No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

jueves, 3 de julio de 2014

Mulán. Capítulo 7

Queridos lectores, 

El mundo está loco. Y para que eso lo diga yo que soy de todo menos un paradigma de la cordura, creerme, es que está muy loco. Hoy he ido de compras otra vez con mi madre, porque así es como se entretiene, y me han entrado todos los males juntos al ver que había talla 32 O.O y luego la máxima era la 40. Según el país del que seáis no entenderéis lo de las tallas porque cambia, pero ya os digo yo que la 32 es una talla que no le cabe ni a mis muñecas de la infancia y la 40 es de persona normal. Que sigan bajando el intervalo de las curvas femeninas me parece, no solo espantoso, sino tremendamente peligroso. Supongo que en algún momento de la vida, una persona sin consideración, amor propio o conocimiento ha decidido que se deben llevar las mujeres cadavéricas, no le encuentro otra explicación. 

Las modas siempre han sido pasajeras y condicionales. Desde la prehistoria, se consideraban más hermosas a las mujeres entraditas en carnes pues era signo de buena salud y de riqueza (las delgadas pasaban hambre). Unas caderas anchas era signo de fertilidad. Realmente, lo natural sería considerar como buen aspecto físico las caderas anchas y los pechos de tamaño aceptable y no la estrechez y planicie porque, si vamos a los orígenes de la especie, digamos que la atracción física es algo con un importante componente instintivo ¿vale? Intervienen feromonas y otras cosas que hacen que te guste una persona al verla sin unas razones concretas. El instinto viene dado por los genes que codifican nuestra estructura mental primigenia, por decirlo de algún modo, y lo que nuestros genes nos están diciendo, su mensaje, su prioridad es : ¡REPRODÚCETE! Lo que el genoma quiere es continuarse, perpetuarse en la especie. Por tanto, es lógico pensar que los genes/el instinto hará que nos parezca más atractivo un cuerpo que reúna las condiciones para la reproducción. O sea, que una cadera ancha y los pechos grandes son más naturales. No quiero herir sensibilidades con el tema del instinto, es cierto que intervienen muchas más cosas, no es algo tan simple. En algunas épocas se ha llevado la piel clara, ahora se lleva más morena. Durante la postguerra se volvieron a poner de moda las curvas, ahora parece que tener michelines es una condena o un pecado capital. 

Os voy a decir una cosa, al margen de las modas o lo que digan las tiendas de ropa, yo tengo un cuerpo estupendo, como tiene que ser un cuerpo, con sus curvas y sus, sí lo admito, michelines. Yo he pasado muchos años a dieta, sin mirarme a gusto en los espejos, considerándome el ser más terrible y espantoso del mundo. Cuando iba de compras, como hoy, y me daba cuenta de que parecía que no encajaba en el mundo porque no encajaba en unos pantalones me sentía fatal conmigo misma y hoy me hubiera pasado si no hubiera alcanzado la suficiente madurez mental como para culpar a las tiendas de ropa (y no al bocadillo de jamón del almuerzo). Vamos a ver, las mujeres tenemos que tener curvas, tenemos cadera, tenemos pecho y tenemos barriguita, pues sí, y al que no le guste que no mire. Lo importante no es el peso sino la salud y estar a gusto con uno mismo. 

Y, ahora, como me estoy durmiendo sobre el teclado, os pongo ya otro capi y ¡buenas noches! (Suerte en el examen Sadee;) )

MULÁN 

CAPÍTULO 7

El entrenamiento fue mejor que el día anterior. Algunos espectros eran algo duros con ella, le exigían mucho, sobre todo, ese viejo cascarrabias de Mundzuk. No hablaba demasiado y todo lo que decía era para criticar y poner pegas. Mulán trató de concentrarse y quedó contenta con lo que aprendió, aunque lo que más deseaba era que el entrenamiento pasara pronto para poder hablar con Mushu sobre su conversación de la última noche.

