No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Culpa a las bacterias...

Queridos lectores, 

Tengo el firme convencimiento de que mi madre quiere acabar conmigo, matarme, destrozarme, ser mi total y completa ruina... y lo es. ¿Recordáis mi enfermedad? Pues digamos que era una cuadro pseudogripal que, probablemente, se complicó con infección bacteriana pero el médico que me visitó se perdió hablando con mi madre sobre que yo estudiara medicina, que fue lo primero que dijo ella al entrar en la consulta, y el tío se olvidó de explorarme, así que me fui sin antibiótico. Mi tía, que es médica, vino a verme pero no con el propósito de ver cómo estaba, sino para que le ayudara en la parte oral de un examen para un título de idiomas que tenía el día siguiente. Yo apenas podía hablar en castellano así que no digamos en valenciano. Total, que con sus nervios, no me hizo ni caso y tampoco me dijo nada de antibiótico y como yo soy asi de bien mandada, si no me prescriben nada no me lo tomo porque, realmente, no me gusta meterle a mi pobre hígado más cosas de las absolutamente necesarias, sobreviví a la sobreinfección bacteriana con mis propias defensas. Efectivo, pero lento. Por lo que sigo algo enferma, moqueando y tosiendo, pero sin rastros de infección ya. 

Aún así, mi madre me llevó al médico otra vez e hizo a venir a mi tía dos veces a mi casa, hasta que logró que, por cansancio, me mandaran un antibiótico que no creo necesitar. Se lo dije y se lo repetí, pero se empeñó y con mi madre es imposible razonar, asi que le pedí disculpas a mi hígado y empecé con el antibiótico. ¿Qué he logrado? Pues el resfriado aún lo tengo pero me ha matado la flora intestinal, cuyos resultados son de largo más desagradables que el moqueo. Solo me lo he tomado dos veces y es suficiente, no voy a seguir tomándome un medicamento innecesario para contentar a mi madre. 

Aunque cuando he visto que realmente mi madre quiere enloquecerme ha sido cuando, hace un minuto, he ido a coger un cable del móvil y no estaba en su sitio. Deducción lógica: mi madre ha hecho limpieza. Ha cogido una cosa que no molestaba y la ha guardado en un sitio completamente nuevo y desconocido, porque eso es lo peor, cuando ella guarda algo luego nunca se acuerda de dónde estaba. He tenido que rastrear todos los cajones de mi cuarto para dar con el puñetero cable. 

Lo peor es que últimamente lloro por todo (culpo a las hormonas) y me he echado a llorar como una idiota porque no encontraba mi cable. Ya no sé ni por qué lloro, hoy he tenido varios momentos. Uno ha sido porque no me traían a Brave, lo habían dejado donde los caballos y cuando he ido a verlo y no me dejaban traerlo a casa para estar con él todo el día he tenido que aguantar el llanto. Y así cada día por las cosas más idiotas que os podáis imaginar. Por si alguien tiene dudas, no estoy embarazada, lo siento, pero segurísimo que eso no es. Lloro porque estoy triste casi siempre aunque ya ni sepa por que. Simplemente porque estoy triste y así es mi vida y lo veo todo negro últimamente. 

Se acercan los exámenes y ahora recuerdo que tendría que haberme dedicado a estudiar y no a escribir o a leer novelas, como he estado haciendo, pero sigo dedicando más tiempo a leer que a estudiar por puro egoísmo y es que leyendo un buen libro o una buena historia es el único momento en el que encuentro algo de paz o de alegría. Ya casi no me permito pensar ¿para qué? Estoy leyendo, me sumerjo en la historia y dejo que las redes que el autor ha creado me atrapen alejándome de mi propia existencia, y, cuando no puedo leer, me pongo música, me dejo llevar por los rítmicos compases y, de nuevo, no pienso. Es un gran remedio para alejar la tristeza, pero es transitorio, es un mero parche. 

Hablando de tristeza, ¿os habéis preguntado alguna vez qué es la alegría? El otro día recordé que cuando tenía unos 15 años, en el colegio, nos mandaron una redacción sobre "qué era la felicidad" y recuerdo que, tras mucho pensarlo, yo escribí que la felicidad no existía, que era un estado entre ciertas dichas momentáneas y la tristeza basal del ser humano. Y lo expresé así "que las personas debíamos conformarnos con esos momentos en el medio que dan una tranquilidad duradera, es lo máximo a lo que podemos aspirar" Y es así de triste, a los 15 años pensaba que no existía la felicidad y era, simplemente, porque en 15 años de vida no la había experimentado. Lo peor es que esa "certeza" por decirlo de algún modo, me acompañó varios años más, en los que crecí sin saber lo que era ser feliz, al parecer, y pensando que lo mejor era aprender a conformarse con una vida normal. 

