No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

lunes, 7 de julio de 2014

Mulán. Capítulo 10

Queridos lectores

Me he dado cuenta de que es muy divertido. Bueno, mentira, siempre he sabido que es muy divertido escribir. Pero en este nuevo libro en el que estoy usando a personas que conozco para crear a mis personajes lo está siendo más todavía. Porque una cosa que he aprendido escribiendo una novela grande es que todos, pero todos los personajes, son el escritor. Incluso en asesino en mi caso porque escribo de asesiantos, incluso los peores personajes, se parecen en algo al autor que los crea. Es como lo de que la mejor mentira tiene mucho de verdad. Pues esto es algo parecido. Para que el personaje parezca real debe basarse en algo que sea real, en sentimientos, emociones o situaciones reales, que puedan describirse realmente porque puedan sentirse. Así que todos mis personajes tienen un poco de mí. Solo que intentando inspirarme en otras personas que conozco bien, quería ahorrarme ese "se parecen a mí" y que sean como esas personas. El resultado ha sido que parezca yo misma disfrazada de esas personas. Sí, es raro, pero también divertido. 

Bueno pues os llevo una buena ventaja. Ya tengo el relato que sigue a este acabado, me he dado prisa. Es una buena noticia, quiere decir que es corto y que, al menos a mí, me gusta. Ya me diréis :)


MULÁN

 CAPÍTULO 10

La armadura resonó al terminar de colocar las hebillas. Se colgó el cinto de la espada a la cintura y se colocó las pesadas botas de campaña. Estaba preparada, al menos, todo lo preparada que alguien puede estar para enfrentarse a una guerra sin cuartel. Sintió una brisa cálida y supo que él estaba allí.
—¿Lista? — La voz de Mushu sonaba preocupado.
—Lista.

Se giró para mirar al fantasma a los ojos. Era extraño, de repente, estar junto a él sabiendo que ella misma podría morir en cualquier momento y acompañarlo en su vagar eterno. Mushu había estado con ella desde que era una niña, siempre protegiéndola y cuidando de ella, porque se sentía en deuda, pero Mulán lo había perdonado y él seguía a su lado.
—¿Tienes miedo? —La voz del guerrero la sacó de sus ensoñaciones.
No lo había pensado. Estaba nerviosa por sentir la responsabilidad de acabar con un monstruo, preocupada por no lograrlo, temía las consecuencias de su fracaso, pero se sorprendió al darse cuenta de que no tenía miedo de morir. Una vez acabada su venganza no le quedaría nada en aquel mundo.
—No. No tengo miedo.
—Eres la persona más valiente que he conocido en mi larga existencia. —La etérea mano de Mushu recorrió su mejilla. No pudo sentir su tacto, pero sí un cosquilleo extraño. Casi inconscientemente, llevó su mano a la mejilla buscando la incorpórea piel de Mushu. Solo tocó su propio rostro.
Entonces, comprendió por qué no le temía a la muerte. Morir solo lo acercaría más a él.
—Mulán, no —Dijo él como si pudiera leer sus pensamientos. —No mueras por mí. Eres joven, tienes toda una vida por vivir.
—Pero yo quiero estar a tu lado. Mushu, has sido el único amigo verdadero que he tenido mucho tiempo, no quiero separarme de ti.
—Y no lo harás, yo velaré siempre por ti. Pero debes vivir. Ahora la vida te parece un largo camino, lo entiendo, pasé por eso. Cuando me obligaron a servir en el ejército y pensaba que mi vida se limitaría a vivir en un mundo que detestaba y en el que jamás podría ser feliz, cuando miraba hacia mi futuro y solo veía guerras y desesperación, entonces llegué a pensar que la muerte sería un regalo. Tuve que morir para darme cuenta de lo equivocado que estaba. Quizás cuando acabes con Atila pienses que no te queda nada más en el mundo, pero encontrarás algo nuevo, algo bello y puro que te hará desear no marcharte nunca.
—No lo entiendes, Mushu. Yo te… quiero.
—Sí que lo entiendo, Mulán. Te he visto crecer y con cada nuevo día te convertías en una mujer fuerte, valiente y admirable, algo que yo no he sido nunca, pero no por ello pude evitar enamorarme de ti.
—Entonces deja que cumpla mi destino en esta batalla, deja que mate a Atila y después muera para que podamos estar juntos.
—No, Mulán. No renuncies a tu vida por mí. Aún te queda mucho más, puedes encontrar un nuevo amor, formar una familia. Llegado el día, nos volveremos a encontrar, pero no antes. Te estaré esperando. Así que prométeme que hoy no vas a morir.
—Te lo prometo.
—Ahora sal ahí y demuestra a esa panda de hombres de lo que eres capaz.
***

Los soldados aguardaban sobre las monturas. Solo los resoplidos de los caballos rompían el denso silencio. La calma que precede a la tormenta. Hasta que una oscura nube se fue posando en el horizonte tomando, lentamente, la forma de todo un ejército de bárbaros. Mulán le dio unas palmadas en el cuello a su caballo para infundirle el ánimo que ella necesitaba. El capitán Shang alzó su espada, dio la orden de atacar y, a partir de ahí, todo fue confuso.

