No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La fiebre me hace desvariar

Queridos lectores, 

Estoy malísima, enfermísima, muriéndome... bueno quizás he exagerado un poquito. Pero me encuentro fatal.
Aunque ahora mismo, mi ordenador está compitiendo  conmigo para ver cuál es el más lento de los dos. 

Antes de que se me olvide, gracias Iratxe por tu comentario, no quiero parecer vaga, pero entre la lentitud de mi ordenador y mi propio cansancio darle a la tecla de contestar me parecía un mundo, así que te doy las gracias aquí en directo. 

Mi mente no está nada inspirada, tendréis que perdonarme. Ayer dormí unas dos horas, el resto de la noche me la pasé combatiendo contra la fiebre y la mucosidad que no me dejaba respirar. 

¿Y diréis, si te estás muriendo por qué te pones a escribir? Pues no lo sé, la verdad. Como sigo con mucosidad y sin poder respirar, no puedo dormir; como no puedo dormir, estoy muy cansada y no puedo estudiar ni ponerme a hacer el trabajo que tengo pendiente porque pensar me es imposible en estos momentos. Así que he tenido la genial idea de escribir, pero me estoy dando cuenda de que eso también requiere pensar.

Lo peor es que, sospecho, se me avecino otra entretenida noche en vela en la que tendré que tomar una difícil decisión entre intentar dormir o seguir respirando. Por suerte para mí, mi insomnio natural me tiene preparada para estas eventualidades y, tras unos cuantos cafés y unos antitérmicos, casi no se nota demasiado la falta de sueño. Claro que, tendríais que haberme visto esta mañana en clase, eso sí que ha sido insoportable. Estaba pálida, con ojeras, los ojos rojos y llorosos y apenas lograba mantener el boli en mi mano, ni hablemos ya de tomar notas. Y lo peor es que no era obligatorio ir ¿por qué he ido? Otra vez mi famosa testarudez sale a relucir. Me hubiera sentido demasiado victimista si me hubiera quedado en casa supongo, así que solo me he levantado tras una nada reparadora hora de sueño para ir temblando al hospital que está en la otra punta de la ciudad, sentarme en una casa, pasarme una hora y media sonándome sonoramente las narices para, después, suplicarle a una compañera que me acercara a casa porque no podía más con mi alma.

Tengo que hacer un trabajo, hay algo que creo recordar se llama estudiar que debería plantearme también en hacer, pero yo no logro coordinar mis músculos ni para levantarme de la cama. Mis dedos parecen los únicos dispuestos a obedecerme y porque las palabras ya me salen casi solas cuando se trata de divagar sobre mi vida. Para escribir sobre el fraude científico es otra historia.

En fin, ¿sabéis algo curioso? A.R (antes del resfriado) resulta que me encontré a mí misma dando consejos amoroso, O.O como lo oís, le dice el ciego al que no puede ver, pues algo así. Que me pregunten a mí cosas amorosas es como preguntarle a una roca a qué sabe el chocolate. Lo cierto es que prácticamente mi mayor referencia del amor es todo lo que he leído, así que no tengo un discurso lo que se dice empirista. Sumadle a eso la buena ración de películas Disney con las que me crié en las que las princesas siempre lograban a sus príncipes y tendréis una melosa concepción del amor como algo único y predestinado o, lo que es también, una receta para el fracaso.

Puede que sea la fiebre la que habla por mí, pero empiezo a pensar que las princesas no eran más que unas niñas malcriadas con más suerte de la que merecían. Quiero decir, ellas ya eran guapas, perfectas, hablaban con los animales, cantaban y bailaban, la imagen de la belleza en sí mismas y, a pesar de todo, son ellas las que tienen un hada madrina, o sea, ¿en serio?

