No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 15 de octubre de 2014

La excepción que confirma la anormalidad

Queridos lectores, 

Siento mucho el espaciamiento de mis entradas últimamente, pero ya he comenzado las prácticas en el hospital y me dejan total y absolutamente agotada. Me paso toda la mañana en la clínica, por la tarde tengo clase, la segunda parte de la tarde intento estudiar y, si logro arañar algo de tiempo libre, me esfuerzo en terminar el libro que estoy escribiendo para poder concentrarme en el siguiente libro que quiero escribir. 

Pero estoy MUY cansada. Definitivamente, el hospital me agota y me sienta fatal. Cuando llego a casa, a penas me tengo en pie. De hecho, ayer estuve a punto de desmayarme en mitad de una consulta y no por la sangre y otras cosas asquerosas, sino por el propio cansancio, el mundo me daba vueltas. Supongo que mi maravilloso y parcialmente heredado insomnio tiene gran parte de la culpa. 

En fin, lo que llevo queriendo compartir desde el primer día de prácticas, pero que el agotamiento mental no me permitió, es que me gusta bastante el servicio en el que estoy. Cierto, empecemos por ahí (perdón por mi espesor mental). Voy a pasarme cinco semanitas en oncología. Los escasos días que llevo me han sorprendido gratamente porque los médicos son simpáticos con los pacientes. Lo triste es que esto sea una sorpresa y no la tónica general, pero, por mi corta experiencia en hospitales, así es, es raro encontrar un médico que realmente se preocupe por los pacientes. Así que estoy encantada con los profesionales que me han tocado en estas prácticas, al menos, los que he conocido hasta el momento. 

También, está claro, que en oncología tienen lo de la empatía más trabajado que en otras especialidades donde no se les hace caso a los pacientes. Sé que la mayoría de los estudiantes de medicina estarían más contento si ya hubieran palpado muchos hígados, auscultado insuficiencias cardíacas y practicado algún que otro tracto anal, pero a mí me hace mucha más ilusión ver a los médicos hablar amigablemente con sus pacientes, tocarlos, hacer bromas y comportarse como personas humanas. Supongo que no es el enfoque correcto, desde luego, no es el enfoque más extendido, pero yo creo haber aprendido más hoy cuando he contemplado como mi médico asignado le decía a una paciente que su cáncer había ido a peor y que la cosa no pintaba bien, pero que íbamos a seguir luchando por y con ella, que auscultando. Básicamente porque solo oigo ruidos. Bueno, no, que reconocí unos crepitantes, al menos me concederé ese crédito. 

Lo que pretendo decir... ni lo sé, estoy demasiado cansada. Pero sí, que realmente creo que la comunicación con los pacientes es una habilidad médica tan importante como el saber palpar, auscultar o leer ECG. Que, vale, si un hombre te viene en parada cardíaca pues no te vas a poner a preguntarle por sus nietos (entre otras cosas porque no podrá responderte) ahí sí, querido, tendrás que actuar. Pero cuando estás tratando con alguien en una consulta, en un examen rutinario, no tienes que olvidarte de que es una persona y no una patología con patas. 

Por eso no me gusta cuando, al salir de las prácticas, algunos compañeros se ponen a decir: "¿Tú qué has visto?" Y uno dice: "yo, un carcinoma vesical", "pues yo he visto un tumor cerebral o un doble bazo o un linfoma" Y yo fibrilo, refibrilo y vuelvo a fibrilar, con los ojos como platos O.O y a punto de tirarme de los pelos y me dan ganas de gritar: "No, habéis visto PERSONAS con un linfoma, un carcinoma o lo que sea" Pero PERSONAS. No comprendo esa definición de la magnitud/importancia del caso por su patología. 

Pero, otra vez, esto solo demuestra que mi mente dista mucho que ser la de un futuro médico, me temo. Porque, por ejemplo hoy, al salir de las prácticas no he considerado que lo más importante del día hubiera sido las auscultaciones que he realizado, ni la vaga palpación abdominal, ni siquiera el intento de tacto rectal que me ha tocado hacer, sino el momento en el que, al salir de la habitación de un paciente, la mujer del mismo me ha dicho que sería muy buena médica porque soy muy maja y paciente y la mujer no me conocía de nada y yo no he despegado, a penas, los labios en su presencia, pero aún así me ha hecho sentir especial, al menos, que tenía una sonrisa reconfortante y bonita, porque lo más que he hecho ha sido sonreírles. Y eso salva mi día. Eso y la siesta de esta tarde (mi única tarde libre de esta semana) que es lo que me ha permitido reunir las fuerzas necesarias para escribiros. 

