No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

martes, 30 de diciembre de 2014

La última del año

Queridos lectores, 

Lo siento por teneros desatendidos, pero estoy en mi retiro de estudio para los exámenes de enero que están consistiendo en largas horas de lectura de relatos eróticos. Hasta tal punto que, viendo que mi conocimiento de la materia de la que me voy a examinar es muy inferior a mi dominio de la jerga erótica, me siento inclinada a escribir un pequeño relato en el examen en vez de la contestación a las preguntas. 

En fin, es duro pasarse más de 12 horas al día sentada en una silla mirando hacia un papel. Llevo haciendo esto desde que era una cría y no tenía necesidad de estudiar, pero no tenía nada mejor que hacer. Ahora que lo hago por obligación odio a aquella cría que perdió el tiempo estudiando. 

He aprovechado el descanso de mi mente para llegar a una gran conclusión. Y es que no quiero ser médica, creo que eso está algo claro ya. Lo cual hace más difícil que logre convencerme para estudiar algo. Puede que suspenda alguna o todas, pero la verdad es que estoy en modo "me importa todo una mierda" y es así. 

Sin embargo, no quería que terminara el año sin desearos una Feliz Navidad y próspero año nuevo. Creo que oiréis de mí en las vísperas de los exámenes que es cuando estoy nerviosa y necesito escribir para relajarme. 

Quería hacer un pequeño resumen de este año 2014 que ha pasado volando, no puedo creer que ya se acabe. Creo que ha sido un buen año, entre la boda de Sadee, la primera salida de las chicas, el gran hito de Ada, he escrito dos libros, he descubierto mi pasión por la novela lésbica y otras cosas... Sí, ha sido un año interesante. Quizás, los últimos meses me he dedicado demasiado a leer y poco a estudiar, pero qué coño, lo he disfrutado mucho más. Y ¡ah! no lo olvidemos, 2014 fue el año en el que me tomé mi primera cerveza, escribí mi primera escena erótica detallada, que terminó convirtiéndose en todo un libro, hice mi primer intento de publicar una novela y recibí mi primer "no, pero gracias". 

En fin, voy a aprovechar las últimas horas de la noche para intentar hacer lo que no he hecho en todo el día. 

La responsabilidad ha muerto, larga vida a la desidia. Deseadme suerte y mandadme una colleja virtual para que trabaje ;)

domingo, 14 de diciembre de 2014

Construcción de un relato 7

Hola, siento el retraso en la historia, mis musas han estado algo escurridizas. He tenido muchas ideas, pero poca inspiración para lo viene a ser escribir en condiciones, así que creo que esto no me ha quedado muy bien, pero al menos ya he decidido la dirección que va a tomar la historia. Espero que os guste. 

7.

Maldito sea el destino y sus ganas de joderme. Era ella. No había duda. Podría decirse que no necesité ni mirarla, pues su perfume no tardó en inundar la sala devolviendo su imagen a mi mente. Aún así, levante la vista para comprobar que no estaba enloqueciendo. Aunque lo que vi amenazó con echar a perder mi maltrecha cordura.

Vestía con uno de sus ajustados trajes agarrada al brazo de mi jefe. No había hombres en el mundo. Miles de ideas, a cada cual más alocada, cruzaron por mi mente. Quizás podría acercarme y saludarla, pero, ¿bajo qué pretexto?

Mis ojos no se apartaron de ella en ningún momento, sin importarme que algún compañero pudiera descubrirme mirando fijamente el contorneado cuerpo de la acompañante de mi jefe mientras este saludaba al resto de peces gordos. Se acercó a su oído para susurrarle algo, sintiendo cómo mi sangre hervía por la cercanía de aquel vejestorio con su aquella suave piel que tantos de mis sueños había ocupado, y se encerró en su despacho.

Pensé que aquel era mi momento. Probablemente mi única oportunidad. Me levanté, aproximándome a ella por la espalda. Debió sentir mi presencia, pues antes de que pudiera hablar, ella se giró. Nuestros ojos se encontraron tan repentinamente que, por unos segundos, ella no pudo ocultar su sorpresa, aunque no tardó demasiado en recomponer su rostro inexpresivo.