Pero entonces llegué a la universidad, conocí gente, hice amigas y lo sentí, la felicidad, momentánea, pero completa, la de sentirse integrada, parte de algo, la de reír sin preocupaciones; y lo vi, porque las veía felices, imaginaba lo que se sentía, casi podía sentirlo también. Y mi mundo se ha ido trastornando desde entonces, derrumbándose desde los cimientos, porque todo lo que creía sobre mi y sobre el mundo es falso. Existe la felicidad, hay más trabajos ademas de ser funcionarios y ganar dineros como decía mi padre, hay muchas formas de vivir y de ser. Y yo no quiero seguir conformándome con vivir a medias, con sentir a medias. Claro que es difícil cambiar lo establecido y como me conozco, sé que soy demasiado cobarde como para cambiar todo de raíz y de golpe, así que poco a poco. 

Se acercan los exámenes y eso quiere decir que mi búsqueda de la felicidad tendrá que esperar hasta febrero, cuando acaben. Pero si llevo retrasándolo más de veinte años imagino que soportaré unos meses más. 

¡Ánimo a todas las que tengáis que estudiar!

sábado, 22 de noviembre de 2014

Mi odisea patológica

Queridos lectores, 

Si ayer, en las dos últimas horas de clase de la mañana, algún otro miembro académico de mi universidad hubiera sentido el repentino impulso de abandonar la comodidad de los ascensores y explorar la universidad desde el primer hasta el tercer piso por las escaleras de incendios se hubiera encontrado con una chica armada con maleta y mochila tumbada en un banco de madera con muchos pañuelos alrededor y usando la manga de su chaqueta como paño de agua fría (le iba echando agua de una botella)

Sí, esa era yo. Porque, como siempre, y sobre todo siendo viernes y pasando lista en las primeras horas, me obcequé en no faltar a clase. Os cuento mi odisea patológica. Me desperté a eso de las 6 de la mañana presa de los más viles escalofríos. Mi cuerpo ardía, pero parecía que el frío había encontrado algún recoveco a mi interior bypasseando la piel, era, como dicen las abuelas, lo de "tener el frío en los huesos". Con esta mente prodigiosa que tengo, decidí que me daba igual si me subía la fiebre porque lo que yo quería era dejar de sentir el frío. Así que me acurruqué, me arropé con todo lo que encontré a mi alrededor, pero no era suficiente, seguía temblando sin control. Con mis últimas fuerzas, me levanté de la cama lo justo para encender el radiador eléctrico y volver a taparme. 

No fue la mejor idea que he tenido en mi vida, pero actuaba movida por la necesidad. Supongo que la fiebre me subió mucho porque luego me encontraba fatal. Me costaba hasta incorporarme de la cama, no digamos ya ponerme en pie y andar. La distancia desde mi casa a la universidad, que es muy corta, me parecía extenuantemente larga y no me veía con fuerzas de andar hasta allí con mi maleta, porque los viernes me vuelvo al pueblo directamente desde la universidad. 

Aún así, logré levantarme, vestirme y abrí la ventana dejando que el frío entrara por fin. Por una parte, tengo que decir que mi terquedad sobre no faltar a clase me vino bien en ese aspecto, si no me hubiera insistido tanto a mí misma en levantarme y prepararme, no sé si habría sido capaz de salir de la cama con todo eso tapándome y la fiebre no habría bajado.

Sí, sí, salí a la calle y el aire gélido de la mañana me recibió enfriando mi rostro. Aunque la vista se me nubló en más de una ocasión en el trayecto, no me desmayé ni nada. 

Aguanté las dos primeras horas como una campeona. El problema fue que en clase hacía mucho calor y yo me sentía ardiendo. Llené una botella de agua y me la iba poniendo por el cuerpo, incluso me mojaba los dedos y los pasaba por la cara y los brazos. Pero al final mi cuerpo no dio para más y no lograba verme aguantando las dos últimas horas. La idea de volver a casa andando y luego volver a la universidad también me parecía una hazaña titánica, no podía andar. Así qeu cogí mis cosas, me metí en la escalera interior o de incendios y me tumbé en el suelo en un rincón. Cuando recuperé fuerzas, subí los dos pisos que faltaban y me tumbé en el banco de madera y así pasé dos horas enteras. Sin fuerzas para subrayar, leer, escribir ni nada que no fuera estar tumbada. 

