No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 12 de julio de 2014

La Leyenda de la Bella Durmiente 2

Queridos lectores, 

¡Pues es hoy! La despedida de soltera de Sadee. Qué nervios. Le gustará, no le gustará, nos lo pasaremos bien... ¿se podría haber hecho mejor? Pues claro, todo se puede mejorar siempre, pero aún así creo que estará muy bien. Aunque yo tengo un pequeño problema añadido y es que, como he comentado algunas veces, mi madre es muy exagerada y miedosa en lo que respecta a mi persona, le da mucho miedo que salga por las noches. Y, la verdad, con tantos años repitiéndome los peligros de las calles, yo también me he vuelto una miedosa. Lo cierto es que eso es lo que más nerviosa me pone, porque sé que Sadee se lo pasará bien, todas lo haremos, pero cuando llegue la hora de volver a casa de noche no sé si sabré. Espero no dejarme dominar por el miedo. Es difícil porque así es como llevo viviendo mi vida, con miedo, pero lo intentaré. 

En fin, espero que os guste el relato de la Bella Durmiente. Es el más distinto a los demás por el momento porque a Aurora, la bella durmiente según la peli Disney, apenas la saco y me centró más en Maléfica, quién es y por qué es como es. 
La Leyenda de la Bella Durmiente

CAPÍTULO 2

Sigfrido. Todavía recordaba su rostro, la pureza de sus ojos antes de ser corrompido. El héroe forjó una espada con el metal que le robó a su propio padre y partió en busca de la bestia de las leyendas.

El dragón Fafner guardaba celoso el tesoro por el que había matado a su propio padre sin poder disfrutarlo por culpa de las escamas. No podía gastarlo ni usarlo, pero tampoco permitiría que nadie lo robara. Por aquel entonces, habían pasado tantos años desde que Brunilda fuera condenada a la espera eterna, que su historia había sido olvidada, convertida en una leyenda que ya nadie creía.

Sigfrido fue en busca del dragón, dispuesto a llevarse su cabeza como trofeo y mostrar su valía como héroe. Fafner era un fiero adversario, una bestia de escamas impenetrables, más fuertes que cualquier armadura, que escupía fuego desde las entrañas y guardaba celosamente su tesoro. Sigfrido se enfrentó a él con valentía y lo derrotó en la lucha. Cortó su cabeza, separándola de su cuerpo y se sumergió en la sangre de la bestia, pues la leyenda rezaba que la sangre de un dragón podía volver a cualquier guerrero inmortal, solo una pequeña parte de su cuerpo, un minúsculo trozo de su espalda donde se había pegado una hoja, quedó sin sumergir. Sigfrido tomó su trofeo dispuesto para partir, cuando sintió que algo lo llamaba y comenzó a adentrarse en la torre donde descansaba Brunilda.

Todo aquello lo había leído en el tapiz de las nornas, el pasado de su vida. La historia de Sigfrido. Cuando despertó de su sueño eterno y quiso conocer lo que había pasado en su ausencia. Mientras dormía lo único que había conocido, lo único que la habían acompañado habían sido las pesadillas, los recuerdos, los remordimientos y un rostro. Un apuesto rostro que comenzó a tomar forma en sus sueños y que la había acompañado. Se veía recorriendo el cielo con sus hermanas valkirias. De pronto, un rayo caía sobre ella, lanzándola sobre el Midgard, sus poderes no respondían, ni su caballo respondía a su llamada, caía inexorablemente sobre la tierra, cuando unos fuertes brazos la salvaban y sonreía. Aquellos ojos marrones la habían acompañado en su espera eterna, cuando Brunilda ya había perdido toda la esperanza de despertar. Cien años era demasiado tiempo para mantener la creencia de que había humanos puros de corazón. Había sido tan estúpida por arriesgarse por aquellos seres que siempre estaban ocupados en alguna guerra, había desobedecido a su dios por un espejismo, por el espejismo de la bondad. Había tenido un siglo para arrepentirse de su decisión, había tratado odiar a los humanos por haberla abandonado de aquella manera después de que ella se arriesgara por darle la victoria al mejor de los reyes, el que salvaría más vidas, después de haber pasado su existencia recogiendo a los guerreros valerosos caídos en las múltiples guerras. Pero no había conseguido albergar ningún odio. Aquellos humanos eran como niños para ella, al fin y al cabo, era un ser inmortal. Los había visto nacer, crecer y desarrollarse, formar sociedades rústicas e ir avanzando y retrocediendo, cometiendo errores y mejorando. Y, realmente, a pesar de todo, una pequeña parte de ella, en el último resquicio de su corazón seguía creyendo que alguien la despertaría.