-          Oh, Emily – La voz de mi jefe llegó a mis oídos. – ¿Ya has conocido a mi acompañante?
-          Realmente no he tenido el placer – Dije recordando que ni siquiera sabía su nombre.
-          Os presento. – Dijo mi jefe haciendo gala de sus mejores modales, aunque yo tan solo podía pensar en mi imperante deseo de romperle la nariz de un puñetazo. – Emily Wilson, una de las más recientes adquisiciones del periódico. Danielle Taylor. La señorita Taylor será mi acompañante esta noche.

Sabía que tenía que hacer algún tipo de gesto, pero mis ojos estaban fijos en la imagen de aquella mujer sonriéndole a hediondo jefe.

-          ¿Nos acompañas?

La invitación me pilló de sorpresa, pero me bastó una mirada al ceño fruncido de Danielle para decidirme.

-          Claro, ¿por qué no?
-          Ese es el espíritu.

No fui realmente consciente de mi error hasta que me encontré en un restaurante demasiado elegante para mi atuendo, que consistía en unos vaqueros, camisa y chaqueta de cuero con los que solía ir a trabajar, rodeada de hombres que pasaban la mediana edad y el peso medio recomendado, aunque no tanto de pelo en la cabeza y Danielle pendiente de todos y cada uno de los caprichos de mi jefe.

No recuerdo una velada tan odiosa en toda mi vida. En otra ocasión, quizás, podría haber disfrutado riéndome de las ridiculeces de mis acompañantes o incomodándolos con mis historias de periodista trotamundos, pero no estaba de humor para nada.

Mis ojos seguían concentrados en las delicadas manos de Danielle acariciando casualmente la de mi jefe, dejando que aquel baboso le susurrara en el oído y riendo risueñamente con cada poco inteligente comentario.

¿Qué era lo que sucedía? Mi gaydar nunca se había equivocado tanto con una mujer, de hecho, nunca se había equivocado en absoluto. La manera en la que me miró cuando estuvimos en el parque, el calor que su cuerpo desprendía, la tensión que podía sentir en sus músculos cuando me acercaba a ella… No podía haberlo fingido todo, ¿verdad? No había sido imaginación mía.

Decidí comprobarlo antes de volverme del todo loca y, de paso, convertir la cena en algo un poco más interesante. La camarera que nos había estado sirviendo era una joven de cuerpo esbelto y cabellos castaños recogidos en un férreo moño. En otra ocasión, una cara tan dulce apenas habría llamado mi atención, se habría ganado algún que otro cumplido por su ligera belleza, pero nada más. Sin embargo, rodeada de aquellos viejos tiburones y despechada por la mujer que había inundado mis sueños por días, sus ojos marrones me parecían de lo más atrayentes.

Cuando la joven se acercó a servirme, deslicé mi mano suavemente acariciando su muñeca de manera casual. Noté que no se retiraba, así que seguí con la caricia aferrando con delicadeza su brazo. Ella se inclinó hacia mí, dándome acceso a su oído.

-          ¿A qué hora terminas? – Le dije sin pensarlo demasiado.

Noté que sonreía y me hablaba, pero no logré entender qué me decía, puesto que la mirada de furia que Danielle me dirigía absorbió todo el aire a mi alrededor. Así que estaba en lo cierto, la señorita Taylor estaba celosa de mi camarera. Me despedí de la chica con un guiño prometiéndole que me desharía pronto de los vejestorios sin perderme un solo mohín molesto de Danielle.

Los hombres no tardaron en jalear mi “conquista” como ellos la llamaban. Sus ociosos y poco caballerosos comentarios se convirtieron en el sonido de fondo de la sala mientras seguía concentrada en Danielle y cada una de sus expresiones.

No tardó demasiado en disculparse para ir a “empolvarse la nariz”. No pude evitar poner los ojos en blanco, tan educada. En cuestión de segundos la seguí. Aunque su destino no había sido el aseo, sino la pequeña terraza exterior. Me pregunté qué podría hacer Danielle en el exterior sin chaqueta, en medio del frío nocturno. El familiar olor del tabaco me dio la contestación.

