No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Construcción de un relato 6

Queridos lectores, 

Necesito escribir, pero no sé qué decir. Técnicamente, ahora tendría que estar estudiando, pero no me apetece. Me ha dado un ataque porque he terminado de leerme los dos libros que tenía para el fin de semana y no tenía nada por leer, encima no habían actualizado ninguno de los múltiples fanfics que leo y me he tenido que leer uno en inglés tristísimo que me ha hecho llorar desconsoladamente y me he deprimido muchísimo. Pero ya estoy bien porque tengo otro libro, así que crisis superada. 

He dicho muchas veces que no podría dejar de escribir, pero realmente, no sobreviviría sin leer, me acabo de dar cuenta. Moriría en el acto. Doy gracias a la informática por permitirme el acceso a libros electrónicos y al kindle por existir. Me han salvado la vida. Son como un desfibrilador , pero menos traumático (bueno, depende del libro). 

En fin, que me he puesto a escribir mientras buscaba algo que leer y ha salido esto. Lo siento. No estoy en mi mejor día, pero como el propósito era escribir y colgar sin repasarlo demasiado y ver qué salí, pues ahí está. Por cierto, tengo que ponerle nombre urgentemente, ¿ideas?

6. Desencuentros y encuentros:

La lluvia arreció hasta pasar de una ligera llovizna a una densa cortina que descargaba con furia sobre nosotras. Y se suponía que era fácil. Tenía que haber sido fácil. Tan solo unos milímetros separándome de ella, la lluvia cayendo como una dudosa barrera a la que no temía enfrentarme, no si era por descubrir el sabor de aquellos labios rojos.

Porque tenía que haber sido fácil. Pero no lo fue y todavía no entiendo por qué. Lo único que recuerdo es sus manos en mi cintura llevándome cada vez más cerca del calor que su cuerpo prometía y la sensación de que el beso era inminente justo antes de que ella me empujara. Mis ojos se encontraron con su confusa mirada a través del espesor de la tormenta.

-          Eres como todos los demás. ¿Eso era todo lo que te interesaba? – Espetó de pronto sin que aquellas palabras arrojaran más luz sobre mi desconcierto.
-          Yo, no… ¿qué?
-          ¿Era todo un intercambio? ¿Un pendiente por mi cuerpo? No es un precio demasiado justo.

La ira refulgía en sus ojos y yo seguía sin comprenderla. Casi de manera automática, mi mano buscó en el bolsillo, recuperó el pequeño adorno que tantos problemas parecía darme de pronto y se lo tendí. Ella lo cogió de mi mano sin poder ocultar cierta sorpresa. Y se marchó.

Eso es todo. Se perdió corriendo bajo la lluvia hasta que el espesor del agua me impidió seguir su rastro y yo permanecí justo en el mismo lugar, inamovible, tratando de entender qué había pasado, qué había hecho mal.

Mi mente no logró aclarar nada aquel día, aunque la estancia a la intemperie sí me sirvió para agarrar un buen resfriado que me duró al menos dos semanas. Dos semanas en las que su recuerdo me perseguía como un malvado fantasma.

Ya no sabía si era cosa de la fiebre, de la falta del sueño o el resfriado, pero me encontraba sin fuerzas, completamente desasosegada. Siempre me había enorgullecido de ser una mujer fuerte, y, sin embargo, no deseaba otra cosa que acurrucarme en una manta y olvidarme del mundo, suplicarle a aquellos insistentes ojos marrones que dejaran de perseguirme en sueños y me dejaran descansar. Pero no tenían clemencia, quizás no la merecía.

Hacía años que no me sentía así. Intranquila, impotente, frustrada, apenada. Demasiados sentimientos para una sola persona. La última vez que algo me había afectado tanto como para arrancarme una lágrima fue cuando mis padres me echaron de casa al descubrir que no era la hija que esperaban. Al parecer, ellos habían pedido expresamente una niña rubia de largos bucles y piel perfecta, inteligente como para ser capaz de seguir con el negocio familiar, lo suficientemente hermosa como para conquistar el corazón de algún hombre de buena posición. Pero debieron equivocarse en la entrega porque todo lo que consiguieron fue una bohemia con pretensiones de escritora y con preferencia por las mujeres. Una completa decepción. Eso fui.

A los diecisiete años les dije que no iba a estudiar empresariales ni nada por el estilo y que haría periodismo. Poco después les presenté a mi primera novia. Quizás no debí de haberlo hecho de forma tan seguida. En fin, no se puede deshacer lo hecho.

Me fui de casa y trabajé lo suficiente como para mantenerme y pagarme la carrera que quería, en realidad no tanto, tuve cierta ayuda de mi abuelo que nunca aprobó del todo la decisión de su hija.

Nunca me había importado realmente. Nunca. Yo era fuerte, me había hecho a mí misma. Eso era lo que me decía cada vez que el recuerdo de las miradas de decepción de mis padres me asaltaba. Era fuerte. Cada vez que unos ojos iracundos se colaban en mis sueños, seguía repitiéndolo. Era fuerte. Solo que aquel maldito resfriado estaba a punto de agotar mis fuerzas, minadas ya tras toda una vida.

Si, al menos, supiera dónde estaba ella, quién era, cómo encontrarla y disculparme. O saber de qué demonios debía disculparme, ¿de intentar besarme? No fue culpa mía, culpo a la lluvia, que me confundió… Pesaba demasiado y lanzó mi cabeza hacia la suya. Para ser escritora, necesitaba mejorar mi capacidad de inventar buenas excusas.

El chocolate se había convertido en mi mejor aliado para superar aquella crisis. Chocolate y un buen libro, todo lo necesario para superar un desengaño amoroso consistente en un pendiente perdido y un beso fallido. Mi última mousse (de chocolate, por supuesto) se deshacía lentamente en mi boca mientras me permitía paladearla con placer. Disfrutaba de la infantil sensación de estar explotando pequeñas burbujitas con mi lengua. A veces, algunos pensamientos impuros se colaban entre los resquicios de mis inocentes ideas sobre mouses creando imágenes de ella cubierta de chocolate y, entonces, tenía que buscar más chocolate.

Su imagen me perseguía y temía enloquecer. Pero justo cuando, con la última cucharada de mi dulce, decidí que iba a olvidarla definitivamente y para siempre, el ascensor de la redacción se abrió y estuve a punto atragantarme con esa última, deliciosa y desgraciadamente amargada, cucharada. 

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