Voy a desvariar más profundamente. Pongamos, por ejemplo, a Cenicienta. Una chica guapa, con dotes de cantante, que lo mismo te barre que te cose, con amigos ratones y dos hermanas más feas que pegarle a un padre. Claro, es fácil posicionarse con Cenicienta si ves la imagen de pobre esclava que pinta Disney, pero todos sabemos que, en la vida real, Cenicienta hubiera sido la consentida de su familia por ser la más bella. Estaba claro que el príncipe de turno iba a caer rendido a sus pies cuando la viera, incluso con harapos, que por cierto deja en muy mal lugar a los príncipes del mundo que todos se enamoren a primera vista, casualmente, de hermosas jóvenes. Aún así, es Cenicienta la que tiene derecho a un hada madrina que le patrocine un cambio de look. ¿pero y las pobre hermanas? Ellas que sí necesitaban retoques de los que precisan magia o, como mínimo, algo de cirugía estética, ¿quién las ayuda? Pues nadie. Porque ese es el mundo que hemos creado, el que nos han pintado y con el que convivimos. Uno en el que solo triunfan los guapos, los guays.

Sigamos con el ejemplo. La Bella Durmiente, aka, Aurora. No solo es guapa, canta, baila y tiene sueños eróticos con príncipes, sino que encima tiene la jodida suerte de encontrarse con un chico en mitad del bosque, que este sea un príncipe guapo, se enamore de ella, así porque sí y, encima, sea ya su prometido. Pues esta tía suertuda, tiene no una, sino TRES hadas solo para ella. ¿Y la pobre Maléfica? Pues a ella le han dado un cuervo y le han puesto cuernos (me pregunto si será una indirecta por algo de la historia que no contaron) y encima, van, y los muy bordes no la invitan a la fiesta del nacimiento de la princesa. No me extraña que pillara un rebote y maldijera a a diestro y siniestro.

Hablemos ahora de Blancanieves. No solo esta princesa, que se las daba de pura e inocente, se las pasó viviendo en pecado con 7 hombres, si no que con solo una mirada y una canción sincronizada por azares de la vida con el primer tío a caballo que pasó por su casa, encontró el amor verdadero. Y otras, pobres desafortunadas, nos pasamos media vida buscándolo. Encima era una guarra de proporciones considerables. Y es que la manzana que causó su desafortunado desfallecimiento, no es que estuviera envenenada, es que se la comió sin pelar y no tuvo la precaución de lavarla primero con agua y lejía. Porque en clase de toxicología nos han contado los mil males que puede ocasionar una manzana mal lavada.

¿Y a qué venía todo esto' Ah, sí. Que me han pedido consejo amoroso. ¡A mí! ¡La persona que cuando se queda en blanco empieza a hacer chistes sobre tráfico de palitos para mirar la garganta! En fin, ¿sabéis qué pienso? Que estar enferma es una jodienda, lo primero. Que el mundo está muy mal organizado, nos meten un montón de basura desde que somos pequeños. Como la manía esta de terminar la comida con el postre, cuando el postre es lo mejor. ¿Por qué no empezar por lo bueno? ¿Por qué existe la tendencia de dejar lo mejor para el final? A mí me parece una especie de paralelismo con el pensamiento cristiano  de que la vida no es más que una parte y lo mejor viene después de la muerte, cuando vas al cielo. Pero, claro, así no se vive a gusto. Y digo yo, ¿por qué no cambiamos todos estos convencionalismos? ¿Por qué no empezamos comiéndonos la tarta de chocolate que nos está llamando y luego ya veremos la lechuga y el pollo que nos cabe? ¿Por qué no disfrutamos de la vida desde el comienzo y en vez de dedicarnos a aplazar la felicidad?

Lo sé, doy consejos que no sé cumplir. Pero estoy determinada a hacerlo... cuando me mejore... quiero hacer un cambio radical, sino en mi vida, al menos, en mi forma de enfocarla. Puede que empiece tiñéndome de pelirroja. Ya os contaré.

Besos y cuidaros de la gripe!

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