-          ¿No sabes que eso no es bueno para la salud? – Le dije mientras me acercaba a ella. Noté que se tensaba antes de darse la vuelta y dedicarme una mirada glacial.
-          Eso no es de su incumbencia, señorita Wilson.
-          Vaya, yo pensaba que ya nos tuteábamos.
-          Apenas nos conocemos. – Me dijo dándome la espalda de nuevo.
-          Te conozco más que ese vejestorio con el que estás.
-          No estoy con él.
-          Pues él no piensa lo mismo.
-          Quiero decir que no somos pareja ni nada por el estilo. Solo estaré con él… esta noche.
-          No te comprendo. – Me acerqué más, comenzando a sentir el calor de su cuerpo.
-          Ese es mi trabajo. – Espetó de pronto. – Me pagan por hacerle compañía a hombres solitarios.

Sus palabras asaltaron a mi corazón como una ráfaga de metralla, aunque intenté que no se me notara.

-          ¿Quieres decir que…- Cómo decirlo sin ofender.- profesional del sexo?- Danielle dejó escapar una carcajada rota.
-          ¿Siempre eres tan políticamente correcta? No soy prostituta. No una vulgar al menos. Mis tarifas son algo más elevadas. Soy un cuerpo bonito del que los hombres poderosos quieren presumir, colgarse del brazo y, al final de la noche… En fin, a veces pasa.

Tras una última calada, lanzó el cigarrillo al suelo y lo pisó con la suela de sus, probablemente muy caros, zapatos de tacón. Con eso debió de dar por terminada la conversación, alejándose de mí mientras yo seguía asimilando sus palabras.

-          ¿Todavía quieres conocerme mejor? – Preguntó antes de dejarme sola con el frío de la noche.

Buena pregunta. ¿Todavía quería? 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Construcción de un relato 6

Queridos lectores, 

Necesito escribir, pero no sé qué decir. Técnicamente, ahora tendría que estar estudiando, pero no me apetece. Me ha dado un ataque porque he terminado de leerme los dos libros que tenía para el fin de semana y no tenía nada por leer, encima no habían actualizado ninguno de los múltiples fanfics que leo y me he tenido que leer uno en inglés tristísimo que me ha hecho llorar desconsoladamente y me he deprimido muchísimo. Pero ya estoy bien porque tengo otro libro, así que crisis superada. 

He dicho muchas veces que no podría dejar de escribir, pero realmente, no sobreviviría sin leer, me acabo de dar cuenta. Moriría en el acto. Doy gracias a la informática por permitirme el acceso a libros electrónicos y al kindle por existir. Me han salvado la vida. Son como un desfibrilador , pero menos traumático (bueno, depende del libro). 

En fin, que me he puesto a escribir mientras buscaba algo que leer y ha salido esto. Lo siento. No estoy en mi mejor día, pero como el propósito era escribir y colgar sin repasarlo demasiado y ver qué salí, pues ahí está. Por cierto, tengo que ponerle nombre urgentemente, ¿ideas?

6. Desencuentros y encuentros:

La lluvia arreció hasta pasar de una ligera llovizna a una densa cortina que descargaba con furia sobre nosotras. Y se suponía que era fácil. Tenía que haber sido fácil. Tan solo unos milímetros separándome de ella, la lluvia cayendo como una dudosa barrera a la que no temía enfrentarme, no si era por descubrir el sabor de aquellos labios rojos.

Porque tenía que haber sido fácil. Pero no lo fue y todavía no entiendo por qué. Lo único que recuerdo es sus manos en mi cintura llevándome cada vez más cerca del calor que su cuerpo prometía y la sensación de que el beso era inminente justo antes de que ella me empujara. Mis ojos se encontraron con su confusa mirada a través del espesor de la tormenta.

-          Eres como todos los demás. ¿Eso era todo lo que te interesaba? – Espetó de pronto sin que aquellas palabras arrojaran más luz sobre mi desconcierto.
-          Yo, no… ¿qué?
-          ¿Era todo un intercambio? ¿Un pendiente por mi cuerpo? No es un precio demasiado justo.

La ira refulgía en sus ojos y yo seguía sin comprenderla. Casi de manera automática, mi mano buscó en el bolsillo, recuperó el pequeño adorno que tantos problemas parecía darme de pronto y se lo tendí. Ella lo cogió de mi mano sin poder ocultar cierta sorpresa. Y se marchó.

