No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Grandes Maestros

Queridos lectores, 

Lo sé, os tengo abandonados. Podría deciros que mi horario es de locos este cuatrimestre y llego a casa a las tantas de la tarde y con las fuerzas justas para entrar en mi cuarto, cambiarme de ropa y tumbarme en la cama, pero ni siquiera eso es excusa. 

Sin embargo, hoy no quiero extenderme en mi triste vida de estudiante de jornadas interminables, sino que quiero hablaros de algo más interesante. Llevo una semana de prácticas en el hospital, casi dos semanas de hecho (que rápido pasa el tiempo) y, desde hace ya varios días que espero encontrar las fuerzas para escribiros esta entrada y explicaros lo más importante que me ha enseñado esta estancia en el hospital. 

Mis queridos lectores, tengo que decir que, cuando estás en un hospital, tu mejor profesor no es siempre el médico, sino que muchas veces es el paciente. La semana pasada, conocí a una mujer increíble. Las personas de bata blanca que se ven en la, más o menos, agradable obligación de soportarme, suelen comenzar una visita explicándome la historia del paciente antes de que este entre. Así que, mucho antes de que esta mujer entrara por la puerta, antes de conocerla y ponerle un rostro a su historia, yo ya sabía que, a una edad demasiado temprana, había sido sometida a múltiples cirugías por varias neoplasias. En fin, no puedo ni quiero entrar en detalles porque la confidencialidad del paciente está por encima de todo, pero hubo algo que llamó mi atención especialmente y que, en cuanto lo leí en su historia, hizo que me diera un vuelco el corazón y es que, debido a esas múltiples cirugías, la paciente se había quedado sin la posibilidad de concebir. 

Me pareció tremendamente duro. Sé que el instinto materno es diferente en cada mujer y no estoy diciendo, ni de lejos, que una mujer necesite ser madre para ser feliz (como algún que otro político retrógrado ha dejado caer). Pero para mí, ser madre es una de las cosas que me mueven hacia delante y me ayudan a seguir en mis días bajos. Es algo que me ilusiona y llena mi hipotético futuro de algo de luz. Así que, cuando mi mente de escritora decidió ponerse en el lugar de aquella mujer, me vi a mí misma tras haber sido sometida a innumerables operaciones, sin saber de dónde sacar fuerzas para seguir con el extenuante tratamiento y sabiendo que esa pequeña esperanza que me había motivado durante toda mi vida había desaparecido. Sabía que no era yo, sabía que era un mero producto de mi empatía demasiado desarrollada, pero me hundí en la miseria. 

Por lo que, para cuando llegó el momento de que mi paciente entrara por la puerta, yo pensaba que me iba a encontrar con una mujer de aspecto triste y más bien resignado. Imaginad mi sorpresa cuando, en lugar de eso, apareció una chica sonriente, resplandeciente, animada, amable... feliz, estaba feliz O.O... Sí, yo flipaba por el enorme contraste entre la realidad y la imagen de mi mente. Y fue cuando me di cuenta de que las personas podemos ser increíbles. Increíblemente fuertes, increíblemente valientes, increíblemente pacientes... Lo son esas personas capaces de encontrar un reflejo de luz en medio de la más densa oscuridad, esas personas que, en medio de su desdicha, logran ver un motivo para seguir sonriendo. Y, por eso, aquella mujer fue mi mejor profesora aquel día porque me enseñó lo fácil que es ser feliz si uno se lo propone y deja de pensar en las cosas que ha perdido para concentrarse en las que ha ganado, en su caso, unos cuantos meses libres de enfermedad hasta el próximo chequeo. 

Y, así, podría seguir enumerando a las personas que he conocido estos días. Algunos de ellos, lo confieso, han inspirado (al menos el físico) de algunos personajes de mi última novela. Sé que este pensamiento no es propio de un médico en absoluto, pero las consultas son un gran lugar para crear personajes. Si te fijas y, más importante, sabes cómo observar, la mayoría de las personas tienen algún rasgo distintivo que las dota de una curiosa realidad y por eso es mucho más realista (valga la redundancia) coger estos detalles de las personas que conoces o has visto que inventarlos y crear una personalidad de cero. 

Pero, volvamos a las cosas bonitas que aprendo en oncología. Hoy, uno de los médicos jefazos no tenía trabajo y nos ha dado una charla sobre lo bonito que es ser oncólogo. Quizás, en otro momento, habría diferido, pero lo cierto es que me han gustado y convencido sus palabras, no para ser oncóloga porque pediatría sigue siendo mi gran pasión médica, pero sí me ha conmovido el cariño que mostraba por sus pacientes y los pacientes en general. Me ha gustado la historia en la que un niño le regala una pequeña nota en la que dice "Gracias por salvar a mi papá"; me ha gustado la visible rojez en sus ojos al hablarnos de una paciente a la que terminó perdiendo tras una gran lucha; me ha encantado ver que hay médicos que no han olvidado para qué estamos ahí, que no es para gastar el dinero de los contribuyentes, ni para ir a congresos pagados por farmacéuticas, ni siquiera para aprender de patología, sino para aliviar el dolor, el sufrimiento de la gente. 

