No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 6 de julio de 2014

Mulán. Capítulo 9

Queridos lectores, 

Es curioso como le acabamos cogiendo cariño a las cosas a fuerza de tenerles manía. A mí eso me pasó de pequeña con un florero que tenía unas flores de plástico enormes y espantosas. Mi madre lo compró muy emocionada para la entrada del piso en el que vivíamos y yo en cuanto lo vi (porque era una niña muy sincera) le dije que me parecía horrible (y lo era), de hecho, a partir de ese momento lo llamé el "espantapájaros". A mi madre no le gustó nada mis comentarios sobre su dudoso gusto por los elementos decorativos y se enfadó conmigo. Esos malos principios con el florero espantapájaros hicieron que lo odiara con toda mi alma y dijera que era feísimo siempre que pasaba por el pasillo (que era bastante a menudo). Algo parecido me pasó con una mesita. Cuando era pequeña me gustaba ponerme a cantar y a bailar en mitad del comedor, que no era demasiado grande pero para una niña de entre tres y cinco años era como un salón de baile. Pues mi madre me colocó una mesa espantosa que ocupaba la mitad de mi espacio para bailar y por eso también le cogí manía a esa mesa. Así, crecí promulgando mi odio contra aquellos dos objetos y resulta que, cuando nos mudamos y mi madre decidió que aquellos elementos decorativos contra los que tanto había luchado y a los que tanto había criticado ya no encajaban en su idea de cómo decorar la nueva casa, yo me quedé destrozada y me di cuenta de cuan importantes habían llegado a ser dos cosas que comencé odiando. Ya no podía imaginar mi casa sin ellos. 

Sí, vale, es un poco exagerado. He sobrevivido sin el florero-espantapájaros y sin mi mesita de centro, pero los echo de menos. Y creo que eso nos pasa mucho a las personas. Podemos comenzar detestando una cosa, cogiéndole cierta manía, hasta que el odio da paso al amor. Porque hasta el odio es un sentimiento y los sentimientos unen. ¿Creéis que algo así me puede pasar con la medicina? Voy a ser sincera, Sadee contigo he hablado de esto varias veces y mereces una explicación. La explicación más razonable es que yo estoy como una cabra, cosa que no desmiento. Pero la más verdadera, es que soy una cobarde. En eso tenías razón, en que no me enfrento a mis miedos. Solo que mi miedo no son mis padres porque, aunque a veces me impongan cosas y me condicionen, puedo enfrentarme a ellos. No, ellos pobres, son casi una excusa que me pongo a mí misma para ocultar lo que de verdad temo que no es otra cosa que fracasar. Desear una cosa hasta tal punto que me duela el pecho por la necesidad y perderlo, no lograrlo. Este año, creo, he llegado a la conclusión tras mucho hablar conmigo misma, que me he planteado mucho si seguir con la carrera o no, he llegado a decir que le tenía manía o que la odiaba. Mi problema no ha sido descubrir que no me gustaba, sino que sí me gustaba, una cosa en especial, que quería ser pediatra y ayudar y cuidar de los niños. Y el nuevo y asquerosos plan de troncalidades que hará que la nota de pediatría suba y sea más difícil lograrlo me ha asustado mucho. Porque yo quiero eso, lo quiero, ser pediatra, lo quiero de tal forma que la ansiedad me consume. Quiero serlo ya, quiero ser buena y que los niños me adoren. Por eso me da tanto miedo no lograrlo. Entonces no sabré qué hacer. 

No lo hago a propósito. Creo que es un mecanismo de mi mente para protegerse de la sensación de fracaso, que es la peor de las que he sentido. Así que cuando ve que camino hacia un posible precipicio que me hará caer, en vez de animarme a creer en mí y a saltar lo suficientemente lejos como para salvar el precipicio, hace que cambie de dirección y me vaya hacia otro lado donde haya tierra que no me haga caer. 

Sí... la explicación de que estoy loca era más sencilla y razonable ¿verdad? Pero estoy determinada, aunque mi determinación sea cambiante cual veleta, a lanzarme al próximo precipicio (METAFÓRICO, claro). Tomar aire, cerrar los ojos y saltar. 