Eso es todo. Se perdió corriendo bajo la lluvia hasta que el espesor del agua me impidió seguir su rastro y yo permanecí justo en el mismo lugar, inamovible, tratando de entender qué había pasado, qué había hecho mal.

Mi mente no logró aclarar nada aquel día, aunque la estancia a la intemperie sí me sirvió para agarrar un buen resfriado que me duró al menos dos semanas. Dos semanas en las que su recuerdo me perseguía como un malvado fantasma.

Ya no sabía si era cosa de la fiebre, de la falta del sueño o el resfriado, pero me encontraba sin fuerzas, completamente desasosegada. Siempre me había enorgullecido de ser una mujer fuerte, y, sin embargo, no deseaba otra cosa que acurrucarme en una manta y olvidarme del mundo, suplicarle a aquellos insistentes ojos marrones que dejaran de perseguirme en sueños y me dejaran descansar. Pero no tenían clemencia, quizás no la merecía.

Hacía años que no me sentía así. Intranquila, impotente, frustrada, apenada. Demasiados sentimientos para una sola persona. La última vez que algo me había afectado tanto como para arrancarme una lágrima fue cuando mis padres me echaron de casa al descubrir que no era la hija que esperaban. Al parecer, ellos habían pedido expresamente una niña rubia de largos bucles y piel perfecta, inteligente como para ser capaz de seguir con el negocio familiar, lo suficientemente hermosa como para conquistar el corazón de algún hombre de buena posición. Pero debieron equivocarse en la entrega porque todo lo que consiguieron fue una bohemia con pretensiones de escritora y con preferencia por las mujeres. Una completa decepción. Eso fui.

A los diecisiete años les dije que no iba a estudiar empresariales ni nada por el estilo y que haría periodismo. Poco después les presenté a mi primera novia. Quizás no debí de haberlo hecho de forma tan seguida. En fin, no se puede deshacer lo hecho.

Me fui de casa y trabajé lo suficiente como para mantenerme y pagarme la carrera que quería, en realidad no tanto, tuve cierta ayuda de mi abuelo que nunca aprobó del todo la decisión de su hija.

Nunca me había importado realmente. Nunca. Yo era fuerte, me había hecho a mí misma. Eso era lo que me decía cada vez que el recuerdo de las miradas de decepción de mis padres me asaltaba. Era fuerte. Cada vez que unos ojos iracundos se colaban en mis sueños, seguía repitiéndolo. Era fuerte. Solo que aquel maldito resfriado estaba a punto de agotar mis fuerzas, minadas ya tras toda una vida.

Si, al menos, supiera dónde estaba ella, quién era, cómo encontrarla y disculparme. O saber de qué demonios debía disculparme, ¿de intentar besarme? No fue culpa mía, culpo a la lluvia, que me confundió… Pesaba demasiado y lanzó mi cabeza hacia la suya. Para ser escritora, necesitaba mejorar mi capacidad de inventar buenas excusas.

El chocolate se había convertido en mi mejor aliado para superar aquella crisis. Chocolate y un buen libro, todo lo necesario para superar un desengaño amoroso consistente en un pendiente perdido y un beso fallido. Mi última mousse (de chocolate, por supuesto) se deshacía lentamente en mi boca mientras me permitía paladearla con placer. Disfrutaba de la infantil sensación de estar explotando pequeñas burbujitas con mi lengua. A veces, algunos pensamientos impuros se colaban entre los resquicios de mis inocentes ideas sobre mouses creando imágenes de ella cubierta de chocolate y, entonces, tenía que buscar más chocolate.

Su imagen me perseguía y temía enloquecer. Pero justo cuando, con la última cucharada de mi dulce, decidí que iba a olvidarla definitivamente y para siempre, el ascensor de la redacción se abrió y estuve a punto atragantarme con esa última, deliciosa y desgraciadamente amargada, cucharada. 

viernes, 5 de diciembre de 2014

Construcción de un relato: Diálogo

Queridos lectores, hoy toca el predominio del diálogo. Hay muchas formas de enfocar un diálogo, según lo que quieras lograr con él.

- Por un lado, puede dar dinamismo al relato si lo haces rápido y se intercambian las frases rápido. 
- Puedes dar información.