Cuando por fin se quedó a solas y todos los fantasmas se desvanecieron, Mulán caminó hasta un pequeño cerezo rojo que, por algún milagro de la naturaleza, había sobrevivido al fuego y la devastación que habían sufrido aquellas tierras. De alguna manera, sabía que Mushu estaría ahí esperándola. Quizás porque podía sentirlo, quizás solo porque tenía el vago recuerdo de encontrarse con él bajo un cerezo como aquel cuando era una niña.
—Hola Mulán
Él todavía le daba la espalda, pero podía sentirla como ella a él.
—Hola—Dijo ella poniéndose a su altura. Desde la colina del cerezo podían contemplarse los campos, yermos tras el paso del ejército invasor. —He venido a disculparme, Mushu, cuando te pregunté sobre tu historia no sabía que sería tan doloroso para ti. Lo siento.
—No debes disculparte. Soy yo el que debería sentirse avergonzado. Por eso me marché, por la vergüenza, por la deshonra. Llevé el deshonor a toda mi familia por mis acciones.
—No debes avergonzarte, Mushu. Sinceramente, creo que todo este asunto del honor está sobrevalorado. —El guerrero del dragón no pudo ocultar su sonrisa por más que quiso.
—Puede que tengas razón. Siéntate conmigo, quiero contarte mi historia.
—No es necesario…
—No, quiero hacerlo. Debes… debes saberlo.
La guió hasta una losa de roca que hacía las veces de asiento bajo el cerezo. Las flores rosas sobre sus cabezas se mezclaban con las estrellas de la bóveda celeste, la luz de la luna iluminaba sus pétalos.
—Las guerras han estado siempre presentes en el mundo, desde la creación de los hombres por los dioses. Fue en una de ellas, tanto tiempo atrás, donde manché el nombre de mi familia. Mi padre había sido un gran guerrero, había servido con honor al Emperador, era reconocido y admirado. Por supuesto, se esperaba que sus hijos estuviéramos a la altura. Mi hermano mayor lo estaba, él era valiente y honorable, un buen guerrero. Mi hermano mediano era pequeño en estatura, más incluso que yo, pero era inteligente y audaz. Yo era unos años más joven, más apasionado, más ardiente. Mi padre mandó hacernos unas armaduras personalizadas. Mi hermano mayor, el mejor guerrero, tenía el dibujo de un halcón, rápido y letal; mi hermano mediano, pequeño e inteligente, tenía un grillo; a mí me dieron el dragón. Pero yo no era solo ardiente, también era mucho más despreocupado, lo tomaba todo a broma, como si la guerra no fuera conmigo. En cierto modo, supongo que siempre me vi protegido por mi padre y nunca pensé que tuviera que enfrentarme al mundo yo solo tan joven. No me interesaba la guerra, ni deseaba ser soldado, no entraba en mis planes el asesinar o ser asesinado en luchas sin cuartel. Pensé que sería libre algún día, que podría negarme, si el momento llegaba, que podría dedicar mi vida a lo que yo quisiera. Fui un necio, claro. Mi padre me enroló en el ejército, me dio una posición y un cargo, bajo las órdenes directas de mi hermano, el capitán de mi regimiento. No quería aquella vida, la odiaba con todas mis fuerzas, necesitaba, más que nada, alejarme de allí. No podía soportar ver más sangre, más dolor, más sufrimiento… No podía soportarlo más. Y pensé… pensé que si mi comportamiento era indisciplinado, si conseguía que mi padre y mi hermano se hartaran de mí, me mandarían de vuelta a casa y entonces podría vivir mi vida. Así que aquello fue lo que hice, tomármelo todo como un juego, llegar tarde a los entrenamientos, no esforzarme, no aprender, dejar patente mi falta de interés. Hasta que un día llegué demasiado lejos. —Miró a Mulán y le dedicó una breve sonrisa—No me odies por lo que te voy a contar.
—No voy a odiarte, Mushu. Tú has estado siempre conmigo, me has protegido y ayudado. —él la miró como si sus palabras le doliesen.
—Nos habían dado el aviso de que los Hunos estaban por los poblados. Nuestro regimiento fue para allá, pero yo los retrasé con mis juegos de niño mimado. Mi inmadurez y mi estúpida idea de librarme de la guerra mostrando desinterés le costó la vida a varios hombres de un pequeño poblado, que se habían enfrentado a un ejército de bárbaros sin estar ni siquiera armados. Por mi culpa, el regimiento se retrasó y los Hunos tuvieron tiempo para organizarse. Al llegar, nos esperaban entre las rocas que custodiaban al poblado, estábamos prácticamente rodeados. Uno de los hombres, el de mirada más fiera y vacía de humanidad, sujetaba a un hombre por la cabeza, de rodillas frente a él, a su espalda, una mujer lloraba y pedía clemencia, imaginé que era su esposa por cómo lo miraba. Pero el hombre que sostenía un cuchillo, no escuchó a sus llantos ni a sus súplicas. Le cortó el cuello con su daga y aquella fue la señal para que una avalancha de flechas cayera sobre nosotros. Éramos… eran buenos soldados y, a pesar de la situación en desventaja, pudieron causar muchas bajas en el enemigo, las suficientes para que se retiraran sin destrozar lo que quedaba de pueblo. Pero eso lo supe después. Primero vi caer a mi hermano, el Halcón, por una flecha que impactó en su cuello; después a mi otro hermano, Grillo, uno de los guerreros aplastó su cráneo con un mazo. Yo me quedé de pie, inmóvil, contemplándolos, viendo lo que mis actos irresponsables habían ocasionado, viendo a todos los hombres que morían por mi culpa, hasta que noté el filo de una espada que atravesaba mi corazón. Después, no hubo nada.