MULÁN

CAPÍTULO 9

El sonido metálico de las espadas al chocar llenaba el aire. Mulán se esforzaba por recordar todo lo que los espíritus le habían enseñado. Se concentraba, esperaba el momento y atacaba, intuía los movimientos de sus adversarios antes de que los hicieran y, si dudaba, o eran demasiados para ella siempre tenía la ayuda de unas voces que nadie más oía y la avisaban de por dónde llegaba el siguiente golpe. Así que Mulán, ataviada con su armadura y disfrazada como un hombre, se enfrentaba a la mitad de sus compañeros en el entrenamiento. Los progresos que había hecho en tan poco tiempo no habían pasado desapercibidos a nadie y todos la atacaban a la espera de descubrir un truco o un punto débil. Así que su espada chocaba, su cuerpo giraba y el filo buscaba su diana.

Dos espadas se lanzaron hacia ella cortando el aire, no podía girar hacia ningún lado, solo le quedaba lanzarse hacia atrás, pero caer al suelo la dejaría en una posición muy vulnerable. Le llevó solo un segundo decidirlo. Cayó de espaldas clavando sus espadas en el suelo para mantenerse a cierta altura, apoyando todo su pelo en los mangos de las armas. Cuando las espadas del adversario pasaron rozando su cabeza, ella le lanzó una patada, solo para ganar el tiempo necesario para levantarse tomando impulso en las espadas y desarmarlo.

—Muy bien —Escuchaba la voz de Mushu.
No tuvo tiempo de felicitarse a sí misma, pues pronto otro atacante se abalanzó hacia ella. Sus espadas chocaron quedando filo contra filo en un duelo de fuerza. Mulán sabía que ella no ganaría a fuerza bruta y no había posibilidad de retroceder sin que la espada arañase su piel. El único movimiento que le quedaba era avanzar. Manteniendo su espada frente a la otra, se lanzó hacia delante quedando encerrada en los brazos de su oponente, su espalda contra el enorme pecho cubierto de él. Lanzó su codo hacia su cara con la fuerza necesaria para que su contrincante se desconcentrara y así Mulán pudo desarmarlo.

Terminó jadeante, mirando a su alrededor alerta, esperando un nuevo adversario. Pero ya no quedaba nadie, todos estaban por los suelos o alejados de ella, recuperando el aliento.
—Muy bien soldado —La voz del capitán Shang resonó entre los demás. —Has mejorado mucho en poco tiempo.
—Gracias, mi capitán.

El capitán Shang era un hombre apuesto, alto, de tez morena curtida por el sol.
—Aunque me asombra esa mejoría tan rápida. Me gustaría ponerla a prueba.
—¿Mi capitán? —Mulán no sabía a qué se refería, pero esperaba que no incluyera más batallas. Llevaba todo el día peleando y estaba agotada.
—¿Ves ese poste? —Era una pregunta retórica claro, era imposible no ver un poste de más de diez metros de altura que se encontraba en el centro justo del campamento. —Quiero que lo escales… con esto. —De su bolsillo sacó dos pesadas medallas de oro. —Cuando lo hagas, podrás unirte a los demás para descansar.

Aquello era sencillamente estupendo. Los altos mandos del ejército no sabían demasiado de motivación si, como premio a una mejoría importante, daban algo más parecido a un castigo. Mulán sopesó las pesadas medallas que sostenía. Iban a ser un verdadero lastre en su ascenso. El resto de compañeros, a los que ella había dado una paliza, se fueron marchando del lugar con una sonrisa triunfal.
—Bueno, ¿cuál es el plan?
 Mushu se había materializado a su lado.
—Pues eso depende ¿los fantasmas podéis volar con sobrecarga?
—Me temo que no.
—Pues entonces habrá que escalar.

