No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 5 de julio de 2014

Mulán. Capítulo 8

Queridos lectores,

Siento el pequeño lapsus sin entradas. Es que ayer os escribí, pero cuando fui a publicar no me iba internet, así que, después de haberos escrito un buen rollazo, ni se guardó. Aunque mejor, lo tomaré como una señal del destino de que lo que os contaba era tontería. 

Hoy he hecho otro intento infructuoso de socialización. Porque mi madre me dice muchas veces lo de "pues sal con tus primas", ya que en pueblo no tengo muchas amigas, y la mejor opción para salir con gente la representan mis primas cuatro y ocho años mayores que yo, respectivamente. Habían dicho algo de una cena y luego ir a bailar y yo, sin mucchas ganas, he aceptado el plan porque ya que se molestan en invitarme cuando está claro de que yo ni encajo ni pinto nada con ellas y lo hacen por hacerme un favor, pues no quería negarme a ir. Aunque al final, no me hubiera perdido nada con la negativa a ir porque no he hecho nada. Mis aportaciones a unas conversaciones que versaban sobre sus vidas eran escasas y limitadas, no sabía qué decir ni qué hacer. La guinda del pastel ha sido la llegada de otros 2 primos más en evidente estado de embriaguez. A mí me ha parecido un poco triste, qué queréis que os diga, porque todo el rato tenía la sensación de que no estaban realmente borrachos sino fingiendo y exagerando su estado para dar espectáculo. Y espectáculo han dado. Han tirado el ron por el suelo, los vasos se han salvado por intervención del amigo de mis primas, se han hecho un cubata gigante en un vaso medidor de litro que tenía mi tía y, como no había cubitos, se han metido al cubata una morcilla congelada! O.O Yo flipo. Luego ha empeorado, porque han seguido bebiendo y ya me he vuelto a casa, abandonado mi intento de "salir"

En fin, se acerca una hora en la que debería pensar en dormir así que os dejo un capi y espero que os guste ;)

MULÁN

CAPÍTULO 8

El tiempo había pasado dejando atrás los días en los que Atila fue un niño indefenso a merced de un padre borracho y cruel que jugaba quemándole con un atizador de hierro, cortándole con el filo de sus cuchillos para enseñarle a no llorar, a soportar el dolor. Su madre había muerto cuando él era demasiado joven, la única enseñanza que recibió de su padre fue que los hombres no lloraban. Con los años, las lágrimas y el dolor habían quedado atrás, pero no así su padre, no así la burla constante a la que lo sometía porque nunca sería un guerrero tan fiero como él.

Había pasado toda su vida, desde que tenía memoria, soportando como su padre le decía que no valía nada, que era un despojo, un gusano que no podía pelear. Y ser un Huno y no poder pelear era como ser un pájaro sin alas, un dragón sin dientes. A todos los niños se les colocaba una espada al nacer, aprendían a cabalgar antes incluso que andar. Pero él no, porque él era débil, era una rata inmunda que había deshonrado el nombre de su padre, al menos eso le decía él. Los recuerdos seguían vívidos como el primer día.
—Padre, he combatido, ¿me habéis visto? No ha estado mal —Atila entró en la tienda ilusionado. Por fin, tras años de duro entrenamiento, había conseguido ser un buen guerrero.
—¿No ha estado mal? Has sobrevivido por los pelos, por misericordia de los dioses. —Y allí estaba de nuevo, aquella mirada de desprecio y asco que tan bien conocía.
—Pensaba… pensaba que lo había hecho bien. Seguiré practicando, mejoraré.
—¿Por qué no nos haces un favor a todos —hizo una pausa para beber un trago de su botella— y te quitas la vida con algo de honor? Será menos doloroso que perecer a manos de nuestros enemigos.
—¿Realmente deseas mi muerte?
—¿Por qué no habría de hacerlo? —Dijo su padre.
—Pues porque soy tu hijo.

Una risa ronca y sin vida salió de los labios de su padre.
—¿Mi hijo? No, no eres mi hijo.
—¿Qué dices?
—Mi esposa te encontró hace muchos años en una de nuestras travesías y decidió quedarse contigo. Después ella murió y yo tuve que cargar con una rata llorona. Por tus venas no corre mi sangre, no sabes pelear, ni cabalgar, no eres un Huno, no eres de los nuestros. Márchate, este no es tu sitio.
—Pero… —Atila no conseguía pensar con claridad —Esto es todo lo que tengo. Yo… aunque no sea de tu misma sangre, puedo ser tu hijo, puedo aprender a pelear. Haré lo que sea necesario para que estés orgulloso de mí.
—Si quieres que esté orgulloso, muestra un poco de valor y quítate de en medio. Tú no eres mi hijo, yo nunca te he querido y este no es tu lugar. Así que ¡Largo!