Justo entonces sintió un roce en los labios seguido de una súbita calidez que recorrió su cuerpo entero. Con aquel beso el aire volvió a inundar sus pulmones y sus músculos respondieron por primera vez en años. Casi sin poder creerlo, abrió lentamente los ojos notando el esfuerzo que le costaba algo tan nimio como levantar los párpados. La luz la cegó durante un instante, hasta que lentamente se fue acostumbrando. Sintió una caricia en su rostro, en su cabello y al volver a ver se encontró con los ojos marrones que poblaban sus sueños.
—Hola, bella durmiente—Dijo él sonriendo. —Mi nombre es Sigfrido.
—Hola Sigfrido —Sonrió ella— Soy Brunilda, valkiria de Odín.
—Encantado de conocerte, pues.
—No parece sorprenderte haber despertado a una valkiria.
—Teniendo en cuenta que acabo de matar a un dragón, una valkiria no es lo más sorprendente del día. Aunque sí lo más hermoso.

Brunilda permaneció en silencio, perdida en sus ojos oscuros y, no pudo evitarlo, un susurro escapó de sus labios mientras admiraba su belleza.
—Eres un hombre de corazón puro.
—¿Acabamos de conocernos y ya podéis aseverar algo tan importante con seguridad?
—No acabamos de conocernos. Nos hemos visto antes.
—Creo que de ser así lo recordaría. ¿Dónde nos hemos visto antes, si puedo preguntar?
—Te he visto en mis sueños.

Sigfrido la sacó del castillo dejando que se apoyara en su hombro. Brunilda estaba demasiado débil por haber pasado un siglo encamada, pero era una valkiria, nacida guerrera y no tardó en recuperarse. Caminaron y hablaron durante días de vuelta al reino de Sigfrido. Enamorarse de él había sido fácil, demasiado fácil. Era valiente, generoso y puro de corazón. Brunilda vio en él todo por lo que había luchado, el guerrero que siempre había deseado cuidaren el Valhalla.

Ahora se daba cuenta de que había sido una verdadera idiota por dejarse embelesar por unas sonrisas bonitas y unos ojos marrones, pero entonces creía en él. Y cómo no hacerlo, si aquel rostro había sido su única compañía durante un siglo, si había poblado sus sueños y había roto la maldición que solo un corazón puro podía romper. Brunilda lo creía, quería creerlo, creía pensar que lo que veía en sus ojos era bondad y amor; demostró que no era así, claro. Había repasado aquellas semanas que pasaron juntos mil veces, había rememorado cada momento, cada instante, cada beso, cada caricia… los recuerdos la habían acompañado como un día lo hiciera el rostro de él en sus sueños. Y seguía sin comprender lo que había pasado, la única explicación a la que llegaba era que la habían engañado vilmente, rompiendo su corazón.

Brunilda viajó con Sigfrido a través de las tierras del Midgard, lugares que ella solo había visto desde las alturas. Él le enseñó lo que era vivir en la tierra de los humanos. Con cada paso, le contaba historias sobre los grandes reyes del siglo que ella se había perdido, le explicaban los nuevos avances, cómo había cambiado el mundo el aquellos años. Mientras caminaban y ella escuchaba su voz esforzándose en complacerla y en contar historias que la divirtieran, Brunilda le sonreía y tomaba su mano, entrelazando sus dedos. Era demasiado pronto para confiar en aquel humano, pero se dejó llevar por el ferviente deseo de huir de la soledad que la había rodeado esos cien años, por la creencia de que él era puro de corazón y podía… podía amarla. Brunilda le habló de su pasado como valkiria, de las luchas, las guerras, los habitantes del Valhalla, le contó las trifulcas de los dioses. Después de un par de días de viaje, hicieron un fuego y se sentaron junto a él compartiendo historias y confidencias.

—Una vez, Loki le robó el martillo a Thor y este fue a parar, por equivocación, a las manos de un gigante horrible. El gigante se negó a devolver a Mjolnir, el martillo, solo aceptaría darlo a cambio de que Freya, la diosa del amor y la belleza, se convirtiera en su esposa. Freya, por supuesto, se negó en redondo, porque amaba a su marido Od aunque este la hubiera dejado y también porque el gigante era horriblemente feo. Así que Loki maquinó una de sus tretas. Convenció a Thor de que se vistiera de novia y se hiciera pasar por Freya, oculto tras un velo. El gigante no sospechó de la trampa. No debería tener muy buena vista porque no imagino el musculoso cuerpo de Thor pareciendo femenino. El caso es que se celebró la boda y antes de “gozar de su esposa”, el gigante le dio el martillo a Loki. En cuanto estuvo en posesión del dios del engaño, Thor descubrió quien era, cogió su martillo y… bueno, mató al gigante. Thor no es muy amigo de los gigantes.
—Pues para no ser muy amigo de ellos, se casó con uno.
—Cierto.

