No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

jueves, 17 de julio de 2014

La Leyenda de la Bella Durmiente 6

Queridos lectores, 

Son pocas las emociones que he tenido a lo largo de mi vida. Pocas veces he experimentado el odio o la auténtica rabia, algunas veces, he podido sentir verdadera alegría y hasta se me han concedidos ciertos momentos de felicidad. Lo que siempre está es el miedo y, Dios, lo odio, es horrible tener miedo a todas horas, miedo por todo. Porque en dos días es la boda y tengo que coger un tren e irme, tengo que hacer la maleta, tengo que salir de mi casa y tengo miedo =(. No es lógico ni es normal. Lo achaco todo a la paranoia de mi madre, a que me ha condicionado a tenerle miedo a todo lo desconocido, a todo en lo que no puedo sentirme protegida. Quizás contribuya que tengo sus genes. No lo sé. El caso es que el jueves pasado estaba igualmente nerviosa, a punto de fibrilar, solo que entonces era por la despedida de soltera. Quise pensar que eran nervios, que lo que pasaba era que estaba nerviosa por si algo salía mal o por si a Sadee no le gustaba la despedida. Pero lo cierto es que era miedo. Miedo a salir de mi casa, a ir a la ciudad y pasar la noche por ahí. Y no pasó nada, no me separé de mis amigas, ni me perdí y me divertí mucho. Pero aún así sigo teniendo miedo. Ya os digo que no tiene nada de racional. Es algo visceral o de mi subconsciente. Me gustaría mucho ser valiente y dejar ese miedo atrás, pero no encuentro la manera. No entiende mis elaborados argumentos sobre por qué el mundo no es tan peligroso como mi madre lo ha pintado; no parece calmarse con las experiencias que lo demuestran; ni mejora con el tiempo. Parece que estoy condenada a ser una cobarde, mas me niego a creerlo. Sé que puedo ser valiente, sé que en algún momento lo he sido, que en el fondo lo soy, solo que una vida de "consejos maternos" me han hecho temer hasta al aire que respiro. Pero lo hecho puede deshacerse ¿no? 

Pintémoslo de manera diferente, digamos que mañana me iré de casa y mi madre no me estará preguntando a todas horas por sus dolores, que será un fin de semana desconectada del mundo con mis amigas, un buen libro y una libreta que me servirá de diario. Seguro que encontraré escenarios, personajes y experiencias para mi nuevo libro. Tengo que observarlo mucho y aprender. Caminar y adelgazar. Dejaré que las chicas me ayuden a ponerme mona porque lo que es yo misma me dejaré más bien chimpancé >.<

Pues eso es. Respirar hondo y lanzarse al vacío, sin pensar, sin temer. Si me dejo algo, sobreviviré. Y, lo dicho, este fin de semana, a partir de mañana, no os podré escribir porque el ordenador es demasiado equipaje, pero escribiré todo lo importante en una libretita y a la vuelta os lo contaré todo =) Deseadme suerte con mis miedos infundados y mucha felicidad a Sadee, que es la que se casa, no os dejéis confundir por mis nervios xD

La Leyenda de la Bella Durmiente

CAPÍTULO 6

Maléfica sintió una nueva presencia que rompía la barrera de espinas que custodiaba a Aurora. Era un joven de cabello castaño al que llamaban Felipe. Quizás el joven tuviera éxito, pensó, aunque todavía le quedaba un dragón por vencer.

Mientras el príncipe se dirigía a las zarpas de la bestia, Maléfica volvió con Stephan que seguía tumbado en su trono, sumido de nuevo en un profundo sueño que se había vuelto a instaurar en él cuando Maléfica lo dejó.
—Sigfrido—Dijo de pronto ella arrodillándose junto a él—Sé que estás ahí, en alguna parte y que, de algún modo, puedes escucharme. Así que voy a decirte todo lo que tengo que decir. Te he odiado con toda mi alma estos últimos años. Tú me quitaste todo lo que alguna vez tuve, la oportunidad de que Odín me perdonara y volviera a aceptarme como valkiria; el amor que creía que compartíamos y hasta a mi corazón roto tuve que renunciar para dejar de sentir tanto dolor. Porque dolía más que ninguna herida que hubiera podido sufrir jamás, nada dolía tanto como pensar que todo lo que me habías dicho, todas las caricias, todos los besos, habían sido mentira. Intenté olvidar el dolor, enterrarlo bajo montañas de odio y quise destruirte, una y mil veces, quise odiarte y que odiaras, hacerte la vida imposible, porque ser tu enemiga era mejor que nos ser nada para ti. Pero estoy cansada de este juego de terror y desolación, estoy cansada de fingir que solo te odio, de ser malvada y destruir con cada acto la poca humanidad que me queda. Así que esto acaba hoy, de una forma u otra. No sé qué pasó ni por qué me traicionaste y dejaste de amarme. Pero yo nunca lo he hecho, nunca he dejado de quererte. Y, aunque sé que tú no me correspondes, tengo fe en que mi amor es suficientemente grande y verdadero como para romper esta maldita maldición que he lanzado sobre tu hija. Después de ello, cuando la rompa, te prometo que me iré y no volverás a verme más. Espero que seas feliz.

