No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 3 de agosto de 2014

El País de las Maravillas 8

Queridos lectores,

Lo primero, decir que Spirit está bien. No está perfecto ni mucho menos y es pronto para relajarnos, habrá que hacerle curas y ver cómo evoluciona, pero no está mal, se le ha inflamado un poco la pierna solamente. Gracias por los mensajes de preocupación y apoyo que he recibido ;) No os preocupéis, él es fuerte, los dos somos fuertes.

Aunque hoy, me vais a perdonar, no tengo ánimos para escribir. Así que os pongo un poco de relato, se acerca el final. Espero que os guste.

El País de las Maravillas

CAPÍTULO 8

Casi hubiera preferido que muriera. Haberlo dejado con la cabeza separada de su cuerpo. Porque ahora estaban unidas mágicamente, pero su cabeza seguía sin estar. John había enloquecido definitivamente, se había extendido el apodo de Sombrerero Loco y lo más doloroso era verlo andar, reír, hablar… pero que nunca me mirara, que nunca me recordara.

Al principio, pasada la rabia y el dolor inicial, creí que podría recuperarlo del todo, que podría volver a ser el de siempre. Mi John. Pasé días a su lado mientras él iba de un lado para otro, demente, desquiciado, rompiendo tazas de té y jugando con esa liebre casi tan loca como él. Lo intenté todo. Todos los hechizos, toda la magia que conocía, intenté besarlo, traté de hacerle recordar.
—John, John mírame. Soy yo, Blanca, ¿No me recuerdas?
—Mmm… Sí, claro, ¿Cómo no conocerte? Eres la cumpleañera.
—No.
—¿No? ¿No es tu cumpleaños?
—No lo es.
—Pues entonces, ¡Feliz no cumpleaños!

John comenzó a bailar con aquella liebre demente y entonces me di cuenta de que ha no era él, ya no era mi John, ni mi prometido, ni mi gran amor… era tan solo un Sombrerero Loco, el fantasma de lo que fue. Era su rostro pero no sus ojos, era su cuerpo pero no tenía su calor. Lo había perdido para siempre y todo por una niña consentida que rompió su promesa, que antepuso sus deseos de que su padre la creyera al bienestar de todo el mundo, que mintió y ocultó la realidad para no salir castigada, que dejó que mataran a John sin admitir que él solo la perseguía porque era una ladrona.

Lo peor era que no podía librarme de la sensación de que John había muerto por mi culpa. Porque yo había sido siempre buena y confiada y bondadosa. “La poseedora del Corazón Benevolente” “La Reina Blanca” y toda esa basura, había confiado en aquella niña y me había roto el corazón. La bondad, el bien, la confianza… todos esos sentimientos que solo pueden conducir a la desgracia, que solo me habían llevado a perder lo que más amaba una y otra vez. Primero unos soldados desalmados habían matado a mi madre, mi propio padre se había entregado a la oscuridad y había intentado matarme; y mi gran amor, mi único amor, había muerto para salvarme, para devolver al País de las Maravillas el Corazón de la Estrella que nos mantenía protegidos y a mí con vida. Y en todo aquel tiempo, en toda la terrible sucesión de desgracias que mi vida había sido, no me enfadé, ni una vez. Perdoné a los soldados que mataron a mi madre, perdoné a mi padre, sentí lástima por Arturo, el Galimatazo, que también había sufrido y le perdoné la vida. Siempre me había conducido por la bondad, nunca había albergado sentimientos de rabia y odio ¿y a dónde me llevó eso? A perder lo que más he amado en esta vida.

Así que ya está. Se acabó. Sí. Me dejé llevar. Me abrí al odio y dejé que me inundara por completo, que me consumiera, que me diera la energía que la vida me había arrebatado lenta e inexorablemente y así viví. Para el odio, solo para el odio y la venganza, he existido los últimos años de mi vida. Perdida toda la esperanza de recuperar a John, simplemente me concentré en que la vida de todos fuera tan miserable como lo era la mía. Y sé que no es un buen motivo, mi antigua yo jamás lo habría permitido ni siquiera considerado porque “los actos de los demás no justifican los nuestros propios”, porque los demás merecían ser felices y todo eso. Pero yo también merecía ser feliz, yo me había sacrificado una y otra vez por aquel maldito País de las Maravillas, me había sacrificado por todas y cada una de las personas que habían necesitado mi ayuda. Si alguien merecía ser feliz era yo misma y, si yo no lo era, nadie más lo sería.

Fueron años oscuros para el País de las Maravillas. Años bajo la tiranía de la Reina Roja y sus desquiciadas órdenes. No dudé en cortarle la cabeza a cualquiera que osara desafiarme. Convertí la vida de cada uno de los refugiados de mi mundo en pesadillas y me encargué de que los finales felices quedaran relegados a los recuerdos. Porque todo era posible en el País de las Maravillas, para bien o para mal.