De hecho, creo que aunque me hubieran mensajeado mis amigas para decirme que en esas clases a las que estaba faltando a pesar de estar en la misma universidad estaban pasando lista yo no habría sido capaz de moverme para llegar a clase. 

Por suerte, ya estoy en casa. Sigo enferma, pero he dormido como 10 horas y me encuentro algo mejor, más descansada. 

Ahora es cuando pensáis que estoy totalmente loca u os preguntáis ¿por qué narices soy tan testaruda y me empeño en no faltar a mis obligaciones estando tan enferma? Pues creo que es que tengo que demostrar que soy fuerte, qeu soy digna, siempre es así. Vengo de una familia bastante humilde, históricamente pobre, mis abuelos eran jornaleros en el campo sometidos a los caprichos de algún Señor ególatra y ellos iban a trabajar de sol a sol y sin descanso enfermos, embarazadas, a punto de dar a luz... nada los detenía, no podían. Mi padre no es jornalero pero sigue teniendo un trabajo con un jefe déspota que, sobre todo ahora con la nueva ley de trabajo, puede hacer con él lo que le dé la gana y él también estaba enfermo, mi padre, y su trabajo es mucho más cansado que ir a clase y sentarse en una silla fingiendo atención. Él va y trabaja. Lo mínimo que puedo hacer para honrar el sacrificio que hace para mantenernos es estar a la altura y ser fuerte. 

Supongo que es un punto de vista algo extremo, pero tristemente, yo no me crié conociendo los derechos de los trabajadores. Desde que era pequeña, mi padre ha tenido que trabajar enfermo e incluso cuando le dieron la baja médica por un accidente tuvo que comenzar a trabajar antes de tiempo porque se lo exigía el jefe. Ese es el mundo en el que me he criado, uno en el que los derechos son para quien puede pagarlos. Ese el mundo en el que vivimos todos, no creáis, Y yo no me quejo porque, por lo menos, mi padre tiene un trabajo, yo puedo estudiar y comer, pero hay mucha gente en el mundo que no tiene esa suerte y siguen luchando cada día, enfermos o no, por sobrevivir. 

Viendo lo que pasa últimamente en nuestro país, con corrupción en cada noticia, con personajes millonarios que se ríen de la justicia y el mundo entero, pues creo que una gripe no es para tanto. 

Hay que ver lo profunda que me pongo cuando estoy enferma. Será por pasar tanto tiempo tumbada y sin hacer nada. Abrigaos y tomad mucha vitamina C que con una enferma hay suficiente ;)

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La fiebre me hace desvariar

Queridos lectores, 

Estoy malísima, enfermísima, muriéndome... bueno quizás he exagerado un poquito. Pero me encuentro fatal.
Aunque ahora mismo, mi ordenador está compitiendo  conmigo para ver cuál es el más lento de los dos. 

Antes de que se me olvide, gracias Iratxe por tu comentario, no quiero parecer vaga, pero entre la lentitud de mi ordenador y mi propio cansancio darle a la tecla de contestar me parecía un mundo, así que te doy las gracias aquí en directo. 

Mi mente no está nada inspirada, tendréis que perdonarme. Ayer dormí unas dos horas, el resto de la noche me la pasé combatiendo contra la fiebre y la mucosidad que no me dejaba respirar. 

¿Y diréis, si te estás muriendo por qué te pones a escribir? Pues no lo sé, la verdad. Como sigo con mucosidad y sin poder respirar, no puedo dormir; como no puedo dormir, estoy muy cansada y no puedo estudiar ni ponerme a hacer el trabajo que tengo pendiente porque pensar me es imposible en estos momentos. Así que he tenido la genial idea de escribir, pero me estoy dando cuenda de que eso también requiere pensar.

