No tiene que ser de noche para alcanzar las estrellas, están siempre ahí, esperando ser tocadas.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Construcción de un relato 7

Hola, siento el retraso en la historia, mis musas han estado algo escurridizas. He tenido muchas ideas, pero poca inspiración para lo viene a ser escribir en condiciones, así que creo que esto no me ha quedado muy bien, pero al menos ya he decidido la dirección que va a tomar la historia. Espero que os guste. 

7.

Maldito sea el destino y sus ganas de joderme. Era ella. No había duda. Podría decirse que no necesité ni mirarla, pues su perfume no tardó en inundar la sala devolviendo su imagen a mi mente. Aún así, levante la vista para comprobar que no estaba enloqueciendo. Aunque lo que vi amenazó con echar a perder mi maltrecha cordura.

Vestía con uno de sus ajustados trajes agarrada al brazo de mi jefe. No había hombres en el mundo. Miles de ideas, a cada cual más alocada, cruzaron por mi mente. Quizás podría acercarme y saludarla, pero, ¿bajo qué pretexto?

Mis ojos no se apartaron de ella en ningún momento, sin importarme que algún compañero pudiera descubrirme mirando fijamente el contorneado cuerpo de la acompañante de mi jefe mientras este saludaba al resto de peces gordos. Se acercó a su oído para susurrarle algo, sintiendo cómo mi sangre hervía por la cercanía de aquel vejestorio con su aquella suave piel que tantos de mis sueños había ocupado, y se encerró en su despacho.

Pensé que aquel era mi momento. Probablemente mi única oportunidad. Me levanté, aproximándome a ella por la espalda. Debió sentir mi presencia, pues antes de que pudiera hablar, ella se giró. Nuestros ojos se encontraron tan repentinamente que, por unos segundos, ella no pudo ocultar su sorpresa, aunque no tardó demasiado en recomponer su rostro inexpresivo.

-          Oh, Emily – La voz de mi jefe llegó a mis oídos. – ¿Ya has conocido a mi acompañante?
-          Realmente no he tenido el placer – Dije recordando que ni siquiera sabía su nombre.
-          Os presento. – Dijo mi jefe haciendo gala de sus mejores modales, aunque yo tan solo podía pensar en mi imperante deseo de romperle la nariz de un puñetazo. – Emily Wilson, una de las más recientes adquisiciones del periódico. Danielle Taylor. La señorita Taylor será mi acompañante esta noche.

Sabía que tenía que hacer algún tipo de gesto, pero mis ojos estaban fijos en la imagen de aquella mujer sonriéndole a hediondo jefe.

-          ¿Nos acompañas?

La invitación me pilló de sorpresa, pero me bastó una mirada al ceño fruncido de Danielle para decidirme.

-          Claro, ¿por qué no?
-          Ese es el espíritu.

No fui realmente consciente de mi error hasta que me encontré en un restaurante demasiado elegante para mi atuendo, que consistía en unos vaqueros, camisa y chaqueta de cuero con los que solía ir a trabajar, rodeada de hombres que pasaban la mediana edad y el peso medio recomendado, aunque no tanto de pelo en la cabeza y Danielle pendiente de todos y cada uno de los caprichos de mi jefe.

No recuerdo una velada tan odiosa en toda mi vida. En otra ocasión, quizás, podría haber disfrutado riéndome de las ridiculeces de mis acompañantes o incomodándolos con mis historias de periodista trotamundos, pero no estaba de humor para nada.

Mis ojos seguían concentrados en las delicadas manos de Danielle acariciando casualmente la de mi jefe, dejando que aquel baboso le susurrara en el oído y riendo risueñamente con cada poco inteligente comentario.

¿Qué era lo que sucedía? Mi gaydar nunca se había equivocado tanto con una mujer, de hecho, nunca se había equivocado en absoluto. La manera en la que me miró cuando estuvimos en el parque, el calor que su cuerpo desprendía, la tensión que podía sentir en sus músculos cuando me acercaba a ella… No podía haberlo fingido todo, ¿verdad? No había sido imaginación mía.