Dos frentes de soldados se mezclaron, el marrón de las ropas de los Hunos se mezclaba con los colores de las armaduras del Ejército Imperial. La espada de Mulán chocó contra un hacha que se dirigía hacia su cuello y después la clavó en el estómago de su atacante.
—Bueno, ¿y ahora qué? ¿Cómo llego hasta Atila?
Mundzuk apareció a su lado.
—A tu izquierda —la avisó de un nuevo atacante. —Tendrás que abrirte paso. Se encuentra en la cima de la ladera, admirando el paisaje de la desolación y el caos.
—Perfecto, pues vamos de excursión. ¿Y cómo se supone que debo matarlo?
—Derecha. —Mulán se deshizo de otro guerrero—Tres en tu espalda. Es muy simple, en realidad, tienes que clavarle la espada en el centro del corazón, ahí es donde anida la magia que lo hace invulnerable.
—Claro, eso es muy sencillo. Me acerco al guerrero más fuerte y sanguinario de toda China y le clavo mi espada justo en el centro del corazón.
—No es una mera cuestión de clavarle la espada o no. Para llegar a un corazón oscuro hay que conocerlo, por eso me necesitas.
—Espero que sepas lo que haces. Vamos allá.

Abrirse paso entre los cientos de guerreros de miradas salvajes y armas afiladas no fue nada fácil, pero Mulán contaba con la ventaja de ojos extra que vigilaban su espada y la avisaban de la llegada de atacantes, así como de sus intenciones y puntos débiles.

Al fin, llegó a la cima donde la aguardaba la imponente figura de un hombre a caballo. Su rostro seguía tal y como aparecía en sus pesadillas, los mismos ojos oscuros y sin humanidad, las mismas cicatrices. Las imágenes de su madre muerta tendida en el suelo volvieron a su mente y Mulán sintió que no podía contener su rabia.
—¡Tú! —El Huno se volvió hacia ella— Ha llegado la hora de que te enfrentes a tus atroces actos.
—¿Y qué tenemos aquí? Un pequeño hombrecito que viene a morir a mis manos. Bien, empezaba a aburrirme.
—Siento desilusionarte, pero le he prometido a alguien que no iba a morir hoy.
—Tienes agallas muchachito, me gusta, lástima que tenga que matarte.
—No tienes ni idea —Comenzó Mulán perdida en sus recuerdos —del daño que has causado. Destruiste a mi pueblo y a mi familia, arruinaste mi vida.
Una lágrima de rabia comenzó a resbalar pos su mejilla.
—¿Vas a ponerte a llorar? —Dijo Atila con desprecio. —Los hombres no lloran.
—Pues entonces es una suerte que yo sea una mujer. (N.A. estará mal decirlo, pero me encanta como me ha quedado eso)

Mulán se soltó el pelo y se quitó la pesada armadura quedando con una camisa marrón que se ceñía algo más a sus formas femeninas. Si iba a enfrentarse a su destino y a vengar por fin la muerte de su madre lo haría según sus propias normas y no fingiendo ser algo que no era. Además era muy difícil moverse con armadura. Tomó la espada con firmeza y miró a Atila destilando desafiante.

—Hace años fuiste a una aldea, el clan de la serpiente, mataste a muchos hombres, entre ellos a mi padre antes incluso de que yo naciera. Mas no fue suficiente para ti. Volviste para terminar el trabajo tiempo después. Redujiste a cenizas cada casa, animal o persona que encontraste por tu camino, asesinaste a una mujer prácticamente delante de una niña pequeña que lloraba por su madre y después te marchaste. Bien, pues yo soy aquella niña perdida y el mayor error de tu vida fue dejarme con vida, Atila el Huno —Dijo su nombre con desprecio.

El bárbaro pareció sorprenderse por unos segundos, pero pronto su sorpresa se tornó en una risa bronca y tenebrosa.
—Admito que maté a tu madre, ya no me servía de nada. Mas, me temo, que no maté a tu padre.
—Claro que lo hiciste, me lo han dicho. Tú mataste al esposo de mi padre.
—Sí, a ese gusano sí lo maté.
—¿Lo admites, pues?
—No. Porque yo soy tu padre. 

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