No sé por qué, supongo que en el fondo me gusta sufrir, solía visitar todos los días a John desde las sombras. Lo veía enloquecer y derramar té sin control, lo veía reír y festejar, siempre con la mirada perdida, con su cabeza perdida. Cada día dolía más y cada día me repetía que no volvería a verlo, pero al día siguiente regresaba. Porque lo necesitaba, porque era como una droga, una necesidad que se había instalado en mi corazón, ahora roto, desde el momento en el que lo conocí. Hasta que un día, mientras lo observaba, apareció un pequeño ratón que se escondía en una de las teteras. El ratón parecía tremendamente asustado de ella, de la Reina Roja, y no era de extrañar, su reinado de dolor y muerte se había extendido y los rumores habían hecho el trabajo sucio imponiendo el miedo por donde quiera que fuera. Aunque yo no era lo único que infundía terror a ese pequeño animalito. También estaba terriblemente asustado de los gatos. Entonces fue cuando recordé una conversación que había mantenido con Cheesire tiempo atrás, una conversación sobre un hechizo que podría devolver a cualquiera su estado original.

Corrí hacia el Bosque Oscuro, donde solía esconderse aquel malicioso gato.
—¡Cheesire! ¡Cheesire! Te ordeno que vengas aquí.
—¿Mi Reina? —Una voz sonó de la nada, una sonrisa precedió a unos brillantes ojos felinos hasta que todo su cuerpo apareció.
—Cheesire, te ordeno que me digas cuál es ese hechizo que podría devolverle a John su estado original.
—El hechizo ¿eh? Podría existir o podría no existir, no sé.
—No te hagas el loco, maldito gato.
—¿Pero su Majestad no se ha enterado? Aquí estamos todos un poco locos desde que nuestra reina enloqueció por el dolor.
—No me interesa lo más mínimo. Por favor —Sentir el peso de las lágrimas sobre mí— Solo quiero recuperar a John.
—Y después de todo el daño que has hecho en esta tierra, ¿por qué tendría que ayudarte? —Dijo el gato apareciendo en otro lado del bosque.
—¿Todo el mal? Y qué hay de todo el bien que hice. Dónde quedaron todas las veces que os ayudé, todos los sacrificios que hice, los años que pasé gobernando con sabiduría y justicia este mundo. Dónde quedó todo eso cuando me arrebataron a John sin consideración. Me dejé llevar por el odio y la pena, sí, pero quién puede culparme por ello. Me obligasteis a enfrentarme al Galimatazo cuando era tan solo una niña, me convertisteis en Reina sin saber nada de este mundo, nunca pude volver a mi auténtico mundo, nunca volvía a ver a mi padre ni siquiera mi madre porque aquí las estrellas son distintas y ella no está. Renuncié a todo, a mi vida, a mis deseos, a mi felicidad para ser la Reina que queríais, la salvadora que necesitabais. ¿Y esperabais que después de perder a lo único que realmente he amado en toda mi vida siguiera como si no hubiera pasado bien? Sí, me dejé llevar por la oscuridad, por el odio, he matado y torturado, pero soy solo una persona y el dolor me desgarra como a cualquiera, me hundí en mi miseria y ninguno de vosotros, ninguno de los que me empujó a esta vida como reina, vino a salvarme. Así que discúlpame si no he sido una buena reina últimamente. Pero no pienso irme de aquí hasta que me expliques como recuperar a mi John.
—Está bien, está bien. Pero ya te advertí que es un hechizo muy complicado. Tiene un alto precio.
—No me importa. Haré lo que sea. ¿Qué necesito?
—Corazones rotos— Respondió el gato con una enigmática sonrisa.
—¿Qué?
—Necesitas corazones rotos. No eres el único corazón bondadoso que ha existido. Hay más, no demasiados, pero varios más repartidos por los mundos. Cuando un corazón puro y verdaderamente benevolente se rompe libera una poderosa magia, muy oscura. Los necesitas para el hechizo.
—¿Y cómo lo hago?
—Hay unas cajas especiales que pueden atraer esa magia oscura que desprenden los corazones rotos.
—¿Cuántos necesitaría?
—Muchos. Pasarán años hasta que los consigas todos.
—El tiempo no importa. —Dije convencida.
—Hay un pequeño inconveniente, no puedes salir del País de las Maravillas, ¿recuerdas?
—Encontraré la manera.

Y la encontré. La vía para llegar al resto de corazones rotos se llamaba Brunilda, también conocida como Maléfica, el primer corazón puro que encontré gracias a los espejos que comunicaban mi mundo con los demás. Tuve que darle un pequeño empujón, propiciar el dolor y el engaño para que sucumbiera a mí, para que viajara por mí y consiguiera los ingredientes para mi hechizo. Lo sentí por Brunilda, pero era necesario. Me dolió obligar a una madre a abandonar a su hijo de corazón puro para que lo encontraran un padre horrible que sabía que lo rompería. La madre también tenía un corazón puro. Otros no necesitaron de mi colaboración, la ambición de los que los rodeaban sirvió para que sus corazones se truncaran. Pero todo ha acabado ya. He conseguido todos los corazones que necesitaba. Solo queda uno más. 

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