Decidí comprobarlo antes de volverme del todo loca y, de paso, convertir la cena en algo un poco más interesante. La camarera que nos había estado sirviendo era una joven de cuerpo esbelto y cabellos castaños recogidos en un férreo moño. En otra ocasión, una cara tan dulce apenas habría llamado mi atención, se habría ganado algún que otro cumplido por su ligera belleza, pero nada más. Sin embargo, rodeada de aquellos viejos tiburones y despechada por la mujer que había inundado mis sueños por días, sus ojos marrones me parecían de lo más atrayentes.

Cuando la joven se acercó a servirme, deslicé mi mano suavemente acariciando su muñeca de manera casual. Noté que no se retiraba, así que seguí con la caricia aferrando con delicadeza su brazo. Ella se inclinó hacia mí, dándome acceso a su oído.

-          ¿A qué hora terminas? – Le dije sin pensarlo demasiado.

Noté que sonreía y me hablaba, pero no logré entender qué me decía, puesto que la mirada de furia que Danielle me dirigía absorbió todo el aire a mi alrededor. Así que estaba en lo cierto, la señorita Taylor estaba celosa de mi camarera. Me despedí de la chica con un guiño prometiéndole que me desharía pronto de los vejestorios sin perderme un solo mohín molesto de Danielle.

Los hombres no tardaron en jalear mi “conquista” como ellos la llamaban. Sus ociosos y poco caballerosos comentarios se convirtieron en el sonido de fondo de la sala mientras seguía concentrada en Danielle y cada una de sus expresiones.

No tardó demasiado en disculparse para ir a “empolvarse la nariz”. No pude evitar poner los ojos en blanco, tan educada. En cuestión de segundos la seguí. Aunque su destino no había sido el aseo, sino la pequeña terraza exterior. Me pregunté qué podría hacer Danielle en el exterior sin chaqueta, en medio del frío nocturno. El familiar olor del tabaco me dio la contestación.

-          ¿No sabes que eso no es bueno para la salud? – Le dije mientras me acercaba a ella. Noté que se tensaba antes de darse la vuelta y dedicarme una mirada glacial.
-          Eso no es de su incumbencia, señorita Wilson.
-          Vaya, yo pensaba que ya nos tuteábamos.
-          Apenas nos conocemos. – Me dijo dándome la espalda de nuevo.
-          Te conozco más que ese vejestorio con el que estás.
-          No estoy con él.
-          Pues él no piensa lo mismo.
-          Quiero decir que no somos pareja ni nada por el estilo. Solo estaré con él… esta noche.
-          No te comprendo. – Me acerqué más, comenzando a sentir el calor de su cuerpo.
-          Ese es mi trabajo. – Espetó de pronto. – Me pagan por hacerle compañía a hombres solitarios.

Sus palabras asaltaron a mi corazón como una ráfaga de metralla, aunque intenté que no se me notara.

-          ¿Quieres decir que…- Cómo decirlo sin ofender.- profesional del sexo?- Danielle dejó escapar una carcajada rota.
-          ¿Siempre eres tan políticamente correcta? No soy prostituta. No una vulgar al menos. Mis tarifas son algo más elevadas. Soy un cuerpo bonito del que los hombres poderosos quieren presumir, colgarse del brazo y, al final de la noche… En fin, a veces pasa.

Tras una última calada, lanzó el cigarrillo al suelo y lo pisó con la suela de sus, probablemente muy caros, zapatos de tacón. Con eso debió de dar por terminada la conversación, alejándose de mí mientras yo seguía asimilando sus palabras.

-          ¿Todavía quieres conocerme mejor? – Preguntó antes de dejarme sola con el frío de la noche.

Buena pregunta. ¿Todavía quería? 

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