Lo peor es que, sospecho, se me avecino otra entretenida noche en vela en la que tendré que tomar una difícil decisión entre intentar dormir o seguir respirando. Por suerte para mí, mi insomnio natural me tiene preparada para estas eventualidades y, tras unos cuantos cafés y unos antitérmicos, casi no se nota demasiado la falta de sueño. Claro que, tendríais que haberme visto esta mañana en clase, eso sí que ha sido insoportable. Estaba pálida, con ojeras, los ojos rojos y llorosos y apenas lograba mantener el boli en mi mano, ni hablemos ya de tomar notas. Y lo peor es que no era obligatorio ir ¿por qué he ido? Otra vez mi famosa testarudez sale a relucir. Me hubiera sentido demasiado victimista si me hubiera quedado en casa supongo, así que solo me he levantado tras una nada reparadora hora de sueño para ir temblando al hospital que está en la otra punta de la ciudad, sentarme en una casa, pasarme una hora y media sonándome sonoramente las narices para, después, suplicarle a una compañera que me acercara a casa porque no podía más con mi alma.

Tengo que hacer un trabajo, hay algo que creo recordar se llama estudiar que debería plantearme también en hacer, pero yo no logro coordinar mis músculos ni para levantarme de la cama. Mis dedos parecen los únicos dispuestos a obedecerme y porque las palabras ya me salen casi solas cuando se trata de divagar sobre mi vida. Para escribir sobre el fraude científico es otra historia.

En fin, ¿sabéis algo curioso? A.R (antes del resfriado) resulta que me encontré a mí misma dando consejos amoroso, O.O como lo oís, le dice el ciego al que no puede ver, pues algo así. Que me pregunten a mí cosas amorosas es como preguntarle a una roca a qué sabe el chocolate. Lo cierto es que prácticamente mi mayor referencia del amor es todo lo que he leído, así que no tengo un discurso lo que se dice empirista. Sumadle a eso la buena ración de películas Disney con las que me crié en las que las princesas siempre lograban a sus príncipes y tendréis una melosa concepción del amor como algo único y predestinado o, lo que es también, una receta para el fracaso.

Puede que sea la fiebre la que habla por mí, pero empiezo a pensar que las princesas no eran más que unas niñas malcriadas con más suerte de la que merecían. Quiero decir, ellas ya eran guapas, perfectas, hablaban con los animales, cantaban y bailaban, la imagen de la belleza en sí mismas y, a pesar de todo, son ellas las que tienen un hada madrina, o sea, ¿en serio?

Voy a desvariar más profundamente. Pongamos, por ejemplo, a Cenicienta. Una chica guapa, con dotes de cantante, que lo mismo te barre que te cose, con amigos ratones y dos hermanas más feas que pegarle a un padre. Claro, es fácil posicionarse con Cenicienta si ves la imagen de pobre esclava que pinta Disney, pero todos sabemos que, en la vida real, Cenicienta hubiera sido la consentida de su familia por ser la más bella. Estaba claro que el príncipe de turno iba a caer rendido a sus pies cuando la viera, incluso con harapos, que por cierto deja en muy mal lugar a los príncipes del mundo que todos se enamoren a primera vista, casualmente, de hermosas jóvenes. Aún así, es Cenicienta la que tiene derecho a un hada madrina que le patrocine un cambio de look. ¿pero y las pobre hermanas? Ellas que sí necesitaban retoques de los que precisan magia o, como mínimo, algo de cirugía estética, ¿quién las ayuda? Pues nadie. Porque ese es el mundo que hemos creado, el que nos han pintado y con el que convivimos. Uno en el que solo triunfan los guapos, los guays.

Sigamos con el ejemplo. La Bella Durmiente, aka, Aurora. No solo es guapa, canta, baila y tiene sueños eróticos con príncipes, sino que encima tiene la jodida suerte de encontrarse con un chico en mitad del bosque, que este sea un príncipe guapo, se enamore de ella, así porque sí y, encima, sea ya su prometido. Pues esta tía suertuda, tiene no una, sino TRES hadas solo para ella. ¿Y la pobre Maléfica? Pues a ella le han dado un cuervo y le han puesto cuernos (me pregunto si será una indirecta por algo de la historia que no contaron) y encima, van, y los muy bordes no la invitan a la fiesta del nacimiento de la princesa. No me extraña que pillara un rebote y maldijera a a diestro y siniestro.