Pasaron minutos riendo, contando historias.
—Háblame de Odín, ¿por qué te castigó tan cruelmente? —Brunilda suspiró. Aquella sería la historia que más le iba a costar contar.
—Odín siempre fue un buen dios, un buen líder, pero desde que su hijo Balder murió a manos de su otro hijo, Hodr, por las maquinaciones de Loki, no volvió a ser el mismo. Balder era un dios muy querido por todos, era el dios de la luz y su mera presencia irradiaba tranquilidad. Hodr, por su parte, era un dios ciego y representaba la oscuridad, era todo lo contrario que su hermano. Un día, Balder comenzó a tener premoniciones de su propia muerte y Frigg, su madre, hizo todo lo posible para que no se cumplieran. Mandó emisarios por todo el mundo para hacer jurar que jamás dañarían a Balder. Solo un pequeño arbusto que crecía a la sombra de un gran roble permaneció sin jurar nada, pues todos creyeron que no era ninguna amenaza. Así que Balder era, en apariencia, invulnerable. Nada podía herirlo y los dioses se entretenían lanzándole de todo. Pero un día, Loki se hizo pasar por una anciana sonsacándole a Frigg que solo el arbusto insignificante había quedado sin juramento. El dios hizo una flecha con la madera de aquel arbusto, el muérdago, y se la dio a Hodr, quien se la lanzó a su hermano en un tiro certero y letal. La luz se marchó del Asgard con su muerte. Después de aquello, Odín y Frigg no volvieron a ser los mismos. Odín incluso tuvo relaciones con una giganta para concebir un hijo que creció en apenas un día y mató a Hodr. Habiendo perdido a su querido hijo y habiendo matado a otro, Odín perdió la esperanza y la alegría. El gran engaño de Loki aumentó la amenaza del Ragnarok, el ocaso de los dioses. Las nornas lo habían vaticinado tiempo atrás, pero hasta ver el alcance de la maldad de Loki, Odín no lo tomó en serio. Impedir el Ragnarok se convirtió en el motor de su vida y fue a la fuente de Mimir que concedía la visión del futuro, entregando un ojo a cambio de un sorbo que le permitiera ver el futuro. No sé exactamente qué ve desde entonces, pero todo su ser se tornó oscuro e impenetrable. —Paró un segundo para tomar aliento— A partir de ahí, Odín perdió la confianza en cualquier ser, dios o humano, que habitara el mundo y se limitó a dar su apoyo a los dioses que más lo agraciaban. Yo comprendí que la pena y la tristeza no lo dejaban ver la realidad, no le permitían obrar con benevolencia. Un día me ordenó que decantar la guerra a favor de un rey, pero al bajar al midgard vi que ese rey era cruel y violento, mientras que el otro trataba con consideración a sus súbditos. Así que desobedecí al dios y le di la victoria al rey bondadoso. A Odín no le gustó y me encerró donde solo un corazón puro podría rescatarme. Él pensaba que tal cosa no existía, que todos los seres estaban corrompidos y, la verdad, yo también empezaba a perder la esperanza cuando tú llegaste.

Brunilda se había perdido en aquellos ojos oscuros. Sintió la mano de él sobre su mejilla y, lentamente, sus labios se acercaron hasta fundirse en un beso, suave al principio, pero que fue ganando en voracidad a medida que sus lenguas se unían. Al notar la mano de Sigfrido subiendo por su muslo, lo detuvo.
—Espera, espera —Dijo casi sin aliento —No puedo. Las valkirias debemos permanecer vírgenes. No podré volver a Vingolf con mis hermanas.
—¿El Víngolf?
—La residencia de las valkirias, junto al Valhalla.
—Pues no regreses Brunilda.
—¿Y dónde planeas que me quede si no?
—Conmigo, claro. —Se separó un poco de ella para mirarla a los ojos— Quédate conmigo. Sé que es una locura, que apenas nos conocemos, pero creo que el destino nos ha unido. Cásate conmigo, Brunilda y sé mi reina.

Decidió creer en sus palabras, en sus promesas. Se había enamorado de él ciegamente, de sus ojos, de su sonrisa, de su puro corazón. Sus labios volvieron a unirse y, esta vez, no se detuvieron. 

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