Por si la vida fuera poco estresante cuando estudias medicina y no tienes tiempo de descansar, mi profesor de dermatología ha decidido que quiere provocarme un ataque al corazón. Hoy me ha preguntado en clase, así, en voz alta y en oral y con mi nombre (con todas sus letras). Por suerte para mí, he tenido una inspiración (de magnitudes casi divinas para lo que había estudiado) y lo he dicho bien o, al menos, no tan mal como para que me hiciera irme de su clase en un arrebato de indignación. Pero tengo que prepararme para el viernes un caso clínico, maravillas de ser la primera de la lista, junto con otros compañeros. Y ahora es cuando digo yo, mi querido profesor, cuándo pretende que estudie si llego a casa tan cansada que no logro mantenerme erecta en la silla y caigo redonda a la cama en cuanto la veo. Cómo espera que mi mente sea capaz de retener una fracción de información si la pobre viene sobresaturada de fábrica. 

Quiero esconderme debajo de la cama y fingir que el mundo deja de existir cuando la veo, pero, sobre todo, quiero dormir ocho puñeteras horas seguidas. Oh, es que tengo muchas pesadillas últimamente. No me sorprendería nada que, un día de estos, soñase con que mi querido profe me pregunta en clase y estoy desnuda. Aunque mantengo la esperanza de que mis sueños sean algo más originales, por ahora, lo son. 

Más cositas... ¿os he dicho que últimamente escribo mucho? Si lo he dicho sería mentira, porque nunca se puede escribir demasiado, el mucho no existe en esta materia y, encima, el cansancio me limita mucho la inspiración. Mis musas se han ido a un spa, parece ser. Pero sí, tengo otro libro en proceso y otro más tomando forma en mi mente. Mi parte favorita del proceso creativo creo que es esta justo cuando la idea comienza a formarse y puedo pasarme horas soñando despierta, incluso sin escribir, solo pensando cómo son los personajes, qué les gusta hacer, cuáles son sus mayores sueños, deseos, placeres, secretos, cómo eran sus padres, cómo se criaron, qué les gustaba hacer, con qué reían, con qué lloraban. Sé que soy rara, pero me encanta conocer poco a poco a mis pacientes, les voy tomando cariño inconscientemente. 

OHHH y hablando de crear personajes, el otro día me pasó algo muy genial. Encontré en una libreta en la que garabateaba mientras estudiaba, un primer boceto del que sería mi primer gran personaje (boceto por escrito). Quiero decir, que empecé a escribir alguna escena con ella, aunque por entonces todavía no había decidido el nombre e, incluso, la personalidad del personaje era un poco diferente a la actual, me hizo mucha gracia e ilusión leerlo y no pude evitar pensar que era como ver una ecografía del primer hijo, cuando apenas es una mancha en la pantalla. Lo sé, soy rara -.-' Pero me gusta tanto escribir, que cuanto más lo hago más me gusta y cuanto más me gusta más lo hago y más me enamoro del que es ya, decididamente, el mayor amor de mi vida (por el momento), junto con mis animales, pobres, no los voy a dejar atrás. 

No creo que pueda explicar con palabras lo mucho que disfruto escribiendo, aunque las palabras sean supuestamente lo mismo, porque si, en más de viente años, no he logrado que mis padres comprendan lo importante que es para mí, no creo ser capaz de reflejar en un párrafo la intensa emoción, la cálida sensación, la inmensa alegría que me embarga cuando escribo. Incluso cuando tengo que hacerlo, como ahora, tendida en la cama escuchando los rugidos de mi estómago como música de fondo. Así que así estoy, además de con un ferviente deseo de irme a cenar, con muchas ganas de descansar lo suficiente como para poder escribir. Y, en el fondo es culpa mía, porque después de estar tumbada toda la tarde, en un penoso intento de estudiar, y cenar es cuando mejor me encuentro, ergo me pongo a escribir, ergo se me hace un poco tarde, ergo no duermo. Pero merece totalmente la pena. 

A veces desearía no tener que ir al hospital y poder pasarme el día escribiendo, pero en realidad no es así porque aprendo mucho en el hospital. Me fijo en el físico, los tics, la voz, los gestos de algunos pacientes y los transformo en mis personajes. Conozco muchas personas que se enfrentan al dolor de manera diferente y todo eso enriquece mi prosa, creo. 

Pero estoy muy cansada... 

Os escribiré más, pero no mejor, cuando logre volver a tenerme en pie. Deseadme suerte ;)

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