Hablemos ahora de Blancanieves. No solo esta princesa, que se las daba de pura e inocente, se las pasó viviendo en pecado con 7 hombres, si no que con solo una mirada y una canción sincronizada por azares de la vida con el primer tío a caballo que pasó por su casa, encontró el amor verdadero. Y otras, pobres desafortunadas, nos pasamos media vida buscándolo. Encima era una guarra de proporciones considerables. Y es que la manzana que causó su desafortunado desfallecimiento, no es que estuviera envenenada, es que se la comió sin pelar y no tuvo la precaución de lavarla primero con agua y lejía. Porque en clase de toxicología nos han contado los mil males que puede ocasionar una manzana mal lavada.

¿Y a qué venía todo esto' Ah, sí. Que me han pedido consejo amoroso. ¡A mí! ¡La persona que cuando se queda en blanco empieza a hacer chistes sobre tráfico de palitos para mirar la garganta! En fin, ¿sabéis qué pienso? Que estar enferma es una jodienda, lo primero. Que el mundo está muy mal organizado, nos meten un montón de basura desde que somos pequeños. Como la manía esta de terminar la comida con el postre, cuando el postre es lo mejor. ¿Por qué no empezar por lo bueno? ¿Por qué existe la tendencia de dejar lo mejor para el final? A mí me parece una especie de paralelismo con el pensamiento cristiano  de que la vida no es más que una parte y lo mejor viene después de la muerte, cuando vas al cielo. Pero, claro, así no se vive a gusto. Y digo yo, ¿por qué no cambiamos todos estos convencionalismos? ¿Por qué no empezamos comiéndonos la tarta de chocolate que nos está llamando y luego ya veremos la lechuga y el pollo que nos cabe? ¿Por qué no disfrutamos de la vida desde el comienzo y en vez de dedicarnos a aplazar la felicidad?

Lo sé, doy consejos que no sé cumplir. Pero estoy determinada a hacerlo... cuando me mejore... quiero hacer un cambio radical, sino en mi vida, al menos, en mi forma de enfocarla. Puede que empiece tiñéndome de pelirroja. Ya os contaré.

Besos y cuidaros de la gripe!

lunes, 17 de noviembre de 2014

Todo o nada

Queridos lectores, 

Bueno, ya ha pasado lo peor. Se me ha pasado el momento de "soy una escritora horrible", aunque, he de confesar, me he pasado casi una semana sin escribir, cinco días para ser exactos. Por un momento, durante esos días, temí haber ahuyentado definitivamente a mis musas y cundió el pánico en mi interior porque no soy nada si no escribo. Por una vez en mi vida, miraba las hojas en blanco sin ideas que plasmar, nada me parecía lo suficientemente bueno, me decía esa pequeña voz cojonera de mi interior que no valía la pena.

Pero bueno, ahora he dejado un poco las novelas que estaba escribiendo como churros y estoy intentando centrarme en estudiar, que ya era hora por otra parte. 

Si os soy sincera, la medicina me agobia, me cansa, me extenúa y me asfixia. Tiene ciertos momentos buenos, pero no siempre estoy segura de que estos me compensen. Lo sé, la pregunta fácil es ¿pues por qué sigues en la carrera? Pues primero por una cosa básica y es que no tengo dinero para pagarme una carrera, esta la voy manteniendo gracias a las becas y ayudas, pero las becas no te cubren el segundo intento de carrera. Y, además, tampoco sabría qué hacer. En fin, mi vida es un poco caos  veces y como pienso mucho en esto de si debería cambiarme de carrera, encontraba en publicar la única manera de conseguir algo de dinero para poder permitirme un cambio en mi vida, además del empuje de moral que necesitaría para dejar algo en lo que he invertido tanto tiempo y esfuerzo como la medicina. 

En el fondo sabía, todos sabíamos, que me iban a decir que no. Pero me permití soñar porque esa era mi oportunidad para liberarme, en cierto modo, era mi pequeña salvación... y falló. Aunque no os deprimáis ¿eh? existen más editoriales en el mundo y lo seguiré intentando y escribiré cosas mejores, porque es lo que tengo y lo que me queda. 

Claro que, sí lo confieso, el palo fue grande porque me sentí encerrada y sin esperanzas de escapar de la cárcel en la que se ha convertido mi vida. Miles de ideas cruzaron por mi mente en ese momento, no llevé ninguna a cabo. Pero sí, fueron días oscuros... 