Básicamente, mi mayor fallo con los diálogos suele ser que no queda claro quien habla y he intentado que eso no pase. Es más fácil cuando son solo dos personajes, como ahora, pero sí que es verdad que cuando son varios personajes es bastante difícil, al menos para mí, que quede claro quién habla cada vez sin resultar demasiado reiterativa con el "dijo tal" o "dijo cual". 
No me enrollo que estoy en clase, espero que os guste. 


5. DIÁLOGO. Cita forzada

Así fue como logré robar a la codiciada reina y tenerla para mí una tarde entera. Los recuerdos de nuestro primer encuentro todavía merodean por mi mente encendiendo mi cuerpo al mínimo descuido.

Aferré su mano con fuerza sin esperar un permiso que, de pedirlo, no llegaría y la arrastré conmigo a mi lugar favorito del parque: un pequeño rincón de tranquilidad al que los turistas nunca llegaban. Tan solo me detuve para comprar por el camino un par de cafés y una bolsa de palomitas dulces bajo su cínica y atenta mirada.

Sentadas en un banco alejado del mundo, con el leve ruido del viento meciendo los árboles de fondo y el sabor del café inundando el ambiente que nos rodeaba, me dediqué a observarla mejor.

-          Bueno, ya te he acompañado en tu pequeña excursión de un banco a otro, ¿me devuelves mi pendiente?- Dijo ella.
-          No.- Me hizo gracia que bufara. No era propio de una dama.
-          ¿Por qué?
-          Me apetece la compañía. Las ardillas no tienen mucha conversación.
-          Genial, atrapada con una loca.
-          No estás atrapada. Puedes irte si lo deseas.
-          Sí, lo deseo. – Me miró expectante.
-          Pero sin el pendiente. – Volvió a bufar. - ¿Puedo preguntarte por qué te importa tanto? No parece de gran valor.
-          Me lo regaló una persona importante.
-          Ah. – Supe que no estaba dispuesta a decir más. – Te entiendo. Este reloj es lo único que conservo de mi abuelo. – Dije mostrándole el pequeño artefacto que cubría mi muñeca. – Es demasiado grande para mí, muy masculino y, probablemente, más propio de un anciano que de una mujer de mi edad, pero no podría separarme de él.
-          Vaya y yo que pensaba que lo llevabas solo porque tenías un pésimo gusto.
-          Muy graciosa.
-          Sí que lo soy.
-          Mi abuelo fue una persona importante en mi vida. – No me rendía con ella, sabía que tras aquella fachada de persona fría y calculadora se escondía una mujer con sentimientos. – Fue el que me enseñó las cosas importantes de la vida.
-          ¿Cómo qué?
-          Como sentarte en un parque a escuchar el agua correr, a disfrutar de las tardes de lluvia…
-          ¿Eso es lo que consideras importante? – Preguntó ella asombrada.
-          Es lo importante. Mis padres no estaban mucho en casa, se pasaban la mayor parte del día trabajando, corriendo de un lado para otro. Fue agradable que alguien se tomara la molestia de sentarse conmigo y enseñarme que a ver el mundo que los demás tan solo miraban.
-          Parece un personaje entrañable. – Y no sabría decir si era sincera o sarcástica. Preferí optar por la primera opción.
-          Sí lo era. ¿Y tú?
-          ¿Yo qué?
-          La persona que te regaló esos pendientes, ¿cómo era?
-          Era… No lo sé. Murió cuando yo era muy joven. – Creí ver un brillo húmedo en su mirada, pero desapareció de manera tan repentina que podría haberlo soñado.
-          Lo siento.
-          No tienes por qué. Fue hace mucho tiempo. Está más que superado.
-          No lo creo. No soportarías a una desconocida potencialmente demente por algo que está más que superado.
-          No… supongo que no.- Noté cómo su mirada se perdía en algún punto del infinito.
-          Pero no es tan horrible, ¿verdad?
-          ¿El qué?- Contestó volviendo a la realidad.
-          Soportar a esta desconocida potencialmente demente. – Sonrió.
-          No, no es tan malo… Al menos el café es bueno.
-          Oh, me rompes el corazón. – Dije irónica.- Justo cuando pensaba que comenzaba gustarte.
-          Se necesita más que algo de café y palomitas para eso, querida.
-          ¿Por ejemplo?
-          Devolverme mi pendiente.
-          Buen intento, pero no.
-          Tenía que probar. – Casi parecía divertirse. Aunque con aquella enigmática sonrisa era difícil estar segura.
-          Cuéntame algo de ti. – Dije de pronto. - ¿A qué te dedicas? – Me dio la sensación de que la pregunta la incomodaba, pero si fue precepción mía o realidad, no lo podría asegurar.
-          Tú primero.
-          Soy periodista. Escribo artículos, sobre todo, columnas de opinión en distintos artículos.
-          Parece interesante.
-          Lo es, aunque mis padres no comparten esa opinión. Tiene un negocio y esperaban que yo siguiera su camino, pero no era lo mío, ¿sabes? Así que ahora soy la oveja negra de la familia.
-          Sé lo que se siente. – Fue todo lo que recibí como contestación.