Y, por favor, casi salto y le aplaudo cuando he visto que todos los médicos que he conocido de ese departamento se refieren a sus pacientes como este/a "señor/a tiene un..." y no con la mítica fórmula de "esto es un páncreas, esto es un colon, esto es un adenocarcinoma..." ¿Sabéis a lo que me refiero? Hablo de cuando los médicos y también los estudiantes se fijan en la patología pero no en la persona que la padece, eso es muy triste. Yo puedo sobrevivir sin ver bolsas de colostomía, queridos míos, yo seguiré viviendo muy feliz aunque no me dejen hacerle un tacto rectal a un paciente... quizás mi mente sea poco médica, pero es muy humana, porque con lo que sí que no puedo vivir es sin las sonrisas de agradecimiento y la sensación de confort y orgullo que me invade cuando me dan las gracias, me dan dos besos y hasta me abrazan. Y diréis ¿a santo de qué? Pues será porque soy muy adorable, porque lo que es hacer yo no hago nada, sonrío mucho, los toco si la ocasión lo permite y me parece adecuado y, si es un ambiente distendido, hasta hago alguna broma, pero ya. 

Sí que es verdad que tiendo a quedarme con los pacientes que visito y cuando estoy en sala me quedo con sus habitaciones y me voy preocupando de su progresión, como si fueran pacientes míos. Eso puede llevar a falsos entendidos porque, por ejemplo, tengo un hombre muy simpático con una mujer encantadora al que visité en mi primer día y vi después, como es casi el primer paciente que vi y con el que hablé algo más, pues me pasé un día a verlo así porque me dio la gana a mí yo sola. Y ahora casi paso todos los días por su habitación a ver cómo sigue. Claro que, cuando me preguntan, pues no les sé decir mucho, pero intento animarlos. Eso sí, me sé mejor su historia que algunos de los médicos que lo llevan. Porque el miércoles lo volví a llevar yo y le fui diciendo al médico que lo tenía asignado cómo habían evolucionado sus crepitantes y su saturación de oxígeno. 

Tendría que dormir ¿no? Me cuesta algo porque resulta que ahora tengo insomnio, duermo como cuatro horas al día y el resto de las horas dedicadas a tan relajante actividad me las paso dando vueltas en la cama o, si me siento demasiado frustrada como para intentar atrapar a Morfeo, pues leo o escribo. Quizás eso os ayude a entender cómo he terminado otra novela en apenas dos meses. 

Lo peor es que tengo dos ideas para otros dos libros y lo que no tengo es tiempo. No me entendáis mal, las musas siempre son bienvenidas, pero se agradecería que me visitaran más en verano. En fin, el deber llama y yo me parto en dos si hace falta, pero no quiero renunciar a nada. Ni a escribir ni, muy a mi pesar, a estudiar. 

Oh, tengo un profesor, llamémoslo X, que disfruta martirizando a los pobres estudiantes de medicina preguntándonos con nuestro nombre así, a pelo en clase O.O. ¿Sabéis lo que supone haber dormido dos horas en una noche, llegar a un seminario y que, de pronto, tu nombre resuene por la sala de blancas paredes haciéndote saltar como  hubieran lanzado una granada y tener que pensar? No es recomendable. Un día más, agradezco a quien quiera que descubriese en café, creo que fue un pastor o más bien sus pobres y colocadas ovejas. Pues vivan las ovejas y viva el café. Vaya, ¿estará relacionado lo de contar ovejitas cuando no puedes dormir con que fueran las ovejas las que propiciaron el descubrimiento del café?

Vale, si divago es patognomónico de que tengo que descansar, al menos, intentarlo. 

Suerte a todos en lo que hagáis. Si estudiáis medicina, no lo olvidéis, los médicos pueden ser grandes profesores, pero, si estás atento y sabes escuchar, puedes aprender mucho de los pacientes también. 

2 comentarios:

  1. Me siento identificada con tu visión de la Medicina.
    La oncología es una de esas especialidades en las que no todo gira alrededor de curar una patología, sino de ayudar a un enfermo a sobrellevar lo que la vida le ha puesto delante; informando, calmando, evitando el dolor. Ayudando a bienmorir, si desgraciadamente es el caso.
    Y aprender de todo ello para ser cada día mejor persona y mejor médico.

    Un saludo :)

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  2. Muchas gracias Iratxe. La verdad es que a veces llego a sentirme rara por no priorizar el ver sangre sobre el bienestar de los pacientes y eso no deja de ser algo triste.
    Así que me alegro mucho de saber que no soy la única :)

    Besos de una futura médica demasiado empática para su propio bien a otra ;)

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