Sin embargo, he estado pensando (por esto de que he estado cinco días sin poder escribir o leer sin echarme a llorar). Yo soy una chica de extremos, eso es cierto, y supongo que es porque vivo las cosas con demasiada intensidad. Cuando estoy contenta soy un terremoto incontrolable e inaguantable y cuando estoy triste lo pinto todo como un drama. Pues eso siempre me ha dado miedo. Porque sí, el momento de alegría es muy bonito, pero el dolor es tan profundo, tan lacerante que te preguntas si merece la pena por los breves instantes de felicidad que obtienes a cambio. Creo que esa es la razón por la que me he dedicado a vivir la vida de otros. Era más fácil, era más cómodo conformarse con una vida estándar, normal, que no me hiciera absolutamente feliz, pero que tampoco fuera un dolor constante. Porque lo peligroso de luchar por tu felicidad es que si fallas, puedes perder lo que realmente te importa. 

Sí, es irónico y quizás carente de toda lógica, pero empecé a estudiar medicina, una carrera de 6 años increíblemente difícil, porque me parecía más fácil que buscar la manera de luchar por lo que me gustaba. Porque ¿y si no lo lograba? Tenía miedo del fracaso anticipado y del dolor que este me ocasionaría. Tenía la tonta idea de que podría llevar una vida en el medio y, huyendo de la felicidad, me alejé de la felicidad. 

Pero, ¿cuánto tiempo puede una persona vivir sin sentir? ¿Es esto suficiente? ¿Puedes conformarte con un trabajo que no te gusta, con una persona que no amas, con unas aficiones que no te apasionan, simplemente porque tampoco te hacen sufrir? Me recuerdo a una canción de Bette Midler que dice algo así que es "como el alma con miedo a morir que nunca aprende a vivir". 

Hasta aquí, mis queridos lectores, me habréis seguido con más o menos espanto pensando que aquí la que os escribe está terriblemente desquiciada y necesita ayuda profesional urgente (y no estáis desencaminados), pero me temo que el asunto de la negativa de la agencia literaria se me ha juntado con otro asunto personal que puede utilizarse como ejemplo en lo que os estoy diciendo. Tiene que ver con el ámbito romántico, tan inexistente en mi vida. Porque lo que de verdad quieres, lo que realmente deseas es lo que puede hacerte sufrir. Si no sientes nada, por una persona o por un trabajo, no puede hacerte daño. 

Solo hay dos cosas que me he atrevido a desear fervientemente en mi vida: un es ser escritora y la otra es ser madre y, en un corto espacio de tiempo, creí que no podría ser ninguna de las dos. Pero bueno, la vida, para bien o para mal, no está escrita, nosotros hacemos nuestros propios destinos y tengo la esperanza de lograr esas dos pequeñas cosas. 

Así que, resumiendo, al final la vida es como un potencial de acción, o todo o nada. No se puede vivir a medias, bueno, lo puedes intentar pero no será vivir. Y, si quieres ser feliz, tienes que aceptar el riesgo de no lograrlo siempre. Así que la pregunta final, supongo que es, ¿merece la pena?... No puedo hablar con respecto a lo demás, pero si algún día consigo que me publiquen y puedo decir por fin que soy escritora, entonces, el dolor de mi primer rechazo sí la habrá merecido. 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mañana será otro día


Queridos lectores, 

Os confieso que no me apetece escribir, pero sé que hace tiempo que no os digo nada y no quería que me extrañarais.

A veces, la vida es una completa mierda. Disculpad mi lenguaje, pero es así. Llevo un par de días viendo a gente morirse de manera espantosa y dolorosa, devorados por la enfermedad, demacrados, cadavéricos en vida. He visto a personas más jóvenes que yo o, más o menos, de mi edad sufriendo y luchando cada minuto por un día más en este mundo. Y he sentido pena, dolor, ganas de llorar pero sobre todo me he sentido culpable. No por su enfermedad, porque yo no tengo culpa en eso. No. Me he sentido culpable porque yo tengo una salud, una vida que no sé aprovechar.

Quizás esas personas moribundas merezcan vivir más que yo, quizás sean más valientes, más bondadosos, más inteligentes... pero están ahí, postrados, aguardando sus muertes o sobrellevando como pueden los estigmas que les quedarán de por vida mientras yo me lamento de mi propia mala suerte en mi la comodidad de mi habitación.

La vida no es justa. Eso no es algo que todos queramos saber o conocer, pero es algo que aprendemos conforme vivimos y nos damos cuenta que todo eso del Karma, de un futuro castigo para los malvados y el final feliz de los buenos solo existe en los cuentos de hadas. Pero la vida no es un libro, ni una historia cuyo final podamos modificar a nuestro antojo u olvidar si no nos ha gustado. No. La vida es lo que es, a veces buena, a veces injusta, otras veces es simplemente una gran putada.

