No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

martes, 1 de julio de 2014

Mulán. Capítulo 5

Queridos lectores, 

Mi madre siempre me ha dicho que la gente no es buena. Yo debería escucharla y tenerlo más en cuenta, pero soy una tonta confiada. Que, por cierto, lo peor es de ser lista para el colegio es que eso no te asegura ser lista para la vida, pero el resto del mundo parece no saberlo. Por lo que he perdido la cuenta de las veces que mi madre me ha dicho: "para lo lista que eres, pareces tonta"

El caso es que sé por experiencia propia que la gente, en general, no es buena, que no puedo depositar mi confianza en todos aquellos que conozco. El problema que tengo es que mi corazón decide por mí y no sabe ser desconfiado por más golpes que le den, porque le han dado muchos golpes, no aprende ¬.¬'. Y yo sé, mi cabecita tiene grabada la frase de que la gente no es buena a fuego, pero soy incapaz de ir por el mundo desconfiando de todo ser con el que me cruzo. Me temo que me van a caer muchos golpes de la vida y me voy a llevar demasiadas decepciones por mi ausencia de filtro de confianzas, pero por ahora soy así hasta que aprenda a distinguir las personas que valen la pena de las que no o mi corazón se rompa demasiado como para seguir dando confianza a diestro y siniestro (espero que lo primero pase primero)

MULÁN

CAPÍTULO 5

El único recuerdo que había permanecido a través de los años eran los golpes y el dolor. Sin embargo, no guardaba aquellas memorias en su mente como una vivencia, más bien, parecían una serie de escenas inconexas que él hubiera visto en algún momento de su vida. Y quizás era así, quizás había mezclado los recuerdos del dolor que causó con el que sufrió.

Veía un niño de apenas cinco años llorando por la ausencia de su madre. Un niño débil, un niño indigno de su padre. Aquella figura autoritaria y temible que aparecía en la tienda con un intenso aroma a alcohol, gritando para que cesara en sus llantos.
—Cállate. ¡Cállate!

Pero las palabras no eran suficientes, nunca lo eran. A aquella velada advertencia, le seguían los golpes, puñetazos, patadas. Hasta que sentía el metálico sabor de la sangre en su boca y su padre se calmaba.
—Padre… —Gimoteaba el niño con su débil voz entrecortada por las lágrimas.
—Te he dicho que no llores. Los hombres no lloran. ¿Cuándo aprenderás?
—Lo siento, padre —Pero era incapaz de dejar de llorar. Lo intentaba con todas sus fuerzas, mas las lágrimas porque dolía demasiado. Le dolía la tripa y la cara por los golpes, le dolían las cicatrices que se abrían al caer el suelo, los cortes que todavía estaban infectados.
—No me llames padre mientras haya lágrimas en tu rostro, eres indigno de llamarme así.

El niño se levantaba haciendo acopio de unas fuerzas que no tenía cuando su padre paraba, cuando la embriaguez o el desequilibrio ya eran demasiado evidentes como para mantenerse de pie, dando patadas a su hijo. Él sabía que no debía llorar, porque los hombres no lloraban, los hunos no lloraban, debían ser fuertes, guerreros, jinetes… pero no debían llorar, porque aquel era un signo de debilidad que no podían permitirse. Su padre se lo decía y él lo había aprendido. Pero seguía sin poder contener las lágrimas y ya no eran los golpes lo que le dolían, sino la pérdida, el vacío. Hubiera querido tener a su madre para que abrazara y lo consolara, para que limpiara sus heridas mientras cantaba. Cuando ella estaba, los golpes no dolían tanto porque sabía que después alguien lo curaría; cuando ella estaba, no lloraba porque podía consolarse con la idea de que mamá lo ayudaría. Pero, ahora, cada nuevo embiste le recordaba lo que había perdido y las lágrimas se descontrolaban.
—¿Aún sigues llorando? —Gritó su padre irritado.
—Lo siento, padre.
—Te he dicho que no me llames padre, no con esa voz lagrimosa. Ven aquí.

Y era una férrea orden más que una indicación. Él se acercó sabiendo lo que venía a continuación. Su padre sacó un cuchillo de sus ropajes y lo acercó a su rostro. Pronto, un dolor lacerante y conocido surcó su tierna mejilla. Una lágrima salada se escapó de sus ojos para acabar en el seno de la herida. Ah, escocía mucho.
—Los hombres no lloran. —Decía su padre antes de volver a cercenar su rostro.

Aquellas imágenes pasaban a menudo por su mente. Ahora que era el guerrero más sanguinario que el mundo había conocido, ahora que estaba a punto de acabar con todo el Imperio Chino, que había matado, violado y exterminado, se preguntaba si su padre estaría orgulloso. Atila tomó fuertemente de los cabellos a uno de los hombres que había de rodillas frente a él. A su alrededor solo quedaba caos y destrucción, otro poblado reducido a cenizas. Los escombros y los cadáveres se mezclaban a su alrededor y frente a él se encontraban los últimos supervivientes, por poco tiempo.
—Por favor —gimoteaba el hombre que tenía de rodillas—Por favor, hacedme lo que queráis, pero dejad ir a mi esposa e hijos. Son muy pequeños, no pueden haceros nada. Por favor… —Las lágrimas recorrían el rostro sucio de aquel indigno ser.
—Los hombres no lloran.

Fue lo último que dijo Atila antes de que su espada rebanara el cuello de aquel hombre.



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