Mulán lo intentó con todas sus fuerzas, pero el poste no tenía salientes ni grietas en las que apoyarse y las medallas pesaban demasiado arrastrándola hacia abajo. Aquello era frustrante. Perlas de sudor recorrían su rostro y su estómago se quejaba por el hambre.
—Esto es imposible. Lo mejor será que me rinda y vaya a decirle al capitán que soy incapaz de subir.
—No puedes hacer eso —Uno de los espectros de aspecto más anciano y fiero, Mundzuk, apareció de pronto.
—¿Por qué no? Soy incapaz.
—He estado en el comedor escuchando al capitán Shang y al resto de oficiales. Esta prueba es una trampa, espera a que te rindas y, al hacerlo, tendrá la excusa para tacharte de cobarde y no permitirte ir a la lucha. —Mulán no daba crédito.
—¿Y por qué habría de hacer eso? He mejorado mucho, soy un buen guerrero.
—Precisamente por eso. Has mejorado demasiado en poco tiempo, te has convertido en la mejor y a los altos mandos no les gustan los soldados capaces de hacerles sombra en la batalla.
—¿Realmente son tan orgullosos como para prescindir de un buen soldado por llevarse un mayor honor?
—Sí.
—Pues son idiotas. Y esto es una estupidez. ¿Quieren echarme? Bien, pues que me echen, me voy. No sé por qué me he metido en esto, las guerras no son para mí, están hechas por y para hombres sin sentimientos y ni cabeza.
—No puedes irte Mulán. —Mundzuk la retuvo—Porque tú eres la única que puede acabar con Atila. Si no lo detienes continuará asolando el mundo.
—¿Cómo voy  a ser yo la única capaz de derrotarlo? Si apenas soy capaz de escapar un palo gigante.
—Eres la única que puede conocer su secreto.
—¿Qué secreto? No sé de qué hablas.
—Hace muchos, Atila hizo un pacto con una especie de hechicera extranjera. La magia no solo le dio fuerza y coraje, sino que lo convirtió en un ser despiadado y casi inmortal. Desde mi muerte, he vagado como un espíritu buscando a la hechicera para encontrar una forma de derrotar a Atila. Así que solo yo conozco esa manera y tú eres la única que puede escucharme. Si abandonas ahora, nadie podrá detenerlo y más vidas serán arrebatadas, más pueblos serán devastados.
—¿Cómo sabes todo eso? —Preguntó Mulán— ¿Por qué tanto interés en derrotar a Atila?

Mundzuk apartó la mirada hasta reunir el coraje para hablar y volvió a mirarla.
—Porque yo soy el padre de Atila —Respondió el espectro —Al menos, lo crié como tal. Mas no era de mi sangre y nunca pude quererlo ni cuidarlo como a un hijo. No comprendí la magnitud de mis acciones ni el daño que había causado, hasta que volvió con la magia corriendo por sus venas y comenzó su reinado de terror. Yo mismo había sido un fiero guerrero, pero incluso yo conocía el honor y la misericordia… cuando no estaba borracho. Pero Atila vendió su humanidad a cambio del poder.
—Vaya —Dijeron Mulán y Mushu a la vez.
—Así que ya puedes encontrar la manera de escalar ese poste si no quieres que más inocentes sufran y mueran. Dices que las guerras son para hombres sin cabeza, demuestra lo que puede hacer una mujer inteligente, pues.

Mulán miró las medallas que sostenía entre sus manos. Pesaban demasiado, pero… entonces, se le ocurrió una idea. Las enlazó alrededor del grueso tronco y las ayudó para apoyarse. Así, casi sin poder creerlo, comenzó a avanzar. Aquello era lo que significa, aquello que nos lastra, las cargas que pesan sobre nuestros hombros solos nos hunden si nosotros se lo permitimos. Podemos usar esas mismas cargas que nos hunden para aprender, para madurar y usarlas para avanzar. Y aquello era precisamente lo que estaba haciendo, usar el peso de las medallas para subir, para escalar, el sudor recorría su rostro y el sol comenzaba a salir por el este. Ya quedaba menos, con un último empujón subió a lo más alto y se encaramó al final del poste sin aliento. Lo había logrado.

En aquel instante, salieron de las tiendas el capitán Shang y el resto de los hombres para encontrarla sonriendo en lo más alto.

—Bien soldado —Dijo el capitán sin poder creérselo— Preparaos. Partimos a la batalla. 

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