He visto a gente morir en la clínica, he consolado a familias, he observado el dolor en sus rostros y sé que no tengo derecho a compadecerme de mí misma por mis pequeños traumas y mis meteduras de pata. Y, aún así, llamadme egoísta, pero mis lágrimas hoy no son para ellos, si no para mi pequeño sueño lastimado, para mi corazón de escritora en ciernes que ha sufrido su primer rechazo.

No busco consuelo ni ánimo entre estas páginas perdidas de algún lugar del amplio mundo de internet. No quiero compasión ni mensajes de aliento que solo van a lograr recordarme que he fallado.

Solo querría seguir adelante, levantarme, seguir escribiendo y volver a intentarlo. Pero soy tan exigente conmigo misma, tan floja, que las lágrimas siguen fluyendo sin que parezca que algún día acabarán y escribir, de repente duele demasiado porque me recuerda que no soy lo suficientemente buena en lo que más amo. Y así, queridos lectores, es como se ha cumplido mi mayor miedo, el de hundirme y perder mi único salvavidas, porque escribir es lo que me ha salvado siempre de la tristeza, pero si mi tristeza viene de escribir ¿cómo salgo?

Lo sé, lo sé. Al menos, la parte racional de mi mente lo sabe. Que todos los escritores han sido rechazados alguna vez, que hay que seguir intentándolo, que no hay que rendirse tan fácilmente, que era una opción demasiado difícil, casi imposible, que debería de haberlo imaginado. ¡Y lo hice! ¡Lo imaginé! Mil veces pensé en el momento en el que me dirían que no y me prohibí soñar, pero lo hice. Tuve esperanzas y ahora tengo que pagar el precio de aquellos momentos de dicha efímera en los que soñé que lo lograba.

Y lo sé, lo sé. Que tengo que animarme, que debo seguir intentándolo. Y lo haré. Mañana. Lo prometo. Pero hoy no puedo, Hoy solo quiero esconderme del mundo y llorar a gusto hasta poder exorcizar esas voces en mi cabeza, las mismas que aprovechan cualquier error mío para culparme de todo, las mismas que se han colado en mi mente sin mi permiso y utilizan mi debilidad para recordarme que la medicina es lo real, que es lo que me queda. Pero, queridos míos, eso no es un consuelo. Lo cierto es que la medicina me abruma, tanto dolor, tanta responsabilidad. A veces creo que no voy a poder. A veces pienso que este no es mi lugar ni mi mundo. Pero, ah, si no es este ¿cuál es? ¿Tengo acaso alguna otra salida? No. Porque la medicina es lo real. Es lo que me queda.

En cuanto a escribir... ahora duele demasiado. Mañana. El sol volverá mañana. Por hoy, solo quiero descansar.

PD: por favor, gente conocida, absteneros de mandarme mensajes de ánimo o de "venga, Laura, tienes que seguir escribiendo..." porque ahora mismo no podría soportarlo. Lo he contado porque ha pasado. El siguiente paso es olvidarlo y volver a intentarlo. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

Fin de semana de miedo

"Diez. Respira. Nueve. Tranquila. Ocho. Vamos. Siete. Todo irá bien. Seis. Respira. Cinco. ¡Mierda! Cuatro. ¡Reacciona!. Tres. ¡Joder! Dos. ¡Respira! Uno... Tarde"

Queridos lectores, eso son los apuntes que he tomado en el seminario de hematología de hoy. Claramente no son apuntes, porque la clase no iba de RCP (iba de algo sobre leucocitos). El tema es que me había propuesto atender. De hecho, ni siquiera me he llevado mi libreta de escribir en clase ni el portátil. Pero incluso así, el margen del folio de los apuntes, me ha servido para escribir. Algo raro, pero escribir. Aunque creo que es un párrafo con potencial para comenzar un relato.

En fin, vamos a la historia importante, la de mi desastrosa vida. Este fin de semana ha sido el Día de Todos los Santos, más conocido ahora mismo como Halloween gracias a la ingente cantidad de películas americanas que hay en la tele. En fin, pues este fin de semana de Halloween lo he pasado con mis primos pequeños a los que veo un par de veces al año.