Permanecimos en silencio. Yo, observándola; ella, con la mirada perdida, sin dejar de preguntarme qué tendría aquella hermosa desconocida para atraerme de aquel modo inexplicable, para hacer que todo mi cuerpo ardiera con una sola mirada. Comenzaba a pensar que no podría controlarme, había un calor primigenio, que hasta entonces no había conocido, al menos, nunca con aquella intensidad, que despertaba cada fibra sensitiva de mi ser. Y cada milímetro de mi piel clamaba por su roce, por su cercanía.

Por fortuna para mía, la lluvia se convirtió una vez más en mi aliada, desperdigando su gélido toque sobre mí como una ligera neblina.

-          Genial, está lloviendo. Se me arruinará el vestido. – Dijo ella visiblemente molesta.
-          ¿Qué más da un vestido? Disfruta de la sensación.
-          ¿De la sensación de congelarme?
-          Exagerada. Ven conmigo.
-          ¿Dónde?
-          Confía en mí. – Y no sé quién se sorprendió más cuando me dio la mano sin más, si ella o yo.

Corrí con ella cogida, cuidando de que no tropezara a causa de los tacones. La lluvia nos empapó por completo, pero no importaba. Cada gota era una nueva caricia que se deslizaba por nuestras pieles. Cuando decidí que estábamos lo suficientemente empapadas y solas, me detuve haciendo que chocara contra mi cuerpo y cayera entre mis brazos desequilibrada por los tacones.

-          Estás loca. – Me dijo con una pequeña sonrisa.


No escuché sus palabras. Ya no sentía la lluvia. Mis ojos se habían detenido sobre las suaves formas dibujadas por sus labios. Y solo existían ellos. 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Construcción de un relato: QUÉ

Queridos lectores, 

En el qué se empieza a contar la historia y es cuando hay que sorprender y atraer. No sé si os pasa a vosotros, a mí desde luego sí, y es que cuando empiezo a leer un libro o una historia, al principio, yo tengo el poder sobre ella, yo controlo el libro y decido cuando leer y cuando no, pero llega un momento, un punto de inflexión, en el que es la novela la que tiene el control sobre mí y no puedo dejar de leer. Espero que algún día eso le pase a alguien con mis historias. 

4. QUÉ

Mi rutina no se vio afectada. No lo permití a pesar del persistente recuerdo de unos profundos ojos marrones que se aparecían en los momentos más inoportunos. Aunque, es cierto, que no comprendía qué extraño ser me habría poseído. Mi atención se había visto atraída con anterioridad por otras mujeres hermosas, pero ninguna había permanecido como un fantasma que rondara mi mente por más de algunos minutos, ni siquiera las pocas excepciones a las que había permitido llenar mi cama además de mis pensamientos.

Sin embargo, ella, cuyo nombre no conocía, cuya piel no había tocado. Ella había logrado hacerse con el control de mis sentidos y yo me había abandonado a la placentera tentación de fantasear con ella, soñar que volvía a encontrarla y mis labios recorrían el camino que marcaban sus ceñidos ropajes.

Como deseo era bonito, como pasatiempo resultaba entretenido, pero nada más. No esperaba realmente que ninguna de mis ensoñaciones se hiciera realidad. Aunque eso no había impedido que su pendiente perdido ocupara un lugar especial en el bolsillo derecho de mi chaqueta, donde gustaba de introducir mi mano tan solo para sentirlo y recordarme que aquella aparición había sido real.