Atila salió corriendo de la tienda. Por primera vez en años, las lágrimas volvieron a sus ojos, a su rostro y, esta vez, no las detuvo, qué más daba. Corrió hasta dejar atrás las tiendas, hasta quedarse a solas con el viento y la montaña, hasta que el agotamiento hizo que sus piernas se doblaran y cayera de rodillas al suelo. Tenía un puñal en su cinto, lo observó durante un rato. ¿Sería lo mejor? ¿Tendría su padre razón? Si lo que decía era cierto, lo habían abandonado siendo tan solo un bebé, ellos tampoco lo habían querido. Lo habían dejado en mitad de la nada para que muriera de frío o devorado por algún animal salvaje. Quizás su madre, su verdadera madre, la que lo encontró y decidió cuidarlo y protegerlo, quizás ella lo quiso, pero ni siquiera ese pequeño regalo le habían permitido los dioses y se la habían arrebatado siendo un niño, antes incluso de poder guardar buenos recuerdos de ella. Aunque lo que más le dolió fue la confesión del que siempre tuvo como padre. Durante años, desde que murió su madre, él fue lo único que tenía. Soportó sus palizas, los cortes, las quemaduras, vejaciones y humillaciones pensando que si se hacía más fuerte, entonces él lo querría, pensando que si demostraba ser digno, tendría por fin un padre, algo. Lo había admirado e idolatrado porque era el mejor, un gran guerrero, había aprendido por él, se había sacrificado. Y lo peor no fue descubrir que no era su verdadero padre, sino que nunca lo había querido y nunca lo haría. De pronto, todo aquel esfuerzo parecía inútil, todo el dolor no había servido para nada, todas las lágrimas acalladas no lo habían acercado más a él. Ahora veía que nunca podría tener lo único que siempre deseó: el cariño de su padre. Nunca estaría orgulloso de él.

Quizás sí que era lo mejor. Atravesarse con aquel puñal y olvidarlo todo. Sería mucho más fácil que soportar todo el dolor que se extendía por su pecho, a la altura de su corazón, un corazón roto. Tomó el puñal entre sus manos y lo dirigió hacia su estómago. Alzó los brazos y justo cuando descargaba su fuerza contra su cuerpo, algo lo detuvo.
—Atila, Atila, Atila —Dijo una voz femenina —Me has decepcionado. No pensé que alguien destinado a ser un gran guerrero como tú fuera a dejarse llevar tan pronto por el dolor.
—¿Quién eres tú?
—Yo soy la que puede hacer realidad todos tus deseos, puedo concederte la fuerza, la valentía, la invencibilidad… para que tu padre esté orgulloso de ti. Puedes llamarme Maléfica.
—¿Eres una bruja?
—Es una forma de verlo.
—¿Por qué tendría que confiar en una bruja?
—Por nada en especial. Puedes creerme o no, pero deseas hacerlo, deseas creerme. Verás, sí soy algo parecido a una bruja, al menos, poseo magia. Una magia especial que puede anidar en los corazones rotos, como el tuyo.
—¿Por qué ahora? Llevo años deseando ser un buen guerrero, ¿por qué vienes ahora?
—Porque es ahora cuando me necesitas, cuando estás desesperado y perdido, solo entonces puede actuar la magia oscura. Ya sabes, en la noche oscura, la magia es tenebrosa.
—¿Qué tendría que hacer yo?
—Nada, solo renunciar a tu corazón roto, a ese que tanto dolor te está causando. Y en ese hueco que dejará, anidará la magia. Magia que te convertirá en el guerrero más temido y respetado de todo el Imperio. Serás es más fuerte, el más letal y podrás sobrevivir a todos tus guerreros. Te convertirás en una leyenda.
—¿Una leyenda?
—Sí
—De acuerdo, hazlo. —Maléfica mostró una pérfida sonrisa.
—Es muy fácil, Atila, solo tienes que beberte esto.

Le entregó un frasco de cristal con una nota que decía: “Bébeme”. Él hizo lo que le pedía y enseguida sintió que el dolor de su pecho iba desapareciendo, dando paso a una fuerza que no había notado nunca, a valentía, arrojo y a algo nuevo, a sed, sed de sangre, de venganza y dolor.

Para cuando Maléfica desapareció, el trato ya estaba sellado. Podía sentir en cada uno de sus músculos, la fuerza que la magia le había dado. Fuerza que debía poner a prueba. Volvió a su tienda, donde su padre seguía sentado bebiendo.
—Vaya, pensaba que te lo había dejado claro y me había librado de ti.
—No todavía, padre. Las cosas han cambiado un poco. Yo voy a ser el nuevo líder de los Hunos. Seré un guerrero temido, una leyenda.
—¿De qué hablas?

Atila sonrió. Pero ya no era una sonrisa cálida ni cariñosa, ni siquiera humana.
—Ya lo verás.

Aquel mismo día retó al anterior líder y lo venció en un duelo a muerte. Bajo su mando, los Hunos comenzaron a movilizarse. Había algo nuevo en él, algo que lo impulsaba a ser despiadado, a ser cruel, porque quería demostrarle a su padre de lo que era capaz, porque allí donde había estado su corazón, ya solo quedaba oscuridad.

—Ya estás orgulloso de mí, padre —Le dijo un día, después de muchas y sanguinarias batallas.
—Cómo podría estarlo. Eres un monstruo.
—Es gracioso que eso lo diga alguien que torturaba y maltrataba a su propio hijo.
—Que te quede clara una cosa —dijo su padre encarándolo— Tú nunca serás mi hijo. No importa que de repente seas un gran guerrero, no importa lo que hagas, yo nunca te querré.

La rabia se apoderó de Atila en aquel preciso instante. La misma rabia que lo impulsó a tomar su cuchillo, lanzarlo contra él y atravesarle el pecho con su filo. No se dio cuenta de lo que había hecho hasta que no tuvo al cuerpo de su padre cayendo sin vida a sus pies. E, incluso entonces, tampoco le importó. 

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