Permaneció en silencio unos minutos, dejando que Mulán absorbiera sus palabras, aún quedaba la parte más difícil.
—Un tiempo más tarde o justo después, ya no lo recuerdo, mi espíritu contemplaba el campo de batalla lleno de sangre. Me costó entender lo que había pasado, lo que era. Busqué a mis hermanos, un guerrero halcón y otro grillo, hasta que comprendí que ellos sí habían muerto con honor, peleando, y habían pasado más allá. Yo no. Yo causé la muerte de soldados honorables, la muerte de mis propios hermanos, solo porque estaba empeñado en que el ejército no era la vida que yo quería, porque me habían impuesto; yo no morí combatiendo, sino atravesado por una espada por la espalda. Pensé que si podía ayudar, remediar parte del mal que había hecho… recuperaría cierto honor, podría ser digno de mi emblema del dragón. Así que volví al poblado donde todo comenzó, busqué a la mujer del hombre que había visto asesinar, otro de los que habían caído por mi culpa, para ver si podía ayudarla. La mayor sorpresa de mi vida y, también, el mayor dolor, fue el encontrarme un bebé recién nacido al llegar a su tienda. Resultó que aquella mujer tenía un don especial, podía verme, me tomó por otro guerrero caído, nunca me reconoció porque el día que mataron a su esposo estaba demasiado ocupada llorándolo como para fijarse en mí, así que fui un espectro más. Un fantasma que se prometió cuidar, proteger y guiar siempre a aquella niña que había dejado sin padre antes incluso de nacer.

Mulán lo miró sin llegar a comprender, sin querer comprender.
—Aquella niña eras tú. Por mi culpa y mi irresponsabilidad, mataron a tu padre años atrás, no pudiste conocerlo, no te vio crecer y puede que ni siquiera llegar a saber que esperaba una hija, pues a tu madre apenas se le notaba el embarazo cuando él murió. Por eso yo he estado siempre contigo y siempre lo estaré si me sigues aceptando… si no te he decepcionado demasiado.
—Dime, Mushu, ¿quién sostenía el cuchillo, quién le rebanó el cuello?
—Lo conoces bien. Fue el mismo que años después terminó lo que había empezado, arrasando tu pueblo. Fue Atila.

Mulán cerró los ojos con fuerza, como si aquellas palabras le hubieran dolido al igual que dolía una flecha en el corazón. Una lágrima solitaria recorrió su mejilla.
—Entonces él es el culpable. Y es otra razón más por la que debo entrenar para acabar con su vida.
—Pero yo…
—Quizás fuiste irresponsable, quizás no obraste bien, pero mírate, eres solo un muchacho, no podías saber que holgazanear un poco causaría tanto daño. Atila era el que sostenía el cuchillo. Tú has pasado años cuidando bien de mí, culpándote de todo, ya has pagado tu penitencia.

Mushu sonrió con un alivio infinito dibujado en su rostro.
—Gracias, Mulán, eres tan sabia como tu madre.

Una de las flores del cerezo se posó sobre sus manos conducida por el viento y Mushu la colocó sobre su oreja decorando su pelo negro recogido para parecer un hombre. Aunque ni siquiera aquel peinado, ni aquellos ropajes podían esconder su belleza.
—Gracias—Volvió a susurrar. Y se quedaron allí mirando a la noche, sintiendo como el viento se llevaba por fin años de culpabilidad.
 —¿No te parece extraño?—Dijo Mulán al cabo de un rato — Que Atila matara a mi padre, devastara mi poblado y hoy, más de veinte años después, no haya perdido su fuerza de guerrero.
—Hay más cosas en este mundo de las que nuestras mentes pueden explicar. La magia toma muchas formas. Tiene muchos nombres.

***
El halcón era la mascota del malo de la peli, el grillo era el amiguito de Mushu que le da la abuela a Mulán como amuleto. 

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