Sigfrido seguía durmiendo, aunque ella sabía que lo había escuchado. Maléfica recordaba haber escuchado cada gruñido, cada aleteo y sonido mientras estuvo durmiendo. Acarició su rostro con una mano mientras sus labios se acercaban. Sintió que toda ella temblaba antes de alcanzar sus labios y, al hacerlo, una oleada de calidez la recorrió, haciendo que volviera a sentirse completa, por primera vez desde que Sigfrido la abandonara. Los labios de Sigfrido le devolvieron el beso y entonces lo sintió, sintió que todos despertaban, que su hechizo se había roto. Incluso Aurora, podía verla, acababa de despertar justo cuando el joven que había ido a rescatarla la besaba. Todos creerían por siempre que aquel había sido el beso de amor verdadero que los había salvado y así debía ser, se dijo Brunilda, Maléfica debía desaparecer, la darían por derrotada con la desaparición de su hechizo y ella se marcharía.

Separó sus labios de los de Sigfrido sabiendo que en cuanto viera quién era la depositaria de su beso, la apartaría. Se puso de pie y comenzó a andar para alejarse de allí. Solo que antes de poder moverse, una mano la agarró de la muñeca.
—Brunilda —Dijo una voz conocida y ella no lo pudo creer. Se giró para ver a Sigfrido, su Sigfrido, que era el mismo cuerpo que había estado siempre allí con el nombre de rey Stephan, pero sus ojos volvían a estar llenos de la luz que ella conoció. Antes de que pudiera reaccionar, él la atrapó en un fuerte abrazo y Brunilda sintió que las lágrimas la traicionaban escapándose de sus ojos. —Lo siento, lo siento —repetía él.
—¿Qué pasa?
—Bruni —Así solía llamarla. La agarró por los hombros para mirarla a los ojos— Bruni lo siento tanto. No era yo, te lo juro. Cuando, dieciséis años atrás, te fuiste a hablar con las nornas, Krimilda vino a verme, quería casarse conmigo, pero yo me negué en redondo porque tú ibas a ser mi única reina. Me dijo que lo comprendía e incluso me dijo que brindáramos por mi felicidad. Me dio una copa de vino y tras beberla algo se apoderó de mí, no sé bien qué ha pasado. Yo estaba en propio cuerpo, solo que estaba confinado, como dormido, sabía lo que pasaba a mi alrededor, pero no podía obrar por mí mismo, mientras que otra voz y otros pensamientos se adueñaron de mi cuerpo. Sé que me prometí con Krimilda y te rompí el corazón, lo he contemplado todo, lo he escuchado todo y estaba desesperado por liberarme y buscarte, pero era una magia demasiado poderosa. Lo siento mucho, ¿podrás perdonarme?
Brunilda lo miró sin ser consciente de que, a su alrededor, la gente había comenzado a despertarse y unos ojos los observaban.
—¿Tú me amas? —Dijo al fin.
—Con todo mi corazón. —Respondió firmemente.

Brunilda capturó sus labios en un nuevo beso. Sus vidas, sus deseos, sus lenguas se fueron mezclando en aquel reencuentro cuando, de golpe, Sigfrido aulló de dolor y se deslizó hacia el suelo. Tardó unos minutos en darse cuenta de que tenía una flecha clavada en el único punto débil de su cuerpo, el lugar que una hoja había tapado y no había podido cubrirse con la sangre del dragón. Krimilda permanecía de pie, temblando violentamente con una ballesta en las manos.
—Si no es mío no será de nadie.
Brunilda la lanzó por los aires con un movimiento de manos y deseó, a pesar de haber dejado de ser malvada, que el aterrizaje le rompiera la cabeza.
—Brunilda —La débil voz de Sigfrido la llamó. —Parece que estamos condenados a los reencuentros cortos y a las despedidas forzadas —Hizo una amago de sonrisa.
—No digas tonterías. Te pondrás bien. —Aunque los dos sabían que la herida era mortal.

Brunilda lo miró, reflejándose en las lágrimas de sus ojos. Reflejándose. Las palabras de la bruja volvieron a su mente: “hay un lugar en el que todo es posible, cuando necesites un milagro, pide un deseo y salta a tu reflejo” No sabía de qué hablaba, pero necesitaba un milagro. Necesitaba salvar a Sigfrido. Se concentró en él y en su reflejo, concentró su magia en aquel reflejo y deseó poder encontrar aquel lugar en el que todo fuera posible, para poder curarlo. Justo entonces, desaparecieron en un fuego verde.

Para todos los habitantes del reino, Aurora despertó gracias al beso de amor verdadero de Felipe, quien sería su esposo. Los jóvenes príncipes se hicieron cargo del reino tras encontrar el cuerpo de su madre muerta y la desaparición de su padre y Maléfica. Algunos habían visto al rey y a la hechicera desaparecer en el fuego verde y todos creyeron que el valiente rey Stephan se sacrificó para acabar con la vida de Maléfica. Los reyes habían sido héroes, la bruja había muerto y los príncipes habían roto el hechizo con su amor verdadero. Así fue escrito y transmitido durante generaciones.

Aunque era cierto que el rey Sigfrido fue un héroe, que la bruja de Maléfica había muerto permitiendo el regreso de Brunilda y que los príncipes se amaban. Porque la magia no miente, tan solo, oculta la verdad. 

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