Pero empecemos por el principio. El viernes, antes de irme a ver a mis primos (como pasábamos el finde fuera) me despedí de mi perrito Brave. Sabéis (y si no, lo repito) que esto de criar a Brave desde pequeñito me ha hecho desarrollar una extraña relación en la que casi me comporto como una madre protectora. Lo sé, soy rara, pero mi instinto materno siempre ha estado demasiado desarrollado para mi propio bien. El caso es que estaba con mi pequeño Brave viéndolo correr y jugando con él y comprendí (es raro, lo sé, pero terminar de leer todo antes de juzgarme como a una loca) lo que puede sentir mi madre. Yo, en ese momento, quería ser el centro de la vida de mi pequeñín, como alguna vez antes, cuando era más cachorro y dependía de mí para todo, lo había sido. Pero lo cierto es que, además de ser un perro, Brave ya es mayor y autosuficiente y, aunque me gustaría que jugara conmigo, tengo que entender que muchas veces preferirá jugar con otros animales.

La metáfora aquí es que no puedes intentar atar a tus hijos y obligarlos a que se queden contigo. Son de otra generación, de otra pasta y, la mayoría de las veces, preferirán a sus amigos. Padres e hijos no son de especies distintas, pero muchas veces lo parecen.

Luego está el tema de que Sombra, el nuevo caballo, se ha convertido en el mejor amigo de juegos de mi Brave. Yo que no quería encariñarme con ese caballo porque sabía que, tarde o temprano, uno tendría que desaparecer y no quería que fueran mis pequeñajos; yo que me había esforzado por no dedicarle demasiadas caricias ni pensar en él porque eso solo lograría condenar a mi Estrella definitivamente; yo... me encontré de pronto pensando que ya no podría apartar a mi Brave de su mejor amigo. ¿Y ahora qué hago? En fin, pues nada, resignarme como toda mi vida porque, sea lo que sea lo que hagan con mis caballos, yo no tendré ni voz ni voto.

Por otra parte, y antes de seguir hablando he de advertir de que me acabo de dar cuenta de que las puñeteras hormonas la han tomado conmigo y estoy asquerosamente sensible y probablemente me pondré muy melodramática (quedáis advertiros); tras esta dosis de amor canino me encontré con mi prima de dos años que es un auténtico cielo y todo amor y cosas rosas (*:*) No entiendo por qué me gustan tanto los niños. No lo sé.

Veía a sus padres con tantos niños, con sus hijos, tan felices, tan... familia que sentía una tremenda envidia. Porque yo podría hacerme con el cariño de la niña por dos días, podía conseguir que quisiera que la cogiera en brazos a todas horas y jugar con ella y vestirla, pero al acabar el fin de semana, se la llevaron.

Y, aquí viene lo peor y lo más teatral de todo, que yo quería, deseaba una familia así, tener a mis niños y ser la "mami" y no solo la loca de los niños, pero no sé si podré. Tengo un problema y es que yo no soy fea, objetivamente hablando, no soy idiota perdida, vamos, tengo algunas cosas buenas, pero soy incapaz de imaginar que alguien pueda quererme. Sé que no es así, quiero decir que yo puedo hacer una lista mental de por qué podría gustarle a alguien y racionalmente entiendo que mi sentimiento no tiene lógica y que es un problema de mi mente. Pero no importa cuánto lo debata conmigo misma o cuánto lo intente, porque haga lo que haga sigo sin sentirme merecedora del amor.

¿Quizás por eso me gustan los niños? Porque son tan inocentes que te entregan su cariño incondicional a los dos minutos de conocerte si sabes cómo tratarlos.

Y eso es todo, me he pasado dos días haciendo de niñera rodeada de niños y derritiéndome cada 5 minutos apróx. con mis primas. Me sentí muy bien al ver que alguien comprendía mi pasión irrefrenable por las pompas de jabón aunque fuera una niña de 2 años. Lo más terrorífico que sufrí fue el abrazo de una persona disfrazada de estrella de peluche rosa gigante.

Sobre lo demás, mis traumas y yo seguiremos conociéndonos un tiempo más. Realmente, me gustaría poder extirparlos de mi cabeza. A veces no importa cuánto lo intente, cuánto salga, a cuánta gente conozca... si no logro verme merecedora del amor nunca lo tendré.

PD: pero no os preocupéis por mí, la locura y yo tenemos una vieja amistad :)