo.
—Alguien lo recuperará, John. No te marches.
—Blanca, confía en mí. Solo yo puedo hacerlo. Desde que nos conocemos, hemos estado conectados, sé que, incluso en un mundo sin magia, podré sentirte, podré sentir tu corazón. Solo yendo yo lo encontraremos a tiempo.
—Tenemos tiempo —Intenté protestar sin creerme mi mentira ni yo misma.
—No lo tenemos y lo sabes. Estás cada vez más débil, el campo de fuerza también. El Galimatazo sigue al acecho, podrá entrar aquí en cualquier momento. Tenemos que pensar en todos los habitantes, sin el Corazón de Estrella, no podremos enfrentarnos a él.

Si no hubiera sido por mi maldito corazón benevolente, si no hubiera apelado a mi endemoniado afán de proteger a todos… tendría que haber pensado en él, solo en él. Pero no lo hice, lo dejé partir a otro reino, a otro mundo.
—Te quiero, Blanca. No te preocupes.
—Yo también te quiero.

Me besó, por última vez, y se marchó para recuperar mi Corazón. 

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