Eso no evitó que aquella tarde, en mi estancia en el banco habitual del parque mientras repasaba las noticias del periódico (con especial atención a la viñeta), la buscara de manera inconsciente.

Quince minutos, diez turistas, cuatro palomas y dos ardillas después, la vi. Frente a mí, justo donde había estado el día anterior.

Me recreé en la observación de su figura mientras se agachaba para acercar más su visión a la hierba ligeramente humedecida. Me preguntaba que podría hacer una mujer como ella de nuevo en un lugar en el que, claramente no encajaba, otra vez ataviada con sus elegantes trajes demasiado provocativos. Mis dudas se disolvieron cuando mi mano recorrió por voluntad propia el camino que la separaba del pequeño trofeo que guardaba en mi bolsillo.

¿Podría ser que aquella elegante mujer hubiera vuelto a un simple parque en busca de un pendiente de imitación? Me sorprendió lo obvio y, al mismo tiempo, lo imposible de mi asunción. Aún así, pensé que no perdía nada por acercarme a comprobarlo.

Lo primero que percibí al estar frente a ella fue el aroma ligeramente afrutado y dulce que me envolvió de pronto. Tan intenso que perdí toda noción de realidad, ausente entre los matices de su perfume.

-          ¿Quiere algo?

Me sorprendió mirando a algún punto indefinido del parque. Aquella ceja, a la que ya me había enfrentado el día anterior, volvió a elevarse reforzando la impaciencia de su voz.

-          Me preguntaba si necesitaba ayuda, nada más.
-          No gracias.
-          ¿Busca algo en especial? Quizás lo haya visto. – Ella había decidido volver a su búsqueda e ignorarme, pero seguí insistiendo.
-          Claro, porque usted se dedica a observar todo lo que pasa en este parque. ¿Acaso no tiene vida?- Preferí no atender al deje áspero de sus maneras.
-          Digamos que me gusta el aire libre.
-          Digamos que a mí también y usted está invadiendo mi espacio de aire libre.
-          Bien, tranquila. No quería molestarla. Tan solo me preguntaba si había perdido un pendiente de diamantes, de imitación pero con buen acabado.

Di media vuelta mientras ella fijaba su total atención en mí. No pasaron ni dos segundos antes de sentir la presión de su tacto en mi brazo.

-          Espere, eso es lo que busco. – Dijo.
-          Lástima que no necesite mi ayuda.
-          ¿Me lo devuelve, por favor?- Me dirigió una sonrisa encantadoramente falsa.
-          No he dicho que lo tenga. – Suspiró visiblemente frustrada.
-          Acaba de describirlo.
-          Eso no quiere decir nada.
-          ¿Entonces no lo tiene?
-          Tampoco he dicho eso. – Disfrutaba de sus ademanes nerviosos, lo confieso.
-          ¿Lo tiene o no?- Su voz se elevó ligeramente y pude percibir una vena que se marcaba de manera pronunciada en su frente.
-          Puede ser.
-          ¿Me lo devuelve?- Era evidente que estaba haciendo grandes esfuerzos para no matarme.
-          Con un condición.
-          ¿Pero cómo se atreve? Es mío.
-          Pero está en mi posesión.
-          ¿Qué diablos quiere?

Miré el reloj cuestionándome qué era lo que pretendía lograr con aquello.

-          Unas horas de su tiempo. – Respondí. Ella no pareció sorprendida, cosa que me sorprendió a mí. Más bien hizo un gesto de acostumbrada resignación que no supe cómo tomar.
-          De acuerdo. – Sonreí a pesar del enfado que se percibía en su postura.
-          Me llamo Emily, por cierto.

-          Encantada. – Aunque por el tono de su voz, no lo parecía.

Nota de la Autora: ¡Sorpresa! Son dos mujeres, espero no despertar sensibilidades, pero hay que darle giros a las historias y estamos en el siglo XXI. Aprovecho para comentar el cuidado que tuve en los capítulos anteriores para no usar en la narración cosas en masculino o en femenino. En fin, espero que os haya gustado.