No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 26 de octubre de 2014

Por aquellos que se van, pero siempre permanecen ;)

Queridos lectores, 

He tardado mucho en ponerme a escribiros y es que he tardado mucho en encontrar las palabras adecuadas para expresaros lo que me pasó el jueves. Ese paciente del que os hablé, al que había estado visitando por voluntad propia y con el que había hablado, conocido, a él y a su mujer, y que me había causado tan grata impresión, falleció. 

Yo no lo mediqué, ni le prescribí nada ni lo diagnostiqué. Mi relación como profesional de la medicina con él se limitó a unas cuantas auscultaciones mal hechas y las a muchas charlas de ánimo y confianza que compartimos. Sin embargo, solo por eso, me siento con el derecho (aunque probablemente no lo tenga) de decir que fue mi paciente. Quizás no médicamente hablando, porque ni siquiera soy médica todavía, pero sí fue una persona de la que me preocupé, a la que me apetecía pasar a ver cada día solo para comprobar si había mejorado, a la que sonreía y hablaba y le deseaba lo mejor ¿y no debería ser esa la definición de un paciente para un médico? 

Pues sí, el jueves perdí a mi primer paciente. Y a este le han seguido otros, le precedieron otros, claro, personas a las que, por edad y trayectoria de vida, no les correspondía morir, pero la enfermedad no hace distintivos y le importa bien poco si dejas o no algo atrás. Sí. Pero con él fue diferente, porque solo con su mujer había hablado lo suficiente como para decirme a mí misma que lo correcto era que fuera a darle mis condolencias. Así que sí, allí fui yo, una tonta estudiante de cuarto de medicina que no sirve para nada, científicamente hablando, pero que se sentía en la obligación y que, además, quería poder despedirse de esas personas que habían ocupado diez minutos de mi tiempo cada día y un trocito de mi corazón. Me acerqué a su habitación. Las enfermeras me dijeron que no podía entrar, que los estudiantes no pintaban nada, vamos que me echaban. Pero puedo llegar a ser muy testaruda. Pasé igualmente para encontrarme con la sonriente mujer que había conocido hecha un mar de lágrimas. 

Los hijos, que no me conocían, me miraron sin comprender que hacía allí e incluso con algo de desconfianza al ver otra bata blanca. Pero, por una vez en mi vida, supe lo que tenía que hacer y, sin fijarme en las miradas de los que me rodeaban, me acerqué a la mujer y dejé que me abrazara entre lágrimas. Susurré unos cuantos "Lo siento" y no sabía qué otra cosa decir. Cualquier otra palabra sonaría vana, vacía, sin sentido, excusas manidas que se usan por costumbre. No iba a decirles lo típico de "sé que es duro", porque ni siquiera lo sé, solo puedo imaginarlo; no iba a decirles que les acompaño en el sentimiento porque mi pena no puede compararse ni acompañar a la de un hijo que pierde un padre ni a la de una esposa que pierde a su compañero en la vida. 

Así que me limité a abrazarla, una y otra vez, cada vez que me soltaba, intentaba hablar y volvía a llorar en mi hombro... hasta que la mujer se tranquilizó y me presentó a sus hijos, me dio las gracias por cómo los había tratado y me dijo que les alegraba el día cuando iba a verlos. Poco podían saber que ellos me los alegraban a mí diciéndome que sería una buena médica o haciéndome confesiones sobre su estado que no se atrevían a hacerles al médico, cuando la mujer me cogía del brazo y se ponía a halagarme delante delante del profesor con el que iba cada día. 

No escribo esto para que sintáis pena por mí, ni mucho menos. Yo no merezco la pena que podáis sentir, ellos sí, ellos han perdido a un padre o a un marido. 

¿Qué hacemos como médicos? Nosotros sentimos lástima, pena, sí, llegué a llorar (no delante de la mujer, claro). Pero no nos quedamos con eso. Nuestra vida seguirá. Tendremos más pacientes, muchos, demasiados, tantos que sus rostros terminarán mezclándose o perdiéndose en la memoria. No. Nosotros no nos hundimos por esa pérdida, no podemos hacerlo, no tenemos derecho a hacerlo. Yo me siento afortunada de haberlos conocido, creo que he aprendido mucho con esos diez minutos diarios de hablar con ellos solo para ver cómo estaba y con ese abrazo con sabor a lágrimas. Y sé, al menos me queda eso, que ya no se podía hacer nada por él, que cada día sufría más y que la enfermedad no tenía remisión; sé que no podía curarse y por eso no puedo sentirme culpable (además de que yo no lo traté), pero en el caso de que hubiera sido su médico, no es una cuestión de pena o de culpa. 

Tras la tristeza inicial, yo me siento afortunada por haberlos conocido. No es la pena lo que se queda una vez se van, si no la alegría de poder decirte a ti mismo que, mientras esas personas aguardaban desesperadas su inminente final, tú las hiciste sentir queridas, las hiciste sentir que alguien (aunque fuera una vulgar estudiante) se preocupaba por ellos, que eran especiales y no meras enfermedades terminales encamadas. 

¿Sabéis que es lo que más adoro de mi dualidad médica/escritora? Que quizás como médica estoy más rodeada de muerte, la veo, la siento acercarse, luchar contra ella, en ocasiones la veo vencer y otras, las mejores, la veo ser derrotada. Y, como escritora, todo va de crear. Cada página en blanco es una nueva vida que espera ser escrita, una nueva aventura que espera ser experimentada, un nuevo amor que espera por crecer... Sí, me encantan las páginas en blanco como veis porque, para mí, no son vacíos ni falta de ideas, si no las promesas de grades historias aún por escribir, las señales de lo que está por llegar. 

Pero un final, también puede ser una página en blanco; un final, una despedida, una persona como esta que te ha marcado y de la que te cuesta desprenderte, puede hacer que cambies parte de lo que creías saber hasta el momento, arranques la hoja que has estado creando y comiences una nueva. No tengáis miedo de quedaros en blanco, ese es el momento en el que todo es posible.

Y, en fin, chicos y chicas, mañana volveré al hospital, veré más pacientes, nuevos y conocidos, rostros, historias y momentos que irán llenando lentamente mis días hasta que esto quede muy lejano. Pero aún así, siempre conservaré a este paciente en la memoria como una de esas personas que he conocido en mi corta vida como persona del mundo médico y que atesoro en un lugar especial de mi memoria. 

Me despido de él con estas palabras. Y a vosotros no os digo "adiós", sino "hasta pronto" ;). Ya sabéis, la vida está llena de momentos, elige los buenos y regala sonrisas que, por ahora, sigue siendo gratis :)

2 comentarios:

  1. Hola de nuevo!
    Realmente, como médico pasaremos por muchas de estas situaciones. Vaya vida que escogimos, no es así?... pero eso es algo que nos reconforta, nosotros la escogimos.

    Me gusta mucho como te expresas. Espero con muchas ganas diciembre, para poder leer esas historias que nos has compartido en tu blog.

    Y también, gracias por las experiencias. Así tal vez la carga sea más ligera.

    -TH-

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  2. Gracias Toppu ^^

    Me alegra que te guste cómo escribo. Y sí, escogimos una vida complicada, con sus grandes momentos que a veces hacen que lo malo valga la pena, pero complicada.

    Seguiré compartiendo experiencias y si consigo que alguien aprenda de mis errores me sentiré útil :) jaja Pero bueno, lo importante en estos casos es no olvidar que los enfermos son personas.

    Espero seguir leyéndote por aquí que hacía tiempo que no sabía de ti.

    Suerte ;)

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