No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 2 de agosto de 2014

Hablando de bestias

Queridos lectores, 

Acabo de frotar mi piel con el agua de la ducha para borrar el rastro de la sangre de mi caballo sobre ella. Todavía me huelen las manos a látex ¿por qué el olor del plástico perdura tanto? Debería comer algo, ya siento que me mareo un poco pues apenas he probado bocado desde el mediodía y ya rondan las ocho de la tarde, pero he sentido que no podría comer hasta que escribiera y ordenara mis ideas. 

La sangre era de mi caballo, Spirit, se llama, el más joven. Y, antes de preocuparos más, sabed que ahora está más o menos bien, al menos eso espero. Todo ha sucedido esta mañana. Mi padre se lo ha llevado a otro encierro campero a primera hora, aunque el resto de nosotros nos hemos quedado aquí porque, como deduciríais de la última entrada en la que hablé de encierros, no somos muy partidarios. Para mí la mañana ha transcurrido de manera normal. He intentado varias veces ponerme a escribir, pero mi madre me mandaba tareas y luego me he puesto a hacer algunos dulces y hojaldres para llevarle a mi abuela. Esto puede ser simplemente coincidencia, pero os juro que esta mañana, al coger el coche para ir al pueblo de mi abuela, he tenido un mal presentimiento, he sentido que iba a pasar algo malo, era tan real que he pensado que podríamos tener un accidente con el coche o algo así y he reducido la velocidad y todo hasta llegar al destino. Nosotros hemos llegado bien, aunque quizás mi presentimiento no era tan descabellado porque después mi padre ha llamado diciendo que el toro le había dado una cornada a mi caballo. A partir de ahí, he necesitado un rato para comprender la envergadura de la situación, mi madre, como siempre, no ha parado de hablar metiendo el dedo en la llaga, hasta que al final, el hecho ha entrado en mi mente y ahí ha sido cuando he dejado de comer. 

Mis abuelos no paraban de decir que no le dijéramos nada a mi padre, y yo, la verdad, no pensaba y no lo he hecho, no le he dicho nada, porque la preocupación y la conmoción me impedían pensar. Parece que ahora que lo hemos curado y estoy escribiendo, el enfado comienza a hacer acto de presencia. Y es que ya tengo un par de conversaciones pendientes con mi padre. No hace mucho comenzó a decir que iba a vender a mi yegua, Estrella, para comprarse un caballo negro. ¿Su motivo para pensar en quitar a un animal que ha crecido conmigo y ha hecho las veces de mi mejor amiga y hermana? Que quiere un macho en negro y que la yegua es demasiado tranquila. No se puede cambiar a la familia, no se puede. Porque Estrella es parte de la familia. Nació bajo nuestra protección, la hemos criado y cuidado durante casi catorce años, no se puede ir. El otro día soñé que la vendían, fue una pesadilla más que un sueño, y me desperté con lágrimas recorriendo mis mejillas. Literalmente. No es que llorara al despertarme y pensar en el sueño, no, es que lloré en mis sueños. He tenido muchas pesadillas, muchas y horribles, pero eso solo me había pasado una vez antes. 

El caso es que mi familia es desoladora, me agotan, no puedo más. Os quería haber dicho antes una conversación que tuve con mi madre, ayer fue, cuando dije sin darme cuenta que con el dinero que estoy ganando este verano me iba a comprar un fonendoscopio y ella me preguntó por qué aún no me lo había comprado. Ahí cometí el error de ser sincera, de decir lo que me pasaba de verdad: y es que siempre dudo tanto sobre la carrera que nunca me compro demasiadas cosas, ni libros ni fones, porque eso parecería atarme y yo no estoy segura de querer hacerlo. Ante esta verdad mi madre no encontró nada mejor que atacar a mis libros y a mi sueño de ser escritora. No fue un ataque directo, de hecho me dijo que podría escribir y publicar, pero cuando ya tuviera un puesto como médica, digamos (y esto lo dijo ella) a partir de los cuarenta años. Já... me encanta que me apoyen dando indirectas para que pase unos veinte años de mi vida más viviendo como ellos quieren y negando quién soy y qué quiero. 

Volviendo al caballo, cuando he llegado tenía una herida muy fea y el veterinario me ha parecido un inútil, no estaba de humor para aguantar a mentecatos. Solo espero que lo haya cosido medianamente bien y que no se infecte. No ha sido tan malo como podría ser, no era tan malo como había imaginado al saber lo ocurrido, pero es una cornada lo que implica profundidad, desgarro e infección. Así que ya veremos... Estará bien... eso espero.

Ya no logro acertar con las teclas, así que voy a merendar y me iré a ver al caballo otra vez, os iré informando de los progresos. 

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